Fin de año con mi prima, una noche de puro desmadre anal
Era fin de año, y la fiesta en la finca del tío estaba que ardía. Todo el mundo bailando reggaetón a todo volumen, ron y cerveza volando, y el calor de diciembre en Colombia nos tenía a todos empapados de sudor. Yo no podía quitarle los ojos de encima a mi prima Andrea, esa putita de 22 años con curvas de infarto: tetas paradas que se marcaban bajo el vestido rojo ajustado, culazo redondo que se movía como tentación pura cada vez que perreaba. Ella también me miraba, con esa sonrisa pícara, rozándome el paquete disimuladamente cuando pasábamos cerquita. Nuestros cuerpos brillaban de sudor, pegajosos, y el deseo entre nosotros era tan evidente que hasta los parientes tontos se daban cuenta. “Prima, esto no aguanta más”, le susurré al oído mientras le apretaba una nalga disimuladamente. “Vámonos pa’ un hotel, meloncito, que te voy a partir entera”.
Salimos volados en mi moto, riéndonos como locos, con el viento fresco secándonos un poco el sudor pero avivando el fuego entre las piernas. Llegamos a un motel de carretera, de esos baratos con espejos en el techo y cama king size. Apenas cerramos la puerta del cuarto, Andrea se me arrodilló como perra en celo. “Dame esa verga, primito”, me dijo con voz ronca, desabrochándome el zipper. Me la sacó ya dura como fierro, 20 cm de puro tronco colombiano palpitando. Se la metió a la boca entera, mamándola con ganas, chupando la cabeza mientras me masajeaba las bolas. La saliva le chorreaba por la barbilla, mezclada con mi líquido seminal, y me la tragaba hasta la garganta, gimiendo como puta. “¡Uff, qué rica mamada, prima! Chúpamela más profundo”, le gemí, agarrándole el pelo y follándole la boca. Duró como 10 minutos de puro oral hasta que casi me corro, pero la paré: “Aún no, primita, que esto apenas empieza”.
Ella se levantó, jadeando, con los labios hinchados y brillantes. Se dio la vuelta, se levantó el vestido y se bajó despacito esa tanguita blanca de algodón, empapada hasta el culo de sus jugos. “Huele esto, primito, huele a hembra excitada por ti”, me dijo tirándomela en la cara. ¡Puta madre, qué olor a cuca ardiente! Puro aroma a coño mojado, salado y dulce, con ese toque almizclado de su sudor y excitación de la fiesta. Me la restregué por la nariz, lamiéndola como loco, chupando el calzón donde había estado su clítoris hinchado. “¡Mmm, prima, estás rebosando de cachonda! Quiero comerte viva”.
La tiré en la cama boca abajo, le abrí las nalgas y le metí la lengua directo al culo. Primero le lamí el ano prieto, rosadito, haciendo círculos con la punta mientras ella gemía y se retorcía. “¡Sí, primito, métemela toda la lengua pa’ lubricar!”. Luego bajé al coño, chupándole los labios hinchados, metiendo dos dedos y sacándolos empapados para untárselos en el culo. Ella se corrió dos veces así, gritando “¡Me vengo, carajo!”, empapando las sábanas con squirt caliente.
Pero lo mejor venía. “Ahora te preparo el culo bien rico pa’ mi verga, prima”. La puse en cuatro, le abrí las nalgas grandotas y le escupí directo en el ano. Metí la lengua primero, lamiéndolo en espiral, metiéndola lo más profundo posible mientras ella empujaba el culo contra mi cara, gimiendo “¡Uff, qué lengua tan rica, primito, me lo estás abriendo!”. La saliva chorreaba por sus bolas perdón, por su coño y le metí un dedo índice, despacio, sintiendo cómo su esfínter virgen se contraía y relajaba. “¡Más, méteme dos!”, rogó. Agregué el medio, follándole el culo con los dedos en vaivén, girándolos para dilatarla mientras le chupaba las nalgas sudorosas. Luego tres dedos, untados en su squirt, estirándola hasta que el ano quedó flojito y brillante, listo pa’ la embestida. “¡Estás abierta como puta, prima, ahora te voy a reventar!”.
Finalmente, coronamos con lo que ambos queríamos: sexo anal de campeonato. La puse en cuatro, le unté un poco lubricante en el culo mezclado con su propio squirt y le apoyé la cabeza de mi verga en el ano. “Métemela despacito primero, que soy virgen por atrás”, suplicó. La embestí lento, sintiendo cómo su esfínter se abría tragándome centímetro a centímetro. “¡Ay, qué rica tu verga gruesa, me estira el culo !”. Una vez adentro hasta las bolas, empecé a bombearle duro, cacheteando ese culazo sudoroso. El cuarto olía a sexo puro: sudor, lubricante y hembra. Cambiamos posiciones toda la noche: ella montándome la verga, rebotando con las tetas saltando; de lado, con mi mano en su clítoris; boca abajo, yo aplastándola contra el colchón dándole estocadas profundas.
Follamos hasta el amanecer, parando solo pa’ hidratar y más mamadas rápidas. Ella se corrió como cinco veces por el culo, gritando “¡Me vengo con tu verga en el culo, primito!”. Yo aguanté heroico hasta el final, cuando la puse de rodillas y le llené la boca de leche espesa, tragándosela toda. “El mejor sexo anal de mi vida, prima. Somos puro fuego tabú”.
Desde esa noche de fin de año, cada vez que nos vemos, repetimos el desmadre. ¿Quién dijo que los primos no pueden ser amantes perfectos?
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