Visita playera: follada con la madurita del casino
Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.
Antes del relato, una pequeña referencia que ayudará a entender lo que escribo.
Vivo en una ciudad que tiene en 500 km., a la redonda 6 de las principales ciudades donde la gente vacaciona en verano. En mucha de ellas playas, vida nocturna, desenfado, falta de prejuicios y gente de todas las edades, que visten de manera ocasional sin importar si sus físicos y su edad acompañan.
Las noches se vuelven ajetreadas, los antros desbordan y las confiterías (lugares donde tomar un trago) se nutren de personas a las que poco les importan las apariencias. Las playas se transforman en paseos costeros y cada sector donde la oscuridad manda, se vuelve adecuada para locuras.
Ahora la historia. Pese a vivir tan cerca, hacía más de 5 años que no visitaba esos lugares: cuestiones económicas, tiempos laborales o simplemente la edad que me lleva a evitar lugares de mucha concentración de gente.
El viernes 9 de Enero, recibí el llamado de Tito: un amigo que suele estar pendiente de cuanta oportunidad comercial se le presenta.
Tito: Negro, te invito a pasar tres días en Monte Hermoso. Voy a ver unos negocios que cierran y venden equipamiento de trabajo.
Me contó que estaba por empezar un emprendimiento gastronómico en nuestra ciudad y había visto que varios negocios del lugar cerraban sus puertas a fines de Enero porque no les había ido bien en la temporada. Él pensaba aprovecharse de ello y comprar a bajo costo las maquinarias necesarias para su emprendimiento.
Tito: arreglo con 6 negocios para ver las cosas y aprovechamos la tarde y la noche para ver mujeres, irnos de joda y vaguear un poco.
La idea estaba buena, no tenía obligaciones en esa semana y me pareció interesante.
Tito: arreglado, el lunes te paso a buscar y nos quedamos hasta el jueves a la mañana. Me acompañas a ver las máquinas y después hacemos playa hasta la noche.
Como es de suponer, armé un bolso con pocas ropas: mallas, remeras, algún jean, calzado adecuado y no mucho más. El lunes a las 8 de la mañana Tito estaba tocando bocina en la puerta de casa. Me subí a su auto y aprovechamos el viaje para que me contara sus ideas, había alquilado una casa cerca de la playa, aunque algo alejada del centro. Cargó varios six packs de cervezas, bastante carne para la parrilla, algunas verduras y las infaltables botellas de vino.
Tipo 10 de la mañana, llegamos y nos ubicamos en la casa. Una ligera recorrida por la ciudad, las clásicas compras de pan y leña, una ducha rápida y la primera visita a un local para ver los artefactos que él quería comprar. La visita duró unos 40 minutos.
Tito: la próxima entrevista es a las 13 horas, para ver todo en marcha ¿nos vamos a la playa hasta esa hora?
Alejo: dale, no hay nada mejor que hacer.
Ahí empezó el conjunto de sorpresas para mí: varios de los negocios históricos habían cerrado, quedando solo los más representativos. La gente que estaba en camino a la playa era bastante mayor y vestía muy distinto a mi última visita al lugar: las mujeres ya no usaban pareos sino unos vestidos de redes que mostraban las mallas diminutas, los hombres con shorts casi bermudas de colores muy llamativos o franjas multicolores. Lo más llamativo para mí fue que mujeres con físicos muy rellenos (no quiero ser ofensivo) usaban biquinis y tangas diminutas, los hombres ropa muy ajustada y con panzas cerveceras muy notorias: les diría que casi rozando la ridiculez.
Tito me miró y se tentó de risa, no podía creer que estuviese tan asombrado de lo que veía.
Tito: serenate Negro, ya vas a ver cuando bajen las pendejas, parece que andan en bolas. Y otra cosa, si le gustas a alguna de las veteranas, te van a encarar de una.
Él sabía cómo venía la historia, él viaja cada verano a la costa y ya no se sorprende con nada, pero a mí me estaba trastornando.
Nos acercamos a un parador y alquilamos una carpa por el día. Nos asignaron el lugar y un muchacho joven nos alcanzó sillas y dispuso las lonas para resguardarnos del viento y la arena. Minutos más tarde, apareció una chica de no más de 25 años con una biquini marrón (con mi short de baño podía hacerse dos juegos completos de las dos piezas de su malla) con dos latas de cerveza y un recipiente con maníes.
Empleada: caballeros, gentileza de la casa. Para lo que necesiten, soy Maite y estoy a su servicio.
Dejó las cosas sobre la mesa, nos regaló una hermosa vista de sus tetas y culito y se fue de vuelta al parador.
Alejo: Tito, si la moza te atiende casi en pelotas, me imagino lo que está por venir
Tita: ya vas a ver, acá las ofertas sobran, solo hay que saber elegir.
Hasta las 13 horas, el desfile de gente que subía y bajaba a la playa era terrible: mujeres esculturales con mallas intramusculares, gorditas rellenas que usaban tangas minúsculas, chicas que podrían ser nuestras nietas que con total desparpajo usaban 3 triángulos para cubrir tetas y conchitas, hombres con mallas súper ajustadas que apretaban lo mucho o poco que “cargaban”, en fin muestras de todo tipo de ganado.
Sobre las 14 horas se ocupó la carpa contigua. Una mujer de unos 60 y tantos en biquini rosa, con colgajos a diestra y siniestra (bronceada a más no poder), otra de unos 40 con un hilo dental rojo cuyo brassier parecía explotar con un par de tetas operadas (sin duda), dos niños de unos 5 o 7 años y un señor mayor (con short y remera) que sin duda era el marido de la mujer mayor.
Nos saludaron con cortesía y el hombre caminó rumbo a la orilla con una sombrilla que clavó, para luego abrir una reposera plegable y se dispuso en ella, quizá a dormir la siesta, mientras sus nietos jugaban en la arena mojada. Las dos mujeres se quedaron en la carpa, hablando de la noche que habían pasado en el casino y su suerte.
Tito no dudó y les preguntó sobre cómo había les había ido en la noche, la mayor relató con lujo de detalles lo sucedido, mientras la hija se aplicaba crema en brazos y piernas.
Vecina: deberían probar suerte, parece ser que están regalando el dinero.
Tito: no somos muy afectos al juego, no sabemos cómo hacerlo.
Vecina: esta noche vamos por una segunda chance de ganar más dinero, tipo 23 horas estaremos ahí.
Vecina joven: mamá, ¿otra vez esta noche?
Vecina: claro nena, a tu padre no le gusta, nos vamos las dos otra vez
Tito: ¿nos enseñarían?
Vecina: claro, si no les molesta ir con una vieja y su hija.
Tito: vieja nada, una mujer con experiencia
A la mujer mayor se le dibujó una sonrisa y la hija se puso roja como tomate. La charla siguió durante un buen rato, hubo presentaciones de rigor y un arreglo para encontrarnos en el casino.
Las mujeres partieron rumbo al mar y Tito me miró con una sonrisa: “hoy se garcha, la vieja está regalada pero la hija va a costar un poco más” dijo mientras terminaba la cerveza.
Alejo: ¿te vas a sacudir a la vieja?
Tito: ¡¡que te hacés el pendejo!! Si tiene 5 o 6 años más que nosotros. Seguro que el viejo no la toca hace años. Estirar es como desvirgar, querido, además tienen plata
Mi carcajada se debe haber escuchado desde el mar mismo. Cuando los 5 volvieron del mar, la charla fue más fluida, y se notó que el hombre se dormía temprano junto con los nietos, dejando a la mujer y la hija libres de actuar.
Volvimos a la casa a las 18 horas y conocimos a los vecinos: 4 mujeres de unos 35 años que vacacionaban siempre juntas y un matrimonio de unos 60 y tantos que venían de Córdoba.
Las más jóvenes se enteraron que haríamos un asado y propusieron agregar algo si las invitábamos a cenar, mientras los cordobeses aportaron fernet y gaseosa para la previa. Cenamos todos juntos, hubo risas, chanzas y humor típico hasta cerca de las 23.
Los mayores se fueron a descansar y las 4 amigas se nos unieron en la visita al casino.
Tito: ya hay para elegir, no desperdicies la chance
Alejo: me gusta la hija de la viejita.
Tito: voy a ver qué tan juguetonas son, quien sabe si hay fiestita esta noche.
Después de acomodar todo, partimos para el casino. Las vecinas se dividieron en dos grupos y nosotros nos encontramos con madre e hija. Tipo 12 de la noche, la vieja ya llevaba ganados como $300.000, la hija había perdido bastante, Tito y yo habíamos salvado el viaje y las vecinas tenían los bolsillos bastante cargados.
Fuimos por unos tragos al bar, la vieja se excusó y volvió a la casa, la hija (Amara) estaba quería revancha y Tito se quedó en la barra con las 2 de las vecinas.
Para la 1 de la mañana, Amara había recuperado su dinero y pretendía irse. Me acerqué a Tito y le dije que la acompañaría para después volver. “Andá tranquilo, estas están medio borrachas, no pueden ni caminar”.
Amara paraba en un edificio frente al mar y me ofrecí a acompañarla. Bajamos a la playa y caminamos por un buen rato, los tragos le habían pegado mal y se reía de cualquier cosa. Le propuse sentarnos en la arena y esperar que se le pasara un poco “la alegría”. Nos sentamos en la arena, me contó de su vida: madre separada que vivía con sus padres en Capital Federal, marido ausente y en un momento dado, se puso a llorar (típico del borrachín casual).
La abracé y dejé que calmara su llanto que destilaba alcohol. “Con 45 años soy una mujer descartable, ya no le intereso a nadie” dijo entre sollozos.
Con las defensas bajas, era blanco fácil. Sequé sus lágrimas y le di un pequeño beso al que respondió con pasión.
Lo que sigue es sencillo, nos pusimos de pie, buscamos un rincón oscuro y nos entregamos a la locura. La besé, acaricie, manoseé descaradamente y amparados por la noche nos dedicamos al sexo descontrolado.
Le quité la tanga, le hundí los dedos en la concha y me dediqué a humedecerla intensamente: una vez logrado el cometido, extendí su pollera sobre la arena y ubicándome sobre ella la penetré mientras apretaba las tetas plásticas.
Gemía como loca, apretaba sus piernas alrededor de mi cintura y en un momento dado me giró hasta montarme, para luego cabalgar como loca.
Explotó en un orgasmo intenso y se dejó caer sobre mí. “Llevaba más de 6 meses sin sexo y esta era mi oportunidad, hubiese sido mejor en una cama, pero al menos esto me deja más tranquila” dijo antes de bajarse.
Se acomodó la ropa y poniéndose de pie me pidió que la acompañara hasta su departamento. Llegamos tras caminar un par de cuadras más. “Gracias por esta noche, ya no volveremos a vernos, pero me encantó” dijo antes de abrir la puerta y desaparecer rumbo al ascensor.
Volví al casino, me crucé con Tito que se iba a la casa con dos de las vecinas: “Dame un par de horas, si la luz de afuera está apagada es que ya estoy solo” me dijo mientras salía.
Entré, jugué unas fichas más y me tomé un par de tragos antes de volver a casa. La luz estaba encendida, me quedé afuera fumando un cigarrillo y llegaron las otras dos vecinas.
“Vecino, ¿lo dejaron afuera? Venga, tomamos unos mates hasta que pueda entrar” dijo una de ellas.
Así lo hicimos, durante los mates me enteré que era pareja, mientras las otras dos se les habían unido en el viaje a último momento. Sabían que estaban con Tito, por lo que se dedicaron a pasear por la playa dándoles tiempo, hasta que ya cansadas volvieron a la casa. Jamás insinuaron la idea de algo más.
Cuando las amantes de Tito entraron, la ronda de mates se acabó y volví a la casa.
Me desperté muy tarde en la mañana. Pero el segundo día será otra entrega de este viaje.
Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
Saludos,
Alejo Sallago
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