Mis primos descubren que soy puta…

Era una tarde de verano en casa de mis tíos, cuando mis primos mayores —tres cabrones de 20 a 23 años— me acorralaron en el cuarto de arriba después de que se fueran todos los demás. Me tenían agarrado por los brazos, riéndose con esa risa sucia que me ponía la piel de gallina.

—Hoy te vamos a convertir en nuestra putita de verdad, primito —dijo el mayor, el que siempre mandaba, mientras me quitaba la playera a la fuerza—. Vas a ponerte lo que compramos para ti.

Sacaron una bolsita: una faldita plisada de colegiala ridículamente corta, una blusita blanca ajustada que apenas me cubría el ombligo, medias hasta el muslo y una tanguita roja de encaje que se me metía entre las nalgas apenas la vi. Intenté resistirme, pero entre risas y empujones me dejaron en calzones y me obligaron a vestirme. Cuando me puse la tanga, la tela se me clavó en el culo y mi verga ya estaba medio dura de pura humillación.

—Volteate, perra —ordenó el segundo, y me dio una nalgada fuerte que me hizo gemir como idiota. La faldita apenas me tapaba las nalgas; cada movimiento dejaba ver la tanga roja desapareciendo entre mis cachetes.

Me empujaron contra la cama, de rodillas. El mayor se bajó el cierre y sacó su verga gruesa y ya mojada de precum.

—Abre esa boquita de colegiala cachonda —me dijo, agarrándome del pelo—. Vas a chupar como buena putita.

Me metió la polla hasta la garganta de un solo empujón. Me atraganté, baba me corrió por la barbilla, pero él no paró: me follaba la boca como si fuera un coño, golpeándome la garganta con cada embestida mientras los otros se masturbaban viéndome.

—Traga todo, marrana —gruñó, y se corrió dentro de mi boca, chorros calientes y espesos que me obligó a tragar casi tosiendo. Apenas sacó la verga, el segundo ya estaba listo.

Me pusieron boca abajo sobre la cama, la faldita levantada, la tanga corrida a un lado. El segundo me escupió directo en el culo y me metió dos dedos sin aviso, abriéndome mientras yo gemía como perra en celo.

—Este culo está pidiendo verga —dijo riéndose, y sin más me la clavó entera de un empujón. Grité, pero el tercero me tapó la boca con su polla para callarme. Me follaban al mismo tiempo: uno en el culo, otro en la garganta, turnándose sin parar.

El que me cogía el culo me daba nalgadas fuertes, dejando las marcas rojas visibles bajo la faldita.

—Mírate, primito, vestido de colegiala y con el culo lleno de verga. Esto es lo que eres ahora: nuestra perrita sumisa.

El tercero se corrió primero, llenándome la boca otra vez hasta que me chorreaba por las comisuras. El segundo me agarró de las caderas y me embistió más duro, gruñendo:

—Te vamos a dejar el culo abierto y goteando toda la tarde.

Se corrió dentro, profundo, y sentí cómo su leche caliente me llenaba mientras yo gemía contra la verga del mayor que volvía a follarme la boca.

Cuando terminaron los tres, me dejaron tirado en la cama, la faldita arrugada y levantada, la tanga empapada y corrida a un lado, el culo rojo y abierto, semen chorreándome por las piernas y la barbilla.

El mayor se agachó, me agarró la cara y me miró fijo:

—Esto no fue una sola vez, putita. De ahora en adelante, cada vez que vengas a esta casa vas a ponerte la faldita y la tanga. Vas a ser nuestra perrita colegiala por siempre. ¿Entendiste?

Solo pude asentir, con la voz rota y el cuerpo temblando de excitación y vergüenza.

—Buena chica —dijo, dándome una palmada en la cara—. Ahora limpia con la lengua lo que dejaste caer en la sábana… y prepárate, porque en un rato volvemos por el segundo round.

Y así empezó: yo, su perrita de faldita, lista para abrir el culo y la boca cada vez que ellos quisieran.

 

Después de dejarme tirado en la cama con el culo goteando y la cara pegajosa de semen, no pasaron ni 20 minutos cuando volvieron. Esta vez trajeron cerveza y un collar de perro con correa. Me lo pusieron al cuello mientras yo aún jadeaba.

—Arriba, perrita colegiala —dijo el mayor, jalando la correa—. Hora de gatear y pedir más verga como la marrana que eres.

Me obligaron a gatear por el piso del cuarto, la faldita levantada, tanga empapada y corrida a un lado, el culo rojo y abierto expuesto.

Cada vez que me detenía, me daban un azote con el cinturón que ardía como fuego.

Uno se sentó en la cama con las piernas abiertas y me jaló la cara contra su verga flácida.

—Límpiala con la lengua, puta. Saboréate tu propio culo en mi polla.

Lo hice: lamí el semen mezclado con mi propia suciedad, tragando el sabor amargo mientras los otros se reían y grababan. Pronto estuve duro otra vez, la verga goteando bajo la faldita.

Me pusieron en cuatro, uno debajo penetrándome el culo desde abajo, otro encima follándome la boca al mismo tiempo. El tercero me metía los dedos en la boca junto con su verga, ahogándome.

—Correte sin tocarte, perra. Muéstranos cuánto te gusta ser nuestra lechera.

Me embistieron tan duro que el colchón crujía. Sentí cómo me llenaban de nuevo: chorros calientes en el culo, en la garganta, hasta que me corría sin control, eyaculando sobre la sábana mientras gemía como animal. Pero no pararon. Me turnaron toda la noche: culo, boca, culo otra vez. Me orinaron encima cuando ya no podía más, el chorro caliente corriendo por mi cara y la faldita mientras yo abría la boca para recibirlo.

Al amanecer estaba roto: culo hinchado y goteando, garganta rasposa, cuerpo marcado de nalgadas y mordidas. Me miraron y el mayor dijo:

—Te encantó, ¿verdad? Mañana traes la faldita limpia… y prepárate para que te prestemos a los amigos.

Asentí, temblando. Sí, me había gustado. Demasiado. Quería más verga, más humillación, más de ser su perrita colegiala eterna.

 

La noche siguiente mis primos me sacaron otra vez, pero peor: la misma minifalda negra, pero sin tanga esta vez. Solo blusita transparente, tacones y un plug anal grande que me metieron antes de salir, con una cola de zorra falsa colgando.

—Camina hasta la zona de las putas reales y pide verga en voz alta —me ordenaron—. Si no lo haces, te dejamos ahí toda la noche.

Caminé tambaleando por las calles oscuras, el plug moviéndose dentro de mí con cada paso, haciendo que se me escaparan gemidos. Los borrachos me vieron rápido. Esta vez no preguntaron: me rodearon seis o siete, oliendo a alcohol y sudor.

—Miren al maricón disfrazado… quiere verga, ¿no?

—No… por favor… —intenté decir, pero uno me tapó la boca y me empujó al mismo callejón de antes, ahora más profundo y sucio.

Me bajaron la falda de golpe, me pusieron de rodillas en el piso lleno de basura. El primero me folló la boca sin condón, corriéndose rápido en mi garganta. Otro me levantó, me apoyó contra la pared y me sacó el plug de un tirón, reemplazándolo con su verga gruesa y sucia.

Me cogieron en cadena: uno en la boca, uno en el culo, manos por todos lados pellizcándome, escupiéndome, llamándome puta barata, maricón de mierda. Cuando uno terminaba, otro tomaba su lugar. Me llenaron el culo hasta que sentí cómo la leche se desbordaba y me corría por las piernas.

Uno me obligó a arrodillarme en medio del callejón y abrir la boca: me hicieron una lluvia de semen y orina, turnándose para vaciarse en mi cara mientras yo tragaba lo que podía, el resto chorreándome por el cuerpo.

—Pide más, zorra —gruñó uno.

Y lo hice, con voz rota: —Más verga… por favor… cójanme más duro…

Rieron y siguieron. Me dejaron ahí al final, tirado contra la pared, falda arrugada, cara y cuerpo cubiertos de semen y pis, culo abierto y palpitando. Mis primos me recogieron horas después.

—Te vimos suplicando, putita. Te encanta, ¿verdad?

Asentí, exhausto pero con la verga dura otra vez. Sí, me había gustado. Tanta verga, tanta degradación… ahora solo quería volver a la calle, ser su puta de medianoche para siempre.

 

La tercera noche mis primos ya no me disfrazaron con cuidado. Me sacaron directo de la casa con lo mínimo: una tanga negra rota que apenas me cubría, una camiseta vieja cortada por debajo del pecho como crop top de puta barata, y un collar de cuero con una placa que decía “PUTA SUMISA – USAR SIN CUIDADO”. Me metieron un plug anal enorme con vibrador remoto antes de salir, y el control lo tenía el mayor en el bolsillo.

—Hoy no hay callejón, perra —me dijo mientras me empujaba al coche—. Vas directo a la zona de las putas más sucias, donde paran los camiones y los obreros después del turno. Vas a pararte en la esquina y pedir verga en voz alta hasta que te rodeen.

Me dejaron en una esquina oscura cerca de la carretera, donde los neones de los bares baratos parpadeaban y el olor a diesel y sudor era espeso. El plug vibraba fuerte cada pocos minutos, haciendo que me doblara y gimiera como marrana en celo. La tanga se me clavaba, mi verga dura goteando contra la tela.

No tardaron en verme. Primero dos camioneros, luego tres, luego un grupo de cinco o seis obreros con overoles sucios y manos callosas. Me miraron como a carne fresca.

—Oye, maricón… ¿vendes culo? —preguntó uno, riendo mientras se acercaba.

Tragué saliva, pero el plug vibró más fuerte y me traicionó: —S-sí… soy una puta… cójanme… por favor… denme verga…

Rieron como animales. Me arrastraron detrás de unos contenedores de basura, al lado de la carretera donde pasaban camiones iluminándome con las luces altas. Me pusieron de rodillas en el suelo lleno de aceite y mugre.

El primero me bajó la tanga de un tirón y me la metió en la boca como mordaza. Otro me agarró del collar y me folló la garganta sin aviso, su verga oliendo a sudor de todo el día. Me ahogaba, baba y lágrimas corriendo por mi cara mientras los demás se bajaban los pantalones y se masturbaban alrededor.

—Esta zorrita traga como profesional —gruñó uno, corriéndose rápido en mi garganta hasta que me obligó a tragar todo sin escupir.

Me levantaron y me doblaron sobre un barril oxidado. El plug lo sacaron de golpe y lo reemplazaron con vergas una tras otra. Me cogían el culo sin condón, turnándose crudo y brutal: uno embistiendo profundo mientras otro me follaba la boca al mismo tiempo. Me daban nalgadas que resonaban, me escupían en la cara, me pellizcaban los pezones hasta que lloraba de dolor y placer.

Cuando uno se corría dentro, el siguiente entraba en el semen ya acumulado, haciendo que chorreara por mis piernas y cayera al suelo sucio. Me hicieron abrir la boca para que me orinaran encima: chorros calientes y amarillos corriendo por mi cara, mi pelo, mi crop top empapado. Abrí la boca más, tragando lo que podía mientras gemía:

—Más… por favor… soy su perra… denme más verga… llévenme de agujero…

Llegaron más: un par de borrachos de un bar cercano, un tipo que pasaba en moto y se detuvo solo por verme. Perdí la cuenta. Me pusieron en el suelo de espaldas, piernas abiertas como puta de carretera, y me follaron en cadena. Culo, boca, culo otra vez. Algunos se corrían en mi cara y me obligaban a frotarme el semen por todo el cuerpo como crema. Otros me meaban directamente en el culo abierto después de venirse, llenándome hasta que salía a chorros.

Al final estaba tirado en un charco de semen, orina y mugre, temblando, el culo hinchado y palpitando, la garganta rasposa, el cuerpo marcado de manos sucias y semen seco. Mis primos llegaron en el coche, me recogieron como un trapo usado.

—Mírate, perrita—dijo el mayor, grabándome con el celular—. Suplicaste por más verga delante de todos. Te encanta ser una perra sucia de calle, ¿verdad?

Asentí, exhausto pero con la verga aún dura y goteando. —Sí, amo… me encanta… quiero más noches así… quiero ser su puta forever…

Desde esa noche, cada vez que salgo con ellos sé que voy a terminar como eso: una perra cubierta de semen y pis, rota, humillada y pidiendo más. Y lo amo.

 

La cuarta noche mis primos ya no me llevaron a la esquina normal. Me metieron en el maletero del coche con las manos atadas a la espalda con cinta adhesiva, un bozal de bola en la boca y el culo ya preparado: plug gigante fuera, pero dos dilatadores gruesos metidos uno tras otro para dejarme bien abierto y temblando. Llevaba solo la tanga negra rota, el collar de “PUTA SUMISA” y nada más. Me dejaron en el baño público de la gasolinera más sucia de la carretera, esa que usan los traileros de paso largo, donde el piso está pegajoso de quién sabe qué y las paredes llenas de grafitis de vergas y números de putas.

Me ataron las muñecas a una tubería oxidada sobre el lavabo, de espaldas a la puerta, culo expuesto hacia afuera. El mayor me quitó el bozal solo para meterme un trapo sucio en la boca como mordaza improvisada y me dijo al oído:

—Hoy vas a aprender lo que es doble en el culo de verdad, zorra. No pares de gemir hasta que te desmayes.

Dejaron la puerta entreabierta y se fueron a esperar en el coche, fumando. No pasó ni diez minutos cuando entraron los primeros: dos traileros enormes, barbudos, oliendo a diesel y sudor de 12 horas. Me vieron atado, culo en pompa, tanga corrida a un lado, y rieron como hienas.

—Mira al maricón… ya está abierto y pidiendo —dijo uno, escupiendo en su mano y frotándose la verga gruesa y venosa.

Sin más preámbulo, uno se puso detrás y me clavó entero de un empujón. Grité contra el trapo, pero el dolor se mezcló rápido con el placer enfermo. El segundo no esperó: se unió, empujando su polla al lado de la primera. Sentí cómo me abrían al límite, los dos gruesos cabezones forzando entrada juntos, estirándome hasta que pensé que me iba a romper. Lágrimas me corrían por la cara, el cuerpo temblando, pero mi verga goteaba como loca contra la tanga.

—Joder, este culo traga dos como si nada —gruñó uno, y empezaron a moverse: uno entraba mientras el otro salía, luego al revés, follándome el culo en tándem brutal. Cada embestida me hacía rebotar contra la tubería, las nalgadas resonando en el baño vacío.

Entraron más: un tercero se paró frente a mí, me sacó el trapo y me folló la garganta al ritmo de los dos de atrás. Pronto fueron cuatro en total: dos en el culo, uno en la boca, y otro masturbándose sobre mi cara, corriéndose en chorros calientes que me chorreaban por los ojos y la nariz.

Cuando los dos del culo se corrieron casi al mismo tiempo, sentí cómo me llenaban hasta desbordar: leche caliente saliendo a presión alrededor de sus vergas, goteando por mis muslos y formando un charco en el piso sucio. Pero no sacaron: siguieron empujando dentro, ahora con el semen como lubricante extra, haciendo que el estiramiento fuera aún más obsceno y resbaladizo.

Otro par entró: dos obreros más jóvenes, vergas más largas. Me desataron solo para ponerme en el suelo de rodillas y luego en cuatro otra vez. Esta vez me levantaron las piernas y me pusieron en posición de full nelson: uno me sostuvo por detrás con los brazos trabados, exponiéndome completamente, y los dos nuevos forzaron entrada simultánea en mi culo ya destruido. Grité como nunca, el dolor extremo convirtiéndose en un placer enfermo y adictivo. Me follaban tan profundo que sentía sus cabezones chocando dentro, estirándome hasta el punto de que mi vientre se hinchaba un poco con cada embestida.

—Pide más, perra —me ordenó uno, dándome una cachetada.

Entre gemidos rotos y baba: —Más… por favor… rómpanme el culo… denme más verga… soy su perra sucia…

Me orinaron encima mientras seguían: chorros calientes directo en la cara, en el culo abierto entre las dos vergas, mezclándose con el semen. Me corrí sin tocarme, eyaculando fuerte sobre el piso mientras ellos seguían turnándose en dobles, triples casi, hasta que perdí la cuenta de cuántas veces me llenaron.

Al final me dejaron tirado contra el urinario, culo abierto como un cráter rojo y palpitante, semen y orina chorreando sin parar, cuerpo temblando de agotamiento y éxtasis. Mis primos entraron, me miraron y el mayor sonrió:

—Buena perra. Mañana traes lubricante… o no. Depende de cuánto quieras sufrir.

Asentí, con la voz apenas un hilo: —Quiero… más… siempre más…

Ya no hay vuelta atrás. Soy su perra sucia, su agujero público, y cada noche pido doble, triple, lo que sea con tal de sentirme lleno hasta reventar.

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HazmeSissy
HazmeSissy

Soy un puto vicioso bisexual que se prende con cristal. Me convierto en la zorra más sumisa, trago verga hasta el fondo, abro el culo y pido verga. Pero también cojo mujeres. Busco relatos donde me rompan el culo, me hagan tragar leche y me traten como la puta cristalera que soy.

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