Mi cachonda prima enfermera

Mi nombre es Adrián, tengo 26 años y por un nuevo trabajo en Guadalajara, me vi obligado a dejar mi ciudad. Los primeros meses serían complicados; mi sueldo no alcanzaría para pagar una renta decente, así que recurrí a mi prima Regina. Le pedí, casi rogándole, que me dejara quedarme en su departamento. Prometí cubrir la mitad de los servicios, pero ella dudó. “Adrián, solo tengo una habitación, ¿Dónde vas a dormir?”, dijo con esa voz suave pero firme que siempre me desarmaba. “En el sillón, prima, no te preocupes. No te molestaré”, respondí, y tras un suspiro largo, aceptó.

Llegué a la terminal de autobuses un viernes por la tarde, agotado tras el viaje. Allí estaba ella, esperándome. Regina. A sus 27 años era tan hermosa como la recordaba, quizás más. Su figura delgada se recortaba contra la luz del atardecer. Llevaba una falda ajustada que marcaba su cinturita definida y dejaba ver sus piernas torneadas. Sus nalgas, firmes y perfectamente redondeadas, parecían desafiar la gravedad. Su busto pequeño, pero provocador, se insinuaba bajo una blusa ligera que dejaba poco a la imaginación. Su piel blanca como la leche contrastaba con su cabello largo, castaño y ondulado, que caía sobre sus hombros. Y esos anteojos de nerd, como le decía de cariño, le daban un aire inocente que escondía algo más, algo que siempre me había intrigado.

—¡Adrián! Por fin llegas, pensé que te habías perdido, —dijo con una sonrisa, acercándose para darme un abrazo. Su perfume me envolvió mientras su cuerpo se apretaba contra el mío por un instante. Sentí el calor de su piel y un cosquilleo que me recorrió entero.

—No me perdería la oportunidad de verte, —bromeé, guiñándole un ojo. Ella rodó los ojos, pero no pudo ocultar una risita.

El trayecto al departamento fue una mezcla de charlas casuales y miradas furtivas. No podía evitar notar cómo la falda se le subía ligeramente al sentarse en el coche, dejando ver un poco más de sus muslos. Intenté concentrarme en la conversación, pero mi mente ya estaba divagando.

Llegamos a su pequeño pero acogedor departamento. Un espacio sencillo, con una sala que conectaba a la cocina y una puerta que llevaba a su habitación. El sillón, mi futura cama, parecía más incómodo de lo que esperaba, pero no me quejé.

—Bueno, aquí está. Mi humilde hogar, —dijo Regina, girando sobre sus talones con una pose exagerada, como si presentara un palacio. Su blusa se ajustó aún más a su figura, y juro que vi el contorno de sus pezones bajo la tela. Tragué saliva.

Me acerqué a ella para agradecerle su apoyo, quise darle un beso en la mejilla, pero accidentalmente la besé en la comisura de sus labios, aquel roce accidental dejó un instante suspendido, cargado de electricidad. Regina se apartó con un movimiento rápido, sus ojos brillaron tras los anteojos con una mezcla de sorpresa y picardía.

—¡Por poco me besas, wey! —dijo, algo divertida, mientras se llevaba una mano al rostro, como si quisiera esconder una sonrisa.

—Perdón, prima, fue sin querer —balbuceé, sintiendo el calor subir por mi nuca. Para disimular, desvié la mirada, dejando que mis ojos vagaran por el departamento. Era pequeño, tal como ella había advertido, pero acogedor. Una mesita con un par de velas apagadas, un librero repleto de novelas y una ventana que dejaba entrar la luz suave del atardecer. Todo tenía su esencia, como si cada rincón estuviera impregnado de su presencia.

—Deja tus cosas en mi cuarto, ahí hay más espacio —indicó Regina, señalando una puerta entreabierta al fondo del pasillo. Su tono era ligero, pero había algo en su postura, en la forma en que cruzó los brazos bajo el pecho, que me hizo sentir observado.

Asentí y llevé mi maleta a su habitación. El espacio era íntimo, con una cama cubierta por sábanas blancas y un escritorio lleno de cuadernos y plumas. Dejé mi equipaje junto al armario, pero al girarme para salir, algo captó mi atención: bajo la almohada, asomaba un destello púrpura. Un dildo, discretamente escondido, como un secreto a medio guardar. Una risa silenciosa me traicionó, pero apreté los labios para no decir nada, aunque mi mente ya estaba imaginando cosas que no debería.

Al volver a la sala, Regina estaba apoyada contra el marco de la puerta, con una ceja arqueada y una sonrisa que era puro desafío.

—¿Qué te dio tanta gracia allá adentro? —preguntó, inclinando la cabeza. Su cabello castaño cayó en ondas sobre un hombro, y la luz resaltaba la curva suave de su clavícula.

—Nada, solo… recordé algo de la uni —mentí, encogiéndome de hombros, pero su mirada no se apartó, como si pudiera leer cada pensamiento que cruzaba por mi cabeza.

Regina dejó pasar mi comentario con una risa ligera, como si quisiera desviar la intensidad del momento.

—Vuelvo en un momento, te preparé algo de tomar —dijo, caminando hacia la cocina con un balanceo sutil que hacía que su falda abrazara sus caderas. Regresó con dos vasos de limonada helada, el hielo tintineaba contra el cristal, y se sentó a mi lado en el sillón, tan cerca que su rodilla rozó la mía.

—Cuéntame, Adrián, ¿qué tal el nuevo trabajo? —preguntó, sorbiendo de su vaso mientras me miraba por encima del borde, sus ojos brillaban con curiosidad.

—Empiezo en un despacho de mercadotecnia la próxima semana —respondí, sintiendo cómo el frescor de la limonada aliviaba el calor que aún me recorría—. Mucha presión, pero estoy emocionado. ¿Y tú? ¿Sigues salvando vidas?

Ella sonrió, ajustándose los anteojos con un gesto delicado.

—Sigo de enfermera, sí. El hospital es un caos, pero me gusta. Aunque… —hizo una pausa, mirando su vaso como si buscara las palabras en el hielo— me absorbe tanto que apenas tengo vida fuera de eso.

—¿Y tu novio? —me aventuré, inclinándome un poco hacia ella, mi voz más baja de lo necesario—. ¿No le molestará que me quede aquí?

Regina soltó una risa corta, casi amarga, y dejó el vaso en la mesita.

—Novio, ¿eh? No tengo tiempo para eso, Adrián. El trabajo me tiene agotada, y… bueno, digamos que me las arreglo sola. —Sus palabras colgaron en el aire, y mi mente voló de inmediato al objeto púrpura bajo su almohada. Una chispa de calor me recorrió el pecho al imaginarla, sola en su cama, buscando alivio en la penumbra.

—Entiendo —dije, incapaz de apartar la imagen de mi cabeza. Me acerqué un poco más, dejando que mi mano descansara en el respaldo del sillón, a centímetros de su hombro—. Pero ¿sabes? No siempre tienes que arreglártelas sola.

Regina ladeó el hombro, invitándome a rozar su piel con la yema de mis dedos. La suavidad de su cuerpo bajo mi caricia envió un escalofrío por mi espalda, pero antes de que pudiera perderme en el momento, ella se puso de pie con un movimiento grácil.

—Tengo que ducharme —dijo, ajustándose la falda con una sonrisa que parecía saber exactamente el efecto que tenía en mí—. El turno en el hospital no espera.

—Entiendo —respondí, forzando una calma que no sentía, mientras ella desaparecía por el pasillo con un último vistazo travieso por encima del hombro.

Me dejé caer en el sillón, buscando distraerme con el zumbido monótono de la televisión. Cambié de canal sin prestar atención, mi mente todavía estaba atrapada en la cercanía de su cuerpo, en la calidez de su piel. Pero entonces, un sonido nuevo cortó el aire. Suave al principio, apenas perceptible sobre el murmullo del televisor, pero inconfundible: gemidos. Venían desde el baño, donde el agua de la regadera caía en un ritmo constante.

Apagué el televisor con el control, el silencio llenó el departamento, dejando solo esos sonidos que se colaban por la puerta del baño. Eran intensos, descarados, como si mi prima no supiera —o no le importara— que el eco de su placer llegaba hasta mí. Mi pulso se aceleró, y sin pensar demasiado, me levanté y caminé hacia la puerta del baño, cada paso más sigiloso que el anterior. Pegué el oído a la madera, y los gemidos se volvieron más claros, más urgentes, acompañados por el chapoteo del agua. Mi imaginación se disparó, pintando imágenes de su cuerpo desnudo bajo el chorro, sus manos explorando donde las mías deseaban estar.

Mi instinto tomó el control, y con un movimiento casi inconsciente, giré la perilla de la puerta del baño. Para mi sorpresa, cedió sin resistencia. Empujé lentamente, el vapor cálido escapándose por la rendija, y allí estaba Regina, bajo el chorro de la regadera. El agua resbalaba por su cuerpo, y sus manos sostenían aquel dildo púrpura, metiéndolo por su panocha con una cadencia que me dejó sin aliento. Su pubis, sin depilar, contrastaba con la palidez de su piel, y sus dedos libres acariciaban sus senos, que eran más generosos de lo que su ropa ajustada dejaba imaginar. La imagen era hipnótica, un cuadro de deseo crudo que me hizo olvidar dónde estaba.

Quise dar un paso, cruzar ese umbral, pero la razón me frenó. No podía arriesgar mi estancia, no después de que ella me había abierto las puertas de su hogar. Con el corazón latiendo como un tambor, cerré la puerta con el mismo cuidado con el que la había abierto y regresé al sillón. Me dejé caer, fingiendo dormir, aunque mi cuerpo vibraba con la intensidad de lo que había visto. Cerré los ojos, intentando calmar el torbellino en mi mente, mientras el sonido de la regadera se desvanecía.

Minutos después, la puerta del baño se abrió, y escuché los pasos ligeros de Regina cruzando el departamento. No dijo nada, solo se deslizó hacia su habitación, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave. La curiosidad me venció otra vez. Me levanté, asegurándome de que no me oyera, y me colé en el baño aún húmedo, buscando algo —cualquier cosa— que pudiera alimentar las fantasías que ahora ardían en mi cabeza. Pero no había nada: ni una prenda olvidada, ni un rastro de su presencia más allá del aroma a jabón que aún flotaba en el aire.

De vuelta en el sillón, tomé mi teléfono y comencé a mensajear a un amigo, mi pulso aún acelerado mientras tecleaba lo que había presenciado. “No vas a creer lo que vi, wey,” escribí, describiendo cada detalle con una urgencia que apenas podía contener.

Minutos después, Regina salió de su habitación, transformada por el uniforme de enfermera que se ajustaba a su figura como una segunda piel. El blanco impecable de la tela resaltaba su piel lechosa, y la falda, aunque profesional, dejaba entrever la curva de sus muslos. No pude contenerme.

—Vaya, Regina, te ves… increíblemente sexy —dije, mi voz llena de admiración.

Lejos de apartar la mirada, ella sonrió, con un destello travieso en los ojos.

—Gracias, primo —respondió, girando ligeramente para darme una mejor vista—. Aunque, ¿sabes? Creo que me veo mucho mejor sin esto puesto.

Mis ojos se abrieron de golpe, y un calor repentino me recorrió. No supe qué responder, atrapado entre el deseo y la cautela. Ella soltó una risa suave, recogiendo su bolso.

—Volveré hasta mañana por la mañana —dijo, ajustándose los anteojos—. Esta noche puedes dormir en mi cama, pero solo hoy, ¿eh? No te acostumbres.

—Gracias, prima, eres la mejor —logré articular, aun procesando sus palabras. Ella me guiñó un ojo, cerró la puerta principal con un clic y desapareció, dejando tras de sí un silencio cargado de posibilidades.

No perdí el tiempo. Corrí a su habitación, mi pulso era acelerado por una mezcla de curiosidad y deseo. La cama, con sus sábanas aún impregnadas de su aroma, parecía llamarme, pero mi atención se desvió hacia los cajones de su cómoda. Los abrí uno por uno, revelando un tesoro de ropa interior: encajes negros, tangas de satén rojo, brasieres con detalles que gritaban provocación. Cada prenda era una prueba de que Regina, mi prima de anteojos de nerd, escondía un lado ferozmente sensual. Mis dedos temblaron al rozar un par de panties de encaje, y la tentación de usarlas para mi propio placer fue casi abrumadora.

Pero entonces, bajo la cama, encontré algo que me dejó sin aliento. Un pequeño baúl de madera, cerrado con un candado que cedió con un leve tirón. Al abrirlo, el aire se me escapó del pecho. Dentro había un arsenal de deseo: esposas forradas de peluche rosa, trajes de látex que imaginé abrazando sus curvas, un surtido de dildos y vibradores de distintos tamaños, y, en el fondo, un pequeño álbum de fotos. Lo abrí con manos temblorosas. Cada página era una revelación: Regina, en poses audaces, su cuerpo apenas cubierto por lencería o nada en absoluto, capturada en selfies que destilaban una confianza ardiente. En una, sus labios vaginales rositas abrazaban un vibrador; en otra, sus manos jugaban con las esposas, sus ojos desafiaban a la cámara.

—Dios, Regina… —susurré, mi voz perdida en la habitación vacía. Mi cuerpo reaccionaba con una urgencia que apenas podía controlar.

El álbum seguía abierto frente a mí, cada página era una provocación que encendía mi piel. Mi prima, con las piernas abiertas, exponiendo su panocha húmeda, brillando bajo la luz tenue de su habitación, un dildo negro deslizándose entre sus pliegues. En otra imagen, sus pechos, más llenos de lo que su ropa sugería, estaban cubiertos por un velo de semen que goteaba en finos hilos sobre su piel de porcelana. Había una foto donde sus labios, rosados y entreabiertos, expulsaban un chorro de semen, sus ojos se veían entrecerrados en una mezcla de desafío y placer. Otra la mostraba con los dedos hundidos en su vagina, el vello oscuro de su pubis contrastaba con la palidez de sus muslos, su rostro contorsionado en un éxtasis silencioso. Cada imagen era un golpe al corazón, una invitación a un mundo de lujuria que no podía ignorar.

Mis manos temblaron al tomar una tanga blanca del cajón, su encaje casi etéreo, tan delicado que parecía deshacerse entre mis dedos. Me recosté en su cama, aquellas sábanas de algodón aún estaban tibias, impregnadas de un aroma floral que gritaba su nombre. Envolví mi erección con la tela, la fricción del encaje contra mi piel enviaba chispas de placer por mi columna. Las imágenes de Regina danzaban en mi mente: su cuerpo arqueado, sus gemidos resonando como ecos del baño. No duré mucho. Con un gruñido bajo, me derramé en la tanga, el calor de mi liberación manchó el encaje mientras mi cuerpo se estremecía, atrapado en una ola de placer culpable.

Jadeando, me quedé allí, el techo giraba sobre mí. Pero en medio del agotamiento, una certeza se alzó como un faro: mi prima no era solo un deseo fugaz. Quería conquistarla, hacerla mía, no solo en cuerpo, sino en alma. Quería que sus gemidos fueran para mí, que sus ojos me buscaran en la penumbra.

Con cuidado, doblé la tanga y la enterré al fondo del cajón, bajo un revoltijo de lencería de encaje y satén. Cerré el baúl, asegurándome de que cada juguete estuviera en su lugar, como si nunca hubiera profanado su santuario. Me dirigí al baño, el suelo aún húmedo por su ducha, el aire cargado de un vapor que olía a su jabón de vainilla. Bajo el chorro frío, intenté apagar el fuego que aún ardía en mis venas, pero cada gota que resbalaba por mi pecho evocaba la imagen de Regina bajo el agua y sus manos auto explorándose.

Salí envuelto en una toalla, el espejo empañado reflejaba mi rostro sonrojado. Me desplomé en su cama, el colchón se hundió bajo mi peso, las sábanas me abrazaron como un amante ausente.

—Regina, cuando vuelvas… —susurré, mi voz se perdió en la oscuridad de la habitación—. Esto apenas comienza.

El sueño me reclamó, pero no sin antes imaginarla entrando al amanecer, con su uniforme de enfermera arrugado, esperando a ser despojado de aquel cuerpecito candente.

El alba se colaba por las cortinas cuando abrí los ojos, la cama de Regina aún estaba envolviéndome en su aroma. El silencio del departamento me dijo que ella no había regresado del hospital. Decidí aprovechar la oportunidad para sorprenderla. Me levanté, la energía de la noche anterior todavía vibraba en mis venas, y me puse manos a la obra en la cocina. Preparé una torre de hot cakes esponjosos, dorados en los bordes, acompañados de rebanadas de jamón crujiente y un hilo de miel que brillaba bajo la luz matutina. En la máquina de café, mezclé un cappuccino cremoso, la espuma formaba remolinos perfectos. Coloqué todo en la mesita de la sala, y como toque final, busqué un florero pequeño en un estante y lo adorné con una rosa que encontré en un mercado cercano. La mesa era un cuadro acogedor, un gesto que esperaba hablara más alto que mis palabras.

Justo cuando ajustaba la rosa en el florero, la puerta principal se abrió. Regina entró, su uniforme de enfermera estaba ligeramente arrugado, con cansancio dibujado en sus ojeras, pero con esa chispa en los ojos que nunca parecía apagarse. Se detuvo en seco, su bolso colgaba de un hombro, y miró la mesa con una mezcla de sorpresa y desconfianza.

—¿Esto qué significa, Adrián? —preguntó, teñida de curiosidad, mientras dejaba el bolso en el sillón y se acercaba, los tacones de sus zapatillas resonaban en el suelo.

—Solo quise prepararte el desayuno antes de que te vayas a dormir —dije, encogiéndome de hombros, aunque mi corazón latía con fuerza—. Es mi manera de agradecerte por dejarme quedarme aquí.

Ella ladeó la cabeza, sus labios se curvaron en una sonrisa que hizo que el aire se sintiera más ligero. Sin decir nada, se acercó y me envolvió en un abrazo cálido, su cuerpo se presionó contra el mío. El aroma de su perfume, mezclado con un leve rastro de antiséptico del hospital, me envolvió. Antes de que pudiera reaccionar, sus labios rozaron los míos en un piquito fugaz, suave como un susurro, pero suficiente para encender un cosquilleo en mi piel.

—Gracias —murmuró, su aliento cálido contra mi mejilla—. Nadie había hecho algo así por mí. Nunca.

Nos sentamos a la mesa, con los hot cakes humeando entre nosotros, el cappuccino llenando el aire con su aroma tostado. Mientras comíamos, la conversación fluyó como en los viejos tiempos. Reímos recordando nuestra infancia, esa tarde en la primaria cuando, en un juego inocente, “nos casamos” en aquella kermesse, con anillos de papel y promesas solemnes de que algún día sería real.

—¿Te acuerdas de lo serio que estabas? —dijo mi prima, limpiándose una gota de miel de la comisura de los labios con una risa—. Juraste que me construirías una casa con piscina.

—Y tú prometiste que serías mi enfermera personal —repliqué, guiñándole un ojo, mi voz cargada de un flirteo que no pude contener.

Ella se rio, pero sus ojos se detuvieron en los míos un segundo más de lo necesario, un destello de algo más profundo brillando tras sus anteojos. Terminamos el desayuno entre bromas, pero el aire entre nosotros estaba cargado, como si cada palabra escondiera una intención no dicha.

—Ya no puedo más, necesito dormir —dijo al fin, estirándose con un bostezo que dejó ver la curva de su cuello. Se levantó, dejando su plato vacío, y me dio una última mirada—. No te acostumbres a mimarme tanto, primito. Podría gustarme demasiado.

—Ese es el plan —respondí, mi voz era baja, mientras ella desaparecía en su habitación con una sonrisa que prometía más de lo que decía.

Me quedé solo en la sala, con el sabor del cappuccino aún en mi lengua, mi mente dando vueltas. Esa rosa, ese piquito, esa promesa infantil que ahora resonaba como un desafío. Quería más que su cama, más que su ropa interior o sus secretos. Quería que Regina fuera mía.

Era viernes, y con el fin de semana libre antes de empezar en la empresa el lunes, me acomodé en el sillón con un cappuccino fresco, el aroma tostado llenaba la sala. Abrí mi laptop, navegando sin rumbo por internet, leyendo artículos dispersos hasta que la pantalla del televisor me llamó. Puse SUITS, mi serie favorita, y me perdí en los enredos de Harvey Specter, sus trajes impecables y su descaro para salir de cualquier lío. Las horas se deslizaron sin darme cuenta, y cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, llegó la pizza que había pedido. El olor a pepperoni y queso derretido inundó el departamento mientras colocaba la caja en la mesita de centro. Encendí Porky’s en la tele, una película que siempre me sacaba una risa culpable. El aire se había vuelto fresco, así que tiré una frazada gruesa sobre mis piernas, hundiendo los pies en su suavidad.

Entonces, la puerta de la habitación de mi prima crujió. Salió, aún con el sueño pegado en los ojos, tallándoselos con el dorso de la mano. Llevaba un mini short rosa pastel que apenas cubría la curva de sus nalgas, la tela era tan ajustada que delineaba cada centímetro de su figura. Su brasier, negro con un toque de encaje, abrazaba sus pechos, realzándolos de una manera que me hizo tragar saliva. Su cabello castaño caía en ondas desordenadas sobre sus hombros, y la luz de la tarde, filtrándose por la ventana, hacía que su piel pareciera aún más pálida, casi luminosa.

Sin decir nada, se acercó a la mesita, dejándome ver sus redondas nalgas, tomó una rebanada de pizza, el queso se estiró en hilos dorados, y con un movimiento audaz, arrancó la frazada de mis piernas.

—Oye, qué frío —protesté, pero mi voz se apagó cuando se dejó caer a mi lado, tan cerca que nuestras piernas se entrelazaron, la calidez de su piel contra la mía enviaba un escalofrío por mi espalda. Volvió a cubrirnos con la frazada, su cuerpo pegado al mío, y apoyó la cabeza en mi hombro, mordiendo la pizza con una naturalidad que contrastaba con la tormenta que desataba en mí.

—¿Porky’s? ¿En serio, Adrián? —dijo, su voz somnolienta pero teñida de diversión, mientras masticaba lentamente—. Eres un clásico.

—Es un clásico por algo —respondí, intentando sonar relajado, aunque mi corazón latía tan fuerte que temía que ella lo notara. Su cercanía era abrumadora: el roce de sus muslos desnudos contra los míos, el calor de su aliento en mi cuello, el leve movimiento de sus pechos al respirar. Mi cuerpo reaccionaba con una urgencia que apenas podía contener, la idea de deslizar mis manos bajo ese short y explorar cada rincón de su piel casi me nublaba la razón.

La película terminó, los créditos se deslizaban por la pantalla mientras el silencio se asentaba en la sala, roto solo por el crujido ocasional del sillón bajo nuestro peso. Regina, aún acurrucada contra mí, levantó la cabeza de mi hombro, su cabello desordenado caía en mechones sobre su rostro. La frazada seguía envolviéndonos, un capullo cálido que hacía que su cercanía fuera casi insoportable.

—¿Qué planes tienes para mañana? —preguntó, su voz era suave, con ese dejo somnoliento que la hacía sonar aún más íntima. Sus dedos jugaban distraídamente con el borde de la frazada, rozando mi pierna en el proceso.

—Realmente no tengo nada en mente —admití, mi mirada estaba atrapada en la curva de sus labios mientras hablaba—. ¿Alguna idea?

Sus ojos brillaron tras los anteojos, y una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro. —Vamos al zoológico de Guadalajara —propuso, incorporándose un poco, el movimiento hizo que su brasier resaltara aún más la forma de sus pechos—. Hace años que no voy, y creo que sería divertido.

—Me parece perfecto —respondí, imaginándola, caminando a mi lado bajo el sol, su risa llenando el aire. La idea de pasar un día entero con ella, fuera de este departamento cargado de tensión, era tan tentadora como peligrosa.

Seguimos viendo películas, una tras otra, perdiéndonos en comedias ligeras y algún drama que apenas prestábamos atención. El reloj avanzaba, y cerca de la medianoche, noté que Regina se había quedado dormida otra vez, su cabeza permanecía apoyada en mi pecho, su respiración era lenta y rítmica. La frazada había resbalado, dejando al descubierto sus muslos, la tela de su mini short rosa abrazaba cada curva con una precisión que me hacía apretar los dientes.

Con cuidado, me levanté del sillón, deslizando mis brazos bajo su cuerpo para cargarla. Su peso era ligero, pero la sensación de su piel cálida contra mis manos era abrumadora. Mientras la llevaba a su habitación, no pude resistir el impulso: mis manos se deslizaron un instante hacia sus nalgas, firmes y suaves bajo la tela fina del short. Fue una caricia fugaz, pero suficiente para enviar una corriente de deseo por todo mi cuerpo, una delicia prohibida que me hizo contener el aliento.

La recosté en su cama, las sábanas blancas estaban bajo su figura. La luz de la luna se filtraba por la ventana, bañando su piel en un resplandor plateado que resaltaba la curva de su cuello y el contorno de sus pechos. La cubrí con cuidado, asegurándome de que estuviera cómoda, pero antes de irme, me incliné hacia ella. Mis labios encontraron los suyos en un beso lento, más largo de lo que había planeado, saboreando la suavidad de su boca dormida, el leve sabor a pizza aún presente. No se movió, pero un suspiro apenas audible escapó de ella, y mi corazón dio un vuelco.

—Descansa, Regina —susurré, mi voz apenas un murmullo en la penumbra. Salí de la habitación, cerrando la puerta con suavidad, y me dejé caer en el sillón de la sala. El cojín aún conservaba el calor de nuestros cuerpos, y mientras me acomodaba, mi mente ya estaba en el día siguiente. Cerré los ojos, el deseo ardiendo en mi pecho, sabiendo que cada paso con ella era un juego delicado, pero uno que estaba decidido a jugar.

El sol de la mañana del sábado calentaba las calles de Guadalajara, y me vestí para el calor: una bermuda caqui, holgada, que dejaba mis piernas respirar, una playera blanca que se ajustaba justo lo suficiente a mi torso, y una gorra a juego que me daba un aire relajado. Me miré al espejo, satisfecho, listo para un día con Regina. Ella salió de su habitación como un rayo de luz, envuelta en un vestido floral que flotaba sobre su figura, ligero como una brisa. La tela, casi traslúcida bajo la luz del sol, delineaba la silueta de sus pezones, un detalle que hizo que mi pulso se acelerara. Su cabello castaño caía en ondas suaves, y los anteojos de nerd le daban ese toque inocente que contrastaba con la sensualidad descarada de su atuendo. Estaba radiante, y no pude contenerme.

—¡Qué excitante te ves, prima! —solté, lleno de admiración, mientras mis ojos recorrían cada centímetro de su figura.

Ella se sonrojó, sus mejillas tiñéndose de un rosa suave, y agitó la mano como para espantar mis palabras. —Cállate, tonto, ya vámonos —dijo, riendo, pero el brillo en sus ojos me dijo que el cumplido no le había molestado en absoluto.

Salimos del departamento, el aire cálido nos envolvió. Me dirigí hacia su coche, pero ella me detuvo con un gesto. —Mejor pedimos un Uber —propuso, ajustándose el vestido con un movimiento que hizo que la tela se pegara aún más a sus curvas—. Más cómodo, ¿no?

—No hay problema —respondí, sacando mi teléfono para pedir el auto. Mientras esperábamos, no podía apartar la vista de ella, de cómo la brisa jugaba con el dobladillo de su vestido, levantándolo lo justo para insinuar la piel pálida de sus muslos.

El Uber llegó, un sedán gris que relucía bajo el sol. Regina subió primero, y cuando lo hizo, el vestido se tensó contra su cuerpo, marcando el contorno de una tanga de encaje que se dibujaba con una claridad casi cruel. Mi respiración se entrecortó. Fingiendo un tropiezo al subir, apoyé una mano en su cadera, mis dedos rozaron la curva firme de sus nalgas. La sensación fue eléctrica, un destello de calor que me recorrió entero.

—¡Ay, primo, para eso son, pero se piden! —dijo Regina, girando el rostro hacia mí con una sonrisa pícara, sus anteojos reflejaban un destello del sol.

—Entonces dámelas —repliqué, con atrevimiento que no pude contener. Ella soltó una carcajada cristalina, echando la cabeza hacia atrás, y el sonido llenó el auto como una melodía.

—Ya, compórtate —respondió, dándome un empujón juguetón mientras se acomodaba en el asiento. Nuestras piernas se rozaron al sentarnos, y ella no hizo nada por apartarse, dejando que el contacto permaneciera, cálido y deliberado, bajo la tela ligera de su vestido.

El trayecto al zoológico fue una danza de miradas y roces. Regina señalaba por la ventana, hablando de los leones y los elefantes que quería ver, pero yo apenas escuchaba, perdido en la forma en que sus labios se movían, en el leve balanceo de sus pechos con cada bache del camino.

—Oye, ¿me estás escuchando o solo me estás mirando? —preguntó de pronto, ladeando la cabeza con una ceja arqueada.

—Un poco de las dos cosas —admití, mi sonrisa traicionando mis pensamientos. Ella rodó los ojos, pero su mano encontró mi rodilla, un toque ligero que pareció accidental, aunque ambos sabíamos que no lo era.

—Eres imposible, Adrián —susurró, pero su voz tenía un matiz cálido, casi invitador, que hizo que mi piel se erizara.

El auto se detuvo frente al zoológico, pero el juego entre nosotros apenas comenzaba. Bajamos, el sol calentando nuestras espaldas, y mientras caminábamos hacia la entrada, su cadera rozó la mía, un contacto fugaz pero intencional que prometía un día lleno de tentaciones.

El sol ardía sobre el zoológico de Guadalajara, su luz dorada se filtraba entre los árboles mientras pagábamos las entradas. Regina, con su vestido floral ondeando al ritmo de la brisa, me tomó de la mano en cuanto cruzamos la entrada. Sus dedos, suaves y cálidos, se entrelazaron con los míos con una naturalidad que me hizo sentir como si fuéramos algo más que primos. Caminábamos como novios, sus pasos ligeros acompasados con los míos, su risa resonaba cada vez que un mono saltaba de rama en rama o un pavo real desplegaba su cola en un espectáculo de colores.

—Ven, mira los flamencos, ¡son tan ridículamente elegantes! —dijo ella, tirando de mi mano hacia un estanque donde las aves rosadas se balanceaban sobre una pata. Su entusiasmo era contagioso, pero mi atención estaba dividida: la tela de su vestido se pegaba a su cuerpo con cada movimiento, marcando la curva de su cintura y el contorno de sus pezones, que se insinuaban sin pudor bajo la tela fina.

La abracé por la cintura, mis manos rozaban la suavidad de sus costados, y en un impulso juguetón, la levanté del suelo, mis dedos se deslizaban deliberadamente por la parte trasera de sus muslos, tan cerca de sus nalgas que sentí el calor de su piel. Ella soltó una risita, dándome un golpecito en el pecho.

—¡Bájame, loco! —protestó, pero su voz tenía un matiz juguetón, y no hizo nada por apartarse cuando la dejé en el suelo, mis manos demoraron un segundo más en sus caderas.

Nos tomamos selfies frente a los elefantes, su trompa alzada como un telón de fondo. En una foto, Regina se inclinó hacia mí, sus labios a un suspiro de los míos, sus ojos brillando tras los anteojos con una promesa que me hacía contener el aliento. —Casi nos besamos, Adrián —susurró, revisando la foto en mi teléfono, su hombro rozando el mío.

—Tal vez deberíamos intentarlo de verdad —respondí. Ella solo sonrió, mordiéndose el labio, y cambió de tema, señalando a un león que bostezaba en la distancia.

En otro momento, frente a la jaula de los tigres, se puso delante de mí para otra selfie, su cuerpo pegándose al mío con una deliberación que no podía ser casual. Sus nalgas, firmes y redondeadas, se presionaron contra mi entrepierna, y mi erección, imposible de ocultar, respondió al instante. Intenté ajustarme la bermuda, agradeciendo su holgura, pero Regina giró el rostro, su sonrisa traviesa diciéndome que sabía exactamente lo que provocaba.

Más tarde en el SkyZoo, la brisa cálida revolvía el vestido floral de mi prima mientras el paisaje del zoológico se desplegaba bajo nosotros. Estábamos sentados en el pequeño asiento, nuestros cuerpos apretados en el espacio reducido, sus muslos rozaban los míos bajo la tela ligera. De pronto, su mano se deslizó, aparentemente por accidente, y aterrizó en mi muslo, justo donde la evidencia de mi deseo era imposible de ignorar. Sus dedos rozaron mi erección a través de la bermuda, y sus ojos se abrieron, un destello de sorpresa cruzando su rostro.

—¡Ay, primo, ¡qué chorizote! — exclamó, entre risas, sus mejillas tiñéndose de un rosa suave bajo la luz del sol.

Sin pensarlo, tomé su mano y la guie para que sintiera toda la longitud, mi corazón latía con fuerza. —Siéntelo bien, primita — murmuré, mi voz estaba cargada de desafío.

Ella apretó por un instante, un apretón firme que envió una corriente de calor por mi cuerpo, pero luego retiró la mano con una risa. —Eres un tonto, Adrián —dijo, sacudiendo la cabeza, sus anteojos reflejaban el brillo del atardecer. Pero la chispa en sus ojos no mentía; el juego estaba lejos de terminar.

—Cuando gustes, te lo puedes comer —respondí, mientras la miraba fijamente.

Regina volteó hacia mí, su sonrisa fue lenta y peligrosa, pero no respondió. En cambio, señaló los animales abajo, cambiando el tema con una facilidad que me desconcertó. —Mira, los elefantes están jugando en el agua —dijo, con voz ligera, como si nada hubiera pasado. Habló del paisaje, de las copas de los árboles que se mecían en la brisa, del horizonte teñido de naranja, pero su mano seguía rozando mi pierna, un contacto fugaz que mantenía mi piel en llamas.

Cuando bajamos del SkyZoo, todo siguió como si aquel momento no hubiera ocurrido. Sus dedos volvieron a entrelazarse con los míos, y caminamos como si fuéramos algo más, sus risas y roces tejían una intimidad que no necesitaba palabras. Nos detuvimos en un puesto de comida, compartiendo un par de hamburguesas y papas a la francesa, ella robó una papa de mi plato.

—Oye, ese era mía —protesté, fingiendo indignación.

—Comparte, primo, no seas egoísta —respondió, lamiendo una gota de cátsup de su dedo con una lentitud que parecía calculada para torturarme.

Para cerrar el día, subimos al trenecito que recorría el zoológico, nuestros cuerpos apretados en el asiento estrecho, su cadera presionada contra la mía. Cada curva del camino hacía que su cuerpo se deslizara más cerca, y aunque no dijo nada, la forma en que sus dedos jugaban con el borde de mi playera hablaba por sí sola.

—¿Sabes? Este lugar es más divertido contigo —dijo, apoyando la barbilla en mi hombro, su aliento cálido rozaba mi cuello.

—Es porque sabes que te estoy mirando —respondí, mi mano descansó en su rodilla, mis dedos trazando círculos lentos sobre su piel suave.

Ella rio, pero no apartó mi mano. —Cuidado, Adrián, que el tren no es tan privado —susurró, con esa mezcla de inocencia y provocación que me volvía loco.

El tren llegó al final del recorrido, y bajamos, para salir del zoológico. Pedimos otro Uber, y mientras esperábamos, Regina se apoyó en mí, su cuerpo cálido y relajado contra el mío.

—Hoy fue perfecto, pero estoy agotada —dijo, mientras el auto se acercaba.

—Ya vamos a casa, yo también estoy muy cansado, pero me divertí mucho contigo —respondí, mi mano apretó la suya con una promesa silenciosa.

El Uber avanzaba por las calles de Guadalajara, el crepúsculo tiñendo el cielo de un violeta profundo. Regina, con esa naturalidad que desarmaba cualquier resistencia, se recostó en el asiento trasero, levantando sus piernas y apoyando la cabeza en mi regazo. Su vestido floral se deslizó apenas, dejando al descubierto la curva impecable de sus nalgas, la tela de su tanga asomando como un secreto a medio revelar. Mis dedos encontraron su cabello, acariciándolo en un gesto lento, casi hipnótico, mientras mis ojos se perdían en la silueta de su cuerpo, la piel pálida brillando bajo la luz tenue que se filtraba por la ventana.

—Sigue, no pares —murmuró, con su voz somnolienta pero cálida, mientras se acurrucaba más contra mí. El roce de su mejilla contra mi muslo era una tortura dulce, y mi cuerpo respondía con una urgencia que apenas podía contener.

El traqueteo del auto me fue venciendo, y el sueño me atrapó, mi cabeza cayó hacia atrás. En algún momento, una sensación cálida y húmeda me envolvió, como si unos labios suaves exploraran mi erección. Mi respiración se aceleró, pero no abrí los ojos, convencido de que era un sueño, una fantasía tejida por el deseo que Regina había encendido todo el día. Cuando por fin parpadeé, ella seguía allí, inmóvil, su rostro tranquilo en mi regazo, como si nada hubiera pasado. Sacudí la cabeza, confundido, el calor aun palpitaba en mi entrepierna.

El auto se detuvo frente al departamento, la ciudad ya estaba envuelta en la penumbra. Bajé primero, extendiendo una mano para ayudarla. Regina se incorporó, estirándose con un movimiento que hizo que su vestido se ajustara aún más a sus curvas.

—Tu chorizo se quiere salir —dijo de pronto, señalando mi entrepierna con una risa que resonó en el aire fresco de la noche.

Bajé la mirada, horrorizado, y vi que la bragueta de mi bermuda estaba abierta, dejando entrever más de lo que debería. La subí de inmediato, el calor subió por mi rostro. —¡Maldita sea, Regina! —protesté, pero su risa era tan contagiosa que no pude evitar sonreír.

—Tranquilo, solo yo lo vi —respondió, guiñándome un ojo mientras abría la puerta del departamento, su cadera balanceándose con una deliberación que me hizo apretar los dientes.

Entramos, el ambiente cálido del departamento contrastando con el fresco exterior.

—Voy a ducharme primero —anunció Regina, desapareciendo hacia el baño. El sonido del agua comenzó a filtrarse por la puerta, y mi mente, traicionera, evocó imágenes de ella bajo el chorro, el agua resbalando por su piel, sus manos recorriendo los mismos lugares que yo anhelaba tocar.

Cuando salió, envuelta en una bata de seda que se ceñía a su cuerpo aún húmedo, su cabello goteando en mechones oscuros, apenas pude mirarla sin que mi pulso se disparara. —Tu turno —dijo, señalando el baño con una sonrisa que parecía saber exactamente lo que provocaba.

El baño aún estaba cargado del vapor de la ducha de Regina, el aire era denso con el aroma dulce de su jabón. Al acercarme a la regadera, mis ojos captaron un destello de encaje colgado en la llave: la tanga que Regina había usado en el zoológico, esa prenda que se marcaba bajo su vestido floral y que había encendido mi imaginación todo el día. Estaba limpia y mojada, la tela blanca reluciente, pero no pude resistirme. La tomé entre mis dedos, la suavidad del encaje rozó mi piel, y la acerqué a mi rostro. Inhalé profundamente, buscando un eco de su esencia, imaginando el calor de su panocha, la curva de sus nalgas que había rozado en el Uber. El recuerdo de ese sueño en el auto me golpeó con fuerza: la sensación de unos labios cálidos envolviéndome, la duda de si Regina había cruzado una línea en la penumbra del trayecto.

Bajo el chorro de la ducha, el agua caliente caía sobre mis hombros, y no pude contenerme. Mi mano encontró mi erección, y mientras el vapor me envolvía, me perdí en una fantasía donde mi prima y yo no estábamos en el zoológico rodeados de gente, sino solos, escondidos tras un rincón de árboles, su vestido levantado, sus piernas abiertas para mí. Imaginé su cuerpo contra el mío, sus gemidos ahogados mientras yo la penetraba con urgencia, el calor de su piel mezclándose con el mío. El clímax llegó rápido, un estallido que me dejó jadeando, el agua llevándose mi liberación mientras mi mente seguía atrapada en ella.

Terminé de ducharme, pero antes de salir, tomé una decisión audaz. No lavé la tanga. Quería que Regina supiera, que encontrara el rastro de mi deseo impregnado en su prenda. La colgué exactamente donde la había dejado, el encaje brillando bajo la luz del baño, una provocación silenciosa que esperaba que ella notara. Me envolví en una toalla, el aire fresco de la sala me hizo estremecer, y me dirigí a mi maleta para ponerme un short gris, holgado pero lo bastante ajustado para insinuar. Con cuidado, lo acomodé de manera que, al recostarme, mi verga pudiera asomarse, una invitación deliberada si Regina decidía acercarse.

Me dejé caer en el sillón, la frazada de la noche anterior aún doblada a un lado, y cerré los ojos, fingiendo dormir. Pero mi mente estaba despierta, vibrando con la anticipación de su reacción.

El sillón crujió bajo mi peso mientras fingía dormir, la penumbra del departamento me envolvía. La puerta de su habitación se abrió con un chasquido suave, y escuché sus pasos descalzos acercándose, sigilosos como un susurro. Mi corazón latía con fuerza, pero mantuve los ojos cerrados, mi cuerpo inmóvil, aunque cada fibra de mí estaba alerta. Entonces, lo sentí: una caricia lenta, casi tentativa, sobre mi short, sus dedos rozaban mi erección a través de la tela. La sensación fue eléctrica, un cosquilleo que me hizo apretar los dientes para no reaccionar.

Sus manos, cálidas y seguras, deslizaron el borde de mi short, liberando mi verga, que ya palpitaba de deseo. Luego, la humedad de su boca me envolvió, lenta al principio, sus labios suaves deslizándose sobre mí con una destreza que me robó el aliento. Me hice el dormido, aunque mi cuerpo traicionaba mi farsa, mi erección se endurecía bajo su lengua. Regina se movía con una mezcla de audacia y voracidad, sus gemidos ahogados vibrando contra mi piel mientras se atragantaba, el sonido húmedo de su garganta llenaba el silencio. Era una danza de placer crudo, su boca reclamándome con una intensidad que me llevaba al borde.

No pude contenerme por mucho tiempo. Con un estremecimiento que recorrió mi cuerpo, me derramé en su garganta, un clímax que me dejó jadeando en silencio, mi mente nublada por la intensidad del momento. Regina tragó, su lengua limpió cada rastro antes de sacar mi pene de su boca con una delicadeza que contrastaba con la ferocidad de segundos antes. Acomodó mi short con cuidado, como si nunca hubiera pasado nada, y se levantó. Su voz, con un susurro travieso, cortó el aire.

—Tan deliciosa como en el Uber, primito —dijo, y antes de que pudiera procesarlo, sus pasos rápidos se perdieron en dirección a su habitación, la puerta se cerró tras ella con un clic suave.

Me quedé allí, inmóvil, el corazón retumbaba en mi pecho, la certeza golpeándome como un relámpago: lo del Uber no había sido un sueño. Regina había cruzado esa línea, y ahora lo había hecho de nuevo, sin pedir permiso, sin disculpas. Una parte de mí se arrepintió de no haber abierto los ojos, de no haberla tomado entre mis brazos para llevarla más lejos, para reclamarla en ese mismo sillón. Pero otra parte, la que aún palpitaba con el eco de su boca, sabía que esto era solo el comienzo.

—Regina, vas a ser mía —murmuré al vacío, con mi voz cargada de una determinación feroz. Me acomodé para dormir, aunque el sueño tardaría en llegar. Mi mente estaba llena de ella: su risa, su cuerpo, la promesa de lo que vendría.

La luz del amanecer se colaba por las cortinas, bañando la sala en un resplandor dorado. Yo estaba en la cocina, mordiendo un pan tostado con mermelada, el café humeando en una taza a mi lado, cuando Regina salió de su habitación. Su uniforme de enfermera, impecable y ceñido, abrazaba cada curva de su cuerpo: la falda marcaba sus caderas, la blusa blanca resaltaba la suavidad de su pecho, la tela estirándose justo lo suficiente para insinuar lo que había debajo. Sus anteojos de nerd, ligeramente ladeados, le daban un aire de inocencia que contrastaba con la sensualidad descarada que desprendía. No podía apartar la mirada, mi mano detenida a medio camino de mi boca.

—Ay, prima, cómo me encantas con ese uniforme —dije, dejando el pan en el plato mientras mis ojos recorrían su figura sin disimulo.

Regina se detuvo, girando lentamente hacia mí, una sonrisa traviesa curvó sus labios. —Sé que te gustaría más verme sin él —respondió, con tono provocador, sus ojos brillaron tras los cristales con una promesa que hizo que mi pulso se acelerara.

—La verdad, sí —admití, inclinándome hacia adelante en la silla—. ¿Te espero en la noche para cenar?

Ella se acercó, sus pasos fueron lentos y deliberados, el sonido de sus zapatillas destacaba en el silencio del departamento. Sin decir nada, se inclinó hacia mí, sus labios encontraron los míos en un beso breve pero intenso, un roce húmedo que me dejó sin aliento. Su mano, audaz y segura, se deslizó bajo la mesa, apretando mi erección a través de la tela de mi short con una presión que me hizo contener un gemido.

—Prepara algo delicioso para mí, Adrián —susurró contra mi boca, su aliento cálido resonó en mi piel antes de apartarse, sus dedos demorándose un segundo más de lo necesario.

Me quedé congelado, el calor de su toque aun palpitando en mi cuerpo, la sorpresa mezclándose con un deseo que ya no podía contener. Correspondí el beso justo cuando ella se apartaba, mis labios persiguiendo los suyos un instante más. Regina sonrió, ajustándose el bolso al hombro, y salió del departamento, la puerta cerró tras ella con un clic que resonó como un disparo en mi pecho.

Me recosté en la silla, el café olvidado, mi mente dando vueltas. Cada gesto suyo, cada roce, era una confirmación de lo que ya sabía: mi prima y yo estábamos a un paso de cruzar la línea que había estado imaginando desde que llegué. La noche prometía ser el momento, el instante en que dejaríamos de jugar y nos entregaríamos por completo. Me levanté, decidido a planear una cena que no solo llenara su estómago, sino que la llevara a rendirse a lo que ambos queríamos.

La noche había caído, y el departamento estaba iluminado por la luz suave de un par de velas que había colocado en la mesita. El aroma del espagueti a la boloñesa, con su salsa rica y especiada, llenaba el aire, mezclado con el toque sutil de un vino tinto que había servido en dos copas. Todo estaba listo cuando Regina abrió la puerta, su uniforme de enfermera ligeramente desarreglado, el cansancio en sus ojos eclipsado por esa chispa de picardía que nunca parecía apagarse.

—Te luciste, primito —dijo, dejando su bolso en el sillón y acercándose con una sonrisa. Antes de que pudiera responder, sus labios encontraron los míos en un beso breve pero cargado de intención. Esta vez no dudé: la abracé por la cintura, atrayéndola contra mi cuerpo, sintiendo la calidez de sus curvas presionándose contra mí. Correspondí el beso con urgencia, mi lengua rozando la suya por un instante antes de que se apartara, riendo suavemente.

Nos sentamos a cenar, el tenedor de Regina girando el espagueti con una gracia que me tenía hipnotizado. Cada bocado que tomaba, la forma en que sus labios se cerraban sobre la pasta era una provocación silenciosa. —Esto está increíble, Adrián —dijo, sorbiendo un trago de vino, sus ojos fijos en los míos, brillando bajo la luz de las velas.

Pero entonces se levantó, dejando el plato a medio terminar, y se acercó con un movimiento lento, casi felino. —Muy delicioso todo —murmuró, con un matiz que hizo que mi piel se erizara—. Pero le faltó algo.

—¿Qué? —pregunté, confundido, mi voz atrapada en la garganta mientras ella se ponía en cuclillas frente a mí, su rostro a la altura de mi regazo.

Sin responder, sus manos encontraron la bragueta de mi pantalón, bajándola con una lentitud deliberada. Sus dedos, ágiles y seguros, se deslizaron dentro, liberando mi erección con un roce que me hizo contener el aliento. —Tu chorizote, amor —susurró, sus ojos clavados en los míos, una sonrisa traviesa curvando sus labios antes de que su boca me envolviera.

El sonido de su succión llenó el departamento, un ritmo húmedo y urgente que resonaba en cada rincón. Regina se entregaba con una intensidad feroz, su lengua trazaba caminos que me hacían apretar los puños contra la mesa. Se atragantaba ligeramente, el sonido gutural de su garganta era tan sexy que me nublaba la razón, pero sus ojos nunca dejaban los míos, una mirada ardiente que me mantenía atrapado. Coloqué una mano en su nuca, no para forzarla, sino para mantenerla allí, para prolongar el éxtasis de sentirla devorándome.

Ella se movió con más audacia, levantándose lo justo para quitarse el pantalón del uniforme, la tela cayó al suelo con un susurro. Luego, la blusa siguió, dejándola en un brasier negro de encaje que apenas contenía sus pechos y un cachetero blanco que abrazaba sus nalgas con una precisión cruel. Su piel pálida brillaba bajo la luz de las velas, y cada curva de su cuerpo parecía esculpida para tentarme.

—Regina… —gemí, mientras ella seguía, su cabeza subía y bajaba, el ritmo era implacable. Mis dedos se enredaron en su cabello, sintiendo el calor de su cuero cabelludo, el leve temblor de su cuerpo mientras se entregaba por completo.

De pronto, se detuvo, sus labios brillando mientras me miraba, jadeante. —Esto es solo el aperitivo, Adrián —dijo, su voz un susurro ronco que prometía más. Se puso de pie, el cachetero marcando cada línea de su figura, y se inclinó hacia mí, sus pechos rozando mi pecho. —¿Qué más tienes preparado para mí esta noche?

Mi mano encontró su cadera, deslizándose por la tela del cachetero hasta rozar la piel desnuda de sus nalgas. —Todo lo que quieras, primita —respondí, lleno de un deseo que ya no podía contener—. Todo.

Regina tiró de mi camisa con una urgencia que me hizo tambalear, levantándome de la silla como si no pesara nada. Mis manos encontraron sus nalgas, firmes y cálidas bajo el cachetero blanco, y la apreté contra mí, nuestras bocas chocaron en un beso feroz, hambriento, que sabía a vino y deseo. Sus dedos, frenéticos, desabotonaron mi camisa, arrancándola con un movimiento que la hizo aterrizar en el sillón, un revoltijo de tela olvidado. Sus palmas recorrieron mi pecho, la piel de sus manos suave pero decidida, trazaban senderos que ardían bajo su toque. Luego, sus labios siguieron, besando mi piel con una devoción que me hizo estremecer, cada roce de su boca un incendio que se extendía por mi cuerpo.

De pronto, ella saltó hacia mí, sus piernas rodearon mi cintura, sus muslos me apretaban con una fuerza que hablaba de años de deseo contenido. Mis manos se hundieron en sus nalgas, sosteniéndola mientras besaba su cuello, saboreando la sal de su piel, el pulso acelerado bajo mis labios.

—Hazme tuya, primito —susurró, su voz estaba rota por la pasión, vibrando contra mi oído—. Te deseo desde que éramos adolescentes, desde aquellas fiestas familiares donde nos escondíamos bajo las mesas para fajarnos.

Sus palabras me golpearon como un relámpago, evocando recuerdos de risas furtivas, de manos torpes explorando en la penumbra, de promesas infantiles que ahora cobraban vida. Sus labios volvieron a los míos, besándome con una desesperación que me robó el aire, su lengua danzando con la mía en un ritmo frenético.

—Quiero ser tuya de por vida, Adrián —jadeó entre besos, sus manos enredándose en mi cabello, tirando con una urgencia que me hacía perder la razón.

La llevé hacia la pared más cercana, su espalda chocaba suavemente contra la superficie, mis manos aún aferradas a sus nalgas, levantando el cachetero para sentir la piel desnuda bajo mis dedos. Besé la curva de su clavícula, bajando hasta el borde de su brasier, mis dientes rozaban la tela mientras ella gemía, su cuerpo arqueándose contra el mío.

—Siempre has sido mía, prima —murmuré contra su piel, mi voz un gruñido bajo mientras desabrochaba su brasier con un movimiento rápido, liberando sus pechos, más llenos y perfectos de lo que había imaginado. Mis labios encontraron un pezón, succionando con una mezcla de reverencia y hambre, mientras ella clavaba las uñas en mi espalda, un gemido escapando de su garganta.

—Sigue… no pares —susurró, sus piernas apretaban más fuerte, su cadera se movía contra la mía, buscando fricción, buscando más.

Mis manos exploraron su cuerpo, cada curva, cada rincón, mientras ella tiraba de mi cinturón, liberándome con una urgencia que igualaba la mía. El departamento se desvaneció, las velas titilando en la distancia, el mundo reducido a su piel contra la mía, a sus gemidos llenando el aire, a la promesa de un fuego que había ardido desde nuestra adolescencia y que ahora, por fin, consumía todo a su paso.

La llevé a su habitación, el aire estaba cargado de su perfume y el calor de nuestros cuerpos. Nos desplomamos sobre su cama, las sábanas crujieron bajo nuestro peso, un caos de deseo que no admitía pausa. Mis labios no se apartaban de los suyos, devorándola en besos profundos, mi lengua exploraba la suya mientras mis manos recorrían la suavidad de su piel. Bajé a sus pechos, lamiendo sus pezones, duros y sensibles bajo mi lengua, succionándolos con una mezcla de reverencia y urgencia que la hacía arquearse contra mí, sus gemidos llenaban la habitación como una melodía prohibida.

Me aparté un instante, solo lo suficiente para arrancarme el pantalón, la tela cayó al suelo con un susurro. Regina me observaba desde la cama, su pecho subía y bajaba con respiraciones agitadas, sus dedos se deslizaban por encima del cachetero blanco, acariciando su panochita con una lentitud que era pura provocación. Sus ojos, brillaban tras los anteojos, estaban fijos en mí, oscuros de deseo. Me acerqué, abriendo sus piernas con suavidad, y deslicé el cachetero por sus muslos, revelando su vagina recién depilada, suave y reluciente bajo la luz tenue de la lámpara.

—Vaya, primita, te depilaste —dije, mis dedos rozaron su piel desnuda, sintiendo el calor que emanaba de ella.

Ella sonrió, era una curva audaz en sus labios, mientras su mano seguía acariciando su clítoris en círculos lentos. —Lo hice por ti, primito —susurró, su voz temblaba de anticipación—. Sabía que esta noche me harías tuya.

Mis ojos se abrieron, un torrente de calor recorriendo mi cuerpo. —¿Te imaginas qué dirían mis tíos si supieran que voy a cogerme a mi prima? —bromeé, inclinándome para besar la piel suave de su vientre, mis labios descendiendo lentamente.

—No me importa lo que piensen —respondió, su voz un gemido entrecortado mientras su otra mano apretaba uno de sus pezones, pellizcándolo con una intensidad que me hizo apretar los dientes—. Ya méteme ese chorizote en la panocha, Adrián.

Sus palabras fueron un disparo, una orden que no podía ignorar.

Pero en lugar de ceder a su súplica, decidí avivar el fuego aún más. Quería que me deseara con una intensidad que la consumiera. Me deslicé hacia abajo, posicionando mi cabeza entre sus muslos, su piel suave y cálida rozaba mis mejillas. La miré, sus ojos oscuros brillaban tras los anteojos, y dejé que mi voz se volviera un murmullo cargado de deseo.

—Primero voy a lamer tu panocha, primita —dije, mis manos abrieron sus piernas con suavidad—. La he deseado desde que te vi desnuda en la piscina cuando teníamos catorce años.

— ¿Sabes? Esa vez me desnudé intencionalmente para ti.

Ella dejó escapar una risa entrecortada mientras revelaba aquel secreto.

No respondí. En cambio, hundí mi rostro entre sus muslos, mi lengua encontró la entrada de su panocha, ahora completamente depilada, suave y resbaladiza bajo mi toque. Comencé lentamente, saboreando cada pliegue, el sabor salado y dulce de su excitación inundaba mis sentidos. Regina arqueó la espalda, un gemido profundo escapó de su garganta mientras sus manos se enredaban en mi cabello, empujando mi cabeza más cerca, como si temiera que me detuviera. Aceleré el ritmo, mi lengua trazaba círculos rápidos alrededor de su clítoris, succionando con una presión que la hacía estremecerse.

—¡No pares, primito, no pares! —jadeó, sus piernas se apretaban alrededor de mi cabeza, sus muslos temblaban contra mis mejillas. Sus gemidos llenaban la habitación, un coro de placer que resonaba en las paredes, mezclado con el crujir de las sábanas y el latido frenético de mi propio corazón. Sus dedos se clavaron en mi cuero cabelludo, guiándome, exigiendo más, mientras su cuerpo se retorcía bajo mi boca, cada lamida llevándola más cerca del borde.

Mis manos subieron por sus caderas, apretando la carne suave de sus nalgas, levantándola ligeramente para profundizar mi asalto. Podía sentirla tensarse, su respiración volviéndose errática, sus gemidos convirtiéndose en gritos ahogados. —¡Así, justo así! —susurró, su voz quebrándose mientras sus piernas se cerraban con más fuerza, atrapándome en su calor.

La llevé al límite, mi lengua implacable, hasta que un estremecimiento violento recorrió su cuerpo. Regina gritó mi nombre, sus manos tirando de mi cabello con una desesperación que me hizo gruñir contra su piel. Su orgasmo la sacudió, sus caderas temblaron mientras yo seguía lamiendo, prolongando cada ola de placer hasta que ella se derrumbó contra la cama, jadeante, su pecho subiendo y bajando bajo la luz tenue.

Me incorporé, mis labios brillando con su esencia, y la miré. Estaba hermosa, deshecha, sus anteojos ligeramente torcidos, su cabello desordenado pegado a su frente. —Ahora, Regina —murmuré, mi voz ronca mientras me posicionaba sobre ella, mi erección rozando su entrada aún palpitante—. Ahora sí te voy a hacer mía.

Ella me miró, sus ojos estaban encendidos con un deseo renovado, y tiró de mí hacia ella. —Hazlo, primito —susurró, sus manos deslizándose por mi espalda—. Méteme ese chorizote ahora.

Abrí sus piernas más, mis manos estaban firmes en sus muslos, su piel suave y cálida cedía bajo mis dedos. Posicioné mi verga en la entrada de su panocha, rozando lentamente, abriendo sus labios con la punta, pero sin entrar. Quería que lo anhelara, que cada fibra de su ser suplicara por mí. La miré, sus ojos estaban ardientes tras los anteojos, su pecho subía y bajaba con respiraciones entrecortadas.

—¿Lo quieres dentro, primita? —pregunté, cargado de un deseo que apenas podía contener.

—¡Sí, cabrón, méteme la verga ya! —gritó, con urgencia, sus manos aferrándose a las sábanas como si necesitara anclarse a algo.

Sin pensarlo más, la penetré de un solo empujón, profundo y firme, sintiendo cómo su calor me envolvía, sus paredes me apretaron con una intensidad que me arrancó un gemido. Regina gritó, fue un sonido crudo y extasiado que llenó la habitación, seguido de jadeos y gemidos mientras mis embestidas comenzaban, cada una más decidida que la anterior. Su cuerpo se arqueaba bajo el mío, sus caderas se movían al ritmo de las mías, buscando más, exigiendo todo.

—¡Muérdeme los pezones, mi amor! —gritó, su voz temblaba de placer, sus manos tiraban de mi cabello con una fuerza que rayaba en la desesperación. Me incliné, mis labios encontraron sus pechos, mordiendo sus pezones con una intensidad que bordeaba el dolor, mis dientes rozaban la carne sensible mientras ella se retorcía, sus gemidos se convirtieron en alaridos de éxtasis.

—¡Siempre deseé tener tu verga adentro de mí! —gritó, sus caderas chocaban con las mías, cada movimiento suyo amplificaba el fuego que nos consumía. Sus uñas se clavaron en mi espalda, dejando marcas que ardían, mientras su cuerpo se movía con una urgencia que igualaba la mía.

No dije nada, no podía. Quería escucharla, saborear cada gemido, cada palabra desesperada que salía de su boca. Mis manos apretaron sus nalgas, levantándola para hundirme más profundo, el sonido húmedo de nuestros cuerpos resonaba en la habitación, mezclado con el crujir de la cama y el eco de sus gritos. Su panocha, húmeda y ardiente, me envolvía con cada embestida, y la vi perderse en el placer, su rostro contorsionado, sus anteojos deslizándose por su nariz, su cabello desordenado pegado a su frente sudorosa.

—Eres mía, primita —finalmente dije, mientras aceleraba el ritmo, mis manos se aferraron a sus caderas como si temiera que se desvaneciera. Ella solo gimió en respuesta, sus piernas me envolvieron, tirando de mí, como si quisiera fundirse conmigo para siempre.

El frenesí de nuestros cuerpos no daba tregua, pero quería más, quería sentirla tomar el control. Entre jadeos, mis manos aún aferradas a sus caderas, murmuré contra su piel sudorosa:

—Regina, móntame ahora.

Ella me miró, sus ojos estaban encendidos con un brillo salvaje, y sin decir nada, se apartó solo lo suficiente para que me recostara en la cama. Las sábanas, ya revueltas, se arrugaron bajo mi espalda mientras ella se posicionaba sobre mí, sus rodillas flexionadas, su cuerpo en cuclillas, una diosa en la penumbra. Con una mano guio mi verga hacia su panocha, húmeda y palpitante, y se dejó caer con un movimiento lento pero firme, introduciéndome de nuevo en el interior de su mojada vagina. Luego, comenzó a moverse, dándose sentones agresivos que hacían temblar la cama, el sonido de su piel chocaba con la mía resonando como un tambor en la habitación.

Los líquidos de su excitación escurrían desde su interior, empapando mis testículos, era un calor húmedo que me volvía loco. Regina gritaba mi nombre, llena de placer: —¡Adrián, soy tu puta, tómame! —Sus palabras eran un incendio, cada sílaba avivando el deseo que nos consumía. Sus pechos rebotaban con cada sentón, hipnóticos, su piel pálida brillaba bajo la luz tenue, sus pezones endurecidos rogaban por mi toque. Mis manos alternaban entre sus nalgas, apretándolas con fuerza, sintiendo la carne ceder bajo mis dedos, y sus pechos, acariciándolos, pellizcando sus pezones mientras ella gemía más alto, su cabeza echada hacia atrás, el cabello desordenado cayendo como una cascada sobre sus hombros.

—Eres mía, primita —gruñí, mis manos guiaban sus caderas, ayudándola a mantener el ritmo frenético. Cada movimiento suyo era una explosión, su panocha me apretaba con una intensidad que me llevaba al borde. Ella se inclinó hacia mí, sus manos se apoyaron en mi pecho, sus uñas se clavaban en mi piel, dejando marcas que ardían deliciosamente.

—¡Siempre quise esto, Adrián! —jadeó, su voz temblaba mientras aceleraba, sus caderas se movían con una furia que parecía querer devorarme—. ¡Tu verga es todo lo que soñé, primito!

No respondí, no podía. Mi mundo se reducía a ella, a su cuerpo cabalgándome, a sus gritos llenando el aire, al calor húmedo que nos unía. Una de mis manos se deslizó entre sus piernas, mis dedos encontrando su clítoris, frotándolo en círculos rápidos mientras ella se estremecía, sus gemidos convirtiéndose en alaridos.

—¡No pares, primito, no pares! —suplicó, su cuerpo temblaba, al borde del colapso. La cama crujía bajo nosotros, el cabezal golpeaba la pared, un ritmo que acompañaba nuestra danza salvaje. La sentía tan cerca, su placer alimentando el mío, y supe que este momento, este frenesí, era solo el comienzo de lo que sería nuestro.
El mundo se redujo a ese instante, a su cuerpo temblando bajo el mío, a sus gritos llenando el aire, a la certeza de que este deseo, nacido en las sombras de nuestra adolescencia, ahora nos consumía sin remedio.

El ritmo frenético de Regina cabalgándome me llevaba al límite, pero un impulso primal me hizo querer recuperar el control. Con un gruñido, la tomé de la cintura con ambas manos, mis dedos se hundieron en su piel suave y sudorosa, y la levanté de la cama. La pegué contra la pared de su habitación, el yeso frío contrastaba con el calor abrasador de nuestros cuerpos. Me puse de pie sobre el colchón, el crujir de las sábanas bajo mis pies apenas audible entre nuestros jadeos. Regina envolvió mi cintura con sus piernas, sus muslos me apretaron con una fuerza desesperada, su panocha aún palpitante recibía cada embestida de mi verga con un gemido que resonaba en la habitación.

La besé con fiereza, nuestros labios chocaban, mi lengua exploraba la suya en un baile hambriento. Nuestros cuerpos, empapados en sudor, se deslizaban uno contra el otro, la fricción de su piel contra la mía enviaba chispas por mi columna. Sus pechos se aplastaban contra mi torso, sus pezones rozaban mi piel con cada movimiento. —Regina, me voy a venir —gemí contra su boca, mi voz rota por el esfuerzo—. Quiero que tragues mi semen.

Ella me abrazó más fuerte con sus piernas como si temiera que me escaparía, su respiración era entrecortada contra mi cuello. —¡No, primito! —gritó, llena de éxtasis—. ¡Me voy a venir también, termina dentro de mí!

Sus palabras fueron un disparo, y no pude resistir más. Con un rugido, me hundí en ella, cada embestida más profunda, más urgente, hasta que exploté, chorros calientes de semen llenándola mientras su vagina se contraía a mi alrededor. Al mismo tiempo, sentí su propio clímax, un chorro de calor líquido que empapó nuestros cuerpos, sus gemidos eran un alarido que llenó la habitación. La pared tembló bajo nuestro peso, el aire cargado con el aroma salado de nuestro deseo.

Nos quedamos allí, jadeando, nuestros cuerpos temblaban en la penumbra. Mis labios encontraron los suyos en un beso lento, casi reverente, mientras nuestras respiraciones se mezclaban. Bajé la mirada y vi cómo nuestros jugos, mezclados, goteaban lentamente sobre su almohada, dejando un rastro brillante en la tela. Regina rio suavemente, su rostro estaba sonrojado, sus anteojos torcidos, el cabello pegado a su frente sudorosa.

—Mira el desastre que hicimos —susurró, cargada de una satisfacción que reflejaba la mía. Sus dedos trazaron un camino por mi pecho, deteniéndose en mi corazón, que aún latía desbocado.

—No me importa —respondí, mi mano acariciaba su mejilla, mis ojos estaban fijos en los suyos—. Quiero hacer este desastre contigo todas las noches.

Ella sonrió, una curva peligrosa en sus labios, y se inclinó para besarme de nuevo, sus piernas aun me abrazaban, como si no quisiera dejarme ir. La habitación seguía vibrando con el eco de nuestro clímax.

Tras unos minutos suspendidos en nuestro clímax, Regina bajó las piernas lentamente, su cuerpo aun temblaba contra el mío. Se dejó caer en la cama, las sábanas arrugadas abrazaban su figura, y con una mezcla de descaro y ternura, se inclinó hacia la almohada. Sus labios rozaron la mancha húmeda que nuestros jugos habían dejado, y lamió con una delicadeza que era a la vez excitante y sorprendentemente íntima. La imagen me golpeó, un destello de adoración y deseo que me hizo sonreír. Me acosté a su lado, el colchón se hundió bajo nuestro peso, y ella levantó su pierna izquierda, apoyándola sobre mi cadera, su piel cálida y suave contra la mía.

Mis dedos encontraron sus nalgas, acariciándolas con una lentitud casi reverente, mientras me inclinaba para besarla de nuevo. Sus labios, aún brillantes, sabían a nosotros, a la mezcla de nuestro deseo. El beso fue lento, profundo, un contraste con la furia de momentos antes. Mi prima se apartó ligeramente, sus ojos brillaban tras los anteojos torcidos, una sonrisa satisfecha curvaba su boca.

—Sabía que lograría esto si me escuchabas masturbarme el día que llegaste —confesó, con un susurro ronco, cargado de orgullo.

Me reí suavemente, mi mano se detuvo en la curva de su cadera. —¿Cómo sabías que funcionaría, primita? —respondí, mi tono estaba lleno de una confianza que no podía ocultar, orgulloso de haber cruzado este umbral con ella.

Ella se incorporó un poco, apoyándose en un codo, su pierna aún entrelazada con la mía. —Porque encontré mi tanga, la que usaste para masturbarte —dijo, sus ojos eran desafiantes, un destello de victoria en su mirada—. Tu semen estaba pegado en ella, primito. Y supe que ya eras mío.

Sus palabras me golpearon, una mezcla de sorpresa y excitación recorrieron mi cuerpo. La imagen de ella descubriendo mi indiscreción, de su certeza al saber que me tenía, era tan poderosa como el acto que acabábamos de compartir. Me incliné hacia ella, mi frente rozó la suya, mi mano apretó su nalga con un toque posesivo.

—Soy tuyo desde los catorce, primita —murmuré, una verdad que había llevado en silencio durante años—. Y tú eras mía también.

Regina sonrió, esa curva peligrosa que siempre me desarmaba, y se acercó para besarme de nuevo, sus labios eran suaves pero firmes, como si sellara un pacto tácito. Su pierna se apretó más contra mí, su cuerpo se deslizaba más cerca, y el calor de su piel reavivó el fuego que apenas comenzaba a calmarse.

—Siempre lo supe —susurró contra mi boca.

La habitación, bañada en la luz tenue de la lámpara, parecía contenernos en un mundo propio, donde el pasado y el presente se fundían en esta certeza: ella y yo, entrelazados, éramos inevitables. Mis manos siguieron explorando su cuerpo, memorizando cada curva, mientras el eco de sus palabras resonaba en mí, prometiendo noches interminables de deseo y entrega.

El beso que compartimos después de nuestras confesiones fue como sellar un pacto, nuestros labios se movieron con una ternura que contrastaba con la intensidad de momentos antes.

—Adrián, quédate conmigo para siempre —susurró, con voz suave pero firme, mientras sus dedos trazaban círculos lentos en mi pecho—. Quiero que compartamos esta habitación, que vivamos esto juntos.

No lo dudé. —Por supuesto, primita —respondí, con una convicción que sentía en cada rincón de mi ser—. No hay otro lugar donde quiera estar.

Ella sonrió, una curva cálida y sincera, y se giró, dándome la espalda, su cuerpo acomodándose contra el mío en la cama. La suavidad de sus nalgas se presionó contra mí, su cabello rozó mi rostro, impregnado de ese aroma floral que ya era parte de mi mundo. —Méteme ese chorizo por mi ano —murmuró, con deseo—. Quiero sentirte más cerca.

Mis manos encontraron sus nalgas, las abrieron con suavidad. La acerqué más, mi cuerpo encajando contra el suyo, y comencé a meterme dentro de ella, un ritmo lento pero profundo que nos llevó de nuevo al borde del éxtasis. Mis dedos subieron hasta sus pechos, acariciándolos con delicadeza, sintiendo su respiración acelerarse mientras se arqueaba contra mí.

—Así, Adrián —jadeó, sus manos se aferraron a las sábanas, su cuerpo respondía a cada movimiento mío con una urgencia que igualaba la mía. La habitación se llenó de nuevo con el sonido del choque de nuestros cuerpos, el crujir de la cama, sus suspiros mezclándose con mis gruñidos bajos.

El clímax llegó como una ola, intenso y abrumador, nuestros cuerpos temblaban juntos mientras nos entregábamos por completo. Me derramé en aquel estrecho orificio, mi respiración estaba entrecortada contra su nuca, mientras mi prima temblaba, su propio placer estalló en un susurro de mi nombre. Nos quedamos allí, entrelazados, jadeando, nuestros cuerpos sudorosos pegados el uno al otro, sin necesidad de palabras.

En esa posición, con su espalda contra mi pecho, mis brazos rodeándola, nos dejamos vencer por el sueño. El mundo exterior, las normas, las expectativas, todo se desvaneció. Mi primita y yo nos habíamos comprometido, no solo en cuerpo, sino en algo mucho más profundo, un lazo que había nacido años atrás y que ahora, en la penumbra de su habitación, se sellaba para siempre.

 

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ElPecado
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Soy ElPecado, tejedor de deseos en palabras. Mis relatos eróticos encienden pasiones ocultas, explorando la sensualidad y el taboo con un toque melancólico. Cada frase es un susurro candente que despierta la piel y el alma, siempre en el filo del placer prohibido.

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