Los tíos de mi novia
Mi nombre es Tilger, tengo 19 años y siempre he sido un joven muy apuesto. Tengo una hermana muy parecida a mí, y digo que soy apuesto porque ella es bellísima. Si me pusiera una peluca, con falda o ropa femenina, caminando como ella, nadie pensaría que soy su hermano, sino su hermana. La verdad, no tengo vello en las piernas; son blancas y torneadas. Nunca me sentí mal por ello, al contrario, me he sentido afortunado.
Las chicas siempre me han acosado, lo que me obligó a tener una novia para mantenerlas a raya. Se llama Dalia: es hermosa, muy sociable, algo coqueta y apasionada. Eso aleja a las demás chicas y también a algunos hombres que me acechaban sin que yo lo supiera.
Pero lo cierto es que uno se equivoca y no distingue bien dónde está el enemigo. Eso lo ignorábamos Dalia y yo. Un miércoles recibí la llamada de mi suegra invitándome a un fin de semana con su familia al campo. No tuve inconveniente y acepté.
Al llegar al chalet, conocí a un gran número de personas de la familia de Dalia: tíos, tías, primos, padrinos e incluso su padre, a quien no conocía aún. Desde el saludo noté la impresión que causé. Todos fueron muy atentos conmigo. Vi que casi todos se habían puesto ropa deportiva e hice lo mismo.
Pero cuando salí con mi pantaloneta y camiseta oscura algo transparente, noté que tres de los cinco tíos de mi novia me miraron con sonrisas maliciosas. Casi todos me miraban, pero la de ellos fue particular.
Con el paso de los minutos, los tíos hacían bromas y buscaban acercarse. Mi novia me dejaba solo frecuentemente; la veía muy relacionada con dos de sus tíos. Finalmente, dos de ellos me buscaron para conversar, sin dejar su manierismo malicioso.
—Te queda muy bien esa camiseta —me dijeron—. ¿Dónde la venden? Tienes buen gusto para las prendas, sabes combinar los tenis. Tienes cuerpo para modelar ropa.
Continuaron con ridiculeces que me enredaban. Tenían una forma especial de hacerme sentir diferente. Poco a poco gané confianza, viéndome como un niño lindo a su lado: un poco indefenso, pero con una emoción inexplicable.
Miré a mi novia: estaba sentada en las piernas desnudas de uno de los tíos, abrazada a él. Su falda parecía más corta, dejando sus muslos al descubierto. Por inercia miré al otro tío, que me observaba con malicia sin haberse acercado aún. Lo vi apretándose el bulto entre las piernas disimuladamente.
¡Rayos! Algo no estaba bien; una extraña ansiedad me invadía. Para colmo, uno de los tíos con quien hablaba quiso “ver la textura” de mi camiseta. Al tocarla, pellizcó mi tetilla. No estuvo bien, pero me sorprendió y me cosquilleó.
Tres minutos después, todos se sentaron alrededor de la mesa. Una tía llamó a mi novia y a mí a la cocina para darnos dos bandejas. Al entrar, noté que se le asomaba una tetilla; se sonrojó cuando se lo dije. Tomamos las bandejas y las llevamos: ella por un lado, yo por el otro.
La mesa estaba llena; busqué sitio sin verlo. No me di cuenta de que a mi lado estaba el tío que se apretaba el bulto. De repente, sentí una gran mano sobre mis nalgas. Intenté evitarla moviendo la cadera, pero fue en vano. Me apretó varias veces y luego entró por debajo de mi pantaloneta. Sentí lo grande y caliente que era; me sentí impotente para armar escándalo.
Esa mano siguió sobando mis nalgas, rozando caprichosamente la entrada de mi culo. Me hacía estremecer. Lo miré: sonreía mientras se tocaba entre las piernas. Se le asomaba la cabeza de la verga y volvía a ocultarla. De pronto, un dedo se quedó en mi culo, entrando.
No sé cómo lo aguanté. Su verga salía casi toda de la pantaloneta; nunca había visto una tan grande. Me miró a la cara y sentí que perdía hombría. Su mano bajó por mis muslos hacia mi culo. Algo se untó en sus dedos: entraron como mantequilla. Mi verga estaba empalmada; mi culo parecía encantarle. Justo entonces, una tía hizo espacio para la bandeja.
Entregué la bandeja y me apoyé en el borde de la mesa. Sentí otra mano en mis piernas: era el tío que me pellizcó la tetilla. El dedo en mi culo empezó a entrar y salir. Estaba sonrojado; mi culo no me dejaba apartarme. Se sentía delicioso cómo resbalaba ese dedote. El otro me manoseaba las piernas; sus vergas templadas me excitaban verla.
Mi novia me llamó para sentarme a su lado. El tío sacó la mano y pude ir. Mi cuerpo ardía; mi culo pedía más. Me senté sonrojado, cruzando miradas con ellos. Sabía lo empalmados que estaban; ansiaba tocar esas vergas.
Al lado de Dalia estaba el tío con quien coqueteaba. Sacó un anillo: “Si adivinas dónde está, te lo doy”. Ella, coqueta, empezó a adivinar, palpando su entrepierna cada vez. Reían. Terminó metiendo la mano en su bolsillo y masturbándolo descaradamente.
Miré al tío del dedo; mi culo se encendió. Sin importarme, me puse de pie: “¿Dónde queda el baño?”. Fui allá, me bajé la pantaloneta y acaricié mi cuerpo. Escuché un toque en la puerta: era él. Entró, me abrazó por las nalgas. Sus manos calientes y su cuerpo me convirtieron en su nena. Su verga tocaba mi vientre; la tomé, la apreté y la masturbé.
Nunca había tenido una verga en la mano; se sentía genial. Él me acariciaba las nalgas mientras yo disfrutaba. La puerta se abrió: entró el otro tío, se quitó la pantaloneta y me acarició los muslos. El primero me hizo besar y chupar su verga. El otro me separó las piernas y metió su lengua en mi culo.
Chupé mientras me acariciaban; el otro me metía lengua y dos dedos, haciéndome gozar. Llegó el tercer tío. Terminé chupando las tres vergas. El primero me penetró con su penesote mientras masturbaba a uno y chupaba al otro.
Me convertía en la puta nena de los tres. Se turnaron para culiarme; yo les chupaba agradecida. Era delicioso meterlas en mi boca, jugar con mi lengua. No sabía si era más rico chuparlas o sentirlas en mi culo. Me lamían por todos lados; besarlos fue exquisito. Me sentía una nena amada, con sus vergas solo para mí.
Después de tanto, mi culo quedó conmovido, deseoso de más. Por mucho tiempo seguí viéndome con los tíos de mi novia. Y ella… ¡hasta se cogió a mi padre!
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