EL SUPERVISOR Y LOS ALBAÑILES
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Quiero relatar lo que sucedió en una ocasión. Tengo una propiedad en cierta ciudad de la Riviera Maya, en una zona apenas en crecimiento.
El asunto es que en una ocasión me subí a la azotea de mi casa para dar mantenimiento al techo, en eso observé que llegó un inspector del ayuntamiento, un chavo de buen ver, supuse que era de esos inspectores de construcción, pues al lado de mi casa estaban levantando una construcción, eso no tenía nada de particular, sino que esa situación se repitió durante varios días, bueno, pensé, deben estar checando bien la situación de la obra, pues es una construcción grande;sin embargo, en otra ocasión, cuando estaba limpiando un poco el patio trasero de mi terreno (mi propiedad está totalmente bardeada), me pareció escuchar voces y forcejeos pero en el momento empiezo a oir gemidos muy quedos, eso me pareció extraño pues ¿qué podía estar pasando del otro lado de mi pared? eso me puso alerta y con sigilo me subí al techo de mi casa como haciendo que continuaba con el mantenimiento, menuda sorpresa que me llevé cuando me asomé a la construcción de al lado y veo a tres albañiles jóvenes y fornidos, de piel morena, que tenían al supervisor del ayuntamiento bien empinado, uno lo tenía clavado por atrás, mientras otro le daba por la boca y al tercero el supervisor se la jalaba, allí me estuve observando, con la excitación al cien, como dice la canción al filo del pantalón, pues ellos no podían verme. Entonces me expliqué por qué aquel funcionario municipal iba de manera tan regular a aquella construcción. Después de eso estuve atento a la hora en que llegaba, casi a la misma hora, y esto sucedió unas tres o cuatro veces más, porque para las siguientes ocasiones,ya me había colocado un banquito para sentarme y estar más cómodo observando -me gusta mirar- pero en la última ocasión, accidentalmente tiré algo y me descubrieron y aunque me hice el disimulado, pero supe que se dieron cuenta de que los vi, porque aunque el supervisor seguía visitando la obra, tanto él como los albañiles al mirarme en mi casa o en mi patio, se quedaban observando como preguntándose qué tanto sabía yo del asunto, yo sólo los observaba. El más apenado pero a la vez más osado era el supervisor, de unos 28 o 29 años, de no mal ver, varonil, tanto de maneras como de voz -nadie pensaría que le gustara la aventura gay- que cuando me miraba, me echaba miradas a la entrepierna, pues como saben en esta zona siempre andas en shorts o bermudas o en ropa cómoda. En ocasiones me lo encontré en el supermercado de la localidad y como siempre, buscaba algo con la mirada y cuando nos cruzábamos, volteaba insistentemente como pidiéndome lo siguiera a algún lugar, yo no le seguí el juego pues sólo me gusta ver, soy voyeurista solamente, no me gusta participar en juegos sexuales más allá.
Autor: Lacroix
