Otra vez me descubrieron y me dieron tremenda cogida

Buenas, lectores. Les sigo contando mis aventuras de putita, que por suerte siempre me salieron bien. Cuidaba la casa del amigo de mi papá durante los veranos. Esto fue por varios veranos y, desde el primer verano, fui la putita no solo de mi primo; el segundo fue el vecino del fondo y el tercero, ni más ni menos, que el dueño de la casa (que llamaré Tito).

Un día llegué casi al anochecer. Decidí bañarme para después vestirme de nena, como me gusta estar cuando tengo lugar. Terminé de bañarme, me peiné el pelo —tengo rulos hasta media espalda—, me maquillé, marqué bien mi boca de rojo y ya tenía la ropa lista sobre la cama.

Salí del baño y fui directo a la pieza. Me puse una tanga roja, un brasier del mismo color, medias de red negras, una camisa blanca, una pollera corta escocesa y sandalias de plataforma. Así salí de la pieza y, al llegar a la cocina, me encontré con Tito sentado en el sillón, sonriendo.

Casi me muero. Como si nada, me dijo: “Tuve que venir de la costa por un trámite y se me hizo tarde para volver manejando. Vine a dormir para viajar mañana; llegué mientras te bañabas”. Me quise meter al baño de la vergüenza y le dije: “Perdona, Tito, no pensé que ibas a venir. Me cambio enseguida”.

Él me dice: “Tranqui… No pasa nada. Lo único, decime si estás esperando a alguien, que me voy”. Lo miré y le dije: “No espero a nadie, me vestí así para jugar un rato. Por favor, disculpa”. Él se levantó del sillón y se me acercó. Me mira de arriba abajo y dice: “No tengo nada que disculparte. Si te gusta andar así, está todo bien… Además, estás re buena”.

No sabía qué hacer y él, tomando la iniciativa, me dice: “¿Cómo se llama esta hermosa piba?”. Le contesté: “Roxy”. Él me dice: “Relajate, vamos a tomar una cerveza. Alguna vez alguien te iba a ver así; qué mejor que alguien de confianza”. Era cierto, teníamos mucha confianza; yo le decía “tío”.

Empezamos a tomar parados: él apoyado con un brazo en la barra de la cocina y yo parada, apoyando mis antebrazos en la barra. Hice eso sin pensar hasta que vi en el reflejo de una ventana que mi pose hacía notar mi cola bien paradita.

Empezó a preguntar de mi vida oculta y obviamente preguntó si ya había estado con un hombre. Le dije que sí, que me había gustado mucho. Ya de estar vestida y tomando, me empecé a soltar. Al contarle eso, él se para; yo tenía 18 y él 45. Es un hombre alto, grandote, canoso de pelo largo y entradas grandes, ojos azules y barba apenas larga.

Se me acerca, me agarra de la cintura y yo lo abracé por encima de los hombros. Me separé un poco de su cara y me dijo: “La verdad, me encanta cómo estás. ¿Querés que juguemos juntos?”. Ahí lo miro fijo, me acerco y nos empezamos a besar. No podía creer que estaba pasando eso con el amigo de mi papá; el tío Tito me besaba muy bien y nos fuimos a la pieza.

Ahí, entre besos y franela, nos desnudamos. Yo quedé con las medias y la tanga. Busqué su pija y se la empecé a chupar con muchas ganas. Tendría 18 o 19 cm, la cabeza en punta. Después de chuparle un rato la pija, me levanté para quedar encima de él, con su pija a la altura de mi cola.

Corrí la tanga y puse su pija en la puerta de mi cola. Sentí su cabeza gruesa presionando mi entrada apretada, lubricada por la saliva y la excitación. Empecé a bajar despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro, hasta que le tenía toda adentro, llenándome por completo. Lo cabalgué con ritmo, sintiendo cada embestida profunda contra mis paredes sensibles, hasta que acabó dentro de mí, caliente y abundante.

Después me cogió de cucharita, su cuerpo grande envolviéndome, empujando lento al principio y luego fuerte, haciendo que mi cola palpitara. Luego en cuatro, agarrándome las caderas, penetrándome con fuerza mientras yo gemía, sintiendo su pija rozar mi próstata una y otra vez. Volvió a acabar, inundándome de nuevo.

Dormitamos un poco y después vino lo mejor. Me pidió que me abriera bien de piernas y, ahí encima mío, me cogió como una hora, cambiando de ritmo: lento y profundo para sentir cada vena, luego rápido y salvaje. Sudorosos, besándonos, acabé junto con él en un orgasmo explosivo.

A partir de ahí, fui su putita cada vez que podía. Él fue mi tercer macho.

Gracias por leer.

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RoxyLeila
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