Sexo y Tabú: El Inicio

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CAPÍTULO 1 – EL INICIO

Era la tarde del 14 de febrero de 2020. El calor sofocante caía sobre la Ciudad de México como una losa húmeda. Dentro de la casa familiar, el aire acondicionado apenas lograba pelear contra la temperatura. Madre e hija compartían el espacio con la lentitud de quien no tiene ninguna obligación urgente.

Sofía, de cuarenta y tres años, medía 1.61 m y pesaba 62 kg. Conservaba una silueta de reloj de arena con medidas naturales de 93-62-92 incluso después de dos partos. Piel blanca, cabello pelirrojo a la altura de los hombros y ojos de un café cálido que todavía podían hipnotizar. Daniela, la más pequeña, tenía dieciocho años recién cumplidos, 1.58 m y 52 kg. Figura esbelta con curvas definidas: 84-58-90. Piel clara, cabello negro largo y lacio, ojos grandes de avellana oscuro.

Habían decidido empezar a beber temprano. Vodka bien frío y cerveza. Música baja de fondo. El calor era la perfecta excusa.

Sofía llevaba un vestido blanco de verano delgado que se pegaba a cada curva con el sudor. Servía otra ronda mientras Daniela, recostada en el sillón, destapaba su cuarta cerveza. Sus shorts negros tan ajustados que marcaban todo y una blusa blanca transparente que dejaba ver con claridad que no llevaba sostén. Los pezones se le marcaban claramente contra la tela.

—Creo que si no nos matan los virus, lo van a hacer estos putos días de calor —dijo Sofía, dejando la botella sobre la mesa de centro.

—A mí me encanta este calor —respondió Daniela con una sonrisa lenta—. Es el mejor pretexto para beber… y para estar empapada en compañía. Si sabes a lo que me refiero.

Sofía arqueó una ceja. El alcohol ya le calentaba las mejillas y le bajaba la guardia. Mirándola de abajo a arriba, haciendo pausas estratégicas, le preguntó:

—¿Ah, sí? ¿Y tienes algún compañero en mente que necesite conocer?

Daniela se mordió el labio inferior, dejó la cerveza a un lado y se levantó con esa lentitud deliberada que solo usaba cuando quería algo. Se acercó a su madre al ritmo de la música, sin prisa, mientras se deslizaba la blusa por los hombros y la dejaba caer al suelo. Se sentó a horcajadas sobre las piernas de Sofía, le sujetó el rostro con las dos manos —que aún mostraba sorpresa— y la obligó a mirarla a la cara.

—Ya lo conoces muy bien —susurró contra su boca—. Pero la compañera que quiero esta tarde eres tú. Quiero probar cómo sabes. Y quiero que tú pruebes mi sabor a fresa. Llevamos años deseándolo, mami. Tú me has mirado con hambre más veces de las que quieres admitir. Sé perfectamente que desde hace años te quedas detrás de la puerta cuando Alex y yo estamos adentro… y que te metes los dedos como una cerda incestuosa mientras nos escuchas. Hoy por fin vas a dejar de solo escuchar.

Daniela la besó. No fue un beso tímido. Fue profundo, húmedo, con lengua y con ganas acumuladas. Sofía respondió casi de inmediato, como si algo dentro de ella hubiera estado esperando exactamente este momento para entregarse. Las manos de la madre subieron a los pechos firmes de su hija, los apretó, quería esconderlos dentro de sus manos. En cuestión de minutos la ropa fue desapareciendo entre tirones y risas bajas. Los shorts de Daniela, el vestido de Sofía, la tanga blanca, el lastre de cualquier pudor, mientras la temperatura seguía subiendo.

El sofá se convirtió en el único escenario necesario.

Daniela bajó por el cuerpo de su madre, le abrió las piernas con decisión y se quedó un segundo mirando aquello que había deseado ver y probar durante tanto tiempo: labios rosados, estéticos, de un tono rosegold perfecto, ya brillantes. Bajó la boca y empezó a comerla con hambre real. Sofía arqueó la espalda y soltó el primer grito cuando la lengua de su hija encontró el clítoris y se negó a soltarlo. Daniela no tuvo piedad. Bebió, lamió, mordisqueó, metió dos dedos y los curvó buscando el punto exacto. Sofía se corrió rápido, temblando, agarrándole el cabello negro con fuerza. Daniela no se detuvo. La hizo correrse una segunda vez, y después una tercera, más larga, más sucia, mientras le decía contra el coño:

—Así me gusta… dame toda esa miel. Llevo años queriendo beberte.

—Bebe todo lo que quieras, seguiré sacando más para ti. Haz venir a mami otra vez.

Sofía apenas podía respirar cuando la puerta principal se abrió.

Alex entró en silencio. No gritó como hacía siempre. Se quedó congelado en el umbral de la sala, mirando la escena: su hermana con la cara empapada entre las piernas de su madre, y Sofía con los ojos cerrados, las piernas abiertas y el pecho subiendo y bajando sin control.

Daniela levantó la vista, lo miró directamente y le hizo una seña lenta con la mano. Alex se desnudó sin decir una sola palabra. A sus diecinueve años medía 1.62 m y pesaba 70 kg de músculo marcado. Piel morena clara, cabello negro corto y lacio. Su pene de trece centímetros estaba tan duro que le dolía; en ese momento juraba que llegaba a catorce.

Se acercó con cuidado. Daniela retiró la boca del coño de Sofía, se lamió los labios y dio la orden en voz baja, pero clara:

—Mamá… abre la boca.

Sofía, todavía con los ojos cerrados y el cerebro nublado de orgasmos y alcohol, abrió la boca y sacó la lengua por puro instinto. En ese instante solo quería algo que chupar, algo grueso que llenara. No pensó en quién era. Solo abrió y esperó.

Alex aprovechó. Introdujo su pene hasta el fondo de aquella garganta caliente y húmeda. Sofía soltó un sonido ahogado y empezó a chupar por reflejo, moviendo la lengua, cerrando los labios. Solo cuando abrió los ojos y miró hacia arriba entendió de verdad a quién tenía en la boca, lo cual hizo que volviera a empapar la cara de Daniela con el orgasmo más fuerte hasta ese momento. El rostro de su hijo la miraba desde arriba, los ojos oscuros, la mandíbula apretada de placer.

Daniela se puso de pie, se relamió los labios, se pegó a la espalda de Alex y le susurró al oído, lo bastante alto para que Sofía escuchara cada palabra mientras seguía con la boca llena:

—Te la entrego. Te la regalo completa. Para que por fin la tengas de verdad. Para que ya no tengas que cerrar los ojos e imaginarte que soy ella mientras me coges. Hoy empieza, mi amor. Se va a volver adicta a ti. Te lo juro: tienes una nueva hembra de la cual disfrutar, a la cual llenar con tu semen. Perdóname por haberla probado primero… Papi, no me castigues. Solo quería prepararte bien a esta perra, que estuviera lista para recibirte.

Alex metió dos dedos dentro de Daniela, los sacó empapados de sus flujos y de la leche que le había dejado esa misma mañana, y los puso directamente en la boca de Sofía después de sacarle la verga.

—Prueba el sabor de tus hijos —ordenó con voz ronca—. Esta mañana le llené el coño a tu hija y le prohibí lavarse. Dime a qué sabe.

Sofía chupó los dedos sin resistirse, mirándolo a los ojos hasta dejarlos limpios. Alex se colocó entre sus piernas, frotó la cabeza gruesa de su pene contra la entrada todavía sensible y habló bajo, casi con cariño cruel:

—Desde hoy también te voy a dejar la leche a ti. Todos los días. Antes de salir de casa. Cuando regrese. Cuando se me dé la puta gana. Desde hoy eres mi saco de semen.

Se enterró hasta el fondo de un solo embiste profundo. Sofía se corrió otra vez, más fuerte: nunca se había corrido así. Perdió el aire por completo y el conocimiento un segundo. Alex no esperó. Empezó a follarla con ritmo constante, profundo, mirando cómo entraba y salía de ella mientras temblaba debajo de él.

Daniela se sentó sobre la cara de Sofía para que siguiera bebiendo el sabor de sus hijos y mantener esa boca ocupada. Sin importarle que su madre estuviera siendo penetrada por su hermano, ella también tenía ganas de usarla.

Había tanto placer en esa sala —gemidos, gritos y el sonido húmedo de cuerpos chocando— que nadie escuchó la puerta abrirse.

Hasta que Manuel apareció en el marco de la sala con el rostro completamente cambiado de color. La voz le salió como un ladrido:

—¿Qué diablos están haciendo, enfermos de mierda?

Alex se detuvo a medias, todavía dentro. Sofía tenía la boca unida a su hija y no pudo articular palabra. Daniela fue la más rápida. Antes de separarse del cuerpo de su madre apretó bien las piernas para que Sofía la liberara. Después caminó hacia su padre con esa mezcla perfecta de niña arrepentida y puta disponible que solo ella sabía usar.

—Perdón, papi… es mi culpa. Bebimos demasiado y terminamos así.

Se acercó a su oído, pero habló lo bastante fuerte para que los otros dos escucharan perfectamente:

—Ale solo ha estado dentro de mami. Ella no se va a enojar si tú entras dentro de mí ahora. ¿Qué te parece? Así todos podemos seguir disfrutando.

Mientras hablaba, llevó su mano hacia el bulto que se hacía notar, el impacto que la escena había tenido sobre él.

Manuel miró a su esposa destrozada en el sofá, con la cara empapada de su hija y el pene de su propio hijo todavía hundiéndose dentro de ella. Sofía, en lugar de gritar o pedir que parara todo esto, levantó la cabeza, lo miró y dijo con voz ronca, gritando al mismo tiempo que Alex se hundía en ella:

—¡CÓGETELA DE UNA PUTA VEZ!

Manuel se desnudó en menos de diez segundos. 1.78 m, 85 kg, hombros anchos, pecho peludo, 17 centímetros duros y oscuros. Agarró a Daniela del brazo, la empujó contra el sillón y la embistió de un solo golpe hasta el fondo, arrancando un quejido seco de la garganta de Daniela. Empezó a follarla con violencia, mirando de reojo cómo su hijo volvía a mover las caderas dentro de su mujer.

Estaba loco, disfrutando por fin del pequeño cuerpo de su bebé. Lo veía incluso más pequeño de lo que había imaginado durante todas esas veces que se había masturbado oliendo y lamiendo sus tangas sucias.

Nadie propuso cambiar de pareja.

Después de un rato ambas mujeres se encontraban en cuatro sobre el sofá. Alex estaba fascinado con la estrecha y jugosa vagina de su madre, que no se cansaba de escurrir. Manuel estaba fascinado con lo apretado que estaba ese coñito, fascinado de embestir el pequeño cuerpo de su hija, de sujetar sus caderas cubriendo toda su cintura con sus manos y pellizcar sus pequeños pezones. Estaba completamente perdido, tocando todo el cuerpo de la niña y con unas ganas brutales de descargar sus huevos dentro del útero de su pequeña.

Alex se levantó, cargó a Sofía en brazos como si no pesara nada mientras seguía dentro de ella y así la llevó directamente a la habitación principal, la de sus padres. La tiró al centro de la cama, se subió encima y le habló contra la boca mientras volvía a entrar en ella:

—A partir de hoy esta cama es mía. Y tú también. Esta misma noche te voy a preñar. Aquí. En su puta cama.

Daniela, en el sillón, dejó que su padre la usara con toda la fuerza que quería. Cerró los ojos, rodeó la espalda amplia de Manuel con las piernas y sonrió en silencio. Mientras él gruñía y la llenaba, ella solo pensaba en una cosa:

Que había vuelto a entregarle una mujer a su hermano. Tenía una nueva hembra para descargarse en ella y preñarla tarde o temprano.

Manuel y Daniela también subieron a la planta de arriba y se metieron en la habitación de ella. Mientras Manuel revolvía los cajones de ropa, Daniela se acariciaba el vientre hasta que él encontró lo que buscaba: las últimas bragas de ositos que le quedaban a su bebé. Se las colocó mientras la hacía recostarse en la cama de sábanas rosas, haciendo a un lado esas braguitas para hacerla suya.

No tardó mucho en volver a llenarla toda y ensuciar la ropa interior de la niña.

Así siguió la noche. Alex dejando todas las descargas que pudo hasta lo más profundo de su madre, hablando sobre el futuro bebé, diciéndole que ya había decidido que se llamara como él.

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