Como me inicié con Carmina

De joven adulto éramos bastante pobres; vivía independizado en una vivienda rentada, 2 cuartos de 4×4 y ya, ahí estaba todo. En la casa los dueños tenían una hija llamada Carmina, era más grande que yo, ya una mujer adulta, nada que ver conmigo. Junto a nuestra vivienda construyeron un baño que luego empezamos a utilizar como tal; sin embargo, los dueños comenzaron a utilizarlo como bodega, metían utensilios y luego descubrí que también había bultos de ropa. Mi curiosidad me llevó a hurgar en ellos y descubrí que ahí guardaban ropita de Carmina: medias, brásieres y pantaletas. Yo empezaba a despertar plenamente en lo sexual y cada que podía me hacía ricas chaquetas solo con mi mano y mi imaginación. Al descubrir la ropa, algo cambió.

Cuando no había nadie en casa, me encerraba en el baño, sacaba la ropita y me la ponía: medias, pantaletas y brásieres que rellenaba con más ropa. Me sentía riquísimo; el roce sedoso de las medias me excitaba a tope, oliendo a su esencia femenina sutil, las pantaletas las mojaba con mi precum y terminaba viniéndome en ellas con un chorro caliente. Me imaginaba estando con una mujer, tocando sus prendas, metiéndosela hasta echarle mi leche, el aroma almizclado intensificando todo.

A veces conseguía unas revistas que encontraba por ahí y las leía a escondidas; era increíble estar jalando mi verga despacio, leyendo los relatos o viendo las imágenes de ricas chicas, era un lujo en ese momento.

Sin embargo, poco a poco se dieron cuenta que pasaba demasiado tiempo en el baño y le dijeron al dueño, quien comentó algo. Para evitar problemas, se me ocurrió otra estrategia: entraba al baño y empezaba a sacar la ropa de Carmina, la metía dentro de mi almohada como si fuera el relleno.

Por las noches, como dormía solo en el piso, esperaba a que el ruido de la casa se apagara y poco a poco sacaba sobre todo medias y pantaletas. Me las ponía —las medias me volvían loco, frotando mis piernas con su textura suave, haciendo que se me parara a tope, y las pantaletas apretando mis nalgas con delicada presión. Luego aprendí a controlar mis masturbaciones: lo hacía despacio, suave, frotando mis piernas con las medias, sintiendo las pantaletas rozar mi culito, oliendo el leve perfume persistente. Era delicioso, aguantaba todo lo que podía, prolongando el placer hasta que ya no resistía y soltaba la leche espesa en las pantaletas, empapándolas por completo. Al día siguiente las sacaba y cambiaba por otras de las que estaban guardadas en el baño.

Fue una época genial: imaginaba sexo intenso, me venía a chorros, mi cuerpo se encariñó con las prendas femeninas hasta la fecha. No soy ni gay ni travesti (o eso creo), pero me encanta sentir la sedosidad de las prendas, la forma en que aprietan tus piernas y tus nalgas; ahora es rico sentir las tangas que se meten entre las nalgas y rozan tu culito con esa fricción perfecta.

El caso es que agradezco a Carmina por no tirar su ropita y “heredármela” sin saberlo; gracias a ella tuve una parte de mi juventud feliz.

Este relato es totalmente verídico, no sé cuáles sean sus experiencias con la autosatisfacción o el descubrimiento del sexo, pero me encantaría conocerlas y comentarlas. Un gusto compartir con tod@s.

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