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Hace un mes invité a salir a Kate, no nos habíamos visto desde que ella se fue.
A ella le gusta beber, cuando trabajábamos juntos los viernes o sábados íbamos a tomar y me decía:
—Cuídame por si me pongo hasta la madre.
—Jajaja sí, tú date.
Yo bebía menos porque la iba a dejar a su casa.
Fuimos a un pub para platicar. Me contó de su nuevo trabajo, que había decidido vivir sola y que estaba “saliendo” con un maestro de universidad pero que en ese momento el vato estaba dando un curso en la Universidad de Guadalajara y que solo lo veía una o dos veces al mes y que por lo mismo dudaba si avanzar con él o no.
Mientras platicábamos me lanzaba la misma mirada cuando se masajeó los pies en la oficina, no iba a perder la oportunidad; acaricié su mejilla y la besé en los labios, ella sonrió, le dio un trago a su vodka y dijo:
—¿Por qué te gustan los pies?
Me quedé callado como por cinco segundos, respondí algo nervioso:
—Uhmmm me gustan porqueee me encanta que una mujer los cuide mucho, se pinte las uñas de un color coqueto, se ponga sandalias, zapatillas, flats… Una mujer con unos pies bien cuidados es una mujer muy limpia—. Fue lo primero que se me ocurrió.
—Jajajaja no mames ¿y tienes fotos de pies de mujeres?
—Uhmmm no realmente—. Mentí.
—¡QUÉ CHISMOSO! Una vez que llevé chanclitas me di cuenta que me tomaste una foto y también cuando llevé unos tacones negros—. Dijo acusándome con una mirada muy picara que hizo que sintiera calor. Recordaba perfectamente esas dos veces.
—Jajajaja está bien, confieso el crimen, es que tienes unos pies hermosos—. Dije mientras intentaba besarla pero se apartó.
—OK guárdalas pero si me entero que alguien más las ve te doy en tu madre.
—Te lo prometo.
—¿Y el día que me sobé los pies por qué no hiciste algo?
—Recuerdo que me evadiste.
—Pues sí, no iba a ser tan fácil idiotita—.
—Aparte no me iba a conformar solo con tus pies—. Le dije al oído.
—JAJAJA ¿qué quieres decir?
—Tú sabes…
—Nel, perdiste tu chance —se apartó y terminó su vodka—. Pide la cuenta, ya me quiero ir.
Pagué y salimos del bar.
Llegamos a su departamento, la acompañé hasta la puerta.
—¿Nos volveremos a ver?
—No sé. Tengo trabajo, igual no sé si veré al vato este—. Dijo mientras abría su puerta.
La tomé de la cintura y me la acerqué para besarla, no me evadió, fue un beso largo, noté que su respiración se aceleraba, se apartó.
—Vete, por hoy es suficiente.
Volví a besarla, no me evadió pero trataba de zafarse mientras la abrazaba con fuerza esperando que me metiera a su departamento.
—En serio, vete —dijo con firmeza mientras se metía—. Me mandas mensaje.
Cerró la puerta y me fui.
Hace dos semanas me invitó a comer, me escribió:
—Voy a hacer lasaña, ¿quieres venir?
—Sí, ¿quieres que lleve algo?
—Una botella de vino está bien.
—Va.
Llegué a su departamento, toqué el timbre y abrió inmediatamente.
Llevaba un short de mezclilla muy ajustado, unas combat boots negras y una blusa de tirantes blanca, siempre recordaba lo torneadas que son sus piernas y sus redondas nalgas. Me dio un beso en la mejilla y me invitó a pasar.
—Ya preparé todo, nada más falta meterla al horno, ayúdame a prenderlo.
—OK.
Estuvo lista la comida. Mientras comíamos me contó que unos días antes el maestro ese fue a verla pero que terminaron discutiendo y que por ahora había decidido no seguir con él, le acaricié la pierna diciéndole que un maestro de literatura, panzón y piedroso no la merecía.
—Cállate, eso dicen todos: “no te merece y la chingada” pero al final todos son iguales—. Dijo mientras le daba un trago a su copa de vino. No respondí, sólo nos serví más vino y cambié la conversación.
—¿Y si vemos algo en Netflix?—. Dijo.
—Sí, si quieres.
—Vente—. Tomó la botella de vino, me jaló y me llevó a la sala.
Puso su serie favorita y se sirvió más vino, se sentó muy pegada a mí y recargó su cabeza en mi hombro.
—Por cierto, tengo cervezas pero no se me antojan.
—¿Quieres que vaya por más vino?
Vio que a la botella le quedaba menos de un cuarto.
—Sí, mejor.
Salí a buscar la botella.
Regresé, nos serví más vino y nos acomodamos para seguir viendo la serie.
—Ya me cansaron estas pinches botas—. Dijo exhausta.
—Pues quítatelas, enséñame tus piecitos.
—¡Ayyy! Tú y tus fetiches.
Se las quitó, llevaba unas gruesas calcetas negras e imaginaba el olor de sus pies.
Cogí la botella y nos serví más vino.
—A mí échame más je je je—. Dijo un poco ruborizada, su carita se veía encantadora.
Me acosté en el sofá recargando mi cabeza sobre sus piernas, me acariciaba el cabello y las cejas.
Se inclinó y me besó en la boca, después de un largo beso me incorporé para besarla más cómodamente. La abracé mientras que con mi otra mano acariciaba sus piernas, su vientre y subía lentamente hacia sus tetas, después bajé mi mano para tratar de desabotonar su short pero me apartó la mano rápidamente y dijo con autoridad:
—No vamos a coger.
Me quedé inmóvil, decepcionado. Se levantó del sofá y dijo:
—Acuéstate.
Me alargué en el sillón y como éste es muy ancho ella se sentó paralela a mí y subió sus piernas de modo que sus pies quedaban justo en mi cara.
—Huélelos, calientate—. Dijo mientras frotaba sus pies en mi nariz y boca.
Inhalé sus calcetas que desprendían un rico olor al interior de la bota, luego se las quité y quedaron al descubierto unas plantitas pálidas y muuuy lisas, pude disfrutar mejor de su salado sabor.
—¿Te gustan?
—Mmmjuuu—. Respondí muy excitado con sus dedos en mi boca.
—Sí, excítate pervertido—. Dijo bebiendo de su copa.
Besaba y lamía sus dedos y plantas, tomaba ambos pies y me los restregaba en la cara, mordía sus talones… ella sólo me miraba mientras bebía.
Me empezó a acariciar la verga y me la sacó, fue a su habitación por una botellita de aceite, mientras yo me quitaba el pantalón.
Tomó sus calcetas y me las metió en la boca, me abrió las piernas de modo que pudiera sentarse frente a mí y frotar mi verga con sus plantas, comenzó a hacerme un footjob, se inclinó hacia mí y mientras sostenía mi verga con sus pies comenzó a mamámela, hizo esto durante unos diez minutos seguidos.
Se incorporó, me la aceitó muy suavemente y continuó con el footjob que alternaba con mamadas y jaladas con mucho aceite, ella sonreía y yo gemía de placer.
—Chúpate las plantas—. Le ordené.
Se las lamía y escupía, mordía y succionaba sus dedos.
—Sí que te gustan los pies cabroncito.
—Sí, me encantan los tuyos.
Seguí pajeándome mientras ella se lamía las plantas.
—Te los echo en los pies.
Se acostó boca abajo levantando sus piernas y acercando sus plantas a mi verga, eché una fuente descarga, chorros de semen cubrían sus plantas.
Se sentó, soltó un suspiro exhausta.
—Tráeme toallas higiénicas—. Me ordenó.
Se limpió los pies, me miró sonriendo perversamente y dijo:
—¿Nos echamos un polvo?
—¡SÍ HERMOSA!
Corrimos a su habitación y la desvestí delicadamente, quedé maravillado con su espectacular cuerpo; sus nalgas duras y paraditas, y su cosita con vello fino perfectamente delineado, se me antojaban sus redondas tetitas para una rusa. Estuvimos toda la noche haciendo el amor.
Días después me dijo que había terminado definitivamente con el maestro ese. Me le declaré y todo pero dijo que no quería una relación en ese momento pero que podíamos seguir teniendo sexo.
Es una chica muy difícil pero sé que terminará cediendo a mí.
