Mi primera vez a los 18 salvajemente
Soy hija única de una madre soltera que trabaja mucho para darnos comodidades. Nuestra relación es genial; hablamos de todo. Ella trabaja para que no falte nada y yo ayudo en casa sin descuidar estudios.
Desde pequeña vi a mamá con unos cuatro novios. Los espiaba desde el descanso de la escalera, escondida tras el pasamanos. Mi delgadez me permitía ver cómoda cómo se besaban y cachondeaban en el sillón frente a la tele. Disfrutaba tanto como ellos.
A los 16 empecé a sentir cosquilleo en mi entrepierna viéndolos. Al principio solo miraba; luego tocarme mientras los veía fue mejor. Cuando mamá rompía, me entristecía; apuraba sus nuevos pretendientes para volver a espiar. Cada hombre tenía su estilo: algunos brillaban en sexo oral, y su reacción me hacía soñar con estar en su lugar.
Su último galán era voyeurista: se sentaba frente a mamá, pedía ver su entrepierna y se masturbaba mientras ella se tocaba abierta de piernas. Me excitaba imaginar chicos de la uni observándome así. Eso inspiró mi juego exhibicionista.
Noté cómo chicos buscaban vernos bajo faldas: espejos en zapatos, charcos para reflejos. Una vez, sentada con amigas, dejé ver mis encantos a jugadores de fútbol. Cometieron errores por mí; me encendía saberlo.
Algunos profesores participaban: me hablaban distinto al verme sentada provocativa, dejándoles ver más. Hasta me tocaban hombros alabándome sin motivo.
Mi primera experiencia total fue cuando mamá contrató un carpintero de 37 años, atractivo, para la cocina. Su ayudante era un muchacho joven. A mis 18, ambos me llamaron atención. Jugué mi juego: les dejé ver más.
El ayudante salió por una llamada; volvería al día siguiente.
El carpintero alistaba herramientas en un banco bajo del comedor. Me senté frente, separé piernas disimuladamente. Su experiencia lo hizo notar; fijó mirada lasciva. Lejos de asustarme, me prendió. Separé más.
Se levantó, acercó excitado: “Déjame ver más y yo te enseño lo mío”. Se agarró el bulto. Su mirada morbosa me calentó. Reí, abrí más, mostrando mi tanga mojada.
Se agachó y me dio la mamada más salvaje y tosca, pero encantadora. Sus manos rudas dejaron marcas días en mis piernas. Me lastimaba sosteniéndome: pulgares hundiéndose a lados de mi entrepierna, tirando para abrirme total. Manazas abarcaban nalgas. No sé cuánto duró comiéndose mi rajita.
Me miró: “Eres la putita más sabrosa. Vas a saber qué es buena verga”. Jaló piernas, tumbándome de espalda. Su rudeza me encantaba. Oponía leve resistencia; lo excitaba más. “Tranquila, putita, te gusta la verga”.
Al penetrarme dije: “Despacio, duele”. Rió: “Hace tiempo no rompo panochita”. Escupió saliva en mi rajita, colocó verga y embistió toda de un movimiento experto. Arqueé espalda; temblé en mi primer orgasmo por pene. Me movía como muñeca; delgadez facilitaba. Me humillaba; lo amaba.
Dije “Déjame”; sonrió burlón. Sacó verga, metió en boca: “Trágatela toda, perra. Chúpala bien o me enojo”. Chupé hasta cansancio; sabor combinado con mi panochita me gustó. Intentos de meterla toda provocaban arcadas; reía burlón, humillándome más, excitándome.
Hincada, apretó pechos; manos maltratadas los dejaron sensibles días. Temía hora y llegada de mamá. Él: “Falta probar algo más”. Tumbarme en sillón, metió mano entre vientre y respaldo, escupió en culito, colocó verga.
Asustada: “No así”. “No escoges”. Me inmovilizó a fuerza, sodomizándome. Dolía como partirme, pero gozaba la violencia. Forcejeé; más violento. Lloré, insulté; al oído: “Te gusta, perrita. Tiemblas de gozo”. Sabía mis orgasmos por temblores.
Excitado peleando, inundó culito caliente. “Aaaahhh, perra cabrona, qué bonito aprietas”. Empujó dos veces más, quedó quieto, agitado.
Se levantó, miró orgulloso pito, subió pantalones: “Dile a mamá que mañana termino… y tal vez te coja otra”. Rió, se fue.
Tirada, pensé en arrebato: “¿Vienes solo o con ayudante?”. A los 18, tras primera cogida, era gran puta.
Autor: soycachonda
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