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Tenía 20 años.
Por trabajo nos tocó compartir la misma recámara de hotel. Una sola habitación, dos camas, un baño chico y un espejo grande que estaba justo afuera del baño.
Él y yo.
Yo salía de bañarme con la toalla atada a la cintura, pero para cecarme el cabello tiraba de la toalla y me quedaba solo con el bóxer ajustado. Decía que era para arreglarme frente al espejo, para peinarme, para ponerme loción. Pero la verdad era que sabía que él estaba ahí.
Al principio se hacía el que no veía. Estaba en su cama con el celular, con la tele prendida. Pero yo sentía como me miraba por el reflejo.
Me quedaba un poco más de lo necesario. Me pasaba la mano por el pelo, me acomodaba el cuello de la nada, me veía de lado. El vapor del baño todavía en la piel. Y él, en silencio.
Después ya no disimulaba. Yo me quedaba frente al espejo y su mirada ya se sentía pesada, fija. No decía nada, pero se notaba que le costaba apartarla. Había una tensión rara en el cuarto, como si el aire se hiciera más caliente.
Una de esas noches le pregunté sin voltear, mirándolo por el espejo:
«¿Qué miras?»
Se rió, nervioso.
«Nada, que te tardas un chingo arreglándote.»
Yo solo sonreí. Seguí ahí, tranquilo, tomándome mi tiempo. Sabiendo que cada segundo que me quedaba así, con tan poca ropa, provocaba algo en él que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía.
Esa tarde pegó más el calor.
Salimos del trabajo directo por unas cervezas. Caminamos hasta el Oxxo, compramos un six y nos fuimos al cuarto. Ese día mi compañero había invitado a un amigo suyo. No lo conocía mucho, solo de vista.
Ya en el cuarto, con la tele prendida pero nadie viéndola, nos sentamos a tomar. Plática de trabajo, risas, el cuarto oliendo a cerveza fría y a ropa de chamba.
Ya entonados, dije que iba a bañarme.
Me meti, el agua sonando, y ellos dos afuera siguiendo con la plática pero más baja, más suelta por las cervezas.
Cuando sali hice lo de siempre. Solo el bóxer, el pelo mojado, directo al espejo grande como si nada.
Solo que ahora eran dos pares de ojos.
Y ahí secandome el pelo frente al espejo, tranquilo, tomándome mi tiempo. Se hizo un silencio raro atrás de mi. Ya no estaban hablando tan fuerte.
Y ahí lo escuché
Mi compañero, en voz bajita pero lo suficientemente alta para que lo oyera, como presumiéndole a su amigo, le dijo:
«Es que mira esos bóxer como le quedan…»
No lo dijo en mal plan. Lo dijo con esa risa de cuando alguien está entre admirado y picado.
No voltee, me quede frente al espejo. Vi por el reflejo como el amigo me echó una mirada rápida y luego apartó la vista, y luego volvió a mirar.
Yo solo sonreí un poco en el espejo, me segui peinando, sabiendo que ahora el juego ya no era solo con uno.
Entonces cambie la jugada.
Ya no me quede en el espejo. Me di la vuelta, como si nada, y te fui a sentar a la orilla de mi cama. Solo en bóxer, con los pies descalzos todavía húmedos, colgando apenas sin tocar bien el suelo frío.
Me recargue hacia atrás con las manos en el colchón, estirando un poco las piernas, como descansando del baño.
La plática entre ellos se cortó a medias.
Mi compañero ya no disimulaba. Sentado en su cama, con la cerveza en la mano, me que recorrió con la mirada. Lento. De arriba abajo. Del pelo mojado, al pecho, a las piernas. Otra vez hacia arriba.
Se le notaba. No era solo curiosidad. Era esa mirada que se queda un segundo de más donde no debería, y que vuelve.
Yo lo noté y no me tapé. Al contrario, te acomode un poco más, más a gusto, como si el calor del cuarto me tuviera así.
• ¿Qué? – le dije, sonriendo, sabiendo perfectamente qué.
Él se rió, nervioso, y le dio un trago largo a su cerveza para disimular.
«Nada, wey. Que andas muy fresco.»
Y yo ahí, descalzo, en bóxer, sin prisa, dejándome ver todo lo que quería que viera y nada más.
Y ahí se le iba la mirada.
Ya no era de pasada. Cuando me senté en la orilla de la cama, recargado hacia atrás, se le quedaba fija.
Sentí clarito donde estaba mirando. Primero se hacía el que me veía la cara, pero luego bajaba. Se le quedaba en el bóxer, en la forma en que me quedaba. Y cuando me movía un poco para acomodarme, se le iba más atrás.
Me di cuenta porque el cuarto se quedó en silencio, solo se escuchaba la tele bajita.
Me movi a propósito, me incline un poco hacia adelante como para agarrar mi cerveza del suelo, y fue ahí cuando más lo sentí. Su mirada bien clavada.
No dije nada. Solo me quede así un segundo más, dejándome ver, y luego me volvi a recargar como si nada.
Él rápido subió la mirada otra vez, como si lo hubiera cachado, y se rió por lo bajo.
Yo ya sabía que lo tenía justo donde yo quería.
Se fue su amigo.
Se escuchó la puerta y el cuarto se quedó en silencio otra vez. Solo nosotros dos, las latas vacías y el olor a cerveza y a jabón.
Me quedé donde quería. Me recoste boca abajo en mi cama, sin taparme, como descansando, con la cara hacia la almohada. Solo en bóxer, descalzo, tranquilo.
Él se quedó un rato en su cama, sin decir nada. Se escuchaba que se movía, nervioso.
Al poco rato senti que el colchón se hundió un poco a mi lado. Se había sentado junto a mi.
•»Estás bien buenote papasito»
Solo sonreí sin voltear.
Entonces senti su mano. Primero dudando, muy leve, en mis piernas. Un roce como pidiendo permiso, esperando a ver si lo dejaba.
No me movi. Me quede ahí, dejándolo, respirando tranquilo. Y esa mano se quedó un poco más, acariciando despacio tu espalda, por encima, sin pasar la línea.
Se sentía la tensión de los dos. Lo que había empezado como juego frente al espejo ahora ya había surtido efecto sin necesidad de decir nada más.
Y se notó que ya no tenía pena.
Su mano que había empezado en mis piernas con pena bajó despacio. Primero a mis piernas, un roce por detrás, por la pantorrilla.
Yo seguía boca abajo, sin taparme, dejándome querer. Se sentía que lo que había estado provocando frente al espejo todos esos días por fin estaba pasando.
Subió un poco más. Por tu pierna, sin prisa, preguntando con cada movimiento si podía seguir. Y yo con mi forma de quedarme quieto, de no apartarme, le estabas diciendo que sí.
Se me escapó una sonrisa contra la almohada. Era justo lo que quería provocar. Esa tensión de tantos días de salir solo en bóxer, de que me viera, ahora ya estaba ahí, en su mano y en mi piel.
No hizo falta decir nada. Los dos sabíamos a dónde iba eso y los dos lo deseábamos.
Ahí se soltó.
Senti su beso en mis piernas ,ahí donde tanto quería sentir sus besos. Uno tras otro, despacio, como cerrando todo lo que había provocado esas noches frente al espejo.
Y luego ese toque juguetón, provocativo, que sonó más que lo que dolió. Una nalgada corta, entre risa y ganas, como diciéndome «ya te caché lo que andabas haciendo».
Me reí también, boca abajo, sin moverme. Porque por fin había pasado lo que tanto había buscado provocando en bóxer frente a él.
Me bajo el boxer con sus dientes me dijo; así te quería tener desde la primera vez que te vi salir del baño con estos calzoncitos apretados,
Y yo le dije: por qué te tardaste tanto pensé que nunca sucedería,.
,me dijo ahora voy a descargar todo lo que has provocado.
Yo: mmm siii lo deseo tanto…
Y esa noche pasé de ser su amigo y compañero de trabajo a ser su mujer me hizo suya .
Después de esa noche me llevo a comprar unas minifaldas y ahora al volver del trabajo era pasar por cervezas llegar bañarme y después no solo lo provocaba en boxer ahora me ponía una minifalda cada tardecita me sentaba junto a el como su novia y después de unas cuantas cervezas me daba unas cogidas tremendas..
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