¡Y yo que odiaba las bodas!

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Me llamo Paulina, soy mexicana y trabajo actualizando reportajes de lugares y tiendas curiosas por diferentes partes del mundo para una revista de viajes, por lo que desde que tenía 22 años estoy fuera del país. En todo este tiempo, Internet se convirtió en la mejor manera de relajarme y de mantenerme en contacto con mi gente en aquellas noches solitarias de hotel. Había hecho muchas amistades vía chat, pero de entre todas las personas con las que mantenía correspondencia, Andrea era quizás con la que mejor me llevaba y sin darnos cuenta habíamos pasado más de un año posponiendo la fecha para conocernos en persona.

Ella es una exitosa y guapa ejecutiva residente en la capital mexicana y por motivo de mis próximas vacaciones había planeado la fecha de su boda para los días que yo estaría en el país. Yo no soy muy amante de las bodas, pero tenía muchas ganas de conocerla en persona y decidí pasar el fin de semana en su ciudad para asistir a su boda antes de empezar mis vacaciones. Cuando llegué, quedamos a comer un día antes para poder ponernos al día y que me entregara la invitación. El encuentro resultó mejor de lo que habíamos imaginado, fue como si nos conociéramos de toda la vida y me alegré de haber aceptado su invitación.

A la mañana siguiente, me levanté muy temprano para arreglarme, aunque no conocía a ninguno de los invitados, aprovecharía para ponerme alguno de esos modelitos que a veces compro en mis viajes sintiéndome intrépida y que jamás uso por que viajando tanto, lo que más me importa es ir cómoda y acorde al clima de cada lugar, pero ese día era diferente, ella le había hablado de mi a todos sus amigos cercanos y no quería hacerla quedar mal, por lo que me esmeré mucho y el resultado (por lo menos a mi parecer) era impresionante. Me puse una blusa de seda blanca con enormes flores negras atada en el cuello que dejaba mi espalda al descubierto y una minifalda negra con un poco de vuelo que dejaba al descubierto mis largas piernas que a su vez resalté con un par de sandalias altísimas anudadas a mis tobillos. Lo que más me gustaba de mi apariencia, era la sensación que daba la blusa de que los senos se escaparían por los lados en cualquier momento, pero es lo que tiene la ropa de firma, esta tan bien cortada que eso resulta imposible, además el estampado disimulaba cuando mis pezones estaban erguidos y el roce de la seda cuando se me movían al caminar me resultaba excitante.

Llegué temprano a la iglesia y mi amiga que había previsto todo, me presentó al instante con su jefe, un hombre cuarentón muy agradable que se encargaría de acompañarme y de llevarme y traerme a la hacienda dónde sería el banquete.

Todo transcurrió muy bien y para cuando todos los invitados estaban sentados en su mesa, Santiago (el cuarentón) y yo ya habíamos roto el hielo por completo. Él era de ese tipo de hombre que resulta tan interesante, simpático y de mundo, que ni siquiera te planteas si es guapo o feo y como su cometido era que yo lo pasara bien, se dedicó por completo a hacerme reír y a estar al pendiente de cualquier cosa que me hiciera falta.

Después de una larga charla, Santiago me sacó a bailar, yo me negué argumentando la cantidad de vino tinto que ya habíamos bebido, pero él no se dio por vencido y nos adueñamos de la pista. Él, como era de esperarse, intentaba mirarme a los ojos, pero el constante rebote de mis tetas lo hacían concentrarse en mi maravillosa blusa. Cuando empezó la tanda de música lenta, yo automáticamente me dirigí hacia la mesa, pero él me jaló de la mano y me acercó hacía el cómo un profesional.

– ¿Pensabas que iba a desaprovechar la oportunidad?

– Es que las “pegaditas” no son mi fuerte – respondí yo.

El me abrazó por la cintura y yo instintivamente lo abracé por el cuello y disfrutamos del baile sin que él desaprovechara la ocasión para restregarse mis tetas y de mirarlas más de cerca sin disimular, a mi no me molestaba, él lo hacía sin ocultarme sus intenciones y yo disfrutaba que le gustaran, la música se volvió más rítmica pero no se apartó de mí, muy al contrario me besó el cuello y siguió moviéndose como si nada.

– Espero que no te haya molestado, por que pienso besarte en la boca también.

– No, no me molesta, si me molestara me hubiera apartado.

Le contesté dándole un beso en los labios, él sonrió y después de dos canciones más nos sentamos a comer. Después del banquete, el brindis y todas esas cosas, nos fuimos a caminar por la magnifica hacienda llena de jardines y de ruinas maravillosas. Al alejarnos del bullicio de la gente, me llevó de la mano a una especie de banco alto detrás de unas plantas y nos besamos apasionadamente, él se separó de mí y me movió de los brazos para ver como se movían mis tetas, después buscó mis pezones con la yema de sus dedos y los acarició suavemente, a mí me volvía loca la mirada lujuriosa que tenía al tocarme y poco a poco metió las manos por los laterales de mi blusa y los apretó.

– ¿Dónde has comprado esta blusa? No me ha dejado pensar en otra cosa desde que te vi en la iglesia.

– Eso es lo de menos, yo pensé que me meterías mano en el coche cuando que me llevaras de regreso a mi hotel.

– Lo pensé, pero no me pude aguantar.

Mientras me sobaba las tetas, me restregó su pene en la rodilla y al sentirla tan dura no pude resistirme a sobarla para sentir su tamaño.

– Mmmm, me gusta cómo las sobas con seguridad, no dejes de acariciarla.

Santiago sin dejar de agarrarme las tetas con una mano, usó la otra para desabrocharme el nudo de mi cuello dejándolas al descubierto, primero las observó con lujuria e inmediatamente después comenzó a mordisquear y a lamer mis pezones y yo aproveché para meter mi mano en su pantalón para sentirlo mejor, pasé la yema de mi pulgar por su glande y pude sentir el juguito que salía de ella, eso me excitó tanto que se la saqué directamente y me la metí en la boca como desesperada, me encanta chuparlas y cuando están tan duras y en este caso tan gruesas me puedo volver loca succionando.

– Espera un poco preciosa. Por qué no jugamos un poco más, nos concentramos en tu orgasmo y luego eyaculo yo para no ensuciarte.

Propuso Santiago al tiempo que me jaló de los hombros para ponerme de pié, metió sus manos debajo de mi falda y bajó mi tanga hasta las rodillas para que yo las hiciera caer hasta el suelo. Él comenzó a besarme en la boca, con una mano me sobaba las tetas y con la otra metió un par de dedos entre mis piernas acariciando suavemente mi clítoris sin llegar a penetrarme, después dejó de besarme para mirar mi cara de placer y yo desesperada por la espera le rogué que me metiera los dedos de una vez por todas, él se sonrió y sacó sus dedos, yo lo miré extrañada y el al momento me agarró por las caderas y me subió en el banco para chuparme el clítoris metiendo nuevamente su enorme par de dedos pero esta vez en la vagina, que maravilla de hombre, en ese momento comenzaba a entender lo que dicen sobre la experiencia de los maduritos y cuando estaba a punto de llegar al orgasmo, Santiago se detuvo, se sentó a mi lado y me invitó a que me sentara sobre él. Su pene estaba enorme, se le marcaban las venas perfectamente y sin dejar de mirarla me monté sobre ella y me la metí hasta el fondo, él, moviendo mis caderas me marcó el ritmo de meterla y sacarla y yo me puse la falda en la cintura para poder mirar como me la metía y me la sacaba haciéndome gemir como loca, hasta que acompañado de un ligero grito llegue al orgasmo.

– Es tu turno preciosa.

Me dijo con la respiración entrecortada y sin pensarlo dos veces, me la metí en la boca cómo si me estuvieran tomando el tiempo. Una pareja que paseaba por ahí (quizás para lo mismo que nosotros) se quedó parada unos minutos al verme chupando sin parar, yo sólo pude mirarlos de reojo, pero Santiago me quitó el cabello de la cara con una sonrisa para que pudieran ver mejor y ellos, sin saber que hacer prefirieron irse y no pudieron ver como terminó en mi boca.

Después de vestirnos, continuamos disfrutando de la fiesta, por la noche repetimos en mi hotel cómo pensé que sería, pero tuve que llamar a mi mamá para avisarle que mis vacaciones en la capital durarían toda la semana.

Autor: Paulina

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