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Quiero que te corras en mi culo

El sol le dio de lleno en la cara y Aline abrió los ojos, parpadeando. Sintió entonces el exquisito olor del desayuno que Nox le servía y se sentó en la cama. El hermoso mulato estaba desnudo y no parecía avergonzarse lo más mínimo. A su pesar, Aline contrastó su propia actitud con la de él. No lograba acostumbrarse aún a estar desnuda en la presencia de un hombre, aunque la noche anterior se hubiera entregado a él, rogándole, como una guarra, que la sodomizara. Se ruborizó al recordar esto y él lo notó. Acarició la mejilla y le dio un beso.

Mientras ella comía con mucho apetito, Nox le preparó el baño y buscó algunas prendas de lo más provocativas. Al verlas, ella dijo: “No esperarás que me ponga eso”. “¿Por qué no?”, preguntó él. “Ya te consideran una puta… pues bien: tienes que ser una muy lasciva. Provócalos. Su deseo es un homenaje a tu belleza y a tu lujuria. Creen que eres ahora eres una dulce niña, atormentada y medio vencida. No te rindas. Tu orgullo es lo único que tienes. Pase lo que pase, no te sometas con facilidad…”. Al oírlo decir esto, Aline bajó los ojos. Eso era precisamente lo que ella había hecho la noche anterior con Nox: entregarse. Él adivinó la causa de su pesadumbre. “Anoche fue distinto…” dijo. Aline se abismó en sus pupilas verdes. Era tan apuesto… besó su mano y Nox sonrió, turbado. “Entre nosotros podemos ayudarnos y darnos placer, pero ellos son distintos… te usarán, te humillarán… o al menos, van a intentarlo. No les importas. Bueno, pues entonces no pienses en ellos. Goza y cúbrete de indiferencia. Es lo peor que puedes hacerles. No los mires, actúa como si no tuvieran importancia”. Aline asintió. No quería salir de aquella habitación. No quería que sus atormentadores volvieran y la arrancaran de aquella isla de paz. Nox intentó animarla. Se sumergió en la enorme tina que se abría bajo el nivel del suelo en el cuarto de baño cubierto de mármol rosa y se dedicó a darle placer. La envolvió en la nube perfumada del baño y le lavó el cabello.

Después la envolvió en una toalla cálida, curó sus heridas y le dio un masaje relajante. La ayudó a levantarse y la cabellera rubia y lacia la cubrió como un manto, que él recogió en un complicado peinado hecho con muchas trenzas delgadas. La maravilló la rapidez con que podía trenzar su pelo. Luego la maquilló con sabiduría y le puso un apretado corsé de látex que levantó su culo y tetas, afinando su cintura. Le ayudó a colocarse las medias de seda, los guantes de satén, largos hasta los codos, y los altos tacones, todo de color negro. Al verla ante el espejo, Nox sonrió, y Aline se contempló con asombro. Su belleza, a la par inocente y lasciva, se había hecho aún más perturbadora con aquel atuendo. “Estás preciosa”, ponderó. Ella se ruborizó y bajó la vista, pero él le alzó el mentón y la besó. “Ámame”, pidió Aline, pero Nox negó con la cabeza. “No hay tiempo. Vendrán por ti de un momento a otro…”, y al decirlo, su rostro se ensombreció. “Déjame al menos estimularte”, dijo entonces, y se inclinó ante él. Nox cerró los ojos, estremecido de placer cuando ella estrechó entre sus labios la polla flácida. No duró así. Poco después se alzaba desafiante.

A Aline le fascinó sentir cómo su manera de chuparla y lamerla iba endureciendo el capullo hasta convertirlo en el firme garrote que la había taladrado. La mano de Nox buscó su entrepierna y comenzó a sobarla por encima del cinturón de castidad, frotándolo rítmicamente. Aquella caricia fue excitándola paulatinamente y Aline abandonó la polla para buscar su boca. Nox la besó apasionadamente y ella le correspondió. “Quiero satisfacerte”, dijo él. “No”, rehusó ella.

“Debo estar insatisfecha: Sólo así podré soportar lo que venga… después, si nos dejan dormir juntos, me entregaré a ti y podrás llevarme al orgasmo…”, a él lo admiraron estas palabras. Aprendía rápido. “En cambio, quiero que hagas otra cosa…”, pidió, y al decirlo, bajó la vista. “¿Qué quieres?”, preguntó. Ella lo miró muy seria y dijo: “Sodomízame. Quiero que te corras en mi culo”. La miró asombrado. “¿Por qué?”, inquirió sorprendido. “Porque de ese modo, tu leche me lubricará y eso de seguro me será útil cuando me follen… y porque en la medida en que mi culo se vaya abriendo, cada vez será menos dolorosa…”. A Nox lo sorprendió aquella sabiduría y accedió.

Ella se colocó de lado, sobre la cama, y él se inclinó, de pie, de tal modo que la penetración fue más fácil. La penetró muy despacio, hasta que cupo toda la verga. Cuando la llenó por completo, se quedó inmóvil. Ella intentó acostumbrarse a la sensación de estar atravesada por aquel ariete firme y cálido. Luego, muy lentamente, empezó a moverse hacia fuera y hacia dentro. La oscilación se fue haciendo rítmica, y lo urgió a acelerarla. “¿Te duele?”, preguntó él. Ella asintió y Nox se detuvo.

“No pares”, pidió, “debo acostumbrarme a la sensación…”, y él asintió. Siguió penetrándola, hasta que no pudo más y el oleaje intenso de aquella corriente que se agitaba debajo de su piel lo alcanzó y lo derribó. Se derramó por completo dentro de Aline y dejó su estrecho canal lleno de semen. Agotado, Nox se tendió y reposó hasta que su respiración se hizo apacible. Entonces acarició los senos y la entrepierna de Aline, llevándola al borde de su orgasmo, pero ella lo detuvo. Se calmaron y luego volvió a repetir la operación. Cuando estaba a punto de culminar, escucharon pasos en el corredor e instintivamente se pusieron de pie.

La puerta se abrió y apareció Adrien de Valcour. “He venido a usarte, puta…”, rugió. Aline evitó mirarlo a los ojos, pero no bajó la vista. Adoptó en cambio un aire ausente. “Ven aquí”, dijo. Aline se acercó y él le sujetó las manos con unos grilletes. “De rodillas”, ordenó. Ella obedeció sin replicar. Adrien metió la polla entre sus labios.
Empezó a felarlo sin emoción y él le propinó una sonora bofetada. Nox bajó la vista y dominó a duras penas su deseo de intervenir. Ella se limitó a mamarlo un poco más rápido, pero sin demostrar interés en lo que hacía. Entonces el príncipe se enfureció, la asió por el cabello y se masturbó contra su boca. Cuando tuvo la verga enhiesta, Aline pensó que iba a empalarla de inmediato, pero se equivocó. “Sujétala”, ordenó a Nox. Entonces Aline comprendió para qué servía una cadena que pendía del techo. Nox cumplió la orden y ella quedó con los brazos extendidos por encima de su cabeza. Adrien le separó las piernas y tomó el látigo. No demostró ninguna emoción. Comenzó a sobar sus nalgas con él, y a Aline le comenzó a dar mucho miedo. Sabía el efecto que aquella arma podía tener sobre la delicada piel de sus tetas y no quería experimentarlo. “¿Tienes miedo, verdad, putita?”.

Ella no respondió, pero cerró los ojos y Adrien sonrió, satisfecho. “Debes temer. Es saludable”, y diciendo esto, insertó profundamente el mango del látigo en el culo. Al sentir cómo aquel objeto duro se abría paso entre sus nalgas, Aline gritó, pero Adrien no se detuvo y siguió violándola durante largo rato. Por fin, a una señal de su amo, Nox la desató y la ayudó a sostenerse en pie. “Trae aquí a esa puta… está lista para que atienda a mis invitados. Si me hace quedar mal, esta noche se arrepentirá de haber nacido…”, y diciendo esto, el príncipe le colocó un collar de perra y una traílla y la obligó a caminar detrás. Nox la vio dirigirse a la puerta con el ánimo apesadumbrado. Caminando con toda la dignidad de que era capaz, Aline no volvió a mirarlo ni una sola vez.

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