16 Orgasmos en 20 Minutos: La Esposa Frustrada que Me Vació las Bolas
Era una noche cálida de verano cuando dejé a mi novia, Laura, frente a su casa después de una tarde inolvidable de sexo salvaje. Habíamos cogido durante horas en mi auto, explorando cada rincón de nuestros cuerpos con urgencia animal. Ella se bajó con las piernas temblorosas, besándome una última vez antes de desaparecer por la puerta. Yo aceleré, aún con el sabor de su coño en la boca y la polla semierecta bajo los pantalones.
A dos cuadras, una mujer solitaria hacía señas con el pulgar en la acera. Parecía tener unos 25 años, con un vestido rojo ceñido que marcaba curvas generosas: tetas firmes que asomaban en un escote profundo, caderas anchas y piernas largas terminadas en tacones altos. Detuve el auto de inmediato. “¡Subí!”, le dije, y ella se acomodó en el asiento del copiloto, cruzando las piernas con gracia felina.
Mientras conducía, me contó su historia con voz suave pero cargada de frustración. Se llamaba Sofía. Su esposo había llegado borracho a casa esa tarde, se desplomó en la cama sin tocarla y roncaba como un cerdo. Ella se había vestido para salir a un bar, peinada y perfumada, lista para una noche de diversión, pero el cabrón la dejó plantada. “Solo quiero pasear y charlar un rato”, dijo, rozando mi brazo con sus dedos. Sus ojos brillaban con un hambre que reconocí al instante.
La invité a mi apartamento sin pensarlo dos veces. “Es cerca, y tengo algo de vino”, mentí. Ella sonrió con picardía y asintió. Aparqué el auto en el sótano, y apenas cerramos la puerta del ascensor, sus labios se estrellaron contra los míos. Nuestras lenguas se enredaron en un beso feroz, húmedo, mientras sus manos bajaban a mi entrepierna, apretando mi polla que ya se endurecía como piedra.
Entramos al departamento tropezando, arrancándonos la ropa en el pasillo. Su vestido rojo cayó al suelo, revelando unas tetas perfectas, redondas, con pezones oscuros y erectos. No llevaba sostén. La empujé contra la pared de la sala, lamiendo su cuello mientras mis dedos se colaban bajo su tanga empapada. “Estás chorreando”, le gruñí al oído. Ella jadeó: “Fóllame ya, por favor”.
La llevé al sofá, la tumbé de espaldas y le arranqué las bragas. Su coño estaba hinchado, rosado, con labios jugosos que brillaban de excitación. Me arrodillé y hundí la lengua en ella, chupando su clítoris con avidez. Sofía arqueó la espalda en segundos, temblando violentamente. “¡Sí, Dios! ¡Me vengo!”, gritó, y su primer orgasmo la sacudió como un rayo: contracciones rápidas, jugos calientes salpicándome la cara.
No paré. Seguí lamiéndola, metiendo dos dedos en su interior resbaladizo, curvándolos contra su punto G. El segundo orgasmo llegó en menos de un minuto, frenético, con sus muslos apretándome la cabeza y un gemido agudo que llenó la habitación. “¡Otro! ¡No pares!”, suplicó, retorciéndose. Tres, cuatro… Sus orgasmos eran cortos pero brutales, como espasmos eléctricos que la hacían convulsionar.
La puse a cuatro patas en el sofá, mi polla palpitante lista para entrar. La embestí de un solo empujón, profundo hasta el fondo. Sofía chilló de placer, empujando sus caderas contra mí. “¡Más fuerte! ¡Me encanta tu verga!”, balbuceó. La follaba con ritmo salvaje, mis bolas golpeando su clítoris. El quinto orgasmo la dobló, temblando incontrolable, pero yo seguí, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de mi polla como un puño caliente.
Conté mentalmente: seis, siete, ocho… En unos 20 minutos, ya llevaba doce orgasmos. Cada uno la hacía quejarse y gemir más alto, su cuerpo empapado en sudor, tetas rebotando con cada estocada. Yo eyaculé por primera vez dentro de ella, gruñendo mientras mi semen caliente la llenaba. Pero Sofía no se detuvo; su frustración acumulada la volvía insaciable. “¡Sigue, no pares! Mi marido nunca me hace esto”, rogaba.
Me recosté en el sofá y ella se montó encima, cabalgándome con furia. Sus caderas giraban como un tornado, su coño tragándose mi polla hasta las bolas. Trece, catorce… Sus orgasmos la hacían tambalearse, ojos en blanco, uñas clavadas en mi pecho. Yo estaba exhausto, pero su energía era imparable. Mi segunda corrida llegó explosiva, llenándola otra vez hasta que el semen goteaba por sus muslos.
Ella quería más, frotándose contra mí con desesperación. “No puedo más, Sofía”, admití, polla sensible y dolorida. Pero en lugar de rendirse, se bajó, me abrió las piernas y empezó a pajearme mientras lamía mis bolas. “Déjame hacerte venir una tercera vez”, susurró con voz ronca. Su boca experta envolvió mi glande, chupando con vacuums intensos.
De repente, la volteé y la puse boca abajo, untando mi semen en su culo apretado. “Quiero tu ano”, le dije. Ella gimió afirmando, y lubricada con nuestros jugos, empujé mi polla en su esfínter virgen. Sofía explotó en su decimosexto orgasmo al instante, un temblor épico que la dejó gritando y convulsionando. Yo la follé el culo sin piedad, sintiendo cómo se abría para mí.
El clímax final fue brutal: embestí profundo en su trasero mientras ella se corría por decimoséptima vez, un orgasmo eterno que la hizo squirtear sobre las sábanas. Yo eyaculé por tercera vez, inundando su interior con chorros calientes que la hicieron colapsar en éxtasis total. Quedamos jadeantes, cuerpos pegados, pero ella sonrió: “Vuelve a recogerme mañana… mi marido sigue dormido”.
¿Te gustó este relato? descubre más relatos para leer y excitarte en nuestra página principal.
