Sexo con mi jefe: Turno extra en Plastimex

Llevaba tres semanas trabajando en Plastimex, la tienda de plásticos y envases que quedaba en el centro. El sueldo no era gran cosa, pero el horario era flexible y el dueño, don Eusebio, parecía buena onda. Un hombre de unos 45 años, alto, con manos grandes de tanto cargar cajas, gordito y moreno, y esa mirada que se te queda clavada un segundo más de lo normal. Yo me ponía mis ropas más sexys porque siempre me ha gustado vestir así: short corto de mezclilla negro que me marcaba el culo y se veía la mitad de mis nalgas, el top blanco corto que dejaba ver justo lo suficiente de mis pechos pequeños cuando me agachaba a acomodar mercancía.

Ese viernes me tocó turno de cierre. Mi marido me había dicho que pasaría a recogerme a las 9 en punto, que no tardara porque tenía hambre y quería cenar juntos. Le dije que sí, que saldría puntual… pero el inventario se complicó.

A las 8:30 don Eusebio me llamó al fondo.

—Jessi, ¿te quedas un rato más? Hay que contar los rollos de película stretch y las cubetas de 20 litros antes de cerrar. Te pago las horas extras, no te preocupes.

Acepté. ¿Qué más podía hacer? Además, me gustaba cómo me miraba cuando pensaba que no me daba cuenta.

La tienda quedó vacía. Cerramos la cortina metálica a medias, solo para que se viera que estaba cerrado, pero la luz de la bodega seguía prendida. Nos metimos al almacén grande, ese que huele a plástico nuevo y a polvo de empaque. Las estanterías altas, las cajas apiladas.

Empezamos a contar. Yo subía a la escalera para alcanzar la mercancía de arriba, él me sostenía la escalera… pero sus manos no se quedaban quietas. Primero fue un roce “accidental” en la pantorrilla. Luego, cuando bajé, me tomó de la cintura para ayudarme a bajar el último paso… y no me soltó.

—¿Sabes que te ves muy bien con esa ropa que tienes hoy? —dijo bajito, con la voz ronca.

Yo sonreí, coqueta.

—¿Ah sí? Pensé que solo te fijabas en las cuentas.

Se acercó más. Olía a colonia cara y a sudor limpio de todo el día. Me acorraló contra una pila de cajas de contenedores.

—No solo en las cuentas… también en cómo se te marca todo con esos shorts.

No me dio tiempo de contestar. Me tomó la cara con las dos manos y me besó. Beso fuerte, de hombre que lleva rato queriendo hacerlo. Yo le seguí el juego, le metí la lengua, le mordí el labio inferior. Sus manos bajaron rápido a mi culo, apretándolo por encima del short, metiendo los dedos por la parte de abajo para tocar piel.

—Llevo semanas imaginándome esto —murmuró contra mi boca.

Me giró de espaldas, me empujó suave contra las cajas. Me bajó el short y la tanga de un tirón hasta las rodillas. Sentí el aire frío en el culo y luego sus manos abriéndome. Me acarició el coño con los dedos, comprobando lo mojada que ya estaba.

—Qué rico… estás empapada, Jessi.

Se bajó el cierre. Saqué la mano hacia atrás y le agarré la verga. Gruesa, caliente, ya dura como piedra. La acomodé en mi entrada y empujé hacia atrás. Entró de un solo golpe. Gemí fuerte, pero él me tapó la boca con la mano.

—Shh… que tu marido está esperando afuera, ¿no?

Eso me puso peor. Saber que estaba ahí, en la calle esperando, mientras su mujer se la estaba cogiendo el jefe en la bodega.

Me embistió con fuerza. Cada empujón hacía que las cajas se movieran un poco. Yo me agarraba de los bordes, mordiéndome el brazo para no gritar. Él me agarraba de las caderas, clavándome los dedos, hablando sucio al oído.

—Te ves tan puta así… con tu forma de vestir… recibiendo verga en el trabajo… ¿te gusta que te cojan mientras él espera afuera?

—Sí… sí… no pares…

Me dio más duro. Sentí que se hinchaba dentro de mí. Me agarró del pelo, me echó la cabeza hacia atrás y me besó el cuello mientras seguía bombeando.

—Voy a correrme adentro… quiero que salgas con mi leche chorreándote… que te sientes atrás en la moto y sientas cómo te resbala la leche.

Eso me hizo explotar. Me corrí temblando, apretándolo con todo, gimiendo contra su mano. Él gruñó bajito y se vino también, empujando profundo, llenándome con chorros calientes que sentí golpear hasta el fondo. Se quedó dentro unos segundos, vaciándose por completo, respirando agitado contra mi nuca.

Cuando lo sacó, un hilo grueso de semen me corrió por el muslo interno. Me subí la tanga y el short rápido, sintiendo cómo se empapaba todo. La tela se pegaba húmeda entre mis piernas.

Don Eusebio se acomodó la ropa, me dio una nalgada suave y sonrió.

—Buen inventario, ¿no? Mañana te pago las extras… y si quieres, repetimos el lunes.

Salí de la bodega con las piernas temblando. Me miré rápido en el espejo del baño de empleados: mejillas rojas, pelo revuelto, labios hinchados. Perfecto.

Afuera, mi marido ya tenía rato esperándome. Me subí en la moto, le di un beso en la mejilla.

—Perdón por la tardanza, amor… el inventario se complicó.

Él arrancó sin sospechar nada.

Yo me acomodé en el asiento… y sentí cómo el semen de don Eusebio seguía saliendo despacito, mojándome la tanga, empapando el short. Cada bache del camino me recordaba lo que acababa de pasar.

Y sonreí para mis adentros.

Tal vez el lunes pida otro turno extra.

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