Muy bien acompañada

Anoche, en medio de la tranquilidad de mi casa, y después de haber pasado la jornada leyendo, escribiendo, estudiando; encendí mi computadora y por última vez en el día revisé mis mails. ¡Nada interesante! ¡Nada! Decidí apagarla y acostarme.

El insomnio me invadió y dejé que mis pensamientos fueran atropellados por mis deseos. Sí, esos deseos que me invaden todos los días, esos mismos que libero en mis encuentros (momentos en los que desato las riendas de mis deseos transformados en potros salvajes que, con toda la intensidad acumulada en el transcurso de los días, galopan sobre el cuerpo de mi amante. Desbocados…)

Casi sin darme cuenta mi mano estaba acariciando mi entrepierna. Me deshice de mi tanga y acerqué suavemente mis dedos a mi vagina. ¡Oh sorpresa! Ya estaba húmeda… muy húmeda… Me acaricié con detenimiento, quería sentir cada milímetro de esa zona tan sensible y misteriosa. Tuve curiosidad por saber cómo se veía y con mis piernas bien abiertas me acerqué lo más que pude al espejo de la cómoda que se encuentra frente a mi cama. Me gustó mucho lo que vi… Vi mi linda concha (como él suele llamarla), colorada, brillante por la presencia de sus jugos y me excité mucho. Sobre todo pensando en él mirándola en ese momento… (Desearía repetir esto en su presencia). Separé los labios con los dedos de una mano mientras con la otra busqué mi excitado clítoris y lo comencé a acariciar a la vez que puse mi mirada en la entrada de mi vagina.

Cuánto me hubiera gustado tener su hermosa y enorme pija frente a mí, dentro de mi boca, preparándola para penetrarme en ese momento, hasta los huevos, y sentirla entrando y saliendo, entrando y saliendo mientras yo me masturbaba el clítoris y ¡todas las sensaciones se incrementaban al límite!. Pero bueno… no contaba con él.

Deseé tener alguno de esos juguetes de los catálogos con los que tantas veces fantaseé… y tampoco contaba con ellos. Mmmm… ¿Por qué no? ¡Había comprado unos pepinos! Eran grandes como mis deseos… Fui en busca del mejor para tal fin. Abrí una caja de preservativos y se lo coloqué. Busqué el envase de crema lubricante y puse todo al alcance de mis manos.

Volví a mi posición inicial frente al espejo y antes de comenzar fui en busca de otro pepino… No quería interrumpir más mi gran noche. Todo lo que había pensado mientras preparaba mi “equipo” de auto placer, se vio reflejado en mi concha. Estaba más húmeda que antes y la acaricié hasta sentir grandes deseos de una penetración. Tomé el pepino forrado y lo introduje en mi boca, lo lamí con deseos y la imagen que me devolvía el espejo me gustó mucho. Me gustó la expresión de mi rostro al hacerlo y deseé que fuera la misma que él ve cada vez que saboreo su pija. Caliente y deseosa, me dejé penetrar por el producto de mi creación… Observé esa imagen, era muy bella… tanto como lo que yo sentí en ese momento (aunque no tanto como cuando es él quien me penetra). Apoyé mi espalda en la cama. Acaricié mis pechos. Pellizqué mis pezones y con mi juguete dentro acaricié mi clítoris hasta llegar a un intenso orgasmo. Mis gemidos se transformaron en gritos de placer, en inspiraciones profundas, en una intensa calma.

El fantasma de la doble penetración surgió en mi cabeza y me hizo retomar fuerzas para una nueva embestida. Muchas veces he alcanzado el quinto orgasmo, así que encarar el segundo era estar todavía fresca para seguir disfrutando de ese momento. Continuaba aún penetrada por delante, esparcí mucha crema lubricante sobre el segundo juguete (protegido ya por un condón), y me puse en “cuatro patas” para facilitarme el acceso a mi culito cerrado y todavía difícil de acceder (al menos de primera intención. Porque “su dueño” ha logrado maravillas en él, y me prometió ir por más…).

Como buena chica, no me detuve ante el dolor y seguí adelante, suave, pero firme -como él lo habría hecho- al mismo tiempo que excitaba mi clítoris con la otra mano (lamentablemente no disponía de dos manos más para ocuparse de otras partes de mi cuerpo que se encontraban sedientas de caricias. Pero estar sola tiene también sus limitaciones). ¡Logré introducirlo en su totalidad, Si! Siiiii… Sólo necesitaba sentirlo entrar y salir y la incomparable sensación de sus bolas chocando contra mi.

Pero en medio del dolor y el placer de sentirme llena por mis dos sensibles y lujuriosos agujeros, tuve mi segundo orgasmo. Intenso. Terrible. Todo mi cuerpo se arqueaba de placer. Mi espalda. Mi cadera se elevaba de manera enloquecida. Mi cabeza se agitaba de un lado al otro de la almohada y mi boca se desesperó por sentir la humedad de su lengua, la suavidad de sus labios o el sabor de su más preciado regalo.

Autor: Anónimo

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