Un encuentro con Luna sexi cuentos

Autor: erosyluna | 26-Dec

Heterosexuales

Luna y su hombre se encontraban solos en su casa, ambos creaban un ambiente cálido a pesar del frío que inundaba el exterior. Contemplaban la noche tras la ventana y sostenían en sus manos una tibia copa de vino previendo un encuentro especial. El cántico de los grillos hacía que la noche tuviese testigos inesperados, pero sensatos, mezclando sus sonidos armoniosamente con la música de fondo que tenían en su velada, la luz tenue les invitaba al placer y la pareja de enamorados obedecía sutilmente.

Aquella noche fue distinta. Ella se veía más hermosa que nunca, el, con un porte de caballero, atractivo y seductor.

Ambos estaban siendo tentados por sus cuerpos y cada segundo que pasaba, el deseo y la ansiedad aumentaba.

La pasión en ellos no era pasajera, era continúa y cada vez que se encontraban dejaban de lado la monotonía y la rutina.

Sus miradas se cruzaban constantemente en medio de las sombras de la noche y sin necesidad de emitir palabras, entendían claramente su lenguaje e intenciones.

El la miraba queriendo poseerla, -ella lo sabía- y sentía que su corazón latía a mil por horas -estaba nerviosa- pero a la vez se sentía única, deseada y excitada -y el lo percibía-

Mientras tenían sus miradas fijas y daban paso a la suave conversación, ella se levantó de su asiento con la excusa de dejar su copa de vino sobre la mesa. Al hacerlo, sujetó su blusa con cuidado y dándole la espalda a su hombre, desabrochó sus botones sin el darse cuenta, quedando al descubierto su sensual escote y su ardiente intención.

Al voltear la mujer hacia él, el hombre fijó la vista en sus senos, quedando dibujado en sus ojos el brillo de su excitación, ella pensaba lo bien que había salido su actuación e intentó retomar su juego, prosiguió a tomar su copa de vino, la cual había dejado recién y sin ella percatarse, el la jaló fuertemente por la cintura, acto seguido, la acercó hacia su cuerpo y presionó su pene sobre ella, la mujer al sentir lo duro que estaba, se dejó llevar y deslizó su mano derecha suavemente hacia atrás, acariciándolo decididamente.

Con ese acto las cartas estabas tiradas sobre la mesa y sus jugadores se encontraban expectantes, ella estaba embriagada de placer, sentía la humedad que brotaba de su entrepierna, y en él, el encanto de sentir su pene erecto siendo acariciado a cada instante.

Ambos lo necesitaban, ella lo deseaba y su piel se lo exigía, deseosa pedía con sus gestos sentir la dureza de su pene dentro de ella.

El no perdía el tiempo, sus manos grandes y fuertes masajeaban delicadamente los suaves senos de su mujer. Sus pezones duros se lo agradecían eternamente.

La humedad de su vagina relucía como un rayo de luz que entraba diagonalmente desde el exterior de su ventana alumbrando su ser.

Sus corazones latían fuertemente y cada vez sus cuerpos eran controlados por la excitación.

La noche aumentaba en su oscuridad, pero el roce de su piel iluminaba sus almas. El frío se alejaba rápidamente mientras era empañado por el calor de sus cuerpos. Estaban unidos, se sentían plenos, sin interrupciones ni conflictos, eran ellos dos y sus cuerpos húmedos y calientes.

Compartían el sabor de su piel, de su sexo, y de su amor.

Se deseaban tal cual como se amaban.

Su excitación era desmedida e incontrolable cual pareja de adolescentes enamorados experimentando su primer encuentro.

Ella susurraba su amor por él en medio de fuertes caricias sobre su espalda, con eso demostraba que era suyo, que le pertenecía.

El bajó y abrió sus piernas para besar su clítoris; Luna, rebosante de placer le rogaba ser penetrada hasta lo más íntimo de su ser.

Eros, su hombre, obedeció cauto y sumiso, cual esclavo temeroso. Aunque no tenía claro sí lo hacía para complacerla o para cumplir su propia lascivia.

De cualquier manera, el estaba entrando en un juego controlado por la lujuria y pasión, un juego sin límites.

Mientras se acariciaban, ella rozaba su cuerpo sobre él y se movía con desenfreno, estaba ardiente y su cuerpo gritaba por sexo.

Su trasero rozaba su pene, estaba descontrolada y poseída por Afrodita, la protagonista de sus novelas eróticas. Su mente era amplía y corría rápido, quería experimentar sensaciones nuevas, aun aquellas de las que pensaba jamás hacer.

El por detrás, acariciaba sus sensibles y excitados pezones, mientras con su pene rozaba su trasero y lo introducía en su húmeda vagina, subiendo de a poco su nivel de intensidad.

Movida por las distintas sensaciones que estaba experimentando, ella lo tomó de las manos y lo trasladó a una silla que se encontraba en el living de su hogar, no queriendo perder el tiempo.

Deseaba la penetración, deseaba sentir el placer que le provocaba el sonido de hacer el amor. Las ventanas de su casa presenciaban las huellas de su entusiasmo al quedar eclipsadas de calor y transpiración.

Estaban calientes y sabían que no se detendrían pronto, querían sentir más, su placer recién estaba comenzando.

Mientras la mujer lo besaba se sentó sobre él, ambos sintieron el fuego que inundó su interior, sintiendo el deseo en sus genitales. El movimiento de sus nalgas encima de el, le motivaron a meterlo fuerte, firme y constante. Estaba excitado y fantaseaba con ella.

Experimentaron distintas formas de amar, haciendo de su intimidad su propio santuario.

El deseo los envolvió y ambos cayeron bajo su encanto, sus mentes se llenaban de fantasías, querían invitar a que otros participaran junto a ellos de sus actos llenos de placer, sin culpas ni limites.

Ella era tímida, ¿una tercera persona? Lo pensó mientras era penetrada. Le gustaba la idea, se sentía excitada, quizás por el hecho de pensarlo, más que por el acto mismo, sabía que al experimentar nuevas prácticas provocaría un sin fin de experiencias.

Tenía temor que el sexo se transformara en su vicio, pero estaba consciente que correr ese riesgo traería satisfacción personal.

El era más osado, sabía que con ella se sentía pleno, pero saber que otro hombre o mujer la deseaba, le provocaba placer, él creía en los limites y mientras estos se respetaran estaría todo bien.

La noche avanzaba y la excitación también.

Mientras ella cabalgaba como una verdadera jinete de carrera, le exigía mayor intensidad, el asintió con un gesto mientras acariciaba sus senos.

Las pupilas dilatadas, su exquisita humedad, la dureza de su hombre y la constancia de su relación, hacía que la noche se agotara ante ellos y se diera por vencida.

Mientras la luna alumbraba con su brillo fugaz, el hombre la cambió de lugar, la sujetó de la cintura y caminó hacia el sofá sin dejarla de penetrar. Ahora el tomaba la iniciativa y puso las curvas de su mujer delante de él, la dejó amablemente en el lugar permitiendo que la noche dibujará su silueta y sin esperar más la penetró por detrás, el placer que brotaba de su vagina no dio lugar, el sabor de su humedad los llevó a fantasear, ya todo les era permitido, su excitación era cada vez mayor y su mente no tenía límites, cambiaron sus nombres y posiciones, imaginando que fantaseaban con más personas, y a la vez estando solos ellos, sentían no acabar.

En medio de la agitada y calurosa noche se oyó decir un leve te amo, era él, exhausto y excitado seguía en pie, cual fuerte guerrero agonizante dando todo de sí para traer victoria y legado a su batalla.

Ella, rebosando de pasión y lujuria, le suplicaba avanzar, llevó su pene a su boca y gustó una vez más del sabor de su hombre, a los pocos minutos ella saltó nuevamente sobre el, arriba y abajo, gimiendo y deseando, arriba y abajo, la seguía penetrando, le encantaba, la volvía loca, la trastornaba y el se dejaba, los ojos de la mujer miraban hacia arriba, hacia el techo, dejando al descubierto su cuello, pidiendo a gritos silenciosos que su hombre besara nuevamente sus senos, ya no daba más, estaba agotada y completamente mojada. Sabía que estando en dicha posición y sintiendo el placer en su punto débil, estaría a segundos de experimentar su final.

Ella se movía al ritmo de el, y el al de ella, su penetración fue cada vez mas intensa y sus movimientos también. Ella gritaba de placer y el gemía como si fueran sus últimos segundos de vida, a el le costaba respirar, ella le rasguñaba y presionaba su espalda, el por causa del placer no lo sentía, ella estaba a punto a acabar y el la seguía, ambos cruzaron miradas y descubrieron que era su final y juntos experimentaron un fuerte y placentero despertar, su orgasmo fue tan intenso que les fue imposible separarse, continuaron unidos y abrazados sin dudar, por un buen rato en su sofá.

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