Mi historia de esa tarde inolvidable con tres chicos

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¡Ni siquiera sé por dónde empezar! Tengo 30 años, estoy de siete meses de embarazo, mido 1.63 metros y mi culo siempre ha sido mi orgullo: 98 centímetros de pura curva, redondo y carnoso, incluso antes de que mi panza se pusiera así de grande. Vivo con mis padres y mis hermanos, incluido mi hermanito de 20 años, que es un desastre con sus amigos. Todo empezó cuando uno de ellos, un chico de 19 años llamado Alex, me agregó en Instagram. Al principio pensé que era un error, pero sus mensajes calientes me encendieron. Me lo follé una vez, y desde entonces él no paraba de fantasear con más.
El papá de mi bebé me dejó hace meses cuando le conté del embarazo. Me dijo que no quería responsabilidades y se largó. Pero el embarazo me tiene ardiendo todo el tiempo: mis pezones duelen de lo sensibles que están, mi coño chorrea humedad constante y mis hormonas me convierten en una puta insaciable. Así que cuando Alex me propuso venir con dos amigos —hermanos gemelos de 20 años, Marco y Mateo— a mi casa, no lo pensé dos veces. Les dije que vinieran esa tarde, porque todos en la familia habían salido: padres de compras, hermano en la universidad. La casa era mía por horas.
Llegaron puntuales, los tres con esa mirada de lobos hambrientos. Alex, el de 19, alto y delgado con una verga que ya conocía bien, gruesa y venosa. Los gemelos, Marco y Mateo, idénticos: musculosos, pelo corto negro, sonrisas pícara y pollas que prometían guerra —las vi abultarse en sus pantalones de inmediato. Los llevé directo a mi cuarto, cerré la puerta y les dije: ‘Chicos, hoy no hay límites. Mi coño está loco por sus vergas, fóllenme hasta que no pueda caminar’.
Empecé quitándome la ropa: mi vestido suelto cayó al piso, revelando mi panza enorme y redonda, mis tetas hinchadas goteando un poco de leche, y mi culo gigante meneándose. Me tiré en la cama boca arriba, abrí las piernas y mostré mi coño depilado, ya mojado y hinchado por el embarazo. ‘Vengan, lámanme primero’, les ordené.
Alex se lanzó primero, enterrando la cara entre mis muslos. Su lengua lamió mi clítoris hinchado, chupando fuerte mientras metía dos dedos en mi coño empapado. ‘¡Joder, estás más jugosa que la última vez!’, gruñó. Marco y Mateo se desnudaron rápido, sacando sus vergas idénticas: 20 centímetros cada una, gruesas como latas, cabezas rojas palpitando. Se pusieron a cada lado de mi cabeza, frotando sus pollas contra mis labios. Abrí la boca y empecé a mamarlas alternando: chupé la de Marco hasta la garganta, saliva cayendo por mi barbilla, luego la de Mateo, lamiendo las bolas peludas.
No pasaron ni diez minutos y yo me había corrido en la boca de Alex y este ya estaba duro como piedra y listo para penetrarme. Se subió encima, alineó su verga con mi entrada y me penetró de un empujón. ‘¡Aaaah, sí! Fóllame fuerte, cabrón’, gemí mientras su polla estiraba mis paredes vaginales, chocando con mi cervix sensible. Marco y Mateo seguían follando mi boca, turnándose para metérmela hasta el fondo. Alex me bombardeó rápido, sus huevos golpeando mi culo, y en menos de cinco minutos se corrió la primera vez: un chorro caliente dentro de mi coño, llenándome hasta rebosar. ‘¡Uno!’, contó riendo mientras salía, semen blanco goteando de mi raja.
Los gemelos no perdieron tiempo. Marco tomó su lugar, embistiéndome con su verga aún más gruesa. ‘Tu coño de embarazada es una puta gloria’, dijo, agarrando mi panza para impulsarse. Me folló salvaje, mis tetas rebotando, leche salpicando. Mateo se masturbaba viéndonos, y yo le chupaba las bolas. Marco duró poco por la excitación: se corrió la primera vez dentro de mí, mezclando su corrida con la de Alex. Semen chorreaba por mis nalgas, manchando ya las sábanas blancas.
Mateo fue el siguiente. Me puso de lado, levantó mi pierna superior y me clavó su polla desde atrás, cucharita contra mi panza. Alex y Marco se recuperaban rápido —estos chicos eran máquinas— y volvieron a mi boca. Mateo me taladró profundo, frotando mi clítoris con la mano. Orgasmé gritando, mi coño contrayéndose alrededor de su verga. Él se corrió la primera vez también adentro, más semen inundando mi útero.
Ronda dos: hora y media de turnos locos
Habían pasado unos 30 minutos y ya las sábanas estaban empapadas de sudor, jugos y corridas. Me puse a cuatro patas, culo en pompa —mi trasero de 98 cm era el imán perfecto. ‘Ahora mi culo y coño, fóllenme como perra’, supliqué. Alex se colocó debajo, en la cama, y me monté en su verga en posición vaquera invertida, mirando a la puerta. Su polla entró fácil en mi coño lubricado por tres corridas. Marco se paró detrás y escupió en mi ano virgen para esta ocasión grupal. ‘¿Lista para doble?’, preguntó. Asentí, jadeando.
Era mi primera doble penetración. Marco empujó lento su verga gorda en mi culo apretado. Dolía al principio, pero el embarazo me tenía tan sensible que pronto fue puro placer. ‘¡Sí, rómpanme el culo!’, grité cuando las dos pollas me llenaron al máximo, separadas solo por una delgada pared. Mateo se masturbaba frente a mí, metiéndomela en la boca. Se movían coordinados: Alex subía, Marco bajaba, follándome en tándem. Mis orgasmos venían uno tras otro, chorros de fluidos mojando todo.
Alex se corrió el segundo: chorros potentes en mi coño, semen chorreando fuera. Salió y Mateo tomó su verga para mi coño, ahora con Marco aún en el culo —¡doble otra vez! Pero duraron poco: Marco explotó en mi recto, su segunda corrida caliente lubricando mi interior. Mateo, en mi coño, se corrió poco después, la segunda para él.
Pausa falsa: más de dos horas acumuladas
Me tiré de espaldas, exhausta, pero pidiendo más. ‘Córranse en mi panza, quiero sentirlo’. Los tres se alinearon, masturbando sus pollas recuperadas. Alex fue el primero en eyacular la tercera vez: gruesos hilos blancos sobre mi vientre abultado. Los gemelos lo siguieron: Marco y Mateo, sincronizados, rociaron mi panza con sus segundas corridas cada uno. ¡Me cubrí entera! Reía maníaca, esparciendo el semen tibio con las manos por mi piel estirada, frotándolo en mi ombligo, bajando hasta mi clítoris. ‘¡Más, píntenme como puta preñada!’ Las sábanas eran un desastre: manchas enormes de corrida seca y fresca.
Ronda final: clímax total, más de cuatro horas
Alex, el semental de 19, no paraba. Me puso en misionero, follando mi coño revuelto de semen. ‘Voy por la cuarta’, anunció, embistiéndome brutal. Los gemelos se turnaban en mi boca y tetas, chupando mi leche. Alex corrió dentro otra vez, semen desbordando.
Luego, los gemelos cerraron su cuenta: Marco me folló el culo a lo perrito mientras Mateo mi coño. Doble penetración final, sus vergas frotándose dentro de mí. Gritaba de placer, mi panza temblando. Marco se corrió la tercera en mi ano, Mateo la tercera en mi coño —llenos hasta el tope, goteando ríos blancos.
Alex remató solo. Me monté en él, cabalgando salvaje, mis caderas de 98 cm aplastándolo. ‘¡La quinta, zorra!’, rugió, y eyaculó dentro de mí, su corrida más abundante mezclándose con todo lo anterior. Colapsamos, sudados, pegajosos. Habían pasado más de cuatro horas; las sábanas irreconocibles, mi cuerpo marcado por mordidas, semen seco en panza, tetas, cara.
Me despedí besándolos, prometiendo repetición. Mi coño y culo palpitan aun recordándolo. El embarazo me volvió adicta a esto. ¿Quién necesita al padre del bebé cuando tengo vergas como estas?

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