Una noche loca

Bueno, lo primero decirles que perdí mi virginidad a los 18 años, hace algunos meses. Soy alto, de pelo moreno y con un cuerpo que – dicen ellas – está bastante bien (voy al gimnasio y a natación; también practico senderismo) Yo había salido con unos amigos a un pub, más que nada por lo de la fiebre del Sábado noche, y eso, nos pusimos en la barra viendo a la gente y de vez en cuando comentando algo.

Como era previsible, todos mis amigos fueron a bailar con la primera chica buena que se les pasó por delante, pero yo fui la excepción. En realidad no porque ellas no me lo pidieran (en media hora vinieron dos chicas, pero no quise nada con ellas) si no porque en esos momentos no me gustaba nadie en realidad. Esto se vio sin duda desmentido porque, mientras estaba fijándome en uno de mis amigos, vi a una chica preciosa en la barra, no muy lejos de mí. Era algo baja, de pelo castaño tirando a rubio, al igual que sus ojos. Curiosamente estaba sola, así que me acerqué a ella:

– Hola – saludé. La chica (a la que llamaremos Elena, pese a no ser su nombre verídico) me miró.

– Hola.

– ¿Cómo estás aquí sola, no has venido con nadie?

– Sí, bueno… ellos se han ido a bailar – me respondió ella.

No dejaba de mirarme y esto me incomodó bastante, no tenía excesiva experiencia con las chicas.

– Ah bueno – repuse – entonces como yo – hice un gesto con la cabeza y señalé a mis amigos.

Ella sonrió tímidamente. La verdad es que yo tampoco podía quitarle los ojos de encima, y ella lo notaba porque nuestra conversación se iba haciendo cada vez más y más caliente.

– Y tú… ¿tú tienes novia? – me preguntó, casi sin atreverse.

– No… ¿Tienes novio tú?

– Tampoco…

Yo me acerqué un poco más a ella y ella hizo lo mismo, pero casi sin darme cuenta ella me abrazó y me besó. Yo debía de llevar como cinco meses sin besar a ninguna chica, pero en ese momento no me importaba, y nuestras lenguas se tocaban más y más a medida que nos íbamos acercando a la salida del pub. Ella se paró en seco pero siguió besándome, yo no entendía muy bien la situación, estábamos abrazados hasta que ella retiró una mano y me la pasó por la cintura hasta detenerse en mi pene. Por supuesto, ya estaba erecto, y eso pareció gustarle, porque me lo empezó a tocar y lentamente comenzó a masturbarme.

– No por favor… – dije yo, la cosa comenzaba a alarmarme: ¿y si la gente nos veía?.

– No pasa nada – me sosegó ella – tranquilo… – y me volvió a besar.

Pero yo le dije.

– Aquí no por favor – suspiré – ¿y si nos ven?.

– Vamos fuera entonces… – dijo ella, y abrimos la puerta de salida.

– ¿Viniste en coche? – le pregunté.

Ella me sonrió por toda respuesta y entendí que sí, porque abrió la puerta de uno, a mí no me importaba si era el de ella o el de Pepito de la Calzada, sólo quería besar a aquella chica que realmente me gustaba mucho. Al meternos en el coche, ella me volvió a besar, y yo la abracé. Pero fue la misma jugada de antes, ella volvió a tocarme el pene, y comenzó a masturbarme nuevamente.

– Yo… no sé si debo… – dije yo: no estaba nada seguro.

– Ah vamos, ¿nunca te has masturbado? – me preguntó ella, sonriendo.

– Sí pero nunca me han masturbado – respondí yo, poniendo especial énfasis en la palabra “me”.

Ella me sonrió y yo, en un acto más involuntario que voluntario, le quité toda la parte de arriba de su ropa.
Ella se acercó más a mí, de manera que sus tetas chocaron contra mi cuerpo, y su mano seguía masturbándome. Ella se desabrochó el pantalón y dejó al descubierto un tanga que casi no le cubría nada de la vulva, y me animó a que se la tocara.

– Dios, estás empapada – dije yo, frotándome mi mano contra su vagina.

Ella no pudo responder porque tenía cerrados los ojos del placer que sentía, pero con la otra mano seguía dándole a mi pene. Penetré a Elena con mi dedo hasta llegar al clítoris, y allí empecé a frotar en círculos. Estoy seguro de que en ese instante me puse rojo como un tomate, pero ella me decía:

– Sigue… sigue por favor…

Así lo hice y al poco me dijo:

– Espera… un segundo.

Paré, pensando que había hecho algo mal, cuando me di cuenta de que era todo lo contrario, se metió mi pene en su boca (toda una hazaña, a mi entender, por mis 24 cm) y empezó a pajearme. Aquello yo no lo pude resistir y no sé cómo perdí el control y me corrí dentro de su boca. Ella me miró sorprendida y luego yo le dije.

– De verdad que lo siento mucho, soy virgen…

– No pasa nada… méteme ya tu polla por favor, es que no me aguanto más.

Con cuidado, lo hice, y ella gimió de placer. En breve iba a llegar a su primer orgasmo y yo no sabía qué hacer, no sabía si seguir o no, y sus gemidos se habían convertido en gritos, tenía la vulva empapada y mi pene entraba con suma facilidad por ella hasta que… se corrió. Fue un orgasmo inmenso y me empapó una mano.
Después nos quedamos dormidos, pero antes ella estaba tan exhausta que sintió un líquido caliente recorrer su vagina… no tenía fuerzas para controlar nada, y se meó y mojó su tanga.

Autor: Zelgadis

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