Por la ocurrencia de mi mamá comencé el año en orgia y extenuada
Cuando hablé con mamá sobre con quién recibiría el Año Nuevo, ella me respondió que se reuniría en su casa con seis amigos sin compromisos familiares. “¿Todos hombres?”, pregunté. “Sí, son amigos que conozco desde hace bastante tiempo. Las mujeres no invité porque son conflictivas”, dijo mamá con seguridad. “¿También yo soy conflictiva?”. “Tú puedes venir, Belu. Promete ser una linda velada. Seremos el centro de atención y miradas de todos ellos”.
La casa donde reside mamá es cómoda. Cuenta con quincho, parrilla y una pequeña piscina. Acepté su inesperada invitación. Sería hermoso comenzar el año junto a ella y el plus de ser admirada por ojos de hombres.
A la noche, siendo ya las 21 horas, llegué a su casa. Vestida con poca ropa debido al calor agobiante en Buenos Aires. Mi atuendo: remera pequeña de algodón blanco (enmarca bien mis pechos medianos sin brasier), abajo un short de jeans bien ajustado a mis nalgas, sin llegar a cubrirlas totalmente, completando todo con sandalias blancas de tirantes.
Me recibió mamá, sonriente y muy bien vestida con un vestido tubo verde con brillos, muy entallado y corto. Dejaba lucir sus hermosas piernas y sus zapatos negros con tacos de 8 centímetros. La vi más estilizada, con el pelo recogido. Ella lucía aretes dorados que se balanceaban sensualmente cuando movía la cabeza.
Me presentó a sus amigos: hombres de su edad (44) y también mayores. Sentí los ojos desvistiendo mi cuerpo con las miradas. Uno de ellos, Marcelo, dijo: “María, tu hija es tan bonita como tú”.
Mamá se movía entre ellos como una reina, meneando las caderas con pasos cortos. Sus amigos preparaban la cena y se ocupaban de todos los detalles. Javier acercó a nosotras una bandeja con una especialidad bebible suya: jugo de frutas y alguna bebida alcohólica con hielo. Continué bebiendo una segunda copa. Creo que mamá ya había bebido algo antes de mi llegada.
Al sentarse y cruzar sus piernas, el vestido tubo se recogía dejando ver que no llevaba ropa interior. Sus amigos se turnaban para pasar junto a nosotras y clavar sus ojos en la entrepierna de mamá. Braulio sugirió tomarnos una foto. Todos dijimos “sí” y nos abrazamos juntos. Marcelo, parado entre nosotras, rodeaba mi cintura con un brazo. Su otra mano se apoyaba en la cola de mamá.
Entre risas, tragos y bocaditos, comencé a mover los pies al ritmo de bachata. Un señor morocho, llamado Carlos, me preguntó: “¿Te agrada el ritmo?”. “¡Sí!”, respondí. Él sonrió y dijo: “A mí me encanta, soy venezolano. ¿Quieres que bailemos?”.
Carlos comenzó a bailar con destreza. Pronto me sentí manejada entre sus brazos y, por momentos, apoyada en su sexo: un paquete de buen volumen. Mamá se sumó con Marcelo a la improvisada pista, pero debió quitarse los tacos. Las dos parejas de baile nos reímos de nosotros mismos. Los demás amigos festejaban. Vi que uno de ellos tocaba su bulto con insistencia. Simulé no verlo.
Luego de unos minutos de baile, estábamos muy transpirados. Marcelo dijo: “Quiero refrescarme, María, ¿me permites entrar a la piscina?”. “Claro, Marcelo. Está para que la disfrutemos todos”. Él caminó hasta la piscina, ya con el torso desnudo, dejó caer su pantalón al piso y se sumergió en el agua.
Mamá fue descalza hasta el borde de la piscina, se puso en cuclillas y le habló. Él salió del agua, se quitó el slip mojado y calzó su pantalón. Regresaron tomados de la mano. Alguien dijo: “Comencemos la cena, debe ser antes de que finalice este año”.
Nos sentamos a la mesa: nosotras enfrentadas, entre dos hombres cada una; en las cabeceras, los encargados de servir todo. La cena transcurrió divinamente: risas, algún comentario con doble intención, manos tocando mis muslos, gestos de morderse el labio inferior y mucha ingesta de bebida alcohólica.
Luego del brindis interminable y recibiendo besos dos o tres veces de la misma persona, me puse de pie y dije que iría a mojarme un poco. Me quité las sandalias y, descalza, caminé por el césped hasta lanzarme al agua. Carlos me había seguido unos pasos por detrás. Me ofreció su mano cuando intenté salir de la piscina. Exclamó: “Uffff, nena, me vas a hacer verter leche sin tocarte”. Me reí por su comentario y advertí que mis pezones estaban duros y pegados a mi remera empapada.
Cuando llegué al comedor, todas las miradas se voltearon hacia mí. Mamá, quizás en un ataque de celos por protagonismo, dijo: “Está bueno refrescarse un poco” y corrió descalza hasta tirarse al agua. Detrás de ella corrió Marcelo y se lanzó también. Ambos se reían abrazados en medio de la piscina.
Luego de unos minutos, Marcelo ayudó a mamá a salir del agua. Carlos estiró un brazo para ayudarla a trepar. Su vestido tubo se había subido hasta la cintura. Marcelo le ayudaba con una mano apoyada en la entrepierna. Luego subió él, escurriendo agua. Mamá lo tomó de una mano y dijo: “Marcelo, vamos a cambiarnos”. Ella terminó de quitarse el vestido. Marcelo dejó en el piso su pantalón y corrieron desnudos hasta el dormitorio con baño en suite. Tardaron muchos minutos en volver al grupo.
La remera empapada me incomodaba, opté por hacer topless. Mamá regresó con una pollera blanca que usa para practicar tenis, pero sin nada debajo, completando su atuendo con un sujetador deportivo blanco. Marcelo reapareció cubriéndose con una toalla ceñida a su cintura. Durante unos minutos, cada tres pasos que daba, tiraban de la toalla, dejándolo en bolas. Su verga flácida no era nada despreciable.
Continuamos bebiendo y, estando ya un poco ebria y más desinhibida, abrí el botón de mi short de jeans. Carlos me propuso bailar. Acepté. Su montículo sexual chocaba mi pelvis en cada aproximación y mis tetas desnudas tocaban su pecho.
Mamá propuso que bailáramos todos: “Ella y yo iremos alternando el compañero, o que hagan pareja de dos varones; uno hará de chica (solo para bailar)”. Aclaré: “Yo sugerí bailar casi sin luz, improvisando pasos y momentos”. Continué moviéndome con frenesí. Muchas manos me tocaban y disfrutaba eso. Marcelo había perdido su toalla y bailaba desnudo, refregando su verga en el culo de mamá. Ella se apartó y apoyó las manos en el pecho de otro chico que bailaba solo.
Dos hombres se unieron a Carlos y a mí. Sus penes erectos, aunque cubiertos, me tocaban la cola. Carlos, apoyando sus manos en mis caderas, forzó la caída de mi short al piso. Debido a mi embriaguez, no tomé conciencia de que estaba bailando desnuda entre tres hombres. Busqué a mamá con mis ojos; ya no estaba en el comedor, tampoco estaban los tres que bailaban con ella.
Carlos me condujo a sentarme en un sillón y me ofreció agua mineralizada. Luego se sentó a mi lado y apoyé la cabeza en su pecho sudoroso. Él me acariciaba los pechos y eso me encendía mucho. Mi cara bajó por su pecho hasta su regazo. Estaba desnudo y su crecida verga junto a mis labios. Lamí la cabeza y continué intentando meterla en mi boca. Acomodé mi posición poniéndome de rodillas sobre el sillón, así podía chupar mejor.
Carlos estiró un brazo para acariciar desde atrás mi ano y vagina: era delicioso estar siendo acariciada así. Me sorprendí cuando un pene de buen porte buscó abrirse camino en mi canal vaginal. Grité por la sorpresa, no por el dolor. Carlos, no quería eyacular pronto, quitó de mi boca su verga babeada. Se estiró en el sillón y me pidió que lo montara. Bastaron pocos segundos para hincarme su palo hasta las pelotas. Suspiré profundamente, entreabriendo la boca.
El señor que había intentado penetrarme desde atrás ofreció su verga a mis labios. Intenté aprisionar con mis labios su glande salado que rezumaba jugo preseminal. Carlos sujetaba mis caderas, acompasando el movimiento de meter y sacar, mientras yo hacía llegar a mi garganta el pene mediano del hombre mayor. Un dedo grueso, bien lubricado, penetró mi ano. Carlos mantenía sus manos en mis caderas. El dedo era de un tercer amigo que deseaba sumarse al juego. No pude gritar ni hablar: estaba con la boca llena.
El tercer amigo movía su dedo con destreza, dándome placer. Pronto sumó un segundo dedo. Sentí como se estiraba mi esfínter para contener sus dedos. La ola orgásmica me atravesó el cuerpo. Temblé y lloré. De mi vagina cayó mucho fluido sobre la pelvis de Carlos. El hombre de los dedos los reemplazó por su pene y me clavó de una. Otro orgasmo me llegó sin aviso. Casi me desmayo.
La dura verga que cogía mi boca me dejaba respirar a centímetros de mi cara y lanzó tres chorros de semen sobre mi rostro. Carlos detuvo sus movimientos. Aun estando bien ensartada en su pene, presionó mi cintura con sus manos apoyadas en mis riñones. Eso hizo levantar más mi culo. El amigo que me daba por atrás interpretó que lo provocaba e incrementó la velocidad de su mete y saca hasta explotar en una acabada formidable. Luego se retiró.
Aflojé todos los músculos de mi cuerpo y caí rendida sobre Carlos. Desde el dormitorio de mamá llegaban voces y risas atenuadas por el volumen de la música. Los dos amigos que participaron en el sillón, luego de eyacular, se retiraron a fumar en la galería.
Carlos me habló al oído: “Belu preciosa, no he podido terminar porque tomé Viagra. No quería defraudarte. Tu mamá me pidió que te cuide y me encargue de ti”. “Necesito lavarme, estoy llena de semen. Vamos al baño del quincho o a la piscina”, respondí.
Me puse de pie: tenía las piernas entumecidas y me dolía la cintura. Carlos se paró a mi lado; su verga morcillona colgaba como un grueso badajo. Caminamos desnudos, tomados de la mano, hacia la piscina, pasando junto a los dos que fumaban ya vestidos. Semen y fluidos vaginales bajaban por la parte interna de mis piernas.
Saltamos al agua casi juntos. Mi cuerpo babeado y embadurnado de semen apreció el frescor. Carlos también disfrutaba del baño de inmersión. Cuando me sentí limpia, sonreí. Lo miré a los ojos y le pregunté: “¿Ya no tengo pegotes en el pelo?”. “Estás limpia y preciosa, Belu. ¿Quieres verte en el baño del quincho? Tiene espejo”.
Me ayudó a salir por la parte profunda de la piscina, con una mano apoyada en mi culo. Luego salió él. Caminamos los pocos pasos que separan el baño. Encendí la luz. Me vi con ojeras. Carlos, sentado sobre la tapa del retrete, dijo: “Estás preciosa. Lo que te ves es el cansancio de la noche”.
Me volví hacia él para responder… Su verga estaba levantada. “¿Quieres que te la chupe?”, dije. “Quiero otra cosa, preciosa”, respondió y se puso de pie abrazándome por la espalda. Su pene duro y caliente se apoyaba en mis riñones. Sus manos aprisionaron mis senos y me dijo al oído: “Deseo comerte por la cola”.
“¡Guauuu, papito! La tienes gruesa y no tengo lubricante”. “Podemos usar la vaselina de tu mamá. Está en el botiquín. ¿Conoces todas las cosas de la casa, Carlos? ¿Para qué tiene vaselina aquí?”. “Para imprevistos”, respondió sonriendo y retiró un pote pequeño del botiquín.
Debí reírme. Este tipo es un experto cazador; es difícil escapar cuando te echa el ojo. A decir verdad, yo tampoco quería escapar de sus manos. Unté dos dedos en el pote y acaricié todo el largo de su pene con dureza de madera. Él también se untó dos dedos en el pote, giró mi cuerpo para que apoyara mis tetas sobre la encimera, separó un poco mis pies y llegó con sus dedos hasta el ano.
Dijo: “Lo tienes flexible y relajado al anillo. Bruno lo acondicionó un poco en el sillón”. “¡Malo, te ríes de mí porque tu amigo me lo abrió!”, protesté. “No es eso, preciosa; es flexible porque tú también lo deseas. La herramienta de Bruno no supera en grosor a mi dedo pulgar”. Y me besó las orejas, haciendo que me recorriera el cuerpo una descarga eléctrica. Moví el culo aun con sus dedos acariciando el ano.
Sus manos rodearon mis tetas, apoyadas en la encimera. Con movimientos de su pelvis dirigió la cabeza de su pene hasta apoyarla en mi hoyuelo y presionó. El estirón inicial del esfínter me hizo exhalar. Él estaba en silencio, devorando el deseado ano de la hija de su amiga. “¿Te gusta así?”, le dije en voz baja. Carlos no respondió, pero me empujó con su pelvis y sentí sus bolas en mis nalgas.
“¿La metiste toda?”. Ahora respondió: “Casi toda… Quiero que me cabalgues; así te puedes mover”. Sacó su verga de mis entrañas. Sentándose sobre la tapa del retrete, me sentó en su regazo de espaldas a su pecho. Claro, su verga nuevamente me llenaba. “Muévete, nena, subiendo y bajando”, dijo. Apoyando mis pies en el piso y haciendo puntillas, separaba mi culo de su regazo y volvía a bajar.
“Así me gusta, que ordeñes mi pene con tu ajustado esfínter”, decía lleno de lujuria, sujetando mis nalgas. Mi culo subía y bajaba. Él gozaba. Carlos separó mis nalgas y, cuando bajé sobre él, sentí algo muy adentro. Me brotó un “¡Ayyy!”. Sin ser dolor, pero algo pasaba en mis entrañas y me hacía tener un orgasmo. Carlos me mantenía pegada a su pelvis con las nalgas muy abiertas. Sujetándome por las tetas, dijo: “Ahora sí la tienes toda adentro y me ordeñas de maravilla”.
Permanecimos unos minutos así. Su pene perdió dureza. Me puse de pie, lo miré y le dije: “Fue hermoso hacerlo con vos. Siento que tu semen comienza a bajar y mi esfínter no puede retenerlo. Vamos a la piscina una vez más para lavarnos y volvamos a casa. Ya comienza a amanecer”, dijo Carlos.
Belu.
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Que gloriosa manera de comenzar el año !!. Que edad tiene tu mamá ?
Y como comenzó el año ella ?
Ramiro, mi mama tiene 44 años.
Ella estaba con tres de sus amigos, a las 5 am cuando volví a casa.
me gusto mucho tu relato belu,de donde eres
yo tengo sexo con mi madre desde hace un tiempo. es lo mas rico que hay en la vida.