Una cita de lo más tórrida
Era una de aquellas tardes calurosas y tediosas en las que no se podía hacer otra cosa que estar al abrigo del aire acondicionado. Mis padres estaban de vacaciones y yo llevaba unos días solo en casa. Me había cansado de pasar canal por canal en el mando de la televisión y tenía agotadas todas las series que seguía. Tampoco sabía qué hacer ya en el móvil, así que volví a meterme por enésima vez ese aburrido miércoles en una de esas aplicaciones para ligar. Tenía un mensaje nuevo.
Tan solo me había escrito un hola guapo, así que, antes de contestar, fui directamente a revisar sus fotos. La chica no estaba nada mal: con buen cuerpo, carita dulce y delantera prominente. Sin embargo, la dulzura de su rostro no se correspondía en absoluto con el cariz que tomaron nuestras conversaciones. Ella iba a por todas y yo no pensaba quedarme atrás. En apenas unos minutos consiguió calentarme y provocarme una tremenda erección. Si la hubiera tenido delante en aquel momento, no habría podido controlarme.
Estaba tan cachondo que la idea de quedar aquella noche me pareció el mejor plan del mundo. Sin embargo, para ser totalmente sincero, he de decir que siempre había necesitado varios días y muchas charlas por Whatsapp antes de conocer en persona a una chica. De hecho, era la primera vez que tenía una cita tan poco meditada y únicamente guiada por mis instintos más primarios.
Llegué 10 minutos antes de la hora fijada y respiré hondo antes de tocar el telefonillo. Estaba un poco nervioso. Sin contestar, abrió y cuando salí del ascensor, observé que la puerta de su piso estaba entreabierta.
Entré despacio y a la expectativa. Me estaba dando mucho morbo esa situación. Entonces apareció ella, con un vestido que tapaba lo justo y avanzando con paso firme hacia mí. ?Carlos, ¿verdad. Fue lo que salió de sus labios antes de que estos se encontraran con los míos. Se pegó a mi cuerpo mientras nos morreábamos. Enseguida noté que su mano buscaba mi pene. No la defraudaría, pues ya estaba bien empalmado.
La agarré de su cinturilla de avispa y fui bajando hasta encontrarme con sus nalgas. No fue difícil, pues aquel vestido no cubría apenas nada. Llevaba un tanga y le sobé el trasero, dándole unos ligeros azotes. Ella me agarró la mano para indicarme que los quería más fuertes.
Se coló por mis pantalones y accedió a mi polla. Empezó a masturbarla frenéticamente, hasta casi dejarme sin respiración. Entonces, se puso de rodillas en el suelo y me desvistió de cintura para abajo. Yo estaba atónito.
Continuó acariciándomela con la mano, mientras se daba pequeños golpes con mi verga en la lengua. Eso me excitó aún más. Finalmente, se la metió entera en la boca y comenzó a chupar. La visión de ella arrodillada lanzándome frecuentes miradas lascivas hizo que no pudiera aguantar mucho y me corriese. Con mi semen aún en su boca, se incorporó y se marchó al cuarto de baño.
La esperé ahí en el pasillo sin saber qué hacer. Minutos después su voz me invitaba a pasar hasta su habitación. Suspiré y eché a andar, con una nueva erección asomando.
Anónima
Autor: Relatos
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