Rojo Intenso – Capítulo 5: El susurro del linaje
Días después, mientras revisaba documentos en el estudio de su departamento, sonó el timbre. Al abrir la puerta, se encontró con una mujer que no veía desde hacía más de treinta años: su hermana Evangelina.
Los ojos de ambas se llenaron de lágrimas. El tiempo y la distancia no habían logrado borrar el vínculo.
—Rosanna… —dijo su hermana, con la voz entrecortada—. He esperado tanto este momento.
El reencuentro prometía abrir viejas heridas, pero también la posibilidad de sanar y reconstruir.
El reencuentro entre Rosanna y su hermana fue una mezcla de emociones contenidas y palabras que parecían demasiado tardías. Después de abrazos largos y miradas que decían más que cualquier frase, su hermana tomó la mano de Rosanna con firmeza y le dijo:
—Quería contarte algo importante… voy a volver a casarme. Será una ceremonia pequeña, pero muy significativa para mí. Me encantaría que vinieras, que estuvieras ahí para conocer a mi futuro esposo y a mis hijos, si tienes a alguien en tu vida puedes llevarlo.
Rosanna sonrió con sinceridad, conmovida por la invitación.
—Me encantaría ir —respondió—. Pero iré sola. Es un momento familiar, y quiero que así se mantenga.
Su hermana asintió, entendiendo perfectamente. Había un mundo de historias sin resolver, pero ese sería un paso hacia adelante, juntas y en sus propios términos.
Días antes de la boda, su habitación estaba en silencio, salvo por el leve crujido del perchero mientras Rosanna deslizaba uno a uno los vestidos, buscando algo especial. La boda de su hermana Evangelina estaba a solo unos días, y aunque se había prometido no hacer de ello un evento personal, algo en su pecho la traicionaba.
Entonces lo vio.
El vestido rojo.
Entallado, elegante, con ese brillo apenas insinuado que resaltaba lo mejor de ella. Al alzarlo, no pudo evitar sonreír. Era de esos vestidos que no se ponían para gustar… sino para encender. Para dejar sin palabras. Para ser recordada.
Se lo llevó frente al espejo, lo sostuvo contra su cuerpo y pensó en él. En Ismael. En cómo la miraría con ese vestido rojo intenso, con esa mezcla de admiración y deseo que se había vuelto su mirada característica. Se imaginó cruzando el salón con ese vestido, y esos ojos siguiéndola desde la distancia, como si todo lo demás no existiera.
Suspiró. Cerró los ojos. Y sin poder evitarlo, los pensamientos se le escaparon de las manos.
La idea de tenerlo cerca esa noche… de saber que él estaría viéndola así, tan suya, tan provocadora, encendió algo profundo en ella. El deseo subió como una oleada. Se dejó caer sobre la cama, aún con el vestido entre las manos, abrazándolo contra su pecho y lentamente comenzó a masturbarse.
En la penumbra de su habitación, la soledad se volvió cómplice. Se dejó llevar por ese pensamiento, por esa presencia invisible que Ismael provocaba en ella con sólo existir. Su mente se llenó de recuerdos, de momentos compartidos, de su voz repitiendo aquel apodo íntimo que la desarmaba: tía.
Y entonces, sin contenerse, lo susurró. Lucas. Una vez. Otra vez. Más alto. Hasta que su propio cuerpo la hizo estallar en un orgasmo que empapó toda su cama y salpicó parte de su espejo. Comenzó a tranquilizarse y su respiración volvió a la normalidad.
Quedó quieta, con una sonrisa suave en el rostro, el vestido aún entre sus dedos.
—No —murmuró con la mirada fija en el techo—. No puedo invitarlo. Si lo hago, terminaremos perdiendo la cabeza.
Se sentó lentamente, acariciando la tela roja como si fuera un secreto. Decidida, colgó el vestido junto a la puerta.
Ya había tomado su decisión. Esa noche sería sólo para su hermana.
Aunque sabía que, con solo cerrar los ojos… él seguiría ahí.
El día de la boda había llegado, y el jardín donde se celebraba era sencillo, elegante y cálido. El ambiente estaba impregnado de música suave, risas y el aroma de flores recién cortadas. Rosanna, vestida con aquel vestido que robaba miradas, recorría la recepción con una copa de vino en la mano, saludando a los familiares que hace mucho no veía y a los amigos que su hermana le presentaba con entusiasmo.
Todo marchaba con naturalidad, hasta que se detuvieron cerca de un grupo de personas riendo alrededor de un chico de espaldas.
—Mira —dijo Evangelina, con una sonrisa orgullosa—, te falta conocer a mi hijo mayor… Ismael, ¿Lo recuerdas?
Rosanna sintió un pequeño vuelco en el pecho. Su cuerpo se tensó, y la copa en su mano dejó de sentirse ligera. El joven volteó, como si hubiera sentido el llamado de su nombre… y ahí estaban, cara a cara.
Ismael.
Su Ismael.
Por un momento, el mundo se detuvo. El murmullo de la fiesta se desdibujó, y lo único que existía era esa mirada de sorpresa mutua, de confusión, de vértigo. Rosanna abrió ligeramente los labios, sin poder emitir palabra. Él tampoco dijo nada. Solo sus ojos, anchos y atónitos, hablaban por ambos y al mismo tiempo se miraron con deseo.
La hermana, sin notar nada fuera de lo común, continuó:
—Ismael, ella es mi hermana mayor. Tu tía Rosanna, sé que nunca te hablé de ella, pero quiero que ahora se puedan conocer.
El silencio fue inmediato. Rosanna apenas logró disimular su respiración agitada. Ismael bajó la mirada, como si el universo acabara de partirse en dos.
Y entonces, sin que nadie más lo notara, la historia dio un giro que ninguno de los dos había imaginado.
El nombre Ismael seguía flotando en el aire, como una campana que había sido golpeada con demasiada fuerza. Rosanna sentía que cada segundo duraba una eternidad. Los latidos de su corazón retumbaban con fuerza en su pecho, y, sin embargo, su rostro se mantenía sereno, contenido, como si una parte de ella supiera cómo guardar el secreto que acababa de estallar.
Ismael, de pie frente a ella, no pudo ocultar del todo la palidez que lo atravesó. Su sonrisa habitual se desdibujó, y aunque intentó recuperarla, lo hizo torpemente.
—Mucho gusto… —murmuró, sin atreverse a llamarla por el apodo de siempre.
—Igualmente —dijo Rosanna, con una voz más suave de lo habitual, como si le hablara a una parte de sí misma que aún no entendía lo que estaba ocurriendo.
La hermana de Rosanna, ajena al vendaval que acababa de desatar sin saberlo, los dejó a solas por un instante mientras saludaba a otros invitados. El silencio entre ellos se volvió casi insoportable.
—¿Tú sabías? —preguntó ella en voz baja, sin mirarlo directamente.
Ismael negó con la cabeza.
—No. Te juro que no. Ella… nunca me habló de ti. Solo sabía que tenía una hermana, pero no que eras tú.
Rosanna asintió lentamente. No había rabia en sus gestos, solo una mezcla de sorpresa, incredulidad… y algo más difícil de nombrar: un duelo silencioso por todo lo que no supieron.
—Esto lo cambia todo —dijo ella, sin dramatismo, pero con una firmeza que helaba.
Ismael dio un paso hacia ella, pero se detuvo. Ya no estaba seguro de si podía acercarse.
—Yo… no sé qué decir. No sé qué hacer.
—No digas nada. No ahora. Solo… mantén la compostura. Aquí nadie debe notar nada —respondió ella, enderezando la espalda y dándole una mirada que solo los dos podrían comprender.
Y así, en medio de la fiesta, con las luces brillando sobre las mesas y las voces elevadas en brindis, dos personas quedaban atrapadas en un silencio lleno de preguntas.
La fiesta ya estaba por terminar. El jardín estaba casi en silencio, solo quedaban copas vacías, luces tenues aún encendidas y las primeras señales de la madrugada extendiéndose como un suspiro.
Rosanna no había vuelto a ver a Ismael desde aquella presentación. Había saludado, sonreído, disimulado. Su hermana la abrazó, estaba inmensamente feliz, sin saber el terremoto que había desatado. Pero el temblor aún latía en su pecho.
Estaba por irse cuando sintió que alguien se acercaba detrás de ella. No necesitó girarse para saber quién era.
—¿Podemos hablar? —susurró Ismael.
Ella asintió y lo siguió hasta una pequeña terraza vacía, donde el cielo nocturno caía pesado sobre sus hombros.
Hubo un silencio largo. El tipo de silencio que solo puede existir entre dos personas que han compartido demasiado y aun así no saben cómo ponerlo en palabras.
—Tía… yo no quiero que esto termine —dijo Ismael, con voz grave pero firme—. No puedo. Lo que hemos vivido… no puede borrarse con un apellido, ni con un parentesco que no sabíamos que existía. Yo no crecí contigo. No te tuve como tía. Te tuve como… mi todo.
Ella lo miró con los ojos humedecidos. Quería decir algo, pero no podía. No aún. Así que él continuó:
—Sé lo que significa esto. Sé lo que la gente pensaría. Pero también sé lo que siento cuando te miro. Lo que me haces sentir cada vez que dices mi nombre, cada vez que me tocas, cada vez que simplemente… estás.
Rosanna se acercó. No lloraba, pero su rostro era el de alguien que había caído desde muy alto y había decidido levantarse.
—Yo tampoco quiero que termine —susurró—. No sabía cómo se llamaba tu madre. No tenía idea. No me importa si los demás no entienden. Tú y yo no somos un accidente. Somos una historia que se buscó en medio del caos. Ahora sé que en verdad soy tu tía, y yo no voy a renunciar a lo nuestro.
Entonces se abrazaron. No con pasión, sino con algo más íntimo: con verdad. Con aceptación. Con la certeza de que, en este mundo extraño, habían encontrado algo demasiado raro como para dejarlo ir.
Rosanna apoyó su frente en el pecho de Ismael.
—Ahora… empieza un nuevo capítulo. Uno que nadie más podrá escribir, solo nosotros.
Y él, sin soltarla, susurró:
—Estoy listo.
La terraza estaba vacía. El eco lejano de la fiesta ya se había disipado, y solo quedaban las luces tenues de la ciudad extendiéndose hasta el horizonte. El aire fresco rozaba la piel, pero entre ellos no quedaba espacio para el frío.
Rosanna se giró lentamente hacia él. La luna revelaba cada línea de su vestido rojo, ese que parecía haber sido diseñado solo para ella, como si su cuerpo hubiera nacido para contener el fuego de la noche. Ismael la miró con reverencia, con deseo, con la certeza de que nada en el mundo lo detendría esta vez.
—Te ves irreal —susurró.
Ella no respondió. Solo tomó su mano y la llevó a su cintura, guiándolo.
Ismael deslizó el cierre del vestido con una torpeza casi temblorosa, como quien teme despertar de un sueño. La tela cayó con lentitud, y lo que reveló fue más que un cuerpo: era una confesión sin palabras, una declaración de amor físico y emocional al mismo tiempo.
No llevaba nada debajo. No porque buscara provocarlo, sino porque había decidido entregarse con todo lo que era. Y él lo entendió.
No hubo prisa. Solo caricias que hablaban de reencuentros, de fuego guardado, de una conexión más grande que ellos. En ese rincón de la noche, sin más testigos que la luna y las farolas lejanas, sus cuerpos se unieron con la intensidad de quienes saben que lo prohibido también puede ser sagrado, Rosanna de espaldas a él, era penetrada mientras Ismael sostenía la pierna derecha de ella.
No se escucharon palabras durante un largo rato. Solo respiraciones entrecortadas, suspiros como plegarias, y el roce de dos historias que se negaban a separarse.
Y al final, cuando ya solo quedaban abrazos y piel contra piel, Rosanna le dijo al oído:
—Ahora sé que nada fue un error. Todo nos trajo hasta aquí.
Ismael la sostuvo con fuerza, con ternura. Y con el corazón en llamas, respondió:
—Nunca lo será. Porque te amo… más allá de todo.
Esa noche, la terraza dejó de ser solo un rincón apartado del mundo. Se transformó en santuario, en refugio de lo prohibido, en altar de lo inevitable.
El vestido rojo de Rosanna, ahora a sus pies, parecía una flor marchita bajo la luna. Su cuerpo, sin temor, sin escudo, temblaba levemente al contacto de la brisa… o quizá por algo más profundo: la certeza de saberse amada, deseada, completamente vista.
Ismael la rodeó con sus brazos, como si abrazara algo sagrado. En sus ojos, no había duda. Solo un fuego calmo que se había contenido durante demasiado tiempo.
Los movimientos fueron lentos al principio, llenos de reconocimiento, de exploración, de promesas que no necesitaban palabras. Pero pronto, como suele ocurrir cuando lo que se guarda por años sale a la superficie, todo se volvió urgencia.
—Lucas… —susurró ella, casi sin voz, como si su propio deseo la asfixiara—. Más… no te detengas.
Y él, con la frente apoyada en su espalda, respondió con ese apodo que había cargado siempre con una mezcla de lujuria y ternura:
—Tía… no sabes cuánto soñé con esto, en que realmente fueras mi tía.
Sus cuerpos danzaron en la sombra, en silencio primero, hasta que los sonidos escaparon inevitablemente: suspiros, jadeos, y luego gemidos que se rompían contra la noche como olas contra roca.
El apodo de él se repetía como un mantra en los labios de Rosanna, entrecortado, vibrante, poderoso. Y el suyo, ese “tía” cargado de deseo y devoción, se volvió un eco profundo, dicho al oído con cada vaivén, con cada roce, con cada entrega.
No había reloj, ni reglas, ni mundo allá afuera. Solo ellos. Y una noche que los marcó para siempre.
Ella, con voz entrecortada y llena de necesidad, murmuró:
—Lucas, no te detengas… quiero que estés conmigo, aquí y ahora, para siempre.
—Soy completamente tuyo, y tú eres mía, tía.
Sus palabras se mezclaron con los gemidos que escapaban en un crescendo que parecía detener el tiempo. Justo cuando el orgasmo de su encuentro los envolvía.
Los pocos que aún quedaban en la fiesta se divertían entre risas, copas de vino y música suave. Los invitados hablaban animadamente bajo las guirnaldas de luces, pero Evangelina no podía evitar una inquietud creciente. Habían pasado ya más de veinte minutos desde que vio por última vez a su hermana… y a su hijo.
Primero pensó que se habrían retirado juntos a la cocina o a alguna habitación a platicar. Pero tras recorrer el comedor, la sala, el jardín trasero y hasta el estudio, no encontró ni rastro de ellos.
Miró su copa casi vacía, suspiró con molestia, y dejó que el instinto hablara más fuerte que la cortesía. Caminó con pasos decididos hacia la escalera de caracol que conducía a la terraza, el lugar más apartado de toda la casa. Ahí arriba, pensó, podrían haber buscado algo de aire. Pero algo no cuadraba.
A medida que ascendía, el murmullo general de la fiesta se desvanecía… y otro sonido comenzaba a emerger. Era tenue, ahogado por la distancia y las paredes gruesas, pero no imposible de distinguir: una mezcla de respiraciones agitadas, gemidos ahogados, y algo que sonaba peligrosamente íntimo.
Se detuvo en seco a mitad del último tramo. El corazón le dio un vuelco.
—No… no puede ser.
Pero algo dentro de ella ya lo sabía. Una verdad oculta que, por más que quisiera rechazar, comenzaba a alzarse como una sombra inevitable.
El sonido se hizo más claro. Una voz susurrada. Un nombre repetido con urgencia. Un tono que no dejaba espacio para la duda.
Reunió valor, temblando, y dio los últimos pasos. Abrió la puerta de la terraza con lentitud… sin saber que estaba a punto de presenciar el quiebre más doloroso de su vida.
Ahí estaba ella, la hermana de Rosanna, sorprendida ante la escena que no esperaba presenciar.
La puerta corrediza se abrió con un leve crujido. Evangelina no tuvo que dar más de dos pasos antes de detenerse, petrificada. Allí estaban. En la terraza, iluminados por la luna, enredados en una cercanía que no dejaba espacio para dudas, el pene de su hijo salía y entraba de la vagina húmeda de su hermana.
Su rostro, que al principio fue de sorpresa, se transformó de inmediato en algo más crudo: una mezcla de asco, traición y un dolor difícil de nombrar. No gritó. No hizo escándalo. Pero el temblor en sus labios delataba el terremoto interior.
—¿Qué… demonios… es esto? —espetó con voz áspera, como si las palabras se le atragantaran en la garganta.
Rosanna e Ismael se giraron hacia ella. No se cubrieron. No se alejaron. No hicieron nada, ni siquiera se detuvieron. Y ese descaro fue el puñal más filoso.
—¿No piensan siquiera detenerse? ¿Ni un mínimo de vergüenza? —continuó, la voz alzándose.
Rosanna la miró con calma, y eso la enfureció más. Ismael apenas pudo mantener la mirada.
—Tú eres mi hermana —dijo, con un hilo de voz, pero cargado de veneno emocional—. Y tú —miró a su hijo con un vacío que dolía más que el enojo—, tú eras lo único que me quedaba limpio en esta vida.
Dio un paso atrás, como si el aire le pesara.
—Esto es… repugnante. No sólo por lo que hacen, sino por cómo lo hacen. Como si no importara nada. Como si yo no importara.
Ismael quiso hablar, pero no pudo. Rosanna lo intentó, pero no hubo palabras suficientes para detenerla.
—No me vuelvan a buscar. No me llamen. No intenten justificar esto.
Y con eso, se marchó. Dejó la puerta abierta tras ella, como un juicio final. El silencio que quedó no fue de paz, sino de ruina.
Por un momento, el silencio fue absoluto. Luego, sin perder la compostura, Rosanna miró a su sobrino y con una sonrisa serena dijo:
—Hay cosas que ya no podemos esconder.
Las luces del jardín titilaban como si algo estuviera a punto de estallar.
Desde la pista improvisada de baile, algunos familiares que aún no se iban levantaron la vista cuando vieron a Evangelina bajar corriendo por las escaleras. Su vestido color durazno ondeaba tras ella, pero lo que verdaderamente llamó la atención fue su rostro cubierto de lágrimas, el temblor de sus pasos, la forma en que se sujetaba el pecho, como si algo dentro de ella acabara de romperse en mil pedazos.
—¿Está bien? —murmuró una de sus sobrinas al verla pasar, pero nadie se atrevió a detenerla.
La hermana cruzó el jardín, tropezando apenas con una maceta. No volteó a nadie. No explicó. Solo lloraba. Con la dignidad rota y el alma hecha pedazos.
Gina y Gisela, primas de Ismael, movidas por la preocupación —y la inevitable curiosidad— se miraron entre sí y decidieron subir. Nadie dijo nada en voz alta, pero todos sabían hacia dónde se dirigían.
Subieron con cautela. Una de ellas, al llegar al umbral de la terraza, se detuvo en seco. La escena frente a ella la dejó paralizada.
Allí estaban Rosanna e Ismael. Unidos de una forma que no necesitaba explicaciones. Lo que los ojos veían era más que suficiente.
Hubo un silencio incómodo. Largo. Un segundo que pareció durar horas.
—¿Qué hacemos? —susurró Gina.
—Nada —respondió Gisela, seca, sin expresión—. Pero envidio a la maldita.
Y sin más, bajaron de nuevo.
Los rostros con los que regresaron hablaban por sí mismos. No hubo chismes ni acusaciones esa noche. Solo una tensión espesa flotando entre los vasos de vino y las risas forzadas, como si todos supieran que algo había cambiado para siempre… pero nadie se atreviera a ponerle nombre.
Una vez en la intimidad de la terraza, el tiempo pareció detenerse para ellos. Ismael, con delicadeza y devoción, recorrió con sus labios el contorno de Rosanna, regalándole besos suaves y llenos de cariño. Cada caricia avivaba el fuego que ya ardía en sus corazones, mientras observaban a sus primas mirarlos a lo lejos.
Eso los calentó más y finalmente llegaron juntos a ese orgasmo culminante, se aferraron el uno al otro en un beso intenso, cargado de pasión y deseo contenido. En ese instante, sin palabras, sellaron una promesa silenciosa de amor eterno, conscientes de que nada ni nadie podría separarlos.
El aire fresco de la noche los envolvía, pero entre ellos sólo había calor. Ismael tomó la mano de Rosanna y la atrajo cerca, sus ojos buscando en los de ella la certeza que ambos necesitaban.
—Eres increíble, tía —murmuró con ternura mientras sus labios rozaban lentamente la piel de su cuello.
Rosanna cerró los ojos y suspiró, sintiendo cómo el mundo se reducía a ese instante, a ese roce, a esa entrega.
Con delicadeza, Ismael dejó caer suaves besos a lo largo de los senos de Rosanna, sus manos firmes pero cuidadosas, recorrían con respeto y deseo sus nalgas. Ella, rendida ante esa atención, susurraba su nombre entre suspiros.
—Lucas… no me dejes ir.
La intensidad creció con cada momento, hasta que ambos se encontraron en ese punto donde todo parece disolverse, donde el tiempo se vuelve intangible.
Entre respiraciones entrecortadas, Rosanna murmuró:
—Te amo. Para siempre.
Ismael apretó su mano y respondió con voz firme y suave:
—Y yo a ti, tía. Más allá de todo.
En ese beso sellaron un pacto silencioso, Tía y sobrino, el inicio de una historia que ninguno quería que terminara.
¿Te gustó este relato? descubre más relatos para mayores de edad en nuestra página principal.