Rojo Intenso – Capítulo 2: Secreto en la oficina
El lunes por la mañana, las luces blancas del estudio de diseño llamado Crimson & Hues, zumbaban levemente, como si quisieran recordarles a todos que ya no era fin de semana. Las pantallas brillaban, los teclados repiqueteaban, y los clientes escribían correos llenos de urgencia artificial.
Ismael estaba sentado frente a su computadora, con los audífonos puestos, pero sin escuchar música. Solo estaba… pensando. Recordando. Sintiendo aún en la piel el tacto de la noche del viernes. La forma en que Rosanna había gemido su apodo. La mirada de ella cuando le regaló aquella tanga, aquella prenda que ahora él guardada en una bolsa sellada dentro de su cajón más íntimo en su casa.
El sonido de tacones lo sacó de su ensoñación.
Era ella.
Rosanna caminaba entre los escritorios con su porte habitual: erguida, elegante, inalcanzable. Vestía una falda entallada color vino y una blusa de seda negra. Ningún otro del equipo podía imaginar lo que había ocurrido apenas unas noches antes. Nadie, excepto él.
Sus miradas se cruzaron.
Ella no sonrió. Pero sus ojos… sus ojos hablaban.
Un mensaje rápido en su computadora apareció:
Rosanna: Entra a mi oficina en 5 minutos. Trae el diseño de la campaña.
Pero ambos sabían que no era solo por eso.
Cerró la puerta detrás de él. Rosanna estaba de pie junto a la ventana, dándole la espalda, como si contemplara el horizonte más allá de la ciudad.
—¿Tienes el archivo? —preguntó, sin girarse.
—Sí, tía, para ti tengo todo —respondió él, en voz baja pero firme.
Ella sonrió. Se giró con calma, cruzando los brazos.
—No digas eso aquí —murmuró, con una chispa peligrosa en los labios—. O me vas a obligar a besarte frente a todos.
Ismael bajó la mirada, conteniendo una sonrisa. Era una mezcla deliciosa entre incomodidad y deseo. La tensión entre ellos era como un hilo delgado que podía romperse o enredarlos más con solo un gesto.
—¿Y qué va a pasar con esto? —preguntó él, señalando el espacio entre ambos—. ¿Con lo que pasó?
Rosanna caminó hacia él con paso lento. Colocó una mano en su pecho, suave, firme.
—Eso depende… —susurró—. ¿Te asustas si esto no fue solo una noche?
—No —respondió él, sin dudar—. Me asusta que lo haya sido.
Ella asintió, en silencio. Lo observó con ternura, como si lo estuviera viendo con otros ojos. O con los mismos de siempre, pero ahora sin barreras.
—Te deseo incluso aquí, entre estos escritorios. Pero hay que tener cuidado. No quiero perderte por un error.
—Tía… —dijo él, con voz quebrada—. Si tú eres el error, no quiero tener la razón nunca más.
Rosanna rio suavemente, le tomó la mano, y la apretó con fuerza.
—Nos veremos esta noche, Lucas —dijo—. En mi departamento. De nuevo.
—¿Con vino?
—Con algo más fuerte.
Y así, mientras él salía de la oficina con el corazón latiendo como si fuera el primer día, ella se quedó sola un momento, mirando la ciudad por la ventana.
Sonriendo.
Deseando.
Planeando.
Porque el fuego que habían encendido… apenas estaba comenzando.
Pero ese mismo lunes. Minutos después, Rosanna intentó continuar con su día. Intentó. Abrió correos, revisó una cotización, firmó una orden de producción. Pero nada de eso lograba alejarla del recuerdo de esa madrugada: los suspiros, el calor de Ismael fundido en su cuerpo, su voz susurrándole “tía” al oído mientras la penetraba.
Se quitó los lentes, cerró los ojos y respiró profundo. Su cuerpo aún ardía.
Lo deseaba.
Lo deseaba con una urgencia que rozaba lo peligroso.
Y entonces lo hizo. Marcó desde su teléfono interno con solo dos teclas. Dos segundos después, la voz de Ismael respondió, suave, paciente.
—¿Sí?
—Ven. Ahora —dijo ella. Sin más. Sin justificación.
La puerta se cerró tras él.
Ismael dio dos pasos y la encontró de pie junto a su escritorio, con las mejillas sonrojadas y los labios húmedos, como si acabara de salir de un sueño caliente. Ella no dijo nada. Solo lo miró, con los ojos encendidos.
—¿Pasa algo con la campaña? —intentó él, a medias, sabiendo la respuesta.
Rosanna se acercó y lo empujó contra la pared, con fuerza, con hambre.
—Sí. Pasa que no puedo concentrarme. Pasa que desde que llegaste no dejo de imaginarte… dentro de mí otra vez.
Ismael se quedó quieto. Su respiración se aceleró de golpe.
—Tía…
—No digas mi apodo ahora… o me voy a derretir aquí mismo.
Ella lo besó con una mezcla de rabia contenida y ternura. Lo besó como quien está cruzando un límite que ha querido romper durante años. Su mano lo tomó por la nuca, sus dedos buscaron el calor bajo su camisa, y su cuerpo se pegó al de él como si lo necesitara para poder respirar.
—Cierra la puerta con seguro —murmuró al oído—. Nadie entra hasta que yo diga.
Ismael obedeció. Temblando. Encendido.
Cuando volvió hacia ella, Rosanna ya estaba quitándose la blusa, los botones soltándose uno a uno, revelando la lencería oscura que había elegido esa mañana sin saber —o tal vez sí sabiendo— que terminaría así. Su cabello caía desordenado sobre los hombros, y sus ojos brillaban de pura lujuria.
—Tócame como anoche —susurró—. Haz que olvide que esto es una oficina. Hazme olvidar mi nombre, Lucas…
Y así, en ese rincón secreto del estudio, entre bocetos, ideas y campañas, Rosanna y Ismael volvieron a entregarse al fuego que no habían podido apagar. Allí, sin camas ni velas, sin música ni vino, solo el uno al otro, sus cuerpos volvieron a hablar en su idioma secreto.
Y el mundo, otra vez, se desvaneció a su alrededor.
El clic del seguro en la puerta fue como un disparo invisible que rompió toda resistencia.
Rosanna se lanzó sobre él sin dudar, con una energía que no era rabia, sino lujuria acumulada, retenida por años. Sus labios buscaron los suyos con una desesperación silenciosa, como si los minutos que habían pasado desde la última vez hubieran sido siglos. Lo besaba como quien necesita respirar. Como si él fuera el oxígeno que la mantenía viva.
Ismael la sostuvo de la cintura y la apretó contra sí. Sus cuerpos se reconocían ya sin miedo, con hambre.
El escritorio tembló cuando ella lo empujó ligeramente hacia atrás y se sentó sobre él, con las piernas abiertas, con la blusa desabrochada mostrando el temblor de su pecho bajo el encaje. La falda se había subido sin cuidado alguno. Ella no parecía pensar en nada, solo en el momento, solo en él.
—No sabes cuánto te necesito ahora mismo… —susurró entre jadeos, aferrándose a su camisa, arrancando botones sin paciencia.
Los gemidos comenzaron a llenar la habitación. Al principio suaves, como suspiros apenas contenidos… pero fueron creciendo. Se volvieron más agudos, más sinceros. Rosanna no se cuidaba. Ya no había jefa, ni protocolos, ni jerarquías. Solo una mujer completamente rendida al deseo.
Ismael la penetraba de manera salvaje, le besaba el cuello con fuerza, acariciaba su espalda, sus imponentes nalgas. Ella se inclinó hacia atrás, arqueando el cuerpo con los ojos cerrados, dejando escapar un grito suave que rebotó contra las paredes.
—Lucas… más… no te detengas… —dijo en voz entrecortada.
Los sonidos eran inevitables: respiraciones agitadas, el roce apresurado de la ropa, las palabras dichas sin pensar, gemidos que se mezclaban con el crujido de la madera del escritorio, y de vez en cuando, una exclamación de ella —un grito— que no era de dolor, sino de un placer tan hondo que la rompía por dentro.
—No te imaginas… cuántas veces me imaginé esto —dijo él entre jadeos—. Aquí. Contigo. Escucharte así…
Ella soltó una carcajada breve, ahogada por el vaivén de su propio cuerpo que lo reclamaba todo.
—¿Y así me imaginabas, gritando tu nombre? —susurró, rozando su boca con la de él—. Pues escúchame bien, Lucas…
Y volvió a gemir, sin contenerse.
La escena se volvió un torbellino silencioso entre cuatro paredes selladas. Afuera, los empleados seguían trabajando. Nadie sospechaba. Nadie escuchaba.
O eso creían.
Minutos después, los dos quedaron quietos, respirando como si hubieran corrido una maratón emocional y física. Rosanna aún estaba sobre él, con el rostro hundido en su cuello, sudor en la frente, las piernas temblando. Ismael tenía las manos en sus nalgas, como si no quisiera soltarlas nunca, mientras su semen se disparaba en el interior de aquella hermosa mujer.
—Esto ya no es solo lujuria, ¿cierto? —preguntó él en voz baja.
—No —respondió ella, besándole el cuello suavemente—. Esto ya es algo que no se puede frenar.
Se acomodó la ropa lentamente, al igual que él, sin soltar del todo la intensidad del momento. Antes de abrir la puerta, le susurró al oído:
—Esta noche, en mi casa. Otra vez. Pero esta vez… no vamos a dormir.
Y con una última sonrisa traviesa, volvió a su silla, cruzó las piernas y abrió su computadora como si nada hubiera pasado.
Pero ambos sabían que algo había comenzado. Algo demasiado grande para esconder por mucho tiempo.
La puerta se cerró con el mismo chasquido metálico, pero todo era distinto.
Esta vez no era la incertidumbre lo que latía entre ellos. Era la necesidad. La certeza de que el otro estaba ahí por decisión, por deseo… por algo que había estado escondido bajo años de trabajo, miradas furtivas y silencios compartidos.
Cuando Ismael llegó al templo de su amor, Rosanna lo recibió sin palabras. Vestía una bata delgada, translucida, que dejaba ver la aureola de sus pezones, esta era apenas sostenida por un listón en la cintura. El cabello suelto, la piel brillante por el calor del vino y la ansiedad. Ismael, parado en la entrada, la observó como si fuera la primera vez, como si el mundo girara solo para alinearlo con ella.
—Pasa —fue lo único que dijo.
Y él obedeció.
En cuanto se acercó, Rosanna lo abrazó con fuerza. Esta vez no lo empujó. Esta vez se sostuvo en él, con la mejilla contra su pecho, respirando hondo, como si lo hubiera esperado todo el día y al fin pudiera calmarse. Ismael le acarició la espalda, y por unos minutos, solo fueron dos cuerpos abrazados en el centro de una sala silenciosa.
—¿Estás bien? —preguntó él, rompiendo el silencio.
Ella lo miró a los ojos y le acarició la barba con los dedos.
—Estoy mejor ahora. Pero… me vas a hacer sentir aún mejor.
En la habitación, la bata ya estaba sobre el piso.
Rosanna lo llevó hasta su cama, lo sentó en el borde y se subió sobre él lentamente, mirándolo desde arriba, su vulva envolvió su pene como si se tratara de un trono reservado solo para ella. Se movía con calma, con poder. Sus labios rozaban los suyos apenas, como un juego peligroso, como si quisiera provocarlo sin dejarlo caer aún.
—Esta noche no hay prisa —dijo—. Esta noche quiero saborearte, Lucas. Quiero que grites como yo grité hoy.
Él tragó saliva. La tensión le recorría la espalda. Sabía que ella lo estaba desarmando con cada palabra.
—Tía… —murmuró.
Ella sonrió.
—Dímelo otra vez.
—Tía… te deseo tanto que me duele.
—Entonces, desahógate conmigo —susurró ella—. Esta cama es nuestra confesión.
Se besaron largo, con lentitud, mientras sus cuerpos se alineaban, encajaban, se buscaban en una sincronía que ya no tenía vacilación. Los movimientos eran profundos, firmes, pero también cuidados. No había torpeza. Solo una intensidad contenida que iba creciendo como una tormenta.
Y cuando los gemidos empezaron a escaparse —suaves, prolongados, sin control—, cuando los nombres salieron entre jadeos, cuando la respiración se volvió un idioma compartido… comprendieron que ya no podían llamarle “aventura” a lo que estaban viviendo.
Ismael le acariciaba las nalgas con devoción. Ella le mordía el hombro suavemente. El vaivén de sus cuerpos llenaba la habitación, mezclado con frases rotas, suspiros y promesas que aún no sabían que estaban haciendo.
Cuando llegaron al clímax, juntos, fue como la primera vez. Explosivo. Sagrado. Casi místico.
Rosanna se quedó encima de él, apoyando su frente en la de Ismael. Sus dedos dibujaban círculos en su pecho desnudo. Él la rodeó con los brazos, besando su frente, el cuello, sus clavículas húmedas de deseo.
—¿Y ahora qué? —preguntó él, sin miedo.
Ella tardó en responder. Cerró los ojos, respiró hondo, y luego dijo:
—Ahora… ahora quiero seguir viéndote cada noche. Hasta que dejemos de fingir que esto es solo físico.
Ismael sonrió.
—¿Y en la oficina?
—Seguimos fingiendo.
—¿Y si nos descubren?
Rosanna lo besó con dulzura.
—Entonces que sepan lo que es amar con el cuerpo… y con el alma.
La noche se extendía infinita en el departamento de Rosanna. Las luces tenues apenas dibujaban las siluetas de sus cuerpos entrelazados, descubriéndose y redescubriéndose sin prisa, como si el tiempo no existiera.
Ella, con la confianza de quien sabe lo que quiere, se acomodó con delicadeza, pero con firmeza, invitándolo a explorarla de una forma más profunda. Sentada con gracia y decisión, guio a Ismael hacia ese refugio íntimo donde sus cuerpos hablaban un idioma sin palabras. Su aliento cálido se mezclaba con sus suspiros, y él, entregado, respondía con la misma devoción, recorriendo con su lengua cada rincón de su vagina, despertando en Rosanna un placer lento pero poderoso.
Los gemidos y susurros se entrelazaban en la penumbra, una melodía de deseo que parecía llenar la habitación. Ella apoyaba sus manos en sus hombros, su respiración acelerada, mientras él la adoraba con paciencia y pasión, sin prisa, pero sin pausa, explorando con cariño y lujuria.
Entre caricias, besos y miradas ardientes, sus cuerpos encontraron nuevas formas de acercarse, de fundirse. Rosanna se dejó llevar, su piel brillaba de emoción, su voz quebrada por la intensidad del momento. Ismael la sostenía con ternura, mientras ella lo guiaba, jugando entre poses y movimientos que despertaban en ambos una pasión que no conocía límites.
La noche fue un vaivén constante entre el deseo contenido y la entrega total, una danza donde cada roce era una promesa, cada suspiro un secreto compartido. Sin prisa para dormir, sin intención de terminar, solo ellos, sus cuerpos y ese fuego que los consumía dulce y salvajemente.
La habitación parecía respirar al ritmo de ellos. Cada movimiento, cada suspiro, era una nota en la sinfonía que componían juntos. Rosanna se dejó llevar por la marea de sensaciones, sus dedos trazando senderos sobre la piel de Ismael, explorando con confianza y entrega. Él respondía con besos profundos, caricias que hablaban sin palabras, fundiéndose en un lenguaje que sólo ellos entendían.
Ella cambió la posición con gracia, deslizándose suavemente sobre él, mirándolo con ojos llenos de fuego y ternura. Sus cuerpos se movían en perfecta sincronía, como si hubieran ensayado cada gesto en el silencio de sus deseos más íntimos. La luz tenue bañaba sus formas, acentuando la belleza de cada curva, cada mirada cómplice.
Entre ellos no había prisa, sólo la urgencia dulce de saberse, de tocarse, de perderse. Rosanna se inclinó hacia adelante, apoyándose en sus manos mientras sus cuerpos seguían el compás de una pasión que crecía con cada instante. Los susurros se mezclaban con los gemidos, llenando la habitación de una melodía que parecía eterna.
Ismael la sostuvo con firmeza, mientras ella lo guiaba con movimientos llenos de poder y suavidad. El deseo se manifestaba en cada roce, en cada caricia, en cada aliento compartido. Los límites se desdibujaban, quedando sólo ellos dos, envueltos en un espacio donde el tiempo se detuvo y la pasión se convirtió en la única verdad.
Cuando finalmente, exhaustos pero radiantes, se detuvieron, sus cuerpos aún temblaban de la intensidad. Rosanna apoyó su cabeza en el pecho de Ismael, escuchando el latido firme que les recordaba que estaban vivos, que estaban juntos.
—No quiero que esta noche termine nunca —murmuró ella con una sonrisa suave.
Él la abrazó con ternura.
—Ni yo, tía. Ni yo.
Y así, sin necesidad de más palabras, se dejaron envolver por el silencio cálido de una noche que quedaría grabada en sus pieles para siempre.
El sol apenas comenzaba a asomar cuando Rosanna e Ismael, todavía entrelazados, comprendieron que el sueño había decidido no visitarlos esa noche. Sus cuerpos, aún vibrantes por la intensidad de horas de pasión, estaban cansados pero felices, sus pieles brillando con el sudor de una entrega completa.
Ella se estiró lentamente, apoyando su cabeza en el hombro de él, sonriendo con esa mezcla de cansancio y satisfacción que solo da el amor vivido sin reservas.
—¿Dormir? —susurró él, con voz ronca—. Creo que olvidamos cómo se hace.
Rosanna rio suavemente y le tomó la mano.
—¿Y si nos damos una ducha juntos? —propuso—. Para despertar, para seguir sintiéndonos.
Ismael asintió, encantado con la idea. Se levantaron con cuidado, aun rozándose, con la piel cálida y los cuerpos anhelantes de agua y de ese contacto que se negaba a terminar.
En el baño, el vapor comenzó a llenar el espacio, envolviéndolos como un abrazo líquido. Rosanna abrió la llave, y pronto el agua tibia comenzó a deslizarse por sus cuerpos, mezclándose con las caricias y los suspiros.
Él la sostuvo con firmeza mientras sus manos recorrían cada curva, cada rincón, acariciando con una ternura que contrastaba con la pasión de la noche anterior. Ella cerró los ojos, dejando que el agua y sus dedos fueran una caricia prolongada, un suspiro compartido.
Entre gotas y risas suaves, sus labios se encontraron una vez más, cálidos y urgentes. El agua hacía brillar cada línea de su piel, acentuaba el brillo en sus ojos, el temblor en sus manos. Rosanna se apoyó contra él, y él la rodeó con los brazos, protegiéndola del frío del amanecer y dándole calor con su cuerpo.
El baño se convirtió en un santuario donde el deseo y el cariño se entrelazaban en cada gesto, en cada roce. No había prisa, solo el tiempo detenido, y dos almas que seguían descubriéndose con la misma fascinación de la noche anterior.
Finalmente, después de un último beso que parecía prometer infinitas mañanas así, se separaron con una sonrisa cómplice. Salieron del baño, envueltos en toallas y una nueva intimidad que iba mucho más allá del cuerpo.
La ciudad despertaba afuera, pero ellos estaban en su propio mundo, uno donde el deseo y el amor se fundían en un solo latido.
Martes, 8:37 a.m.
El auto se detuvo frente al edificio del estudio. Ambos bajaron con gafas oscuras, bien vestidos, en apariencia impecables. Pero sus miradas… sus miradas lo decían todo. Después de una noche sin dormir y una ducha que se convirtió en preludio de un nuevo encuentro, sus cuerpos aún temblaban de deseo.
En el ascensor, solos, el silencio se volvió insoportable. No había cámaras. No había nadie. Solo ellos, el reflejo de su deseo en las paredes metálicas, y el eco de su respiración contenida.
Rosanna no esperó. Se giró hacia él, lo tomó de la camisa y lo besó con una fuerza que dejaba claro que aquello no había terminado. Su lengua rozó la de él con hambre, sus manos acariciaron su pecho por debajo del saco, y su cuerpo se pegó al suyo con ese calor que lo volvía loco.
Ismael respondió con las mismas ganas. La sostuvo por la cintura, apretándola contra sí, sus labios buscándola con una mezcla de necesidad y dulzura salvaje. En ese instante, el mundo volvió a apagarse. El elevador parecía no moverse nunca. Y tal vez era mejor así.
Pero entonces —ding— llegó el piso.
Rosanna se separó con rapidez, como si se tratara de una coreografía ya ensayada. Se acomodó la falda, alisó su blusa, se miró en el reflejo, respiró profundo… y recuperó su rostro de jefa.
—Listo —dijo con una pequeña sonrisa en los labios—. Nadie sospecha.
Ismael asintió, tragando saliva, el corazón latiéndole en las sienes. Salieron del ascensor como si nada hubiera ocurrido. Como si fueran dos profesionales más empezando su jornada laboral. Pero sus cuerpos contaban otra historia. Una que no terminaba.
Pasado el mediodía, entre reuniones, juntas de creatividad y correos acumulados, Rosanna ya no podía más. Había tratado de concentrarse. Había fingido una calma que no sentía. Pero cada vez que pensaba en él, en sus labios, en su cuerpo… la inquietud crecía. Estaba encendida. Intensa. Impaciente.
Escribió un mensaje en el chat interno del estudio:
Rosanna: Ismael. Ven a mi oficina. Urgente. No tardes.
No necesitaba decir más.
En cuanto él leyó el mensaje, supo. Sintió esa electricidad recorriéndole la espalda. Se levantó sin decir nada al equipo, tomó su libreta para disimular… y caminó hacia la puerta de ella.
La cerró detrás de sí.
Rosanna ya lo esperaba. De pie. Sus ojos brillaban. La falda ligeramente subida más arriba del muslo. Una señal silenciosa. El mismo fuego que nunca terminó de apagarse desde la noche anterior.
—No he dejado de pensar en ti ni un segundo —dijo ella, acercándose lentamente—. Y ya no puedo seguir fingiendo.
Ismael tragó saliva. La respiración se le aceleró. Sus cuerpos estaban a punto de desatarse de nuevo.
Y así, en esa oficina de paredes blancas, con los post-its de campañas aún pegados en el cristal blanco, el deseo volvió a imponerse a la rutina. A la lógica. A todo.
Porque cuando dos cuerpos ya se han dicho todo, lo único que queda… es volver a empezar.
Ismael entró sin decir palabra, con el corazón latiendo fuerte y el deseo bailando bajo la piel. Rosanna lo miraba desde el ventanal, como si ya supiera que él iba a cruzar esa puerta con la misma urgencia que ella sentía. La tensión era insostenible. Ambos lo sabían.
Él se acercó y sin dudar comenzó a desnudarla, con manos temblorosas pero decididas. Los botones de su blusa cayeron uno a uno mientras la miraba con adoración desbordada.
—Tía… me vuelve loco tu cuerpo… tu lujuria… lo que me haces sentir —susurró él, con una mezcla de devoción y ansia.
Rosanna lo miró por encima del hombro, con una sonrisa peligrosa.
Ismael se dejó caer en la silla de cuero que normalmente ocupaba ella. Esa misma silla donde firmaba contratos, donde daba órdenes. Y ahora, ahí sentado, era él quien la contemplaba como si se tratara de un regalo divino.
Ella, sin perder ni un segundo, se acomodó sobre él, de espaldas. Se sostuvo con las manos en los brazos de la silla, y sus movimientos comenzaron, suaves, medidos, como si cada gesto estuviera calculado para encenderlo aún más.
El vaivén de su cuerpo era como una danza silenciosa. Ismael observaba como esas nalgas subían y bajaban, mientras su pene era devorado por aquella deliciosa vagina, él la sujetaba por la cintura, luego recorría con sus manos su espalda, sus costados, hasta llegar a sus senos, que acariciaba y apretaba con una mezcla de ternura y hambre. De vez en cuando se inclinaba para besarle la espalda, para rozar con los labios su piel húmeda de deseo y con su mano derecha comenzó a masajear el clítoris de Rosanna.
Los suspiros se convirtieron en gemidos. Y los gemidos en gritos.
—¡Lucas… más! ¡No pares, por favor! —gritó ella con voz quebrada, sin pensar, sin filtros, solo con el alma expuesta.
Y entonces, un golpe sutil de aire… un sonido metálico.
La puerta.
Ismael no se había dado cuenta, en medio de su apuro, de que no había cerrado bien.
La puerta se abrió lentamente, empujada por una corriente de aire. Y afuera… estaban ahí. Algunos miembros del equipo. Congelados. Mirando como las manos de su compañero estrujaban los senos de su jefa, mientras ella con los ojos en blanco subía y bajaba mientras su vagina era penetrada sin cansancio. Nadie entendía al principio. Luego, se quedaron ahí sin poder apartar la vista.
Ismael quiso detenerse, quiso reaccionar… pero entonces sintió que Rosanna no se detenía. Al contrario. Su respiración se volvió aún más intensa. Su cuerpo se movía con más fuerza. Y su voz…
—¡Lucas… no te detengas! —gritó entre jadeos.
Ella sabía que los estaban viendo. Lo supo. Y en lugar de asustarse… se encendió más.
Ismael la sostuvo con fuerza, intentando cubrirla, protegerla, pero ella se movía como si nada más importara. Como si lo único que existiera en el mundo en ese momento fuera ese instante, ese contacto, ese fuego.
Y cuando ambos alcanzaron el clímax, todos observaron como un líquido viscoso pero transparente llenaba las piernas de su compañero, combinado con el semen de este, fue como una tormenta interna, ella dio un grito de orgasmo contenido que los hizo temblar a todos.
Luego, silencio.
Los ojos de Rosanna brillaban de adrenalina. De deseo. De desafío.
—Ciérrenla… —dijo con voz grave y temblorosa, mirando hacia la puerta abierta, sin vergüenza alguna—. Y llamen a una junta. Después.
La puerta volvió a cerrarse con un leve clic, esta vez asegurada desde dentro. Ismael se quedó quieto en la silla, respirando agitado, sin saber cómo interpretar lo que acababa de suceder.
Rosanna no se inmutó. Permaneció de espaldas unos segundos, con el cuerpo aun vibrando, el corazón desbocado y la respiración entrecortada. Luego, se irguió con elegancia, con una firmeza que no negaba su vulnerabilidad, y caminó lentamente hacia el ventanal.
En su andar, Ismael no pudo evitar notar cómo su semen aún quedaba visible… acompañado de una humedad brillante que escurría por las piernas de Rosanna, y al mismo tiempo dejaba rastros en el piso de aquella oficina como la señal silenciosa de todo lo que acababan de compartir.
Ella se detuvo, tomó aire, y luego giró sobre sus talones. Sus ojos lo buscaron. No había vergüenza en ellos. Solo un fuego calmo, mezcla de desafío, ternura… y algo más oscuro: entrega total.
Sin decir palabra, se acercó a él. Ismael aún estaba en la silla, sin reaccionar del todo. Y entonces Rosanna, en un gesto inesperado, se arrodilló frente a él, sus manos descansaron sobre sus muslos, sus ojos estaban clavados en los suyos.
—No hemos terminado, Lucas —susurró con una voz suave y densa, como terciopelo mojado.
Él tragó saliva, acarició su mejilla con los dedos, temblando por dentro. Ella lentamente introdujo el pene aún erecto de su amante a su boca.
—Tía… esto se siente tan… tan húmedo… tan tú.
Ella cerró los ojos un segundo, como si sus palabras la acariciaran más que cualquier gesto físico. Luego jugueteó aún más con su lengua, apoyando la cabeza sobre su abdomen, respirando hondo, como si necesitara memorizar su aroma, su calor, quería limpiar todos los rastros de semen que aún estuvieran en ese pedazo de carne.
No hicieron nada más. No tenían que hacerlo.
El momento bastaba: ella arrodillada en silencio, él temblando por lo que había pasado… y lo que estaba por venir. Ambos sabían que habían cruzado una línea, y que no habría vuelta atrás.
Después de unos minutos así, ella se incorporó. Se acomodó la ropa con una calma casi ceremonial, se recogió el cabello con una liga negra que siempre llevaba en la muñeca, y le dirigió una última mirada intensa.
—En cinco minutos hay junta —dijo—. Entra cuando escuches que ya estoy sentada.
Y entonces, como si nada hubiera pasado, abrió la puerta, caminó hacia la sala de reuniones, y dejó tras de sí el aroma del deseo… y el semen aún escurriendo por sus piernas.
La sala de juntas olía a café recién hecho y nervios.
Los creativos del estudio, los diseñadores, el equipo de cuentas… todos estaban ahí. Algunos evitando mirarse. Otros mordiéndose el labio. Nadie comentaba abiertamente lo que acababa de ocurrir minutos antes, pero las miradas lo decían todo.
La jefa y su subordinado, tras una puerta abierta. El rumor ya no era rumor. Era real. Y el eco de los gemidos de Rosanna aún parecía vibrar en las paredes del estudio.
Ismael fue el último en entrar. Cerró la puerta con calma, y se sentó, sin decir una palabra. Su rostro estaba sereno, aunque en sus ojos vivía una mezcla de orgullo, ansiedad y algo más… algo que se parecía peligrosamente al amor.
Rosanna estaba sentada en la cabecera. Impecable. Dueña de sí misma. Ni una sola arruga en la ropa, ni una nota de vergüenza. Solo confianza. Poder. Y un leve rastro de semen en la comisura de sus labios.
Carraspeó. Se cruzó de piernas.
—Quiero agradecerles a todos por llegar puntuales —comenzó—. Sé que… esta mañana ha sido intensa para muchos.
Silencio absoluto, mientras ella con su lengua limpio el manjar que le quedaba en la boca.
Rosanna apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos, estudiando los rostros frente a ella como si fueran piezas de un tablero.
—No voy a fingir. Lo que vieron ocurrió. Fue real. Y fue decidido. Y no me arrepiento.
Un par de ojos se abrieron con sorpresa. Otros se desviaron hacia Ismael.
—Lo que haga yo con mi cuerpo, dentro o fuera de esta oficina, es asunto mío. Y si a alguno le incomoda… —pausa breve— puede tomarse el resto del día libre. Pero si a alguno le inspira, le enciende, o le da curiosidad… están en su derecho también. Este es un espacio creativo, libre, y a partir de ahora también más honesto.
Un silencio cargado de electricidad se instaló. Nadie se reía. Nadie objetaba. Pero algo en el aire se transformaba.
—Lo único que exijo —continuó Rosanna con un tono más bajo, más cercano— es respeto. Y verdad. Si sienten, si desean, si imaginan… háganlo. Sin miedo. Ya basta de oficinas frías y miradas reprimidas, pero todo consensuado.
Fue entonces cuando Vanessa, la recepcionista de cabello rubio platinado, cruzó las piernas con cierta lentitud y clavó los ojos en Rosanna.
—¿Y si el deseo no solo fuera hacia uno… sino hacia dos? —dijo con una voz suave, pero firme.
Las miradas se movieron hacia ella.
Rosanna sonrió levemente. Una sonrisa que no era burla. Era reconocimiento.
—Entonces será bienvenido, Vanessa. Mientras haya consentimiento… todo lo que pase entre estas paredes, queda entre estas paredes.
Un murmullo casi imperceptible recorrió la sala. Algunos ojos bajaron. Otros brillaron con interés. Y en ese instante, todos entendieron: el estudio acababa de cambiar. No solo por la pasión de una jefa. Sino porque Rosanna les había dado permiso de ser auténticos. Incluso si eso significaba dejar salir lo que siempre habían callado.
La sala de juntas se vació poco a poco, dejando un murmullo detrás. Los pasos resonaban en el pasillo con una mezcla de incomodidad y euforia, como si algo nuevo acabara de liberarse en el estudio.
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