Paola – el favor a un amigo

Me levanté temprano en esta mañana, ya que había quedado en ir a la casa de un amigo. Me fui vestida como le gusta a él, con unas calzas y sin ropa interior, vaya amistad. Es que siempre me dice que le gusta cuando se me mete entre las nalgas dejándola totalmente marcada. Fui hasta la parada del micro que me lleva a su casa. Usualmente un sábado a la mañana no viaja tanta gente, pero esta vez venía totalmente lleno. Subo y un chico lo hizo detrás, al cerrar la puerta del micro quedó totalmente apretado contra mí.

Movió su mano y sin querer rosó mi cola. Luego, al ver que yo no había demostrado ningún interés en acomodarme de forma que aquello no volviera a ocurrir, lo volvió a hacer en varias ocasiones de forma cada vez más evidente. Hasta que se decidió y metió su mano en mi entrepierna, palpando con sus dedos mi ano y mi chocha. Yo me quedé quietita y lo único que hice fue abrir un poco mis piernas y arquear la espalda para que mi cola quedara totalmente parada y abierta y hacer así más fácil el trabajo de su mano. Un hombre que estaba a un par de metros de nosotros se dio cuenta de lo que pasaba. El chico se bajó sorpresivamente del micro y yo me quedé con ganas de más, así que pedí permiso para acercarme un poco más a aquel hombre un poco mayor que mi padre. Me puse a su lado y aproveché la primera frenada para rosar con mi cola la mano con la que sostenía el maletín. Disculpe, le dije. Me apreté bien a su cuerpo para que los pasajeros que iban sentados no pudieran ver. El cambió de mano el maletín y su brazo quedó colgando desde mi espalda de forma que su mano caía justo sobre mi cola. En un principio rosó tímidamente mis nalgas jugosas que mordían absolutamente mi calza negra y daban un aspecto de cuerpo desnudo con body paint.

Me paré derecha y su mano por fin se metió. En un principio se quedó metida allí, quieta, oculta entre mis nalgas, pero en seguida comenzó a frotar mi concha y mi ano, tan fuerte que por momentos me levantaba, obligándome a quedar en puntas de pié. Yo comencé a mojarme un poco justo cuando vi que me había distraído y ya me tendría que haber bajado unas cuadras antes. Pedí permiso y al pasar frente a él, noté su pantalón totalmente abultado. Traté de demorar esa pasada unos segundos para tocar ese bulto, lo hice y nuestras miradas se cruzaron por primera vez. Alcanzó con sacudirlo tres o cuatro veces, suavemente para ver como su pantalón quedaba totalmente manchado por el semen.

Salí mientras él cerraba el saco sport que llevaba puesto abotonándolo para ocultar el lamparón.

Caminé al bajar hasta la casa de mi novio, al hacerlo sentía como un par de hilos de flujo corría por mis piernas. Pensaba llegar y decirle a mi amigo que me cogiera. Si era un amigo, debía hacer eso por mí, aunque entre nosotros nunca había pasado nada, tal vez por el respeto de su amistad con mi novio.

Cuando llegué no me dejó ni hablar que me dijo que estaba metido en un problema y que se tenía que ir. Le dije si podía ir con él, pero me dijo que no, que lo esperara allí, y que iba a volver en una hora. Insistí y terminó por aceptar que le acompañara. En el camino me contó que le debía dinero a un prestamista y tenía que hablar con él. Me ordenó que no entrara y le esperara en la puerta.

Llegamos a un local que estaba dentro de una galería, yo me quedé en el pasillo y él entró. Me puse nerviosa y no aguanté más, entrando a aquel lugar lleno de cajas y bastante sucio. Dos hombres me preguntaron que quería. Inventé que el que estaba dentro era mi novio y me hicieron entrar a una oficina en donde él estaba hablando con un tipo de unos cincuenta años, bastante gordo y con aspecto desprolijo.

¿Esta es tu novia? – preguntó el hombre con una sonrisa en los labios. – Si – me apuré a responder.

A ver nena, esperá fuera, dijo el hombre. Salí de la oficina y luego de unos minutos salió mi amigo y me dijo que le tenía que hacer un favor. Me tenía que dejar coger por el gordo, porque de esa forma le perdonarían la deuda. Me dio mucho asco y le dije que no, luego me generó algo de pena mi amigo y acepté, ingresando a la oficina con él. Me acompañó hasta que las manos gruesas de aquel hombre me tomaron por la cintura. Quedé parada entre el escritorio y él que estaba sentado en un sillón. Mi amigo iba a salir cuando el hombre le dijo: – ¿Donde vas? Quedate ahí, sentate. Quiero que mires todo. Es parte del pago. – Mientras decía esto, con una mano me tomaba por la parte baja de mi espalda, a la altura de la cintura, apretándome contra él y con la otra manoseaba mi cola de calza negra. Luego me dijo que le mostrara las tetas, entonces me las comenzó a lamer y su barba me rosaba los pezones humedecidos, a la vez que me daba pequeñas palmadas en las nalgas. Me hizo dar vuelta y me obligó a apoyar las manos sobre el escritorio. Me bajó la calza y vio que no tenía ropa interior. – ¡Ah putita!, dijo entre risas de satisfacción. Yo estaba totalmente depilada, esa mañana me había rasurado y mi piel estaba totalmente libre de bellos, suave piel de jovencita. El gordo lamía y salivaba mi cola y mi concha desde atrás, logrando que yo me excitara, si, me mojé toda, más allá de lo despreciable de su ser. O tal vez, por eso mismo, en fin, no importa. El tema es que ya estaba deseando que me cogiera. Pero el gordo me obligó a arrodillarme, desprenderle el cinturón y bajar su ropa. Se volvió a sentar y tomó mi cabeza desde atrás, obligándome a chuparle la pija un buen rato. No me disgustó nada, tenía un poco de gusto feo, pero luego de un rato entrando y saliendo de mi boca el sabor se me antojó agradable y sabroso.

Luego me levantó, tomándome de los brazos y me puso de espaldas a él. Me apoyé en el escritorio nuevamente, esperando que su pija ingresara en mí. Me sorprende que comienza a pasarme saliva de él en la cola. Y luego me mete un dedo, de los suyos, gordos como eran, en mi ano. Yo nunca había tenido sexo anal, y ya adivinaba su intención. Intenté darme vuelta, pero él me obligó a quedarme en el lugar.

Tuvo que hacer bastante fuerza, hasta que por fin entró. Yo sentía como el aro de mi ano se abría lentamente, cediendo a que aquel miembro ingresara, para luego salir, y así repetir incontables veces la acción que, lentamente repetía entre jadeos y respiraciones entrecortadas sonando a centímetros de mi oído.

El sudor de su vientre abultado se multiplicaba y mojaba mi espalda, haciendo resbalar nuestros cuerpos.

El dolor y el placer parecían ser uno solo. Me tomaba, apoyando una de sus manos sobre mi cabeza y tironeando hacia él. Yo podía sentir la presión en ella y sus dedos en la frente, y me dejaba llevar hacia atrás, yendo hacia adelante solo para regalarle la fantasía de estar intentando impedir que me penetrara.

Luego pasó por delante mío la otra mano y comenzó a pasar los gruesos dedos por mi vagina depilada y cerradita, que se abría cuando los dedos jugaban con ella. Me mojé más aún y largaba gemidos mezclados con expresiones de dolor por su verga en mi ano. Me retorcía de placer y él, al darse cuenta, me susurró al oído, – Ah, te gusta putita.

Inmediatamente se retiró y comenzó a masturbarse apoyando el glande en la línea de mis nalgas pulposas y apretadas. Inmediatamente sentí el chorro grueso de semen que se depositaba en mi sanja trasera. Un líquido muy espeso que quedó allí sin caer, adherido a mi piel.

Luego me levantó la calza. Le pregunté si tenía un poco de papel para limpiarme, pero me contestó que no, que tenía que irme con su regalito metido allí.

Salimos con mi amigo y al caminar por la calle, ambos en silencio, sentía como mis nalgas se rosaban húmedas provocando un sonido como de chapoteo.

Fue mi primera experiencia anal y les puedo asegurar que la disfruté y mucho.

Autor: Vicky

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