Mi esposa y yo en el metro
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Mi esposa Laura y yo, un matrimonio en los cuarentas, siempre habíamos fantaseado con el morbo del exhibicionismo público, pero nunca lo habíamos llevado a cabo. Esa noche en la Ciudad de México, decidimos cumplirlo: la vestí con un escote profundo que dejaba ver sus pechos generosos, una falda corta que apenas cubría sus muslos y sin ropa interior, solo unas medias de red que realzaban sus curvas. “Estoy tan excitada que ya estoy mojada”, me susurró al oído mientras subíamos al metro abarrotado a la hora pico. Yo asentí, mi polla endureciéndose solo de imaginar lo que vendría. Era nuestra fantasía compartida, un juego consensuado donde ella provocaría y yo observaría.
El vagón estaba repleto, cuerpos apretados unos contra otros por el vaivén del tren. Laura se posicionó estratégicamente dándole la espalda a un hombre maduro de unos cincuenta años, alto y fornido, con una mirada que delataba su deseo inmediato. Yo me quedé a unos pasos, fingiendo leer mi teléfono mientras espiaba. Ella arqueó ligeramente la espalda, presionando su culo firme contra la entrepierna del desconocido. “Sigue así, amor, déjalo sentirte”, le envié un mensaje rápido. El hombre no se hizo de rogar: sus manos se posaron en sus caderas, y Laura gimió bajito, moviéndose con ritmo para frotarse contra el bulto creciente en sus pantalones.
El tren frenó en una estación, pero nadie bajó; el calor y la tensión subían. Laura giró la cabeza y le susurró al hombre: “¿Te gusta mi culo? Tócalo si quieres”. Él, con ojos vidriosos, levantó su falda lo justo para acariciar sus nalgas desnudas, deslizando un dedo entre ellas hasta rozar su ano húmedo por la excitación. “Sí, mételo un poco”, jadeó ella, consensual y entusiasta, mientras yo me masturbaba discretamente en mi rincón, viendo cómo el dedo del extraño penetraba su culo apretado. El metro arrancó de nuevo, y los gemidos ahogados de Laura se mezclaban con el ruido de las vías.
Animado por su entrega, el hombre sacó su polla dura y gruesa, frotándola contra el ano de Laura. “Fóllame el culo aquí mismo, pero despacio”, le ordenó ella con voz ronca, lubricada por su propia humedad. Él empujó con cuidado, centímetro a centímetro, hasta llenarla por completo en esa posición de pie, rodeados de pasajeros ajenos. Laura se mordía el labio para no gritar, sus tetas rebotando con cada embestida anal profunda y rítmica. Yo grababa mentalmente cada detalle, mi propia excitación al límite al ver a mi esposa entregada a un extraño en público.
Al llegar a nuestra estación, el hombre se corrió dentro de su culo con un gruñido sordo, llenándola de semen caliente. Laura se recompuso, besándome apasionadamente en el andén mientras el líquido goteaba por sus muslos. “Fue increíble, amor, justo como soñábamos”, me dijo, y yo la follé con furia en el coche de regreso a casa, reviviendo cada segundo. Desde entonces, repetimos la fantasía en nuestra mente, sabiendo que el morbo del metro nos une más que nunca.
Autor: Lahechicera
