Mi experiencia con un interno
Me llamo Jessi, tengo 26 años y llevo 8 años casada. Tengo un hijo precioso que es lo más importante en mi vida, pero también tengo mis secretos, esos que me hacen sentir viva y excitada. Todo empezó con un amigo que conocí aquí en Tizimín, un día que salí al zoológico con mi hijo. Estábamos viendo los animales cuando él se acercó, empezamos a platicar de tonterías, y terminamos intercambiando números para seguir charlando. Unos días después, cuando su esposa salió de viaje, nos vimos en su casa. Fue intenso, nos besamos como locos y terminamos en la cama, explorando cada centímetro del otro. No fue la primera vez que hacía algo así; cuando aún vivía con mi mamá y estudiaba, me escapaba a encuentros con chicos que conocía en fiestas o por amigos.
Y ya casada, en las madrugadas, me inventaba excusas para salir y ver a algunos con los que llevaba platicando tiempo. A veces me invitaban a fiestas en casas privadas, o a cantinas donde fingía ser mesera, y ahí pasaban cosas excitantes: toqueteos discretos, besos robados en el baño, o más si la noche se ponía caliente. Siempre era discreto, solo entre ellos, nada de chismes que pudieran dañarme. Sabían que no me podían superar en eso de ser atrevida.Este amigo mío, después de nuestro encuentro, le contó todo a su jefe, que estaba preso en Ebtún, cerca de Valladolid. Le describió cómo era yo: una casada joven que se veía como de 20, con pechos pequeños pero firmes, y nalgas paraditas que volvían loco a cualquiera. Le detalló nuestro encuentro en el zoológico, cómo nos pasamos los números, y lo que pasó en su casa. También le habló de mis aventuras pasadas, de cómo me escapaba de noche, de las fiestas y las cantinas donde me dejaba llevar. El jefe se emocionó tanto que le pidió a mi amigo que me dijera si quería buscarlo en Facebook para platicar.
Al principio dudé, pero el morbo me ganó. La idea de charlar con un desconocido en prisión, sabiendo que ya sabía todo de mí, me excitaba. Acepté por la adrenalina, le mandé solicitud y él la aceptó rápido.
Empezamos a platicar esa misma noche. Al inicio fueron preguntas normales, para conocerme mejor, pero poco a poco subieron de tono.
Fueron 7 días seguidos de mensajes constantes, desde la mañana hasta la madrugada.
El primer día me preguntó cosas básicas: “¿Cómo te llamas realmente? ¿Cuántos años tienes? ¿De dónde eres?” Le dije que Jessi, 26, y que vivo en un lugar tranquilo. Luego: “¿Estás casada? ¿Cuánto tiempo?” Contesté que sí, 8 años. Me preguntó por mi hijo: “¿Tienes hijos? ¿Cuántos? ¿Quién los cuida cuando sales?” Le dije que solo uno, un niño lindo, y que mi mamá, que vive cerca de mi casa, siempre me ayuda a cuidarlo. Siguió con: “¿Cómo es tu vida diaria? ¿Trabajas o estudias?” Le conté que antes estudiaba cuando vivía con mi mamá, pero ahora me dedico a la casa y a mi hijo.
Al segundo día, las preguntas se pusieron más personales: “¿Cómo es tu relación con tu esposo? ¿Estás feliz?” Le admití que era rutinaria, que el sexo era aburrido a veces. Luego: “¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?” Empecé a insinuar mis salidas nocturnas. Me preguntó: “¿Cómo te describirías físicamente? ¿Altura, complexión?” Le dije que soy delgadita, con pechos pequeños que caben perfectos en una mano, y nalgas paraditas que se mueven rico al caminar. Se emocionó y preguntó: “¿Cómo te vistes normalmente? ¿Y cuando sales a ‘divertirte’?” Le conté que en el día soy discreta, pero para salir me pongo ropa muy puta: minifaldas cortitas, tops escotados que dejan ver mis pezones si me excito, y tangas que se marcan.
Tercer día, subió el tono: “¿Cuándo fue tu primer encuentro fuera del matrimonio?” Le detallé uno de cuando vivía con mi mamá, un chico que me invitó a una fiesta en casa y terminamos follando en el sofá mientras los demás bailaban. Luego: “¿Cuántos encuentros has tenido antes de casarte? ¿Y después?” Le dije que varios, como 5 o 6 antes, y después unos cuantos más, siempre discretos. Me preguntó detalles: “¿Qué te excita más en un hombre? ¿El tamaño, la fuerza, o cómo te habla?” Contesté que todo, pero sobre todo cuando me hablan sucio, me llaman puta y me dominan.
Cuarto día: “¿Has ido a cantinas como mesera? ¿Qué pasa ahí?” Le conté de una vez que me invitaron, servía cervezas en un top ajustado, y un tipo me metió mano por debajo de la falda mientras pagaba. Terminamos en el baño, él chupándome los pechos pequeños mientras yo le masturbaba. Preguntó: “¿Te gusta el sexo anal? ¿Oral?” Sí a todo, le dije, me encanta tragar y sentirlo atrás. “¿Has hecho tríos o más?” Admití que en una fiesta sí, con dos amigos que me compartieron.
Quinto día: Más íntimo. “¿Cómo fue tu encuentro con mi amigo en su casa?” Le detallé todo: cómo llegué nerviosa, nos besamos en la puerta, me quitó la ropa despacio, lamió mis pezones duros, y me folló en la cama de su esposa, gimiendo como loca. Luego: “¿Te escapas en madrugadas? ¿Adónde vas?” Le dije que a casas de conocidos, o a fiestas donde me tratan como reina puta. Preguntó: “¿Qué es lo más loco que has hecho?” Contesté que una vez en una cantina, dejé que me follaran en el baño mientras otros esperaban turno, pero solo fue con uno.
Sexto día: Ya era puro morbo. “¿Te masturbas pensando en mí?” Sí, le dije, imaginando tu polla dura en prisión. “¿Qué fantasías tienes?” Le conté de ser follada en público, o por un desconocido como él. Preguntó: “¿Irías a verme a la cárcel? ¿Para una visita conyugal?” Dudé, pero el calor entre mis piernas me hizo decir que quizás. Me dijo: “Ven vestida muy puta, minifalda sin bragas, top que muestre tus tetitas pequeñas.” Me excitó tanto que me toqué esa noche pensando en eso.
Séptimo día: Me convenció. “Ven mañana, inventa algo a tu esposo.” Le dije que sí, que le diría a mi marido que me quedaría en casa de mi mamá, que vive cerca, y que ella cuidaría a mi hijo. “Prepárate para follar como nunca”, me escribió. Yo: “Sí, papi, iré por ti en taxi, vestida como tu puta”.
Al día siguiente, me arreglé: una minifalda negra que apenas cubría mis nalgas paraditas, un top blanco transparente sin bra, dejando ver mis pezones rosados y duros por la excitación. Tanguita roja que se mojaba solo de pensarlo. Le dije a mi esposo que iba a casa de mi mamá por un problema familiar, que volvería tarde. Mi mamá aceptó cuidar al niño sin preguntar mucho. Tomé un taxi a Ebtún, el viaje fue eterno, mis piernas temblaban de nervios y deseo.
Llegué a la prisión, me registraron, y me llevaron a la sala de visitas conyugales, una habitación pequeña con una cama dura y una mesita. Entré y ahí estaba él, alto, musculoso, con tatuajes que me ponían cachonda. Me miró de arriba abajo, sonriendo. “Jessi, eres más linda. Esas tetitas pequeñas se ven deliciosas bajo ese top.” Me acerqué, él me agarró por la cintura, pegándome a su cuerpo duro. “Veniste vestida como te pedí, buena chica.” Le contesté: “Sí, papi, sin bragas casi, solo para ti.” Me besó fuerte, su lengua invadiendo mi boca, mientras sus manos bajaban a mis nalgas, apretándolas. “Estas nalgotas paraditas son mías hoy”, murmuró, subiendo mi falda y metiendo un dedo en mi coño mojado. Gemí: “Ahh, sí, fóllame.
“Me tiró en la cama, me quitó el top de un tirón, chupando mis pechos pequeños con hambre. “Qué ricos pezoncitos, duros para mí.” Yo le desabroché los pantalones, sacando su polla gruesa, dura como roca. “Mira lo que me hiciste, Jessi, contándome tus puterías.” La chupé despacio, lamiendo la punta, tragándola hasta la garganta. Él gemía: “Así, puta, chúpala como en esas cantinas.” Me puso de cuatro, admirando mis nalgas. “Qué culito paradito, voy a romperte.” Entró de golpe, follándome fuerte, sus bolas chocando contra mí. “Dime, Jessi, ¿tu esposo te folla así?” Grité: “No, papi, solo tú me haces gritar como perra.” Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo, mis tetitas rebotando. Él me pellizcaba los pezones: “Eres una cachonda, dejando a tu hijo para venir a follar en prisión.” Eso me excitó más, apreté mi coño alrededor de su polla.
Me folló el culo también, lubricado con mi saliva. “Relájate, puta, entra rico en este culito.” Dolía al principio, pero luego era puro placer, gimiendo: “Más, papi, rómpeme.” Terminamos con él corriéndose en mi boca, tragándome todo. “Buena chica, Jessi, esto no se acaba aquí.” Salí exhausta, con las piernas temblando, tomé otro taxi de vuelta. Mi mamá me devolvió al niño sin sospechar, y mi esposo ni se enteró. Fue el encuentro más intenso de mi vida, y solo de recordarlo me mojo de nuevo.
¿Te gustó este relato? descubre más relatos para mayores de edad en nuestra página principal.
