Tensión bajo el mismo techo – I, II, III, IV, V, VI – VII
Lucas (18 años) era un estudiante que vivía con su madre (43 años), una técnica de laboratorio. La casa era un adosado en una zona tranquila: funcional, cálida y, sobre todo, pequeña. Los espacios compartidos (la cocina, el salón con un sofá de dos cuerpos y el único baño) significaban que el roce era inevitable y constante.
Elena era práctica y directa, pero eso no disminuía el impacto de su presencia. Su figura curvilínea era la de una mujer que se cuidaba, y su perfume era un aroma fresco de gardenia y cítricos que invadía el ambiente rápidamente.
El salón tenía un sofá de tela simple, gastado, pero cómodo. El espacio era tan reducido que la televisión estaba casi pegada a la butaca de lectura de Elena.
Lucas la encontró en el pasillo estrecho. Llevaba ropa de casa: unos pantalones de felpa gris holgados y una sudadera de algodón que, irónicamente, se ajustaba a su pecho de forma sorprendente. La comodidad de su vestimenta solo hacía que su feminidad madura pareciera más accesible y real.
Lucas vestía una camiseta de propaganda de su universidad y pantalones de mezclilla desgastados. Cuando ella le dio el beso habitual de las mañanas el espacio era tan limitado que Lucas tuvo que inclinarse ligeramente.
los labios de Elena eran suaves pero firmes, El roce de sus antebrazos fue inevitable en ese pasillo angosto. El calor de ella, la proximidad forzada, hizo que Lucas sintiera un escalofrío como nunca antes había sentido. Ella no retiró su mano de inmediato, manteniendo el contacto con una naturalidad que a él le resultaba alarmante.
El Descuido Diario en la Cocina
La cocina era el corazón de la casa, un lugar donde el desayuno se preparaba en turnos, y los cuerpos competían por el espacio en la encimera.
Era una mañana de sábado. Lucas estaba preparando café. Elena acababa de levantarse.
Una camiseta de tirantes de algodón blanco y unos shorts de pijama cortos de franela a cuadros. La camiseta se había arrugado ligeramente mientras dormía, y la línea de sus bragas de algodón se marcaba sutilmente bajo la tela fina. Su pelo estaba recogido en una coleta alta, lo que acentuaba la curva de su cuello.
Sólo pantalones de chándal grises, sin camiseta.
Lucas estaba de espaldas a ella, concentrado en la cafetera. Elena se acercó para alcanzar el pan que estaba guardado en el armario encima de Lucas.
La Posición: Para alcanzarlo, Elena tuvo que estirarse, presionando involuntariamente su torso contra la espalda desnuda de Lucas. El contacto fue total, instantáneo y electrizante. El calor suave de su pecho contra su espalda, el olor a su piel recién levantada y el roce fugaz de su vientre contra sus riñones.
Elena se disculpó con un susurro, pero se quedó quieta un segundo más de lo necesario. Lucas contuvo la respiración. Sus manos se tensaron en el borde de la encimera.
“Perdón, es que no hay espacio,” dijo Elena finalmente, retirándose con un rubor visible en el cuello.
“No te preocupes,” respondió Lucas, con la voz más grave y temblorosa de lo normal. La tensión era tan palpable que el ruido del café goteando en la jarra sonó exageradamente fuerte.
Lucas se giró. Sus ojos se encontraron, y él vio cómo ella mordía su labio inferior. La camiseta blanca y fina de ella, ahora marcada con una gota de humedad del vapor del café, atraía peligrosamente su mirada.
PARTE II
La Noche de Película Apretada
El salón se convirtió en una trampa una noche de domingo, cuando decidieron ver una película juntos. El sofá de dos cuerpos era la única opción cómoda.
La luz estaba apagada, solo el resplandor azulado del televisor iluminaba la habitación. El aire olía a palomitas y a la humedad de la calle.
Elena se había envuelto en una manta de lana barata de cuadros. Que muy poco de la parte superior de su cuerpo dejaba ver Que muy poco de la parte superior de su cuerpo, dejaba, pero debajo llevaba unos leggings oscuros qué marcaban a la perfección, la firmeza de los muslos, que aún conservaba a pesar de los años, cosa que atrajo de manera hipnótica su mirada hacia dicha zona . Lucas vestía una sudadera con capucha y pantalones de chándal. Ambos estaban vestidos para la comodidad, lo que paradójicamente, hacía que sus cuerpos parecieran más reales y deseables.
Se sentaron juntos en el sofá. La proximidad era inmediata: el muslo de Lucas tocaba el de Elena bajo la manta y a cada toque el bueno del muchacho sentía como una electricidad recorría a todo su cuerpo desde la punta de los pies hasta el último pelo de su cabeza
Durante una escena de terror, Elena se encogió y, por reflejo, empujó su rodilla hacia el muslo de Lucas, buscando apoyo. La presión era directa y constante. Lucas, sintiendo la carne suave de su muslo presionada contra el suyo, no pudo mover su pierna.
Lucas giró su mano bajo la manta y la dejó caer justo al lado de la cadera de ella. Sintió el suave bulto de la tela. Sin pensarlo, deslizó deslizó humano desde la rodilla, hasta donde justo terminaba el resto de su pierna y comenzaba su cadera, a raíz del espasmo, sufrido por la arrepentir. Impresión causada por el televisor, y sintió el calor de su piel en la parte baja de su espalda.
Elena se quedó inmóvil. El temblor recorrió su cuerpo. Ella respiraba por la boca, sus ojos fijos en la pantalla, pero su concentración se había desvanecido. Él sentía el temblor de sus músculos bajo sus dedos.
Ella sabía que su mano estaba allí, en un lugar íntimo, Lucas no movió la mano, disfrutando de la sensación prohibida. Finalmente, Elena retiró la manta y se puso de pie con un movimiento abrupto, tu cabeza daba 1000 vueltas y no sabía muy bien qué pensar.
“Tengo calor,” murmuró, con la voz ahogada. Salió de la sala, dejando a Lucas solo con el eco de su tacto. El sofá de dos cuerpos ahora parecía inmenso en su vacío. Fue entonces cuando lo supo de inmediato los sentimientos que tenía, y su madre estaban cambiando por algo más profundo y romántico, sensación que dejó descolocado al joven y a su vez muy caliente.
La Hora Punta en el Baño Compartido
La falta de espacio del baño compartido se convirtió en el escenario final de su lucha.
Una noche, Lucas estaba afeitándose. La puerta estaba ligeramente abierta por el vapor. Elena llegó.
Solo envuelta en una toalla de felpa blanca barata. La tela era fina y estaba empapada en la parte superior, marcando la línea de su escote con una transparencia peligrosa y Lucas Solo un pantalón de pijama fino.
“No sabía que estabas ocupado,” dijo Elena, sin retroceder.
“No, solo estoy terminando,” respondió Lucas.
Elena encendió el secador, creando un ruido ensordecedor que aisló su intimidad. Ella se paró justo detrás de él, frente al espejo empañado, secándose el pelo. Lucas podía ver su reflejo, la tela húmeda pegándose a su espalda y a sus curvas mientras ella movía sus brazos.
Lucas tiró su toalla facial al suelo. Al agacharse para recogerla, se encontraron en el espacio reducido. Lucas, arrodillado, vio la curva de su muslo apenas cubierta por la toalla.
Elena se inclinó, y Lucas levantó la mano para ayudarla a recuperar la toalla. El movimiento fue rápido, pero al rozar, la palma de Lucas se quedó apoyada directamente en la parte exterior de su muslo. Su mano grande contra la piel suave y húmeda de ella.
El secador se apagó. El silencio fue brutal. Elena no se movió, su muslo presionando su mano. Era la segunda vez que su retoño tocaba esa parte de su cuerpo, aunque en esta ocasión no llevaba ninguna tela que se interpusiera con el contacto directo, por lo cual, por un momento quedó en shock, ya que hace muchos años que ningún hombre había vuelto a tocar esa parte, debido a que su esposo había muerto hace ya más de 10 años, y desde entonces ella no era capaz de volver a involucrarse, ni sentimental, ni físicamente con ningún otro macho. Cuando salió de su trance, sólo atenuó a decir:
“Se ha roto,” susurró ella.
Lucas no retiró la mano. Simplemente la apretó, sintiendo el escalofrío en la piel de Elena. Él giró la cabeza y sus ojos se encontraron en el reflejo del espejo. La tensión era tan cruda, tan cercana, que parecía quemar la poca distancia que los separaba.
“No te muevas,” dijo Lucas, su voz ronca. Él se levantó, sin soltar su muslo, y la acorraló contra la pared. Se inclinó y la besó con una desesperación nacida del encierro y el morbo reprimido. Él empujó la toalla, y sus manos finalmente tocaron la piel que la tela había estado ocultando.
La puerta del baño, que no tenía cerradura, se cerró con un golpe suave. El ruido de la tensión finalmente se había liberado.
En un ataque furibundo de sus instintos, el muchacho no se pudo contener y se acercó demás a la mujer que le dio la vida. Helena, por el contrario se quedó rígida como una estatua, sin saber bien cómo reaccionar, por lo que en un acto reflejo no más de dos o tres segundos. Después de qué comenzó. El beso empujó bruscamente a su hijo y él con la cara llena de vergüenza y Rojo como un tomate, pidió disculpas inmediatamente a lo que ella siendo comprensiva dijo: “tranquilo, ya hablaremos sobre esto después”.
La Mañana Después
El amanecer llegó con la luz grisácea filtrándose por la cortina de ducha. El primer encuentro había sido rápido, desesperado, liberado por la tensión del diminuto baño. Ahora, el peso de lo ocurrido se asentaba.
Lucas fue el primero en salir, el corazón golpeándole el pecho. Elena lo siguió diez minutos después.
Lucas estaba en la cocina, bebiendo café. Elena entró con una toalla enrollada en el pelo y vestida con un camisón de seda simple, color azul marino, que le llegaba a mitad del muslo. Era un artículo que contrastaba con la ropa de casa habitual, revelando una necesidad de sentirse deseada. Elena se acercó a la cafetera. Lucas estaba apoyado justo al lado, bloqueando el acceso.
“Permiso,” susurró ella. Su aliento cálido rozó el oído de Lucas.
Lucas no se movió, forzándola a presionar su cuerpo lateralmente contra el suyo para alcanzar su taza. Esta vez no fue accidental. Su cadera y su hombro se encontraron con los suyos, una fricción calculada a través de la fina seda y el algodón de su pijama.
Lucas bajó su mano desde la encimera y la apoyó suavemente en la curva de su espalda baja, justo encima de donde el camisón caía. Era un toque posesivo y rápido, una afirmación de la noche anterior.
Elena se quedó inmóvil, saboreando el contacto. Luego, bebió su café y se alejó. “es menester que hablemos de lo que está pasando Hijo. Comprendo que por la edad en la que te encuentras no sepas muy bien que está pasando con tu cuerpo y todas estas nuevas sensaciones que tienes así que tengo que dejarte muy claro que soy tu madre, por lo cual no es correcto, que descargues todas esas hormonas cuando estás conmigo .
Lucas: lo sé, mamá y estoy muy apenado por lo que sucedió, aunque no estoy arrepentido porque es algo que me nació del corazón estás en lo cierto no sé muy bien cómo controlar todo esto que me está pasando y como bien lo dice seguramente es algo que se deba a la etapa de vida que estoy cruzando, sin embargo déjame decirte que me pareces una mujer súper atractiva y me cuesta desde hace tiempo mucho trabajo verte solamente como mi madre cada vez que te veo cruzar por la casa, es inevitable que mi cuerpo se estremezca y tenga ganas de estar cerca de ti, pero no quiero que te enojes conmigo, así que te pido que me ayudes que me digas qué podemos hacer al respecto .
Elena: mira Lucas, sabes que te amo con todo mi corazón y todo lo que hago es por ti y tu hermana mayor que ahora no está con nosotros por temas de sus estudios y me halaga que me digas que te parezco una mujer atractiva hace mucho tiempo que nadie me lo decía, de hecho desde que murió tu padre. Por otro lado creo que reprimirte por mi parte de todo esto que está sintiendo no sería lo más correcto ya que siento que esto solamente agravaría el problema porque los humanos tendemos a querer lo prohibido, por lo tanto lo que sugiero hasta encontrar una mejor solución, es que sigamos con nuestras vidas dentro de la casa lo más normal posible y le restamos importancia a lo que sucedió. Si sientes curiosidad por algo puedes hablarlo conmigo con toda confianza y lo resolvemos. Te amo Lucas acto seguido se despidió de él con un beso en la comisura de sus labios.
PARTE III
Lucas había comprendido que la clave no era la agresión, sino el control calculado de la proximidad en el pequeño espacio. La conversación en la cocina había dejado a Elena vulnerable, y él decidió explotar la ambigüedad que ella misma había alimentado. Su objetivo era la confusión: hacer que el deseo de su madre superara su instinto maternal.
La siguiente maniobra fue en la pequeña mesa de la cocina, que a veces servía de escritorio. Era noche de martes.
Lucas se sentó a estudiar con sus apuntes desplegados. Sabía que Elena usaría ese espacio en algún momento para revisar sus notas de laboratorio.
Elena entró a eso de las 9:00 p. m. Llevaba una camisa de popelina de trabajo, fina y blanca, que resaltaba sus enormes y hermosos senos, abrochada holgadamente, y unos pantalones de tela ligeros que se ajustaban a la parte superior de sus muslos y dejaban entrever un hermoso y apetecible trasero. Se inclinó sobre la mesa, buscando su bolígrafo, justo al lado de Lucas.
“¿Me dejas espacio, hijo? Solo un momento,” murmuró Elena, la camisa tensándose sobre su espalda al estirarse.
Lucas no movió sus libros; solo deslizó su silla un par de centímetros, forzando a Elena a apoyarse lateralmente contra su brazo mientras ella escribía. La camisa blanca y delgada era casi transparente bajo la luz de la lámpara. Y los pechos se su madre casi reposaban sobre su brazo.
“Mamá, ¿puedo preguntarte algo?” dijo Lucas, manteniendo la voz seria, de estudiante.
“Claro, Lucas, ¿es sobre tu asignatura?”
“No. Es sobre lo que dijiste.” Lucas giró la cabeza, su boca quedando peligrosamente cerca de la sien de ella. “Dijiste que me amas y que hace mucho que nadie te dice que eres atractiva. Y que no quieres que reprimamos las cosas.”
Elena se quedó quieta, el bolígrafo a medio escribir. Su respiración se hizo menos profunda.
“¿Qué quieres saber?”
Lucas bajó el tono, como si fuera un secreto de adultos.
“Si alguien te dice algo así, si te hace sentir… deseada. ¿Por qué una mujer como tú, una mujer que se cuida tanto, no buscaría ese contacto?”
Elena tragó saliva. El calor de su cuerpo era palpable a través de la tela de su camisa. Lucas sintió un ligero temblor.
“Es complicado, Lucas. Hay límites… hay responsabilidades que marcan un tipo de amor y otro. El amor que siente una madre es protector. Es diferente.”
“Pero tú eres solo una mujer de 43 años, que también tiene deseos, ¿verdad?” Lucas se inclinó más, su aliento rozando el lóbulo de su oreja. “Tú no te quedaste rígida por asco cuando te besé en el baño. Te quedaste rígida por shock. Te sorprendió, pero te gustó. ¿Me equivoco?”
El bolígrafo de Elena cayó sobre la mesa con un pequeño ruido. Ella se giró hacia él, sus ojos buscando una respuesta, pero encontrando solo la audacia juvenil.
“Lucas, no me pongas a prueba. Estoy tratando de ser comprensiva, pero…”
“Solo respóndeme con honestidad, ¿Mamá? ¿Fue tan horrible?” Lucas deslizó suavemente su pie bajo la mesa y rozó el tobillo expuesto de ella, luego ascendió hasta el lateral de su pantorrilla. El contacto fue sutil, pero directo.
Elena se levantó tan rápido que tiró la silla hacia atrás.
“Necesito aire. Hemos hablado suficiente por hoy,” dijo, con la voz ahogada. Salió de la cocina sin mirar atrás, sus pantalones de tela deslizándose suavemente con cada paso. Lucas sonrió levemente. Había sembrado la duda, y el toque prohibido había sido correspondido por el silencio.
La próxima oportunidad fue en el salón, revisitando el escenario del primer roce prohibido.
Lucas sugirió ver una serie de televisión, sabiendo que el sofá de dos cuerpos era la única opción. Elena, ahora más consciente, intentó mantener una distancia prudente. Se sentó en el extremo opuesto, con una manta de terciopelo sobre sus piernas, vestida con una sudadera de algodón muy fina y unos shorts de dormir de seda que apenas se asomaban por debajo de la manta.
Lucas, con el pretexto de alcanzar el control remoto que había dejado caer “accidentalmente” detrás de ella, se inclinó.
“Perdón, mamá, está justo aquí,” murmuró.
Para alcanzarlo, su brazo tuvo que rodear la parte baja de la espalda de Elena. Su mano grande se posó, sin querer queriendo, justo sobre la parte carnosa de su nalga, presionando el tejido suave de los shorts de seda. El contacto fue pleno, cálido y sostenido. Lucas, en lugar de retirar la mano inmediatamente al coger el control, se quedó quieto un segundo más.
Elena contuvo la respiración. Sus hombros se tensaron, pero no se movió para rechazar la mano; simplemente se hundió más en el sofá.
“Ya lo tienes, Lucas,” susurró ella.
Lucas no quitó la mano. En su lugar, la giró ligeramente, acariciando el contorno de su trasero con el pulgar a través de la seda. Una caricia apenas perceptible, pero devastadora en su intimidad.
“Lucas, saca la mano. Ahora.”
Lucas retiró la mano lentamente, deslizando los dedos por la seda, un movimiento que duró una eternidad. Se reincorporó. El aire entre ellos estaba hirviendo.
Elena, en lugar de levantarse esta vez, como la primera vez, se limitó a mover ligeramente su pierna para que su muslo, cubierto solo por los shorts y la manta, rozara el lateral del muslo de Lucas.
El roce constante de sus muslos bajo la manta barata se convirtió en la nueva normalidad. Era su manera de ceder, de decir: “Esto es peligroso, pero no quiero que termine”. El miedo de Elena se estaba transformando en indecisión, y esa indecisión era la victoria de Lucas.
La serie de televisión se convirtió en un simple ruido de fondo. El único foco de atención eran los dos cuerpos en el sofá, conectados por un hilo de seda y un toque sutil y persistente, un toque que prometía un abandono mucho mayor que el breve beso robado.
Eran las 10:30 p. m. La casa estaba en silencio. Lucas encontró a Elena leyendo en su butaca del salón, bajo la única luz de lectura. Había un aire de intimidad y calma que él decidió perturbar. Elena vestía una bata de felpa gruesa y cómodapor el frío, pero por debajo, Lucas sabía que solo llevaría ropa de dormir ligera.
Lucas se sentó cautelosamente en el sofá, dejando la distancia mínima que el mueble permitía.
“Mamá, ¿podemos hablar de algo que me está pasando?” preguntó Lucas, con un tono serio que imitaba la vulnerabilidad.
Elena bajó su libro y le dedicó toda su atención. “Claro, hijo. Dijimos que podías hablarme de cualquier cosa.”
“Es sobre lo que hablamos. De las hormonas y todo eso.” Lucas miró fijamente un punto en el suelo, actuando nervioso. “Me está costando concentrarme. Siento… mucha atracción por mujeres mayores.”
Elena sonrió con calma, tratando de mantenerse en su rol de consejera. “Es normal, Lucas. Es la edad. Las mujeres maduras tienen una seguridad y una presencia que resulta muy atractiva a tu edad.”
“¿Pero es normal sentirlo por una mujer en específico, que es muy cercana?” Lucas elevó la mirada y la sostuvo. “Me refiero, no una maestra o una compañera de trabajo. Alguien que ves todos los días.”
La sonrisa de Elena se desvaneció, y el rubor subió rápidamente a su cuello, donde la bata se abría ligeramente.
“Lucas, sabes a quién te refieres. No juegues con eso,” dijo ella, su voz suave, pero con un filo de advertencia.
Lucas presionó más.
“Hablemos del beso en el baño. Dijiste que lo hablaríamos. ¿Cómo se sintió para ti? ¿Fue solo un susto o… fue algo más?”
Elena respiró hondo. Se quitó las gafas de lectura, frotándose el puente de la nariz.
“Fue un shock, Lucas. No sé qué más decirte. Fue un cruce de límites que no debería haber pasado. Es mi responsabilidad no dejar que vuelva a pasar.”
“Pero ¿y si no es mi culpa? ¿Y si no puedo controlarlo? Las mujeres como tú… son firmes, pero también son suaves, huelen bien,” dijo Lucas, bajando la voz. “Mi pregunta es, mamá: ¿Cómo debería un hombre besar a una mujer que tiene experiencia? ¿Más despacio? ¿O más fuerte, como si la necesitara?”
La pregunta era directa, prohibida, y personal. Elena se mordió el labio inferior, el mismo que Lucas había notado que se mordía después del primer roce. Se inclinó hacia adelante, la bata abriéndose un poco más.
“Lucas, no soy la persona para enseñarte eso. Necesitas salir, conocer chicas de tu edad…”
“Pero la única mujer que me importa ahora eres tú. Y tú me permitiste tocarte, me dejaste deslizar mi mano en el sofá, me dejaste besarte. ¿Qué significa eso, mamá? ¿Estás tan sola que necesitas esto? ¿O te gusto yo?”
El golpe fue certero. La audacia de la pregunta hizo que Elena se quedara muda. El dolor y la confusión se mezclaron en su rostro. Ella se levantó abruptamente, la bata de felpa silbando.
“Ya es tarde, Lucas. Vete a dormir,” ordenó, su voz temblando ligeramente. “Y no vuelvas a preguntarme algo así.”
Ella evitó su mirada y se fue a su dormitorio, pero Lucas sabía que la había dejado confundida e indecisa. Había insinuado que su atracción era correspondida por la soledad de ella, un ángulo que él planeaba explotar de inmediato.
Apenas diez minutos después de que Elena se encerrara, Lucas puso su plan en marcha. Se dirigió al viejo termostato, en un rincón del pasillo junto a la cocina, y lo manipuló para que la calefacción se apagara. El invierno en la zona era fresco, y la temperatura comenzó a descender rápidamente.
Lucas esperó unos minutos y luego se paró frente a la puerta de Elena.
“Mamá,” llamó con voz grave, fingiendo un escalofrío. “Mamá, la caldera se ha apagado del todo. No puedo hacer que vuelva a encenderse. Y mi cuarto está helado. En serio. ¿Podrías verla?”
Elena, después de un suspiro de frustración, abrió la puerta, ya envuelta en su bata de felpa gruesa sobre su pijama.
“De acuerdo, Lucas, pero vístete. No te resfríes.”
Fueron juntos al rincón del pasillo, donde Lucas fingió forcejear con el termostato. Elena se inclinó. Estaban de nuevo en un espacio diminuto, con la bata de Elena rozando los hombros desnudos de Lucas (solo llevaba sus pantalones de chándal).
“No entiendo esto, Lucas. Nunca falla.”
“Debe ser un problema de la presión,” Lucas mintió. “Pero, en serio, mi cuarto está helado. No puedo dormir. Por favor, ¿puedo dormir contigo solo esta noche? No quiero que te enfades, pero si no, me congelaré. Es solo por el calor.”
Elena dudó. Recordó la conversación de hacía unos minutos, la forma en que él había usado su vulnerabilidad. Pero el frío era real, y el instinto materno de protegerlo del frío era poderoso.
“Dios, Lucas,” suspiró ella, con la derrota en su voz. “Solo por el frío. Y no te pases.”
Lucas asintió solemnemente, sus ojos brillando con una mezcla de triunfo y deseo.
La Cama de una Plaza
En el pequeño dormitorio de Elena, la cama de una plaza parecía ridículamente inadecuada. Elena se acostó primero, dándole la espalda y acurrucándose bajo el edredón.
Lucas se deslizó junto a ella. El contacto fue inmediato e invasivo. Sus cuerpos eran dos líneas calientes e ineludibles.
Elena estaba en pantalones de pijama de algodón fino y una camiseta de manga corta. Lucas solo con sus pantalones de chándal. La piel desnuda de su torso se presionó inmediatamente contra la espalda de Elena, transmitiendo su calor corporal.
“G-gracias, mamá,” susurró Lucas, su aliento caliente en su nuca.
Elena no respondió. Estaba rígida. Intentó ocupar el menor espacio posible. Pero Lucas, lentamente, bajo el pretexto de encontrar una posición cómoda, movió su pierna para que su muslo se acuñara entre los muslos de ella, debajo de la manta. La tela de los pantalones de pijama de Elena era la única barrera.
Lucas deslizó su brazo, que había estado descansando inocentemente sobre el colchón, hasta la cintura de Elena, y la abrazó con suavidad. No fue un abrazo sexual, fue un abrazo de confinamiento. Su mano grande se posó sobre el abdomen plano de ella.
“Así ya no tengo frío,” susurró Lucas, con los ojos cerrados, disfrutando del olor a gardenia que emanaba de su pelo.
Elena dejó escapar un pequeño gemido ahogado. Su cuerpo se relajó a pesar de sí misma, cediendo al calor y al contacto. Ella sabía que esto no era solo por el frío. Era la culminación de todas las preguntas y toques.
Lucas esperó un momento, sintiendo la respiración de ella normalizarse. Luego, con una audacia nacida de la oscuridad y la proximidad, deslizó suavemente el borde de sus dedos sobre la curva de su cadera, bajo el elástico del pijama, hasta que la punta de su dedo rozó suavemente la piel de su vientre.
Elena se estremeció. Lucas sintió un ligero movimiento de cadera contra su toque, una respuesta involuntaria a la sensualidad prohibida. Ella no se alejó.
En la estrechez de la cama, Elena había sucumbido. La normalidad se había disuelto, y solo quedaba el calor, la verdad de sus cuerpos y el deseo susurrado en la oscuridad.
PARTE IV
—Voy a hacer mi rutina de yoga matutina. Necesito despejar la mente.
Tomó la esterilla y la desplegó en el salón. Su atuendo, casualmente, era el uniforme perfecto para que Lucas pudiera observar y acercarse: el camisón de seda que no solo revelaba, sino que celebraba su figura.
Helena se colocó en la esterilla, y al inclinarse para estirar los brazos, el camisón de seda se tensó. El escote se hundió ligeramente, y la curvatura de su trasero se elevó con una sensualidad inadvertida.
Lucas se acercó con una calma y una confianza renovadas. Ya no era un accidente; era un plan.
—Mamá, ¿quieres que te ayude? —preguntó Lucas, acercándose a la esterilla—. Recuerdo que una vez dijiste que algunas posturas eran difíciles de profundizar sin ayuda. Puedo hacer contrapeso o asistirte.
Helena lo miró. La confusión era evidente en sus ojos, pero la resistencia se había debilitado. Un gesto como este, después de la noche anterior, era una clara invitación a la intimidad, disfrazada de ejercicio. Sin embargo, el recuerdo de sus manos sosteniéndola le había proporcionado una extraña sensación de apoyo que ahora le resultaba tentadora.
—Oh, Lucas… ¿Estás seguro? —preguntó Helena, tratando de mantener la compostura.
—Completamente. Quiero ayudarte a que te sientas mejor. El frío de anoche te tensó —dijo Lucas, con la audacia de quien sabe que está siendo permitido.
Helena asintió lentamente, rindiéndose a la nueva dinámica.
Helena se sentó, con las piernas estiradas. Lucas se colocó detrás de ella. Esta vez, no hubo vacilación. Lucas se arrodilló, su cuerpo casi tocando su espalda a través de la fina seda. Puso sus manos grandes y fuertes en los laterales de las caderas de Helena, justo donde la forma de sus grandes nalgas comenzaba a elevarse.
—Inhala, y al exhalar, te inclinas. Yo mantendré tu columna alineada.
Cuando Helena se inclinó hacia adelante, Lucas ejerció una presión lenta y firme. Sus manos se movieron sobre la seda que apenas cubría la piel, ajustando la postura de su pelvis. El cuerpo de Lucas se presionó contra su espalda, sintiendo la suave curva de su cintura y la estructura de sus hombros. La presión sostenida de sus manos en la base de sus caderas la hizo respirar superficialmente.
Helena se tumbó boca arriba, levantando su pelvis. La postura hacía que sus pechos grandes se proyectaran hacia el techo, y la seda del camisón se deslizó ligeramente hacia abajo, revelando aún más el canal central.
—Necesito que mi espalda baja esté un poco más alta —pidió Helena, su voz un susurro.
Lucas se colocó a su lado. Con ambas manos, se deslizó por debajo de la curva de su espalda baja, colocando sus palmas directamente en la parte inferior de sus glúteos, en la zona más carnosa y firme. El contacto fue pleno e ineludible. Lucas levantó y sostuvo el peso de sus nalgas redondas, sintiendo la musculatura tensa bajo su agarre.
Helena arqueó la espalda, un gemido involuntario escapó de sus labios. El calor y la firmeza del agarre de Lucas, justo en esa zona tan íntima, era un poderoso recordatorio de la noche anterior. Su mente estaba en conflicto, pero su cuerpo, por primera vez, no le obedecía.
—¿Así, mamá? —preguntó Lucas, manteniendo la presión, sus ojos fijos en el movimiento de sus pechos.
—Sí… así —Helena cerró los ojos, tratando de normalizar su respiración. El contacto no era maternal; era una afirmación de su cuerpo como objeto de deseo, y Lucas lo sabía.
Para la torsión, Helena se sentó y giró. Lucas se inclinó para asistirla, colocando su mano en su hombro. Al ejercer la palanca para profundizar el giro, el antebrazo y el lateral de su torso se presionaron contra el costado y el gran seno de Helena.
Esta vez, Lucas no se retractó. Mantuvo la presión, sintiendo la masa suave pero firme de su pecho contra su costado. El roce fue sostenido, íntimo, y la seda del camisón era una barrera inútil.
Helena sintió el peso y la calidez del cuerpo de su hijo. Este contacto, más directo que el de la noche anterior, la hizo jadear. Sin embargo, no lo detuvo. Su cuerpo se había rendido. La audacia de Lucas estaba rompiendo la confusión con la acción.
—¿Sientes el estiramiento? —preguntó Lucas, su aliento en la oreja de ella.
—Sí, Lucas. Lo siento mucho —respondió Helena. La frase era una doble confesión: sentía el estiramiento y sentía el contacto prohibido.
Al terminar, Helena se quedó en la esterilla, agotada y excitada.
Lucas no esperó a que ella se recuperara por completo. La tenía vulnerable.
—Estás muy tensa, mamá. Tanta rigidez no es buena para ti. Déjame hacerte un masaje en la espalda baja. Eso liberará la tensión.
La propuesta era la culminación de los roces. Masaje. Manos en la zona que él acababa de sostener. Helena cerró los ojos, incapaz de mirarlo. Su mente gritaba No, pero su cuerpo, aún caliente y vibrante por los toques de Lucas, ya había decidido.
—De acuerdo, Lucas —susurró, con la voz apenas audible—. Pero solo un momento. Me duele un poco la parte baja de la espalda.
Helena se tumbó boca abajo en la esterilla, poniendo su gran trasero y su espalda a la disposición de Lucas. La tela de seda era fina y se ajustaba perfectamente a cada curva, prometiendo una sensualidad sin resistencia al tacto.
Lucas sonrió. La timidez había muerto, reemplazada por una audacia triunfadora. El siguiente paso era un masaje sin barreras, un nuevo nivel de intimidad.
Helena se tumbó boca abajo en la esterilla, el delgado camisón de seda deslizado suavemente sobre la piel de su espalda. Su aceptación, aunque susurrada, fue el permiso que Lucas necesitaba para disolver la última capa de resistencia. La confusión en ella luchaba contra una necesidad física profunda y, ahora, con la comodidad de saber que su hijo le prestaba una atención tan intensa.
Lucas se arrodilló sobre la esterilla, justo detrás de su madre. La vista que tenía era hipnótica. El camisón azul marino, estirado por la postura, definía a la perfección la magnitud y la redondez de sus nalgas grandes y firmes. El tejido fino de seda se hundía ligeramente en la división, y la línea de su cintura, justo donde terminaba el camisón, era una promesa de piel suave.
Lucas deslizó su mano sobre la espalda baja de Helena, notando el calor inmediato de su piel a través de la seda. Su tacto no fue clínico; fue exploratorio y posesivo.
—Voy a empezar con la zona lumbar, que es donde se acumula la tensión por la flexión —murmuró Lucas, su voz grave, cerca del oído de ella.
- El Inicio Calculado:
Lucas aplicó una presión suave, comenzando justo por encima de su cintura. Sus dedos fuertes se movían en círculos lentos, calentando la piel. Pronto, la seda, ligeramente humedecida por el sudor del yoga, dejó de ser una barrera.
Lucas bajó sus manos con lentitud. Los dedos de su mano derecha se deslizaron hacia el hueso de la cadera, y la izquierda se aventuró sin miedo hacia el centro, deteniéndose justo en el borde donde la curva de la nalga alcanzaba su punto más alto.
Helena sintió el movimiento de sus manos. Su respiración se detuvo. Los dedos de Lucas estaban masajeando una zona que se sentía peligrosa, un límite borroso entre la espalda y el trasero. El material sedoso se deslizaba con la fricción, haciendo que la piel de ella se erizara.
- Profundizando la Intimidad:
Lucas notó la rigidez de sus músculos y decidió que necesitaba “aceite” para hacer el masaje más efectivo. Se levantó y regresó con un pequeño frasco de aceite de coco, el cual usaban para cocinar, pero él ya había planeado esto.
—Será mejor con un poco de aceite, mamá. La seda no me deja deslizar bien —dijo, sin pedir permiso.
Helena, con la cabeza enterrada en sus brazos, no pudo protestar. Solo emitió un suave gemido de asentimiento que Lucas interpretó como carta blanca.
Lucas vertió una pequeña cantidad del aceite tibio en sus manos. Volvió a arrodillarse sobre la esterilla, posicionándose directamente sobre la parte baja del cuerpo de Helena.
—Tengo que mover un poco la tela para que el aceite entre en contacto con la piel —informó Lucas.
Lentamente, con una precisión escalofriante, Lucas deslizó el borde del camisón hacia arriba, exponiendo la piel suave de su cintura y la parte superior de sus nalgas. El aceite tibio cayó sobre su piel. La sensación de sus manos, grandes y aceitadas, contra su piel expuesta, fue un choque sensorial para Helena.
- El Masaje Prohibido:
Lucas no perdió tiempo. Comenzó a trabajar sus dedos en el músculo. La suavidad de la piel, la firmeza del músculo glúteo bajo sus palmas… La sensación era intoxicante. Lucas deslizó sus manos por toda la curva completa de una de sus nalgas, y la otra mano se enfocó en la espalda baja. El masaje era, a la vez, técnico y profundamente sensual.
Helena se quedó sin aliento. El masaje era increíblemente placentero, liberando la tensión de sus músculos, pero la conciencia de que su hijo estaba tocando su trasero desnudo (o casi desnudo) la llenaba de una excitación aterradora.
Lucas, sintiendo la piel tibia y elástica bajo su tacto, se atrevió a más. Deslizó sus pulgares hacia el centro, casi tocando la línea de su columna, y luego con una presión firme y lenta, abarcó toda la extensión de sus nalgas, como si estuviera modelando la forma redonda que tanto había codiciado.
Helena apretó los dientes contra la esterilla. Un escalofrío recorrió su cuerpo, y sus pechos grandes se comprimieron contra el suelo mientras ella arqueaba su espalda baja. No pudo contener un grito sordo y ahogado de placer y conflicto.
—Eso es, mamá. Suelta la tensión —murmuró Lucas, confundiendo intencionalmente la tensión muscular con la tensión sexual.
Él se inclinó, su rostro ahora muy cerca de la parte baja de su cuerpo. El olor del aceite de coco, mezclado con el calor de su piel, lo volvía loco. Lucas mantuvo el masaje por varios minutos, sus manos recorriendo cada parte del firme trasero de su madre, un contacto que ella ahora, en su estado de confusión y placer, no era capaz de detener.
Cuando Lucas finalmente se detuvo, su respiración era agitada. Retiró sus manos con lentitud, dejando un rastro de aceite tibio y el recuerdo de un toque prohibido en su piel.
Helena se quedó inmóvil por un momento, la mente en blanco. Cuando se levantó, el rubor era profundo, sus ojos, llenos de una confusión abrumadora y un deseo recién descubierto.
—Gracias, Lucas —dijo Helena, su voz era temblorosa. Se levantó con la seda pegada a su cuerpo, la sensación del aceite y las manos de Lucas aún presentes.
Lucas sonrió, ahora la audacia convertida en confianza. Había roto otra barrera, y Helena lo había permitido.
Lucas se levantó con calma, limpiando el aceite de sus manos y de la esterilla. Se vistió rápidamente, decidiendo que la compostura era ahora su mejor arma. Helena salió del baño unos quince minutos después, vestida con pantalones vaqueros ajustados que moldeaban sus firmes nalgas y una blusa de algodón que contenía sus grandes pechos. Su actitud era de “mamá responsable” para restablecer la distancia, pero sus ojos estaban nerviosos.
Lucas le sirvió el café con un tono tranquilo.
—Mamá, sé que fui demasiado lejos con el masaje —dijo Lucas antes de que ella pudiera hablar—. Lamento haber cruzado ese límite y haberte asustado. Entiendo que eso no puede volver a pasar.
Helena lo miró, aliviada por la madurez inesperada. —Gracias, hijo. Es importante que lo sepas.
—Pero no quiero que te aísles por mi culpa —continuó Lucas, atacando su vulnerabilidad—. Estás tensa. ¿Qué te parece si encontramos algo que podamos compartir que nos mantenga cerca, pero con más espacio? Podríamos ir a caminar y explorar el bosque. Estaríamos juntos, pero a una distancia segura.
Helena dudó, pero la sensatez de la propuesta y su necesidad de compañía la desarmaron.
—De acuerdo, Lucas. Es una idea madura. Después de desayunar, vamos al sendero
Dos días de rutina se habían asentado desde el incidente del masaje en el yoga. Lucas había continuado con su ayuda matutina, y Helena, aunque estableciendo límites verbales, cedía a los toques firmes y prolongados en sus caderas y espalda baja. Lucas actuaba con una audacia disimulada; Helena respondía con una confusión indulgente.
La tarde del lunes, el clima se había vuelto frío y húmedo. Helena había pasado un largo rato en la cocina y decidió que necesitaba un baño caliente para relajar los músculos tensos.
Lucas estaba cerca de la cocina cuando escuchó el grito frustrado de Helena.
—¡Lucas! ¡El calentador está otra vez fallando! ¡El agua está helada! —Helena salió del baño envuelta en una toalla de felpa blanca, idéntica a la que usó en el incidente del beso, con el cabello suelto, húmedo y oscuro sobre sus hombros.
La toalla, envuelta apresuradamente, era su única cobertura. Se pegaba al cuerpo por la humedad del vapor anterior y se notaba cómo luchaba por cubrir la magnitud de sus grandes pechos, cuya curva era evidente contra el tejido empapado. La toalla apenas llegaba a la mitad de sus muslos, dejando entrever una gran extensión de piel y la parte inferior de sus nalgas firmes cuando se movía.
La visión golpeó a Lucas con una fuerza electrizante. Su timidez habitual se evaporó ante la exposición accidental de su madre, dando paso a una confianza depredadora.
—Tranquila, mamá. Yo lo arreglo. Debe ser la presión —dijo Lucas, intentando mantener un tono práctico mientras sus ojos devoraban la figura de su madre.
—Por favor, hazlo rápido. Me estoy congelando —pidió Helena, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto de frío y vulnerabilidad.
El calentador de agua estaba en un cuartito pequeño y claustrofóbico, casi un armario, al final del pasillo. Lucas entró primero. Helena, tiritando, se acercó para verlo trabajar, acortando la distancia por el frío y la necesidad.
Lucas se arrodilló para manipular las tuberías y las válvulas, y Helena se inclinó sobre él para ver mejor.
—¿Ves algo, Lucas? —preguntó Helena.
Al inclinarse, la toalla se abrió ligeramente en la parte superior, y la vista que Lucas tuvo fue cegadora. Los grandes pechos de su madre, libres y pesados bajo la tela húmeda, se comprimieron al inclinarse, y Lucas pudo ver el contorno de su pezón contra la felpa fina. Su cuerpo se encendió.
—Creo que sí —dijo Lucas, su voz grave, su mano temblando ligeramente—. Hay que mover esta llave de aquí. Pero no puedo alcanzarla bien.
Lucas ideó su trampa. Se enderezó y se giró, quedando espaldas contra el pecho de Helena.
—Mamá, dame apoyo. Necesito hacer mucha fuerza con este brazo. Acuérdate contra mí.
Helena, tiritando y desesperada por el agua caliente, obedeció. El instinto de proteger a su hijo de un esfuerzo la dominó. Se pegó a la espalda de Lucas.
Los grandes pechos de Helena se presionaron firmemente contra la espalda musculosa de Lucas a través de la toalla. Lucas sintió la suavidad y el volumen de su cuerpo detrás de él, y la toalla fue una barrera inútil. Su vientre y caderas se presionaron contra las firmes nalgas de Lucas. Con la presión, la toalla se deslizó ligeramente por la tensión, revelando una franja de piel desnuda en el muslo y la parte baja del vientre de Helena que se presionó directamente contra el chándal de Lucas.
Lucas ejerció la fuerza mínima necesaria en la llave, pero mantuvo la posición por un tiempo excesivamente largo, disfrutando de la sensación. La erección de Lucas se hizo notoria contra el abdomen de Helena.
Helena sintió el bulto y se quedó inmóvil. Su respiración se detuvo. La confusión se había esfumado, reemplazada por el shock y una excitación incontrolable. Ella sabía exactamente lo que estaba sintiendo. El contacto del cuerpo de él, tan fuerte y firme, la hacía sentir deseada de una manera que hacía años había olvidado.
—Listo —dijo Lucas, con la voz ahogada. Retiró la mano de la llave.
Lucas no se separó de inmediato, sino que giró la cabeza lo suficiente para rozar la oreja de Helena.
—Creo que ahora sí tendrás agua caliente. Pero tuviste que abrazarme para lograrlo.
Helena se separó rápidamente, el rubor subiendo por su cuello. Se tambaleó hacia la salida del armario, la toalla resbalando y obligándola a sujetarla con fuerza.
—Ve a… ve a terminar —murmuró Helena, su mente dando vueltas por la obvia intencionalidad de la situación y la respuesta de su propio cuerpo al contacto.
Helena regresó al baño, cerrando la puerta con un golpe sordo. Lucas sabía que había alcanzado un punto de no retorno. Ella había sentido su cuerpo, y su respuesta no había sido de total rechazo. La negación ya no era una opción.
Lucas tomó la decisión de retirarse. No la seguiría. Le daría tiempo para que su propio cuerpo, excitado por el contacto, convenciera a su mente confusa.
Lucas encontró a Helena en la sala, sentada en el sofá con un libro. La hora era tardía y la luz era suave. Helena había adoptado un nuevo uniforme de comodidad seductora:
- Pantalón de Yoga de Color Gris Claro: El tejido elástico, muy ajustado, no dejaba nada a la imaginación, delineando con precisión la firmeza de sus muslos y la plenitud de sus nalgas grandes y redondas.
- Camiseta de Tirantes Ajustada, Escote Profundo (Azul Oscuro): La tela se ceñía sin piedad a sus grandes pechos, cuyo volumen se proyectaba con claridad, haciendo que el escote profundo fuera una invitación constante. La figura era abrumadoramente sensual, y Lucas sintió una oleada de deseo febril.
Lucas se acercó con su libro de matemáticas. —Mamá, por más que leo esto, no entiendo la teoría de conjuntos —dijo Lucas, sentándose tan cerca que sus muslos se tocaron bajo el tejido de los pantalones.
Helena intentó ignorar la proximidad y la tensión que emanaba de su hijo. —A ver, Lucas. Muéstrame.
Se inclinó sobre el libro para señalar un diagrama. Lucas vio cómo la camiseta ajustada se tensaba sobre sus grandes pechos.
—Mira, hijo. Es simple. Lo que pasa es que te distraes —dijo Helena, intentando sonar estricta.
Lucas levantó la mirada y la sostuvo. —Me distraigo porque me pareces increíblemente hermosa, mamá. Y ahora mismo, no me puedo concentrar en la lección.
Helena suspiró profundamente. La voz de Lucas era honesta, y su deseo era palpable. Ella había fallado en crear una barrera. Tenía que intentar una estrategia radical para desmitificar su cuerpo y acabar con la atracción por lo prohibido.
Helena cerró el libro y miró a Lucas con una mezcla de desesperación y audacia.
—Escúchame, Lucas. Ya no puedo pretender que esto no pasa. Sé que es la edad y que es la atracción por lo prohibido. Y creo que si obtienes lo que deseas, dejarás de desearlo. Dejarás de verme como una mujer y volverás a verme como tu madre.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Lucas, su corazón latiendo con fuerza ante la posibilidad.
Helena se inclinó hacia él, su aliento era un susurro en su oído. —Te voy a proponer un desafío para que te concentres y para que dejes de verme así. Te daré el mayor incentivo posible.
Helena abrió el libro en la página de ejercicios. —Hay tres ejercicios de diferencia simétrica. Por cada ejercicio que me expliques y resuelvas correctamente, yo me quitaré una prenda. Con la intención de que, al final, me veas completamente y te des cuenta de que no hay magia en mi cuerpo, y que esa atracción se acabe.
La propuesta era explosiva. Lucas sintió una oleada de triunfo y deseo. Su madre le estaba dando permiso para desvestirla con la excusa de las matemáticas.
—Trato hecho, mamá. Pero si fallo, ¿me vuelvo a poner la camiseta? —preguntó Lucas, con una sonrisa arrogante.
—Si fallas, volvemos a la normalidad. Pero si aciertas, el premio es la desensibilización —dijo Helena, su voz temblaba por el miedo a lo que estaba a punto de hacer.
Lucas terminó la explicación de la Unión de Conjuntos con una precisión impecable. Helena, aunque orgullosa, estaba en pánico.
—Respuesta correcta, Lucas —dijo Helena, su voz baja y tensa—. Ahora, quítate la camiseta.
Lucas se levantó lentamente. Helena observaba con una mezcla de miedo y deseo mientras él se despojaba de su camiseta. La dejó caer al suelo, revelando su torso fuerte y bien formado. Lucas se sentó de nuevo, la intensidad en sus ojos era palpable.
—Bien, ya cumplí con mi parte. Ahora te toca a ti —dijo Lucas, con calma.
Helena se levantó con movimientos lentos y nerviosos. Con un esfuerzo visible, deslizó los tirantes de la camiseta por sus hombros y, tras un suspiro, la dejó caer al suelo. Helena se quedó con el torso desnudo, revelando un sujetador de encaje negro que, lejos de ser práctico, elevaba y exponía el volumen de sus grandes pechos.
Helena se sentó de nuevo, sintiendo el aire fresco sobre su piel. —Aquí tienes. Mi intención es que veas que no hay nada mágico, y te concentres en la lección.
—Me estoy concentrando —dijo Lucas, con su mirada fija en el encaje que cubría los senos de su madre—. Y estoy concentrado en el premio.
—El siguiente ejercicio es la Intersección de Conjuntos. Explícamela. Y si lo hago bien, quiero el siguiente premio.
—¿Cuál es el siguiente premio? —preguntó Helena, nerviosa.
Lucas se inclinó hacia ella, la proximidad era extrema. Su voz era un susurro ronco, forzándola a escucharlo atentamente.
—Si acierto el segundo ejercicio, no quiero que te quites otra prenda, mamá. Quiero que me dejes besarte en la boca, profundamente. Para que la atracción se rompa.
Helena se quedó sin respiración. La idea de un beso tan íntimo la aterró, pero la lógica retorcida de la “desensibilización” la obligó a ceder.
—Solo un beso. Y solo si aciertas —dijo Helena, cerrando los ojos.
Lucas se concentró. Explicó la Intersección con claridad. —La Intersección es solo el elemento común a ambos, ni más ni menos.
—Correcto —dijo Helena.
Lucas no esperó. Se inclinó y besó la boca de su madre con una pasión contenida. Helena, abrumada por la audacia y su propio deseo, respondió con fervor, abriendo sus labios al contacto. El beso fue profundo y exploratorio, y duró hasta que Helena se separó, jadeando.
—Basta, Lucas. El siguiente ejercicio.
Helena sabía que el final estaba cerca. Se ajustó el sujetador, intentando en vano restaurar la barrera.
—El último ejercicio es la Diferencia Simétrica. Es la más difícil. Si fallas, paramos aquí y te vistes.
—No voy a fallar, mamá —dijo Lucas, con una sonrisa triunfal.
—¿Cuál es el premio esta vez? —preguntó Helena, temiendo la respuesta.
Lucas miró fijamente el sujetador de encaje que cubría sus pechos.
—Si acierto, quiero que me dejes masajear y acariciar tus grandes pechos por encima del sujetador, durante todo el tiempo que me tome explicar el concepto. Para que veas que son solo “tejido” y la fascinación se acabe.
Helena se sintió derrotada. Sus pechos grandes y firmes eran el centro de su vulnerabilidad. Pero el pacto la ataba.
—De acuerdo. Si aciertas. Pero solo por encima de la tela —dijo Helena, temblando.
Lucas se concentró y explicó la Diferencia Simétrica con una precisión brillante. —…son todos los elementos que están en A o en B, pero no en la intersección. Es la parte no compartida.
—Correcto. Eres brillante —murmuró Helena.
Lucas no perdió tiempo. Deslizó sus manos sobre el torso de Helena y tomó sus grandes pechos con una firmeza gozosa, sintiendo el volumen y la suavidad a través del encaje fino. Lucas masajeó y acarició sus senos, disfrutando del contacto total. Helena cerró los ojos, un gemido bajo escapando de su garganta, su cuerpo arqueándose hacia el contacto.
📝 Ejercicio 4: El Precio del Beso Desnudo
Lucas continuó acariciando sus senos por unos segundos más, y Helena no lo detuvo. El minuto ya había pasado.
—Aún me queda un ejercicio de repaso, mamá. Para asegurar el concepto —dijo Lucas, mintiendo sin piedad, su voz ronca.
Helena abrió los ojos, sus pupilas dilatadas por el placer. —Lucas, no hay más ejercicios.
—Pero hay más premios —Lucas se inclinó hacia ella—. Si te explico por qué la Intersección es la parte más simple, quiero que te quites el sujetador y me dejes besar tus senos desnudos por un minuto. Para que veas que son solo glándulas y la obsesión se disipe.
Helena negó con la cabeza, sus pechos desnudos bajo el encaje ahora palpitaban. —No, Lucas. Eso es demasiado.
—Pero el deseo es real, mamá. Y quieres que desaparezca. No es mi culpa que seas tan hermosa y que tu solución sea mi premio —presionó Lucas.
Helena suspiró profundamente. La tentación de la liberación, aunque fuera con este método perverso, era demasiado fuerte.
—Un minuto. Y luego paras y nos vestimos. Pero acierta la explicación.
Lucas la explicó con una rapidez brutal. —…la Intersección es la parte que te está pidiendo a gritos que sigas, mamá.
—¡Correcto! —dijo Helena, cerrando los ojos en señal de rendición.
Helena se desabrochó el sujetador, lo deslizó por su cuerpo y lo tiró al suelo. Sus grandes pechos, firmes y llenos, quedaron expuestos a la luz.
Lucas no dudó. Besó la boca de Helena y luego dirigió sus labios y su boca al seno de su madre, besando y lamiendo la piel suave. Helena soltó un gemido de placer y culpa, sus manos enredadas en el cabello de su hijo.
El minuto terminó, dejando a Helena jadeando. Su cuerpo superior estaba completamente expuesto, y Lucas la miraba con una adoración triunfal.
—Última pregunta, mamá. ¿Por qué la diferencia simétrica es la más difícil?
Helena no tenía fuerzas para luchar. —Dime el premio.
—Si acierto esta última pregunta, quiero que te levantes y me dejes acariciar y masajear tus nalgas grandes a través de tu pantalón de yoga, para ver si la atracción es solo frontal.
Helena estaba derrotada. Se puso de pie, dándole la espalda a Lucas, su cuerpo superior desnudo.
—Acierta, Lucas. Termina con esto.
Lucas explicó la última lección con facilidad. Helena asintió, derrotada. Lucas se levantó y se colocó detrás de su madre, sus manos dirigidas a las nalgas firmes cubiertas por el ajustado pantalón de yoga. El contacto fue total y prolongado, el último límite físico de la razón.
Lucas mantuvo sus manos firmemente plantadas sobre las nalgas grandes y firmes de Helena a través del ajustado pantalón de yoga. La fricción constante del tejido contra sus palmas, sumada a la vista de su espalda desnuda y sus pechos desbordantes de perfil, lo llenaba de una euforia triunfal.
Helena se quedó inmóvil, las manos apoyadas en la pared del salón. El masaje en sus nalgas, aunque cubierto por el pantalón, era profundo y posesivo. Su respiración se aceleraba con cada movimiento de Lucas.
—Ya cumpliste con el trato, Lucas —murmuró Helena, su voz temblaba por el placer y la rendición—. Me demostraste que puedes concentrarte. Ahora, por favor… detente y vístete. Esto no está funcionando como yo quería.
Lucas no se detuvo. Deslizó sus manos desde el centro de sus nalgas hacia sus caderas, acariciando los bordes del pantalón de yoga. Se inclinó y susurró a su oído, su aliento cálido en la piel desnuda de su cuello.
—Claro que no está funcionando, mamá. Porque tu método es ilógico.
Helena se giró levemente, forzando a Lucas a detener las caricias, aunque sus cuerpos quedaron a una proximidad peligrosa. Su torso desnudo se arqueó hacia él.
—¿Ilógico? Te he dado todo lo que querías para que perdiera el encanto —protestó Helena, sus ojos brillantes con lágrimas de frustración y deseo—. ¡Te dejé ver y tocar mis senos! ¿Qué más quieres para que me veas solo como tu madre?
Lucas llevó su mano al rostro de Helena, acariciando su mejilla y luego su mentón.
—Quieres que te vea como solo mi madre, pero te vistes y te comportas como la mujer más deseable que he conocido —dijo Lucas, con la voz suave, pero llena de reproche—. Me pides que te quite el encanto, pero ese encanto es real. Y no se va a ir con una caricia de un minuto.
Lucas miró fijamente el pantalón de yoga que aún cubría sus caderas y muslos.
—La lógica de conjuntos que acabas de explicar se aplica a esto. Hemos quitado la camiseta, el sujetador… eso son los conjuntos A y B. Pero aún queda la intersección, mamá. Lo que une todo.
Helena miró el último obstáculo de tela que la cubría. —No sé de qué hablas.
—Hablo de la tensión acumulada. De la honestidad. Y de la falta de total liberación. —Lucas bajó su mano al borde del pantalón de yoga en su cadera—. No me voy a concentrar en la escuela si sé que tienes una necesidad que te estás negando. Y esa necesidad no se resuelve viendo. Se resuelve sintiendo.
—¿Y cuál es tu propuesta, Lucas? —preguntó Helena, sintiéndose totalmente derrotada y excitada por la descarada honestidad de su hijo.
—Mi propuesta es la Diferencia Simétrica —dijo Lucas, su mano se deslizó bajo el borde del pantalón de yoga, tocando la piel de su vientre—. La parte que te queda por liberar.
Lucas no esperó la respuesta. Usó el mismo tono de voz firme y negociador que usó para explicar las matemáticas.
—Si me dejas terminar con la lección y quitarte estos pantalones y las bragas, para que tu cuerpo quede totalmente liberado de la tensión, te prometo que mañana por la mañana nos vestiremos juntos y hablaremos de cómo podemos seguir siendo cercanos sin este juego de la atracción prohibida. Te daré el espacio de la mañana, pero la noche es para terminar con esta necesidad.
Lucas hizo una pausa. —Solo quiero terminar con la lección, mamá. Quiero desvestirte por completo para que te liberes.
Helena cerró los ojos, la lujuria y la culpa chocando violentamente. Su hijo la estaba desnudando con argumentos lógicos, y ella estaba cediendo porque su cuerpo desnudo ardía por más.
—Si lo haces, Lucas, no hay vuelta atrás —susurró Helena.
—Lo sé. Y te prometo que después de esto, buscaremos una solución. Pero ahora, déjame terminar con la lección de la desnudez —dijo Lucas, y sin esperar una respuesta verbal, deslizó sus dedos sobre el elástico del pantalón de yoga.
Lucas bajó la cremallera imaginaria de la cintura del pantalón. Con una lentitud desesperante, Lucas deslizó los pantalones por sus caderas anchas y nalgas firmes, hasta que la tela y la última braga de encaje negro cayeron a sus pies.
Helena se quedó completamente desnuda, vulnerable y expuesta, solo a la luz tenue de la sala. Lucas se inclinó y la besó con una pasión sin límites, sus manos tomando posesión de todo su cuerpo.
Helena se encontraba completamente desnuda frente a Lucas, su cuerpo magnífico expuesto a la tenue luz de la sala. El pantalón de yoga y las bragas de encaje reposaban en el suelo. La rendición de Helena era total, su cuerpo temblaba por la excitación y la audacia de lo que acababa de permitir.
Lucas la miró por un instante, saboreando el triunfo. La visión de su madre, su piel suave, sus nalgas grandes y redondas, sus muslos firmes y sus pechos pesados, lo abrumó. Su deseo era incontrolable.
Lucas se inclinó y la besó. Este beso fue diferente a todos los anteriores. Fue profundo, posesivo y sin ninguna reserva. Lucas no buscaba persuasión; buscaba conquista y respuesta.
- Acción de Lucas: Su boca se abrió con urgencia sobre la de ella, su lengua explorando cada rincón de la boca de Helena. Su aliento era caliente, mezclado con un gemido grave de triunfo. Lucas la sujetó con una mano detrás de la cabeza y la otra en la base de su columna vertebral, presionando su pelvis contra la de ella.
- Sensación de Helena: Helena respondió al beso con una necesidad salvaje. La vergüenza desapareció, reemplazada por una lujuria ciega. Ella sintió la dureza de su cuerpo masculino contra su vientre y entendió la magnitud de lo que estaba sucediendo. Sus labios estaban magullados, pero deliciosamente estimulados. Ella gimió en el beso, sus manos aferrándose desesperadamente a los hombros de Lucas.
🖐️ El Recorrido por el Torso
Sin romper el beso, las manos de Lucas comenzaron a explorar el torso desnudo de Helena, siguiendo el camino que antes había marcado la tela.
- Acción de Lucas: Lucas deslizó sus manos por los costados de Helena, sintiendo la suavidad de su piel, y luego se detuvo en su abdomen plano. Acarició esa zona por un momento antes de subir. Con lentitud, sus manos tomaron posesión de sus grandes pechos. Lucas los amasó con suavidad y firmeza, levantando el volumen de su busto con sus palmas, mientras sus pulgares rozaban y excitaban sus pezones.
- Sensación de Helena: Ella arqueó la espalda, su pecho hinchándose ante el contacto. Sintió un calor abrasadorextenderse desde sus senos hasta su vientre. Sus pezones se endurecieron dolorosamente, pero el dolor se mezclaba con un placer insoportable. Ella separó sus labios del beso para soltar un gemido ahogado de pura excitación. El sentimiento de ser tocada así por su hijo era una descarga eléctrica, una liberación de años de represión.
Lucas se separó del beso, su mirada fija en el rostro de Helena, ahora marcado por el deseo. Luego bajó su mirada, concentrándose en la parte baja de su cuerpo.
- Acción de Lucas: Lucas deslizó sus manos por su espalda y luego las posó directamente sobre la piel suave de sus nalgas grandes y redondas. Él no solo las acarició; las apretó, sintiendo la firmeza y el volumen completo de su trasero bajo sus palmas. Sus dedos exploraron la curva inferior, levantando ligeramente la masa de su carne. Luego, deslizó una mano hacia adelante, tocando la base del muslo interno de su madre, cerca de su intimidad.
- Sensación de Helena: Helena tembló. El contacto directo de las manos grandes y calientes de Lucas en sus nalgas y la proximidad a su sexo la hizo temblar incontrolablemente. Sintió un fuerte espasmo en su vientre bajo. El placer era tan intenso que sintió que iba a desmayarse. Un grito ahogado de placer y rendición escapó de su boca. Su cuerpo se rindió, inclinándose hacia adelante, buscando más presión.
🥵 El Sello del Deseo
Lucas sabía que no había vuelta atrás. Se separó del cuerpo de Helena solo para rodearla con sus brazos y levantarla en un abrazo firme.
—Mamá… Ya no hay lecciones. Solo esto —susurró Lucas, su rostro enterrado en el hueco de su cuello.
- Acción de Lucas: La levantó fácilmente, su cuerpo desnudo y suave presionándose contra su torso fuerte y caliente. Lucas la abrazó con una posesividad total.
- Sensación de Helena: Helena cerró los ojos y rodeó el cuello de su hijo con sus brazos. Se sintió liviana, deseada y completamente a merced de la situación. El contacto de su piel con la de él, torso contra torso, pecho contra pecho, fue el sello final de la rendición. Ella sabía que su hijo la llevaba al dormitorio para terminar lo que habían empezado con la lección de matemáticas.
Lucas comenzó a caminar hacia el dormitorio, llevando a su madre desnuda y temblorosa en sus brazos.
cas llevó a Helena en sus brazos, su cuerpo desnudo y suave presionándose con fuerza contra su torso caliente. La breve caminata hacia el dormitorio se sintió como un ritual inevitable. Lucas entró, cerrando la puerta con el pie. Depositó a Helena con delicadeza sobre la cama, cuyas sábanas blancas ofrecían un contraste dramático con su piel. Se inclinó sobre ella y la besó de nuevo, un beso largo y profundo que prometía el clímax inminente.
Las manos de Lucas recorrieron el muslo interno de Helena, su cuerpo se cernía sobre el de su madre. El ambiente estaba cargado de deseo, y Lucas estaba a punto de terminar el juego.
Justo cuando Lucas iba a llevar su mano más allá y su peso sobre ella, Helena hizo acopio de una última, desesperada, y fugaz ráfaga de razón.
Helena puso sus manos en los hombros de Lucas y lo empujó suavemente, forzándolo a separarse apenas un centímetro, interrumpiendo el beso.
—¡Espera, Lucas! —su voz era un susurro roto y desesperado, mezclado con jadeos—. No. Tenemos que parar aquí.
Lucas se detuvo, su cuerpo tenso, su respiración agitada. Su rostro era una máscara de frustración y deseo.
—¿Parar, mamá? ¿Después de desnudarte y de que me has besado así? —preguntó Lucas, su voz ronca.
Helena, aunque totalmente expuesta y excitada sobre la cama, luchaba por mantener el control. —Sé lo que siento, Lucas. Y lo que sientes tú. Pero si vamos más allá ahora, no habrá forma de volver a la normalidad. La culpa nos va a destruir. Necesitamos una solución, no un arrebato.
Helena tomó la mano de Lucas, la que antes había acariciado su piel, y la besó. —Me has demostrado que eres inteligente. Eres racional. No quiero que esto sea solo un impulso prohibido. Quiero que hablemos sobre esto.
—¿Hablar de qué, mamá? ¿De que te deseo? Ya lo sabemos —presionó Lucas.
—De cómo vamos a manejar esto a partir de ahora —dijo Helena, con una resolución renovada—. Tienes razón, el deseo no se va. Y yo ya no puedo fingir. Pero si rompemos esta última línea, todo se desmorona. Prometimos buscar una solución. Yo ya te di el cuerpo. Ahora tú dame la palabra.
Helena hizo una propuesta firme:
—Levántate, Lucas. Vístete. Vuelve a la sala. Yo me quedaré aquí, desnuda, por un momento, asimilando lo que acaba de pasar. Y tú harás lo mismo. Mañana por la mañana, cuando las luces estén encendidas, vamos a negociar un acuerdo. Vamos a ver cómo podemos satisfacer esta necesidad sin que destruya nuestra vida. ¿Aceptas que la solución es más importante que el momento?
Helena le estaba pidiendo que aplicara la misma lógica fría de las matemáticas a su pasión.
Lucas se quedó inmóvil, mirando el cuerpo desnudo de su madre sobre las sábanas. El desafío era claro: control sobre deseo.
Lucas se levantó lentamente de la cama. Miró a su madre una última vez, su cuerpo perfecto y expuesto. Se inclinó y besó su frente, un gesto de reconocimiento a su autoridad.
—Bien, mamá. El control es tuyo. Y tienes razón. La solución es el último ejercicio.
Lucas se dio la vuelta, salió del dormitorio y cerró la puerta, dejando a Helena sola, desnuda y temblando en la cama, el destino de ambos pendiente de la negociación matutina.
PARTE V
El sol se filtraba débilmente por las ventanas de la cabaña, pero el ambiente estaba más denso que la noche anterior. Lucas no había dormido. Había pasado la noche en la sala, con el deseo ardiendo bajo el velo de la frustración controlada.
Helena salió del dormitorio vestida con una lencería de seda negra que cubría sus grandes pechos y sus nalgas, y encima, una bata de satén a juego. El atuendo era una declaración. Ya no intentaba fingir ser solo una madre; era una mujer que negociaba su deseo. Su cabello estaba suelto y su rostro, aunque agotado, tenía una determinación férrea.
Lucas estaba en la cocina, preparando café. Se había puesto unos vaqueros y una camiseta, su cuerpo tenso bajo la ropa.
—Siéntate, Lucas. Tenemos que hablar con las luces encendidas —dijo Helena, sentándose en la mesa, pero manteniendo la bata cerrada.
—Anoche me demostraste que puedes ser racional, y que eres paciente —comenzó Helena, tomando una respiración profunda—. Pero también me demostraste que la atracción no va a desaparecer. Yo ya no voy a negarla. Pero no podemos permitir que esto nos destruya.
—¿Y cuál es la solución, mamá? —preguntó Lucas, su voz baja y controlada.
Helena lo miró directamente a los ojos, su confesión era de una audacia asombrosa.
—La solución es que no vamos a detener el contacto. Pero vamos a redirigirlo. Lo vamos a limitar a momentos de “ayuda” o “necesidad”, donde el contacto físico es la recompensa, no la regla. Y siempre bajo mi control.
Lucas asintió, entendiendo la nueva regla del juego. El contacto físico era ahora una recompensa negociada, no un impulso.
—¿Y cuáles son las condiciones para que yo gane la recompensa, mamá?
—Dos condiciones —dijo Helena, deslizando un papel hacia él—. Uno: Tienes que ayudarme con mis tareas físicas, como la jardinería o el mantenimiento. Dos: Tienes que demostrarme que estás siendo un estudiante serio. Por cada hora de estudio concentrado, recibirás diez minutos de contacto controlado.
Lucas sonrió. El juego de la lógica continuaba. —Acepto. Pero quiero que el “contacto controlado” tenga una progresión.
—De acuerdo. La primera tarea es inmediata —dijo Helena, levantándose y desatando la cuerda de su bata, dejando la lencería de seda a la vista. Lucas tragó saliva—. El jardín necesita riego. El grifo está atascado y es muy difícil de girar. Necesito que me ayudes.
Helena se dirigió a la puerta. Lucas la siguió. La tarea era simple, pero Helena la convertiría en un nuevo escenario de intimidad.
El grifo atascado estaba en un rincón estrecho del jardín, entre un arbusto y la pared de madera de la cabaña.
Helena se arrodilló, su bata de satén abierta revelando sus muslos y piernas desnudas bajo la lencería. Ella intentó girar el grifo sin éxito.
—Está muy duro, Lucas. Necesito tu fuerza —dijo Helena.
Lucas se arrodilló justo detrás de ella. La proximidad era total. Su rostro estaba a centímetros de las nalgas cubiertas de seda de su madre. La bata de satén de Helena se deslizó ligeramente, revelando un borde de la piel de su nalga bajo la fina tela.
—Tienes que usar toda tu fuerza, Lucas. Pon tus brazos sobre los míos, uno encima del otro, y haz palanca.
Lucas colocó sus manos sobre las manos de Helena, que ya estaban sobre el grifo oxidado. El contacto era forzado y controlado. Pero Lucas aprovechó la proximidad y la necesidad de “fuerza”.
—Necesito más apoyo, mamá. Vas a tener que apoyar tu cuerpo contra el mío para hacer más palanca.
Helena, con el deseo de terminar la tarea, cedió. Ella presionó su espalda y sus nalgas contra el cuerpo de su hijo. Lucas sintió el contorno de sus nalgas firmes a través de la seda. Su respiración se aceleró.
Lucas giró el grifo con una fuerza innecesaria, manteniendo la posición de contacto total. El agua comenzó a fluir, pero Lucas no se movió.
—Ya giró, Lucas —murmuró Helena, sintiendo el calor de su cuerpo detrás de ella.
—Sí, pero necesito asegurarme de que no se vuelva a atascar —dijo Lucas, manteniendo la presión.
Helena, sintiendo la tensión, sabía que Lucas estaba abusando del trato. Pero ella no lo detuvo. El contacto era demasiado placentero, demasiado real.
Cuando Lucas finalmente se apartó, Helena se levantó rápidamente, su cuerpo temblando. Habían establecido la primera regla: la “ayuda” es el nuevo pretexto para el contacto íntimo.
Helena se había compuesto rápidamente, cerrando su bata de satén. Regresaron al salón, y Helena, con una seriedad que apenas cubría su nerviosismo, señaló el reloj.
—Has cumplido con la ayuda física. Ahora, Lucas, demuestra que estudiaste una hora esta mañana.
Lucas asintió, presentó su libro de apuntes con explicaciones detalladas y diagramas limpios de la teoría de conjuntos.
—Aquí está mi hora de estudio concentrado, mamá. La lección está aprendida y resuelta —dijo Lucas, con la calma de un negociador.
Helena revisó el trabajo con una minuciosidad que era pura fachada. El esfuerzo era impecable.
—Muy bien, Lucas. Has cumplido con la segunda condición. Tienes diez minutos de contacto controlado.
Helena se sentó en el sofá, desatando lentamente la cuerda de su bata de satén. El satén se abrió, revelando el conjunto de lencería de seda negra que cubría sus grandes pechos y sus nalgas firmes. Era una invitación y un límite al mismo tiempo.
—Los diez minutos empiezan ahora. Puedes tocarme sobre la lencería —dijo Helena, su voz era un hilo seductor.
Lucas se acercó y se arrodilló frente a ella, mirando su cuerpo expuesto. Diez minutos de contacto en la lencería no eran suficientes.
—Mamá, eso no es progreso. La atracción es lo prohibido y lo oculto. Si el contacto controlado no avanza, la obsesión no desaparece.
Lucas se inclinó hacia ella, su aliento en su oído. —Mi propuesta es: por esta vez, en lugar de solo tocar la seda, dame un minuto de caricias directamente sobre la piel que está expuesta, y a cambio, mañana estudiaré dos horas.
Helena se mordió el labio. La lencería de seda era su última barrera semi-racional. La piel expuesta era rendición. Pero la promesa de dos horas de estudio, y la necesidad de satisfacer el deseo que ardía en su propio cuerpo, era demasiado fuerte.
—Solo en las áreas ya expuestas. Y solo un minuto, no un segundo más. Y quiero una explicación detallada de por qué este contacto ayuda a tu concentración.
—Trato hecho —dijo Lucas, sabiendo que el “por qué” era la excusa perfecta para intensificar la intimidad.
Lucas no perdió un segundo. El cronómetro mental comenzó.
Lucas se sentó a su lado y, con una lentitud deliberada, levantó el borde de la bata de satén que cubría sus muslos. La seda negra de la lencería terminaba en el muslo interno de Helena, dejando una amplia franja de piel suave y firme expuesta. Lucas posó su mano con suavidad inicial, y luego la apretó con firmeza.
Su mano grande y caliente se hundió en la suavidad de la piel de su muslo, acariciando hacia arriba, hasta el borde de la braguita de seda.
Helena dejó escapar un jadeo tembloroso. El contacto directo de la mano de Lucas sobre la piel de su muslo, tan cerca de su intimidad, provocó una punzada de placer que la hizo temblar. Ella separó las piernas apenas un milímetro, un reflejo inconsciente de aceptación.
Lucas retiró la mano del muslo, trasladando su atención al torso desnudo de Helena, visible por el amplio escote de la lencería y la bata.
Su dedo se posó suavemente sobre la piel del pecho superior de Helena. Lucas se inclinó hacia ella, su boca a centímetros de su oído, y susurró su “explicación”. —La concentración requiere liberar la tensión, mamá. Y tu escote tiene la mayor tensión. Si acaricio y beso esta piel, libero la presión. Así mi mente se puede concentrar en los libros.
La lógica perversa era irresistible. La piel de su cuello y pecho se erizó bajo el toque suave y el aliento caliente de su hijo. Ella sintió un calor intenso subir por su garganta. Ella cerró los ojos, inclinando la cabeza hacia un lado, exponiendo más su cuello y el borde del gran pecho al contacto.
Lucas sabía que el tiempo se acababa. En lugar de parar, Lucas utilizó su última audacia. Su dedo, que acariciaba su pecho, se deslizó bajo el borde del encaje del sostén, tocando por un instante la piel desnuda en el pliegue de su seno.
Retiró el dedo inmediatamente, justo antes de que se cumpliera el minuto, manteniendo su promesa al límite.
El contacto fugaz con la piel de su seno la hizo gemir fuerte y profundo. Abrió los ojos, su respiración completamente irregular. El placer había sido agudo, dejando su cuerpo en un estado de shock placentero.
—Se acabó el minuto —dijo Lucas, con la voz apenas controlada, pero la calma regresó a su rostro. Se levantó y cerró su bata, protegiéndose de la vista.
Helena estaba devastada por el deseo. —Vas a estudiar dos horas seguidas. Y la próxima recompensa será negociada en ese momento —dijo Helena, luchando por la autoridad.
—Trato hecho, mamá. Y ahora que mi mente está “liberada”, voy a empezar ahora mismo —dijo Lucas, retirándose.
Helena se quedó en el sofá, sintiendo el calor de las caricias de su hijo en su piel. El contrato de la prohibición estaba llevando a la intimidad a niveles cada vez más peligrosos
La lógica retorcida que Helena había iniciado para “desensibilizar” el deseo de Lucas había estallado. El Contrato de Proximidad era ahora solo un pretexto para una intimidad cada vez más desbordante, donde el estudio y el deber físico servían únicamente para negociar la próxima rendición.
Lucas cumplió meticulosamente su promesa de estudiar durante dos horas completas. Se sentó en la sala, sus ojos fijos en los conceptos de funciones, pero su mente estaba programada para la recompensa, sabiendo que el activo de la negociación se había duplicado.
Helena lo esperaba. Se había quedado en la lencería de seda negra bajo la bata, una silueta que actuaba como el constante recordatorio del límite que ella misma había dibujado y estaba a punto de borrar.
Cuando Lucas se levantó, su expresión era la de un estratega.
—Dos horas completas, mamá. El doble de esfuerzo merece una progresión. Si la recompensa se estanca, la obsesión no se disipa; solo se aburre. Mi mente necesita un incentivo que ya no tenga tabúes. —La voz de Lucas era firme, un susurro ronco cargado de exigencia—. Quiero diez minutos de besos profundos y prolongados en la boca mientras mis manos exploran tu torso y tus grandes pechos por encima de la lencería. Tú te mantienes quieta, y así la unión de la atracción y la culpa se disuelve.
Helena sintió el pánico mezclado con una intensa oleada de excitación. Diez minutos de pasión deliberada era una condena.
—Diez minutos es demasiado. Solo si me demuestras que el concepto de Intersección de Funciones es lo que une el estudio y el deseo. —Helena buscaba una última defensa racional.
Lucas se acercó y le susurró la explicación al oído, el aliento cálido intensificando la lujuria: “La Intersección representa el conjunto de valores que satisface ambas condiciones. Aquí, es lo que une mi necesidad de concentración con tu necesidad de liberación. El beso profundo, combinado con el tacto, es el elemento común que libera la tensión en los dos.”
Helena asintió, derrotada por su propia lógica.
Helena se sentó en el sofá, su bata de satén deslizándose hasta el suelo, revelando completamente el cuerpo cubierto por la seda negra. Lucas se sentó a su lado, la proximidad tan intensa que el aire entre ellos vibraba.
El beso fue inmediato y abrumador. Lucas no dio espacio a la duda; su boca se abrió sobre la de ella con una urgencia que reclamaba posesión, su lengua explorando cada rincón. Helena no pudo mantenerse quieta; ella respondió con una necesidad salvaje, sus manos aferrándose al cabello de su hijo.
Mientras sus bocas se unían en un baile febril, la mano derecha de Lucas se deslizó bajo el escote de la lencería, aterrizando sobre el suave pero firme tejido que cubría sus grandes pechos. Comenzó a amasarlos suave y firmemente, sintiendo el volumen pesado bajo sus palmas. Sus dedos rodearon la base de su seno, levantando ligeramente el busto, mientras el beso se hacía más desesperado. La otra mano de Lucas descendió por el costado de Helena, acariciando la piel suave hasta el borde de su abdomen plano, justo por encima del contorno de la braguita de seda.
Helena arqueó su espalda, intensificando la presión del contacto. Sintió un temblor profundo en su centro, la seda mojada por la humedad de su deseo.
Lucas rompió el beso solo para descender con sus labios hasta el cuello de Helena, besando con avidez el borde de su escote. Al mismo tiempo, deslizó su mano por el muslo desnudo, bajo el borde de la lencería. Su pulgar se acercó peligrosamente al borde de su intimidad, rozándolo sin tocarlo directamente. El gemido que escapó de la boca de Helena fue un grito ahogado de rendición y placer. Los diez minutos se consumieron en una vorágine de tacto y deseo.
Al cumplirse el tiempo, Lucas se retiró, dejando a Helena jadeando y temblando en el sofá.
El siguiente nivel del contrato fue el trabajo físico: transplantar arbustos pesados. El trato era un intercambio mutuo: por cada arbusto, ella le permitiría acariciar sus nalgas y ella le masajearía la espalda, todo sobre la lencería de seda.
Para levantar el peso del primer arbusto, Helena se inclinó profundamente, exponiendo su torso y su trasero cubierto de seda en una posición de vulnerabilidad. Lucas se agachó con ella, sus cuerpos unidos por la fuerza. Lucas aprovechó el esfuerzo, deslizando intencionalmente su mano contra el costado de su pecho voluminoso mientras levantaban el peso.
Una vez plantado, cumplieron el ritual del premio: Helena masajeó con firmeza la espalda de Lucas bajo la camiseta, mientras Lucas apretaba las nalgas firmes de Helena a través de la fina seda.
Lucas, sin embargo, vio su oportunidad para el golpe final.
—Mamá, la Diferencia Simétrica es la parte que no compartimos, la que aún está prohibida. El muslo y el escote ya son zonas comunes. Para que la obsesión desaparezca, la Diferencia Simétrica debe ser la última barrera de tela. Si plantamos el último arbusto correctamente, quiero que me dejes quitarte la lencería de abajo y tocar tu trasero desnudo, para que no quede nada no compartido en la parte baja de tu cuerpo.
Helena sintió el cuerpo fuerte y sudoroso de su hijo tan cerca que su juicio se nubló. La lógica perversa era un incendio.
—Solo si me explicas cómo aplica al jardín.
—La Diferencia Simétrica es la parte que está en un conjunto o en otro, pero no en la Intersección. El arbusto y la tierra son la Intersección del jardín. Tu cuerpo desnudo, la última barrera de tela, es la Diferencia Simétrica, la parte no compartida, la que debe ser explorada para que el problema se resuelva. —Lucas la estaba desnudando con argumentos matemáticos.
Ella asintió, su voluntad totalmente evaporada. Se inclinó y plantaron el último arbusto con un esfuerzo unido, sus cuerpos rozándose.
—El arbusto está plantado. Quítamela. —susurró Helena.
Lucas se arrodilló detrás de ella. Deslizó la bata y, con una lentitud que prometía el desastre, deslizó la braguita de seda de sus caderas anchas y firmes hasta que la última pieza de tela cayó a sus pies.
Helena se quedó completamente desnuda frente a su hijo en el jardín. El aire frío sobre su piel la hizo temblar, el terror y la lujuria chocando violentamente.
Lucas no dudó. Sus manos grandes y calientes se posaron directamente sobre la piel suave y redonda de sus grandes nalgas. Él las acarició, las apretó con una firmeza gozosa, sintiendo el volumen completo de su trasero sin la interferencia de la tela. Helena se inclinó hacia adelante, apoyándose en la pared de madera, su cuerpo convulsionando por el placer. El contacto era absoluto, una posesión sin límites.
Lucas se retiró lentamente, su mirada profunda y seria. —Ahora, mamá, la lección de la desnudez está completa. El Contrato de Proximidad ha cumplido su objetivo. Ya no hay barreras de tela, solo tú y yo
Lucas la bajó lentamente, pero sin soltarla, permitiendo que sus cuerpos desnudo contra vestido se frotaran al descender. Cuando sus pies tocaron la tierra, la mantuvo pegada a él, sus nalgas grandes y firmes rozando la tela de sus vaqueros.
Helena ya no luchaba contra la lujuria. La vergüenza había sido completamente sustituida por una intensa y abrumadora necesidad.
Lucas se inclinó y besó su boca con una lentitud deliberada, un beso que se prolongó hasta que Helena se rindió por completo, abriendo sus labios, gimiendo profundamente en el contacto. Él rompió el beso solo para deslizar sus labios por el cuello y el hombro de su madre.
Lucas deslizó sus manos por la espalda desnuda de Helena, deteniéndose en la base de su columna vertebral, y luego las dirigió a sus nalgas firmes. Las acarició con total posesión, sintiendo la carne caliente y vibrante. Con un movimiento lento y experto, Lucas deslizó una mano por su muslo, llevándola hacia adelante, hacia la intimidad expuesta de Helena.
Helena arqueó su cuerpo hacia atrás, su pecho voluminoso abultándose, exponiéndole más al contacto. Cuando sintió la punta de los dedos de Lucas acercarse a su centro, un espasmo la recorrió. Un gemido ahogado escapó de sus labios al sentir que sus dedos rozaban suavemente la parte superior de su sexo, que ya estaba completamente húmedo y caliente por la intensidad de la situación. La sensación de ser tocada así, al aire libre y totalmente expuesta, era una descarga eléctrica.
Lucas ignoró el gemido de culpa y se centró en el placer. Se arrodilló lentamente frente a ella, obligando a Helena a sostenerse de su hombro para no caer. La vista de su madre desnuda desde abajo era abrumadora.
Lucas llevó sus manos a los grandes pechos de Helena. Los tomó con una firmeza gozosa, amasándolos y acariciando su volumen. Luego, se inclinó y posó sus labios suavemente sobre la piel de su abdomen plano, y comenzó a recorrer con besos húmedos la piel suave de su vientre, hasta la parte inferior.
Helena cerró los ojos, sintiendo la boca cálida de su hijo sobre su piel. El contacto directo en sus senos era tan intenso que sus pezones estaban duros y dolorosos. Sintió que se le doblaban las rodillas por la mezcla de placer y la audacia de la situación. Sus manos se enredaron en el cabello de Lucas, empujándolo suavemente contra su cuerpo como si buscara más contacto.
Lucas ascendió con sus besos y su boca se dirigió a uno de sus grandes pechos. Suavemente, tomó el pezón endurecido en su boca, chupándolo y lamiéndolo con una avidez contenida, como si estuviera probando el fruto prohibido por primera vez.
Sensación de Helena: Un grito agudo de placer y vergüenza escapó de la garganta de Helena. El sentimiento de su hijo en su pecho, la succión y el calor, era el punto de no retorno. Su respiración se aceleró hasta convertirse en jadeos entrecortados.
Lucas se alejó del seno, sus ojos fijos en el rostro de su madre, marcado por una lujuria sin control.
Lucas se levantó, sin dejar de acariciar sus pechos. Llevó su mano de nuevo al muslo interno, esta vez con total posesión. Deslizó su dedo húmedo sobre la piel sensible cerca de su clítoris, presionando suavemente una y otra vez.
Helena tembló. Sintió el placer explotar en su bajo vientre, un calor intenso que la hacía temblar incontrolablemente. El contacto la hizo gemir en voz alta, una súplica por más. Su cuerpo se inclinó hacia Lucas, sus caderas buscando el roce.
Lucas la sostuvo con una posesividad total. La lección de la desnudez había concluido. Su madre estaba completamente excitada, su cuerpo imploraba la liberación que él le había negado con la promesa de la “solución”.
—Ahora, y solo ahora, la lección ha terminado, mamá. —susurró Lucas, su rostro lleno de triunfo—. Estás libre
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PARTE VI
Una noche. Helena se sienta frente a Lucas, vestida con su bata de satén.
—La tensión ya no se va con roces furtivos, Lucas. Hemos llegado a la liberación completa y consciente. Tu próximo desafío es de control mental. Quiero que estudies y analices a fondo un artículo de cien páginas sobre Ética de los Límites, y me prepares un resumen argumentativo perfecto.
—¿Y el premio? —preguntó Lucas.
Helena se inclinó hacia él. —Si tu resumen es impecable, te daré el control total sobre mi cuerpo por el resto de la noche. Te daré un striptease privado. Lucas aceptó. A la mañana siguiente, entregó un análisis perfecto. Helena asintió, derrotada. —Has ganado, Lucas. El control es tuyo.
La sala está en penumbra. Helena aparece con la indumentaria de la rendición, una promesa visual de lo que está por venir:
Helena se acercó, la música suave llenando la sala.
Helena comenzó a moverse lentamente, el vestido de seda tensándose y liberándose con sus caderas. Ella desabrochó el cinturón ancho de cadenas, dejándolo caer al suelo con un tintineo que rompió el silencio. Se detuvo y se quitó los tacones de aguja. Lucas, sentado, sintió una oleada de anticipación febril. Sin los tacones, la postura de Helena se hizo más vulnerable, más accesible.
Helena descorrió la cremallera del vestido de seda rojo. Con un movimiento lento, dejó que el vestido se deslizara por su cuerpo, revelando completamente el body de encaje negro y el contorno de sus grandes pechos. El vestido cayó a sus pies, un charco de tela que marcaba el fin del “disfraz”. Lucas sintió una presión de deseo en su pecho al ver el body de encaje, que revelaba más que lo que ocultaba. La figura de su madre era abrumadoramente sensual.
Helena le dio permiso con un gesto. Lucas se levantó, acercándose a ella. Él besó, lamió y mordisqueó los hombros desnudos y el cuello de Helena, recorriendo la piel por encima del encaje del body. Helena soltó un gemido bajo de placer. Sus manos se aferraron a su espalda.
Helena se separó, sus manos se dirigieron a las ligas de encaje. Las desabrochó con una lentitud perversa. El chasquido de las ligas y el deslizamiento de las medias de red por sus muslos firmes fue un sonido de rendición. Lucas vio sus piernas quedar totalmente desnudas, lo que intensificó su foco en su trasero y sus muslos.
Helena deslizó los tirantes inexistentes del body de encaje, bajándolo hasta su cintura. Sus grandes pechos quedaron totalmente expuestos, firmes y voluminosos. Helena se inclinó sobre Lucas, sus pezones endurecidos rozando la cara de su hijo. Lucas tomó sus pechos con ambas manos, amasándolos y besándolos con avidez total. Ella sintió un calor húmedo extenderse por su vientre bajo.
Helena ya estaba temblando y jadeando. Lucas sabía que era el momento de la liberación total, la verdadera “solución”.
Helena se arrodilló, su cuerpo desnudo de la cintura para arriba se balanceaba con la respiración entrecortada. El body de encaje permanecía en su cadera, la última tela que cubría su sexo.
Lucas llevó su mano a la parte baja de su cuerpo. Levantó el body de encaje y, sin perder un instante, introdujo dos dedos firmes y calientes en la vagina de Helena, iniciando un movimiento de vaivén rítmico. Su rostro estaba cerca, observando la reacción de su madre.
El placer golpeó a Helena con una fuerza abrumadora. Ella soltó un grito ahogado. Sus caderas se levantaron de la alfombra y se movieron en sincronía con los dedos de su hijo. Ella sintió un espasmo violento en su vientre bajo, su placer creciendo hasta un punto insoportable.
Al mismo tiempo, Helena reaccionó instintivamente. Su mano voló al pantalón de Lucas, abrió la cremallera y tomó su pene duro y palpitante.
Ella comenzó a masturbar a Lucas con una técnica precisa y apasionada, moviendo su mano hacia arriba y hacia abajo en un ritmo constante y firme. Su cara estaba cerca del suyo, sus ojos se encontraron en un instante de placer mutuo y rendición.
Lucas gimió, la sensación de sus dedos dentro de su madre, combinada con la mano de ella en su pene, era la culminación total. Sus cuerpos, totalmente expuestos y estimulados, ya no tenían límites. Helena sintió el clímax acercarse, empujó su pelvis contra los dedos de Lucas, gritando. Un momento después, Lucas sintió su propio clímax bajo el tacto de su madre. Sus cuerpos se movieron juntos en una sinfonía de placer mutuo que terminó con la completa y, por ahora, total rendición.
Helena se arrodilló frente a Lucas, su cuerpo magnífico completamente expuesto salvo por las medias y ligueros. Sus grandes pechos se movían con su respiración agitada, y su sexo ya estaba hinchado y brillante por la humedad. Ella lo miraba con una exigencia silenciosa y ardiente.
Lucas no necesitó palabras. Sabía exactamente lo que ella deseaba. Se inclinó y llevó su mano directamente a la entrepierna de su madre. Apartó suavemente los labios de su vagina, y sin dudar, introdujo dos dedos firmes y calientes en la vagina de Helena, iniciando un movimiento de vaivén rítmico y profundo. Su rostro estaba muy cerca, observando la reacción de su madre con una intensidad posesiva.
El contacto era tan íntimo y directo que Helena soltó un grito de placer que resonó en la sala. Ella sintió la punta de sus dedos alcanzar su punto más sensible, y el placer la golpeó con una fuerza abrumadora. Sus caderas se levantaron de la alfombra y se movieron con desesperación en sincronía con los dedos de su hijo. Ella sintió un espasmo violento en su vientre bajo, su placer creciendo hasta un punto insoportable.
Al mismo tiempo, Helena no se quedó pasiva. Su mano voló al pantalón de Lucas, abrió la cremallera y tomó su pene duro y palpitante.
Ella comenzó a masturbar a Lucas con una técnica precisa y apasionada, moviendo su mano hacia arriba y hacia abajo en un ritmo constante y firme. Su rostro estaba cerca del suyo, sus ojos se encontraron en un instante de placer mutuo y rendición total.
Lucas gimió, la sensación de sus dedos dentro de su madre combinada con la mano de ella en su pene, era la culminación de su victoria. Sus cuerpos, totalmente expuestos y estimulados, ya no tenían límites. Helena sintió el clímax acercarse, empujó su pelvis contra los dedos de Lucas, gritando su nombre. Un momento después, Lucas sintió su propio clímax bajo el tacto de su madre.
Ambos cayeron sobre la alfombra, sus cuerpos desnudos y sudorosos. La respiración de Helena era un jadeo entrecortado, su cuerpo temblaba por el placer intenso. Lucas la abrazó, el cuerpo de su madre pegado al suyo. La lección de la desnudez y la lógica de conjuntos había terminado. Ya no había excusas, solo la realidad de su deseo.
Una tarde. Helena está en la sala, sentada en el sofá, vestida de manera impactante. Lleva un vestido de tubo de licra negro ajustadísimo que realza sus curvas, y botas de tacón alto hasta la rodilla. El vestido es provocador, pero mantiene su cuerpo cubierto.
—Lucas —dice Helena, su voz suave—. El refrigerador volvió a fallar. El condensador está suelto de nuevo y hay un cableado peligroso expuesto. La lógica indica que debe ser reparado.
Lucas no puede evitar mirar el vestido ceñido. —¿Y cuál es el premio por arriesgar mi vida y ensuciarme por ese condensador, mamá?
Helena sonríe, cruzando las piernas, el vestido tensándose. —Si logras asegurar el condensador y empalmar el cable sin fallos, el premio será la eliminación de la suciedad. Una limpieza corporal total, mutua y sin restricciones de tiempo, bajo el agua caliente, para devolver el cuerpo a su estado de pureza y liberar la tensión acumulada.
Lucas asiente. La promesa de la ducha mutua, con su madre vestida de esa manera, es un incentivo que no necesita más detalles.
Lucas se desliza detrás del refrigerador, vestido solo con un pantalón de chándal. Helena se acerca para ayudar, su vestido de licra y sus botas fuera de lugar en el suelo sucio.
Helena se coloca a horcajadas sobre la espalda de Lucas, usando su peso para estabilizar el aparato. La licra tensa de su vestido se presiona firmemente contra la espalda desnuda de Lucas. Al inclinarse, el escote del vestido se abre ligeramente, dándole a Lucas una vista prohibida. “Aprieta ese acople con fuerza, Lucas. Tu concentración es el precio.”
Lucas siente la presión y el calor de su madre vestida sobre su cuerpo desnudo. La dureza de su pene contra el pantalón es insostenible. Él termina la reparación con una rapidez brutal.
Ambos están cubiertos de polvo y sudor. Helena mira sus botas y el vestido manchado con una sonrisa.
—El contrato se cumple —dice Helena—. A la regadera, sin excusas.
Helena comienza a desvestirse. Lentamente, desabrocha y desliza el vestido de tubo de licra por su cuerpo, revelando la silueta perfecta y el sujetador de encaje y las bragas debajo. Lucas, sin ropa en el torso, retira su pantalón de chándal.
Lucas se acerca a Helena, y él le ayuda a desabrochar el sujetador y deslizar las bragas por sus piernas, dejando su cuerpo totalmente desnudo. Luego, ella le quita las botas de tacón y las medias de red, tirándolas al suelo. Ambos se miran, sus cuerpos expuestos y listos para la rendición final.
El vapor en el estrecho cubículo de la regadera era casi cegador, y el agua caliente caía sobre Lucas y Helena, intensificando la sensibilidad de sus pieles desnudas. Ya no eran solo madre e hijo, sino dos cuerpos que ardían con un deseo mutuo e incontrolable.
Lucas tomó el cuerpo de Helena en sus brazos, pegando su pelvis a la suya con una fuerza posesiva.
Se inclinó y besó a Helena con una urgencia febril, su boca explorando la de ella con avidez. Mientras el agua corría sobre sus cabezas, sus manos grandes y calientes se deslizaron por la espalda de Helena. Él amasó sus nalgas firmes y mojadas, sintiendo la carne resbaladiza bajo sus dedos, y luego las dirigió a sus grandes pechos, apretándolos suavemente con la pastilla de jabón en mano.
Helena se arqueó hacia él, su cuerpo convulsionando por la excitación. El beso la despojaba de toda razón, y el tacto de sus manos sobre sus senos y trasero, amplificado por la temperatura y el agua, enviaba descargas eléctricas por todo su cuerpo. Ella gemía en el beso, su aliento caliente contra los labios de su hijo.
El jabón se convirtió en el pretexto para una exploración aún más sensual.
Helena separó su boca y tomó el jabón. Ella enjabonó vigorosamente el torso desnudo y musculoso de Lucas, deteniéndose para acariciar con la pastilla la línea de su abdomen y las curvas de sus pectorales. Luego, con una mirada cargada de intención, ella enjabonó su pene, sus dedos se movían con una lentitud deliberada, sintiendo la dureza y el volumen bajo la espuma resbaladiza.
Lucas cerró los ojos, soltando un gruñido ronco. La sensación de las manos de su madre cubriendo y acariciando su miembro con el jabón era un placer exquisito y casi insoportable. Su cuerpo temblaba bajo el toque experto de ella, y su deseo crecía hasta un punto límite.
Lucas tomó el jabón y comenzó a enjabonar el cuerpo de Helena. Sus manos se deslizaron por sus muslos internos, y luego por su vientre plano. Con la espuma resbaladiza, él acarició y masajeó su sexo ya hinchado y caliente, sintiendo la humedad bajo sus dedos.
El juego del jabón había terminado, dejando sus cuerpos en un estado de máxima sensibilidad y excitación. La urgencia era palpable.
Lucas guió a Helena para que se apoyara en la pared de azulejos, y sin pronunciar una palabra, se arrodilló bajo el chorro de agua.
Su boca se dirigió inmediatamente a la intimidad de su madre. Lucas lamió y succionó la vagina de Helena con una avidez total, su lengua experta explorando cada pliegue. La combinación del agua caliente y su boca en su sexo era el disolvente final de todo tabú.
Helena se inclinó hacia atrás, su cuerpo convulsionando. Un grito largo y agudo se ahogó en el vapor. La sensación era tan poderosa que sus rodillas cedieron, y solo la pared la sostuvo. Sus manos se aferraron desesperadamente al cabello de su hijo, guiándolo y presionándolo contra su centro de placer. El placer era violento, líquido y total.
Mientras Lucas la complacía oralmente, Helena llevó su mano al pene duro de Lucas y comenzó a masturbarlo vigorosamente en la espuma restante.
Lucas sintió el placer explotar en su cuerpo por la estimulación dual. Sus movimientos se hicieron más urgentes. Helena, con un último gemido prolongado, sintió el clímax barrer su cuerpo. Ambos alcanzaron el clímax casi simultáneamente en el estrecho cubículo, el agua caliente lavando la evidencia de su entrega, pero no la intensidad de su deseo.
PARTE VII
La habitación de Helena se había convertido en un escenario de seducción meticulosa. Lucas estaba sentado, su cuerpo ya en tensión bajo la ropa, mientras Helena usaba la moda como un arma para desmantelar la última barrera.
Helena se despojó de la bata, su cuerpo ya excitante en el conjunto de seda perla. Se deslizó en el Vestido de Tubo Jacquard. Se acercó a Lucas y se inclinó, pidiéndole que le alisara el dobladillo que se había doblado.
Los dedos de Lucas rozaron la parte trasera de sus muslos desnudos al arreglar la tela. Al quitarse el vestido, Helena permaneció unos segundos expuesta en la seda perla. Al pedir el siguiente vestido, la mano de Helena se posó brevemente en el muslo de Lucas, un toque suave que era una promesa.
Lucas sintió su pene volverse más duro bajo el pantalón. Helena notó su endurecimiento, y la humedad comenzó a acumularse en su entrepierna.
Helena se puso el Vestido de Cóctel Negro sobre un conjunto de encaje rojo de alto impacto. Al quitarse el vestido, se quedó solo en la lencería roja. Se acercó a Lucas. Ella no solo le besó la mejilla; sus labios rozaron la comisura de su boca, dejando un rastro de humedad. Su mano se deslizó desde la nuca de Lucas hasta su pecho, sus dedos explorando la piel a través de su camiseta, deteniéndose justo donde su corazón latía con fuerza. El beso fallido dejó a Lucas jadeando suavemente, su erección latiendo con más fuerza. Helena sintió un punzante deseo en su centro por la frustración deliberada.
Helena se puso el Vestido Largo de Satén Dorado sobre un Body de red sin entrepierna. Se quitó el satén con un solo tirón de la cremallera, quedando en la red negra. Helena se acercó al borde de la cama y se sentó sin rodeos en las rodillas de Lucas (vestido). El body de red sin entrepierna no ofrecía resistencia. Ella presionó su sexo contra la entrepierna de él, sintiendo la dureza bajo el pantalón. Ella hizo un movimiento de cadera sutil y consciente antes de levantarse, dejando un rastro de calor.
Lucas gruñó en voz baja al sentir el contacto directo. Su mano se había aferrado a la cintura de su madre, apretándola contra sí. Helena sintió la humedad intensa que el roce había provocado
elena se puso el Traje Sastre de Pantalón sobre un Corpiño de cuero negro. Le pidió a Lucas que se acercara y se arrodillara frente a ella, para que pudiera mirarlo de arriba abajo.
Helena se inclinó y sacó con una mano ambos grandes pechos del corpiño de cuero, exponiéndolos a Lucas. Ella lo sujetó de la nuca. “Dime, Lucas. Si pudieras probarme ahora mismo, ¿por dónde empezarías? ¿Por el dulce veneno o por la carne prohibida?” Ella arrimó uno de sus pezones endurecidos justo a la boca de Lucas, rozándolo. “Responde, pero no toques. No has ganado ese derecho todavía.
Lucas cerró los ojos con una expresión de dolor y placer. Su voz era un gruñido ronco. “Por donde me permitas, mamá. El sabor es la única lógica.” Ella se rió, un sonido bajo y ronco. Lucas sintió el deseo convertirse en una punzada agobiante en su entrepierna.
Helena se quitó el traje sastre y se puso el Vestido Wrap sobre un conjunto transparente con ligueros. Al quitarse el vestido, se acercó a Lucas y se inclinó profundamente de espaldas a él, sus manos apoyadas en sus muslos, exponiendo su trasero en la braguita transparente.
“El encaje es solo una ilusión, hijo,” susurró Helena. Ella se inclinó más, haciendo que el braguero se metiera entre sus nalgas, ofreciendo una vista completa de su anatomía. “Toca y dime si el material es lo suficientemente suave. Acaricia la carne que está a punto de ser tuya.” Lucas introdujo la mano bajo el encaje, apretando y masajeando sus nalgas firmes con una posesividad total. “Siente qué tan mojada estoy ya, Lucas. Es por ti.
Lucas gimió y hundió sus dedos en su carne, la tela mojada por la humedad de su madre. La estimulación era directa y descarada. Ella se enderezó y lo besó en la boca con una intensidad salvaje, metiendo su lengua con una urgencia que no le conocía.
Helena se desnudó por completo bajo el terciopelo, quedándose solo con las medias de red. Se sentó en el regazo de Lucas, ahora con su sexo desnudo presionado firmemente sobre el pene duro de él. “Tienes que merecer la entrada, Lucas. Tienes que probar que puedes concentrarte en el placer,” dijo Helena, su voz ahora un jadeo. Ella no solo remolineó; frotó su sexo directamente contra su entrepierna con una fricción violenta y lenta, gimiendo rítmicamente. Ella tomó el pene de Lucas a través del pantalón y lo acarició con su mano libre. “Mira cómo te pones, hijo. Esto es tuyo, pero tienes que aguantar la agonía.” Se inclinó y frotó sus pechos desnudos contra su rostro mientras continuaba la fricción.
Lucas estaba en el límite del control. Él arqueó la espalda, su rostro contra el pecho de su madre, sus manos apretando sus caderas con una fuerza brutal. La estimulación dual y el roce desnudo le hicieron sentir que iba a explotar. Helena sintió un calor intenso y una humedad profusa que no pudo contener.
Helena se quitó las medias y se puso el Vestido Lencero de Encaje Negro, sin abrocharlo, completamente desnuda. Se detuvo frente a Lucas, sus pechos y su sexo completamente expuestos bajo el encaje suelto. El aire estaba tan denso que era difícil respirar. Helena se quitó el vestido lencero por completo, dejándolo caer a sus pies. Se arrodilló sobre las rodillas de Lucas, su cuerpo desnudo a centímetros del suyo. Tomó el rostro de Lucas y lo besó con una pasión incontrolable, la necesidad de la liberación ahora más fuerte que cualquier lógica. Al mismo tiempo, llevó la mano derecha de Lucas a su pene y su mano izquierda a su propia vagina, indicando que el juego de la seducción había terminado.
Helena se apartó del beso, sus ojos llenos de una lujuria salvaje. Ella tomó el pene duro y palpitante de Lucas con ambas manos, lo sacó de su pantalón y lo acarició con una urgencia que no pudo contener.
Helena se movió con su pelvis hacia adelante. Frotó su sexo, ya húmedo y palpitante, contra la base del pene de Lucas, creando una fricción intensa. Ella gimió y llevó la mano izquierda de Lucas a sus grandes pechos, pidiéndole que los apretara con fuerza.
El contacto directo y la estimulación de su miembro llevaron a Lucas a un gruñido gutural. Sintió una oleada de calor que subía por su vientre. Helena sintió sus pezones endurecerse violentamente bajo la presión de la mano de su hijo y la fricción del roce.
Helena empujó a Lucas hacia la cama. Él se acostó, con su torso. Ella se posicionó sobre el rostro de Lucas. Se inclinó y llevó su boca al pene de su hijo, tomándolo con una avidez que cortó la respiración del chico. Su lengua exploró la punta y el cuerpo de su miembro, succionando y lamiendo con un ritmo. Mientras ella lo complacía oralmente, Lucas llevó ambas manos al trasero de Helena. Él abrió sus nalgas y deslizó sus dedos en su vagina, iniciando una penetración digital profunda con sus dedos.
Lucas arqueó la espalda, su cuerpo temblaba bajo la sensación de la boca de su madre. La estimulación dual era abrumadora. Helena sintió un placer violento que la hizo gemir en el acto, el sonido reverberando en el colchón. La lubricación se hizo abundante, acentuando la sensación de los dedos de Lucas en su interior.
Helena se levantó, jadeando, y se giró. Se colocó de rodillas en la cama, mirando hacia la cabecera, exponiendo su trasero grande y bien formado y su vagina hinchada.
Lucas se movió detrás de ella. Se arrodilló y llevó su boca a la abertura anal de Helena, lamiendo suavemente el borde para excitarla al máximo. Al mismo tiempo, introdujo dos dedos en su vagina, moviéndolos con una velocidad y profundidad gozosa. Helena apoyó sus manos en la cabecera, su cuerpo temblaba de excitación. Ella llevó su mano a la parte baja del vientre de Lucas y acarició la base de su pene, guiándolo hacia su trasero y animándolo con la fricción. “¡Más fuerte, Lucas! ¡Rómpeme sin entrar!”
Lucas gruñó en el trasero de su madre, la combinación de la estimulación oral-anal y la penetración digital lo hacía vibrar. Helena gritó de placer, sus nalgas se contraían con cada embestida digital, sintiendo el placer más bajo y sucio que habían experimentado.
Helena se giró y se sentó sobre la cadera de Lucas, sus cuerpos sudorosos y resbaladizos. Lucas intensificó la penetración digital, embistiendo sus dedos con fuerza en la vagina de Helena. Al mismo tiempo, Helena tomó el pene de Lucas y lo masturbó con una técnica frenética, usando la saliva y la humedad de sus cuerpos como lubricante. Sus bocas se unieron en un beso final y desesperado. El placer llegó a su punto máximo. Helena gritó el nombre de Lucas, su cuerpo se convulsionó violentamente sobre él, alcanzando el clímax. Al mismo tiempo, Lucas soltó un rugido, sintiendo su propia liberación. Sus cuerpos se colapsaron el uno sobre el otro, agotados y totalmente satisfechos, la cama testigo de la disolución total de la razón
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Muy bueno, pero un y largo para saber qué al final van a terminar follando.
yo me la cogía a mi madre, pero desde que empecé a darle a mis amigos para que se la cogían ella ya no quiere coger con migo y ahora no se que hacer para recuperar el culo de mi mama y podérmela coger