Mi primera vez a los 19 con un maduro
Esta es una historia 100% ficticia, pero la vivo en mi mente como si fuera real. Sé que muchos relatos aquí nacen de fantasías deliciosas, y eso es lo mejor del sexo: jugar con lo sucio o dulce al extremo.
Tengo 29 años, soy de México D.F., me llamo Manuel y soy gay. Soy 100% pasivo. Desde joven noté que los hombres me atraían más que las mujeres. Jamás tuve novia; besé a una chica una vez, pero no sentí nada.
Desde siempre he sido gordito, no obeso, sino llenito. Bajaba y subía de peso rápido, lo que desarrolló unas nalgas grandes, carnosas y de muy buen ver. Mis pechos crecieron lo justo para colgar y llenar una mano, con rica textura al apretarlos.
Desde joven me volvían loco los hombres maduros, de 40 años en adelante. No sé por qué, pero su presencia me enloquece. Me hablaron del sexo como algo natural, así que sabía algunas cosas.
Ahora les contaré mi primera vez. Vivía en un edificio donde mis padres trabajaban: mamá en un dispensario médico, papá como contador en una farmacéutica. En la azotea había cuartos de servicio vacíos. El edificio de 10 departamentos solo albergaba cuatro: el nuestro (6), una señora mayor, la dueña (2) y un matrimonio (8).
Acababa de cumplir 19 años, en vacaciones de julio tras salir de la prepa. Mis padres seguían trabajando, así que desayunábamos juntos y mamá me dejaba comida: sándwiches, hot dogs, sopas Maruchan. Podía ir con mi tía o al dispensario, pero prefería casa para ver porno y masturbarme. Tenía VHS que adoraba. Me desnudaba, metía dedos o vegetales pequeños. Eyaculaba en el estómago, me untaban el semen, incluso lo probaba. Al principio su textura y olor a cloro me daban asco, pero la curiosidad ganó. Sabía raro, grumoso, lo escupí primero, pero le agarré el gusto.
Un día varié: subí desnudo a la azotea al cuarto de servicio. Había una cama vieja. Me encantó el sol calentando mi piel, como un cuerpo ajeno. La puerta tenía llave, todos salían hasta la noche, y la azotea era privada: escaleras en medio, cuartos alrededor, lavaderos y tendederos cubriéndome.
Durante tres o cuatro días lo hice: subía, me desnudaba, me tiraba al piso caliente, me tocaba, me mojaba con agua de lavaderos, me masturbaba en la cama.
Todo bien, hasta que no calculé detalles. A mis 19, no pensé que todos tuviéramos llave de azotea, ni que un vecino pudiera quedarse y subir.
Un día, desnudo junto a los lavaderos, echándome agua para limpiar semen, oí un “¡Hola!”. Me paralicé, brincé del susto. Giré pensando en mi papá o alguien del edificio. Era Ramiro, del departamento 2, esposo de Claudia: 51 años, maduro atractivo.
Le di la espalda encogido, cubriendo pene y pechos (siempre me daban pena por bullying escolar). Dije: “Ay, perdón, pensé que no había nadie”, y corrí a mi cuarto.
Me moría de vergüenza, temblando. Me quedé 40 minutos, pero eran las 3 y mamá llamaría. Salí agachado; él lavaba ropa con radio. Me dijo “Buenas tardes”, respondí “Gracias, igualmente” y bajé.
Pasaron cuatro o cinco días de pena, temiendo lo dijera a mis padres. Lo oía en azotea, pero no hizo nada. Gané valor y, con adrenalina puberal, subí tras irse mis padres. Me bañé emocionado, pensando riesgos: solo, él mayor, podría salir mal. Pero deseaba que pasara.
Subí a las 11:30, dejé palanganas en lavaderos, me encerré esperando. Oí su puerta, pasos; me escondí. Llegó a lavaderos con radio amarillo. Salí como casual. Me vio: “Buenas tardes”. “Hola”. Vacíe palanganas, entré y salí lento con llaves, esperando comentario. Nada: “Con permiso”. “Sin pasarse”.
Me calmé, pero decepcionado. Al día siguiente subí solo y me masturbé.
El miércoles cambió todo. Subí en shorts, chanclas y playera pegada. Él subió en pijama, playera y chanclas. Salí: saludo normal. Me pidió palangana: “Dejé la mía abajo”. “Sí”. “Me tardo; si quieres, te la paso después”. “Estaré en el cuarto”. “Platicamos. ¿Molesta el radio?”. Emocionado, esperé avance.
Lavando, dijo: “¿Por qué corriste ese día?”. Nervioso: “Me dio pena, pensé era mi papá”. “Pena ¿por qué? Somos hombres”. Bajé guardia. “¿Hacía calor, verdad?”. Rió. “Sí, me refrescaba”. “¿Y tus papás?”. “Trabajando”. “¿Qué haces aquí?”. “Acomodo cosas”. “Subes seguido”. “Sí, vacaciones”. “Te veo mucho”.
Noté su mirada intensa. “¿Cuántos años?”. “19, los cumplí hace poco”. “Jovencito”. “Sí”. Rió: “No tan chico”. “Te vi de espaldas; no parecías chico”. No entendí: ¿edad o cuerpo? Mis nalgas grandes ayudaban.
“¿Por qué?”. “Tienes curvas de chica”. Reí, me calenté. “¿Novia?”. “No”. “¿Nunca?”. Conté beso escolar. “¿Te gustan chicas?”. “No me llaman”.
Se aventó: “Hace calor, ¿no?”. “Sí”. Lavó. “¿Por qué no lo haces?”. “Pena, ¿y si alguien ve?”. “Mira escaleras: vacío. Cierro puerta”. Fue, aseguró.
“Siéntete libre”. Volvió a lavar. “¿Calor?”. “Sí”. Se quitó playera: “Lavo la mía”. Buen cuerpo para 51. “Ya te vi; no pena”.
Acorralado, quité chanclas y shorts: en trusa y playera. Piso caliente relajaba. Volteó: “Te animaste”. Tendió ropa platicando de su vida. Sudaba; se quitó pijama, en bóxer. Lo vi casi desnudo, excitado. Mi erección notoria.
Ofreció lavar mi ropa. Quise quitar playera por pechos, pero di espalda y lo hice. Lampiño, piel blanca. Mojó mi ropa rápido. Yo miraba su bulto.
Terminó calcetines y ropa interior. “¿Te lavo la trusa?”. Congelé; se quitó bóxer. Pene flácido, grueso, circuncidado, glande rosa. “Dámela”. Bajé trusa de espalda, lancé. Agua a la boca: hermoso.
Desnudos, lavó dando espalda. Tendió bamboleando pene. Se sentó en escalones, piernas abiertas. “¿Por qué te cubres?”. “Pena”. “Mírame: desnudo. Descúbrete”. Lo hice: lampiño, nalgón, tetón.
“Ves, mejor así. ¿Playa?”. “No”. “Bronceate; piel blanca”. “Sí”. “Traigo bronceador”. Bajó desnudo, volvió. “Prueba”. Di manos; “No, en cuerpo. ¿Te ayudo?”. Temblé, erecto: “Sí”.
Senté en escalones. Untó espalda, piernas, nalgas, estómago, pechos. Manos enormes me volvían loco. “No quemarás”. Me alejé conteniendo eyaculación. Se sentó, pene abajo. “Bonito cuerpo; no lo cubras”. Conté bullying. “Te va bien gordito; suave”.
“¿Mujeres?”. “Sí, cadera ancha, pompis grandes, pecho suave”. “Pero…”. “¿Pena por pene duro?”. “No”. “¿Viste algo que gustó?”. Señalé pene: “Jamás vi uno así en persona”. “¿Curiosidad?”. “Sí”. “Siéntate”.
Agarré: grueso. Moví instintivo. “Conócelo”. Tocó escroto, glande. Hipnotizado. “¿Te gusta?”. “Sí, grande”. “¿Jugar?”. “Sí”.
Senté frente: acarícié, se erectó. “¿Beso?”. Lamí base a cabeza. “Ahh”. Lamí lados. “Mételo”. Lo hice: sabor carne, olor sexo. Mamé perdido.
“¿Probar algo?”. Sabía: semen. “Sí”. Gimió fuerte, agarró nuca, chorros calientes en garganta. Grumoso, amargo-dulzón, bicarbonato. Tragué, gustó más que mío. Salpicó cara, pechos.
“¿Te gustó?”. “Sí”. “¿Penetrado?”. “No”. “Levántate. ¿Te estrene? Mujer no da sexo; tú fascinas”. Excitado: “Sí, en mi cuarto”.
Cama vieja. “Perrito”. Nalgada: “Cuerpo mujer”. Lamé ano: delicioso. Volteé; montó piernas, escupió pene. Empujó glande: ardor. “Relájate”. Usó bronceador lubricante. Entró mitad; grité. Sacó, entró más: eyaculé semen en estómago.
Perrito: escupió, clavó. Vaivén picando punto G. Montó, apretó pechos. “¡Me vengo!”. Chorros calientes inundaron. Cayó encima: orgasmo masivo mío.
Recuperados: ano abierto, sangre leve (“normal virgen”). “Repetimos cuando quieras”. Platicamos, mojándonos. Bajamos desnudos a su depto: arroz, tortas. “Desnudos siempre”.
Nos vimos mucho: azotea, su casa, amigo maduro. Así inicié. ¿Quieren más? Comenten.
Gracias por leer. Primera vez escribiendo; perdonen repeticiones.
Autor: Manuel
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