Visita playera: levante en la arena

Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.

Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.

Como conté en mi relato anterior, volví a las playas de Monte Hermoso por invitación de Tito (un amigo de años), con la idea de ver algunas ofertas de maquinaria y aprovechar las tardes y noches para recorrer las arenas cálidas.

Después de una primera noche caliente, desperté casi a las 10 de la mañana, no muy normal en mí. Un rato más tarde, Tito se levantó con urgencia, ya que había programado una visita a otro local a las 11:30 y había que desplazarse bastante.

Desayunamos unos mates y comentamos los resultados de la noche anterior: las vecinas que se quedaron con él eran dos mendocinas muy juguetonas y la porteña que estuvo conmigo bastante necesitada de afecto.

Tito: ¿viste lo que es andar en la playa? Ni te cuento lo que es pescar en las confiterías o los boliches, pendejas regaladas y maduritas muy necesitadas… Ya lo vas a ver.

Nos fuimos a ver el 3er local comercial y lo único que nos agradó fueron las dos mujeres que atendían al público, las maquinarias estaban destruidas.

Tito trató de organizar algo con las empleadas pero no hubo caso, eran demasiado jóvenes para nosotros. Concluida la visita, bajamos a la playa en los paradores céntricos cerca de las 14 horas.

Como decía Tito, el ganado cambiaba de target sobre esa hora. Las mujeres maduras volvían a casa a cocinar y recluirse hasta que el sol aflojaba la intensidad y bajaban a las cálidas arenas las jóvenes que recién se levantaban tras una noche de actividad.

Biquinis diminutos, tangas de hilo dental, gafas de sol importantes, sombreros típicos de la Costa Azul, parlantes con música electrónica, heladeras repletas de cervezas y gaseosa y fernet dominaban el panorama.

Con casi 36 grados de temperatura, el efecto del alcohol se notaba. Los varones que improvisaban partidos de futbol playero no podían impactar un balón y las chicas tambaleaban de tanto tomar.

No resultó difícil que los bañeros debieran hacer varias incursiones al mar para rescatar borrachines (de ambos sexos) y que los partidos de vóley playero se multiplicaran. Las mujeres caían entre risas, sin poder mantener la vertical y los varones no le iban en zaga.

Nos prendimos en un partido masivo frente a uno de los paradores de moda y no resultó difícil entablar charlas con mujeres que iban de los 18 a los 25 años. Éramos los viejitos piolas que se prendían al juego, que luego eran invitados a las carpas a beber, el truco consistía en ser más medidos y aprovechar que las chicas se mareaban de tanto beber.

Así las cosas, logramos que las 3 o 4 de mayor edad nos invitaran a pasar la tarde en la carpa.

Sandra de 30 años, flaca de buenas formas aunque algo escasas, encontró en Tito la compañía ideal, mientras yo ligué a la hermana mayor del grupo Sonia de 38.

Ambas eran de San Juan y estarían en la ciudad por dos días más. Alquilaban un departamento a escasos 100 metros de la playa, pero añoraban las juntadas nocturnas, las partidas de truco, los asados y la diversión fuera de los antros normales.

Tito, ni lerdo ni perezoso, las invitó a cenar en casa, prometió asado y truco al finalizar la cena. Las mujeres aceptaron sin mucha duda. Todo informal, sin intenciones de concurrir a confiterías ni antros después de la cena.

El único requisito era que ellas aportaran las bebidas que más les agradaban.

Cerca de las 20 horas, llamaron al celular de Tito pidiendo ayuda para llegar a la casa. Quedé a cargo de la cena mientras él iba en busca de las mujeres. Trajeron lo necesario para una picada, algunas cervezas y dos botellas de champagne para más tarde.

La cena fue tranquila, contándonos algunas cosas de nuestra vida: Sandra era soltera y Sonia divorciada, compañeras de trabajo en una bodega que habían escuchado de las bondades de las playas de Monte y decidieron arriesgarse a visitar el lugar.

Al momento de iniciar las partidas de truco, formamos parejas mixtas, repartiendo victorias. Hasta que Tito propuso un desafío: mujeres versus varones.

La propuesta fue aceptada pero había que fijar algún premio al ganador: obvio que la primera opción fue la lavada de los platos con ellas como ganadoras. La revancha fue hacer fondos blancos con las bebidas por cada mano ganada, que fue aceptada sin reparos.

Allí la mano cambió, las mujeres perdían seguido y las botellas bajaban rápidamente. Tras nivelar la cuenta de partidas ganadas, había que jugar la final. El tiempo se puso algo fresco y decidimos mudar la partida al interior de la casa.

Tito: apostemos fuerte. Cada 5 puntos logrados, la pareja perdedora se quita una prenda.

Para ser parejo el tema, previamente nos pusimos remeras, shorts y calzados. Las primeras manos fueron repartidas: ambas parejas debimos quitarnos calzados y posteriormente remeras. En un duro cruce, mi compañero de juego ganó 7 puntos y las mujeres debían despojarse de otra prenda: la duda era si quitarse el short o el brassier, optaron por el primero.

A mano siguiente, perdimos nosotros: no había mucho por decidir y los shorts volaron. Finalmente, Sonia se jugó a todo o nada, con una mano muy favorable arriesgó la partida: al ir nosotros debajo en el marcador, si ganábamos el juego seguía pero si perdíamos quedaríamos desnudos. Nos detuvimos unos segundos y analizamos las posibilidades, y decidimos aceptar: Tito ganó por apenas dos puntos, por lo que el juego continuaría, pero las mujeres deberían despojarse de otra prenda y sol le quedaban dos: brassier o tanga. Hubo risas nerviosas, pero aceptaron que fueran brassier. Se cubrieron como podían para no dejar nada a la vista y se inició lo que sería la última mano del juego.

Zorro viejo, Tito apuró el juego y las mujeres no tuvieron más que aceptar. Si antes perdieron por dos puntos, ahora lo hicieron por solo uno. Tito se puso de pie y festejó el hecho, Sonia no sabía cómo hacer para hechar atrás la apuesta, y Sandra resignada dejó caer sus brazos dejando a la vista sus pechos y se dispuso a quitarse la tanga.

Sandra: apuestas son apuestas y hay que pagar – le decía a su amiga

Sonia: Si, pero de ahí a ponerme en bolas, hay un trecho

Sandra: ¿y si ganábamos qué? ¿Te hubieses negado?

Sonia: jamás pensé en perder

Sandra: dale nena, cumplí con la apuesta.

Sonia dudaba mucho y Sandra estaba decidida a cumplir. Hubo charlas entre ambas hasta que Sonia cedió y haciendo un esfuerzo, se quitó la tanga, se cubrió como podía para no ser vista en bolas, no así Sandra que dejó su cuerpo a la vista.

Tito aplaudía el streap tease y yo reía ante la situación.

Sandra: vamos Sonia, mostrate como sos y vamos a lo que vinimos.

Eso me dejó un poco descolgado: Sandra confirmaba que con apenas horas de conocernos estaba dispuesta a dejarse ver como Dios la trajo al mundo, desde el mismo momento que pisaron la casa, mientras Sonia estaba algo más cortada.

Sandra se puso de pie, caminó hacia mí, se sentó en mis piernas y me dejó toda su humanidad servida. Me dio un beso y se colgó a mi cuello, creo que notó como me estaba poniendo rápidamente y se sirvió un nuevo vaso de champagne y me preguntó dónde estaba mi habitación. “Vamos y dejamos a estos dos solos a ver si se deciden a ir por todo” dijo mientras me tomaba de la mano y me llevaba al pasillo de las habitaciones. Giré, lo miré a Tito y con un guiño de ojo me fui tras mi hembra.

Entramos al cuarto, cerramos la puerta, y se acercó a la cama.

Sandra: vamos negri, que ellos se pierden la acción.

Se tendió en el lecho, encendió la luz del velador y me invitó a acompañarla. Nos dedicamos a besarnos, mimarnos y aprovechando la desnudez de ella, le comí las tetas primero para luego bajar a una concha que tenía una pequeña hilera de vellos, dejando ver el brillo de sus labios.

Sandra: cómemela papi, dame lengua hasta hacerme acabar

Seguí sus deseos y me dediqué a comer esa conchita suave y palpitante, hasta que despachó un torrente de jugos mientras se aferraba a mi cabeza, sin dejarme escapar de entre sus piernas.

Sandra: mmm que lindo es sentir la lengüita entre los labios… Metemela

Se abrió de piernas y las colocó en mis hombros para facilitarme la penetración, enfilé la verga a su concha y sin ningún problema me metí en ella.

Me hablaba al oído mientras me sacudía en su interior, me pedía más adentro y más fuerte, cosa que traté de cumplir hasta que no aguanté y me regué en su interior.

Sandra: vamos mi muchachote, quiero más que eso. Dejame montarte.

Como pudimos, giramos en la cama, se subió sobre mí y jugó un buen rato hasta tenerme a pleno, para cabalgar de manera furiosa.

Apenas pude aguantarla, me valí de todo lo posible para cumplir con ella que acabó y se dejó caer sobre mi pecho. Descansamos un rato y fuimos a la cocina en busca de algo más de beber.

Sentimos como en la habitación de junto Tito y Sonia gemían. “Al fin aflojó la compañera, ya debía tener telarañas en la chucha, Llevaba años sin una pija adentro” dijo Sandra mientras llenaba los vasos. Volvimos a la pieza, bebimos los tragos y nos dormimos abrazados.

Al amanecer, no la encontré en la cama, pero pude sentir el aroma a café recién hecho, por lo que imaginé que estaba en la cocina.

Entré y me encontré con Sonia que vestía la remera de Tito a modo de camisón. Me sonrió, extendió una taza de café y se fue a la pieza.

Sandra apareció en la cocina, vestida con su ropa de anoche, recién duchada. “En cuanto Sonia se bañe, nos vamos. Los esperamos en las carpas, como ayer”, dijo antes de beber su café y salir a fumar en el patio. Minutos más tarde Sonia salía del cuarto de Tito ya vestida e iba en busca de su compañera. Me dio un beso en la mejilla de despedida y salió de la casa.

Tito se despertó tardísimo, a tal punto que debimos reprogramar una visita a otro local para la tarde. Al salir del mismo, empezaban a caer las primeras gotas de lluvia. Volvimos a la casa antes del temporal, acomodamos las cosas y nos subimos al auto, entregamos las llaves y nos volvimos a nuestra ciudad.

El viaje de vuelta fue un recuerdo permanente de las porteñas, las mendocinas y los cordobeses. Las revolcadas con las mujeres y los tragos con todos.

Tito: tengo casi cerrado el trato con el primer negocio que vimos, por ahí volvemos para fin de mes. ¿Te prendés?

Alejo: si va a ser como este viaje, obvio que sí

Tito: va a ser mejor, vamos a buscar pendejas calientes, nada de maduritas.

Alejo: lo que ordene profe, usted  es el que sabe.

Nos reímos y volvimos a casa, ya planificando la próxima visita a las playas donde “el sol sale y se pone en el mar”

Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.

Saludos,

Alejo

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Alejo Sallago
Alejo Sallago

Mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.

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