Mi cambio radical ( 011 – desflorando ami sobrina)

Hola. Soy Alejandra. A principios de año vino desde Argentina mi sobrina Elena, de 18 años y de muy buen ver. Antes de cumplir un mes en Madrid, un día apareció con un chico que presentó como su novio. Al día siguiente me pidió perdón por haberme hecho pasar un mal momento al llevarlo a casa; se sentía sola, sin noticias de sus padres ni de sus amigas, salvo una. La tranquilicé, diciéndole que contaba conmigo, que era normal tras dejar su país y que se enfocara en sí misma y en su futuro.

No pasaron diez días y trajo otro hombre mayor, diciendo que eran solo amigos. Pensé que, siendo joven y mi sobrina, no podía reprochárselo. Durante un mes estuvo con cuatro hombres sin que ninguno cuajara en amor. Lo importante es que se adaptaba a la realidad: por casa caminaba desnuda tarareando, salía de la ducha sin bata, usaba minifaldas sin ropa interior dejando ver su rajita rosada al agacharse, y sin sujetador, con sus melones a punto de estallar bajo blusas transparentes.

Una tarde calurosa, tras ducharse, abrió mi puerta: “Tía Alejita, quiero hablar contigo, te espero en mi dormitorio”. Entré sin mediar palabra, con mi bata. La encontré tumbada bocabajo en su cama contigua a la mía, mostrando un culazo, muslos carnosos y tetas difíciles de contener. “Pasa, tía, no tengo silla, siéntate en la cama”, dijo. Le pregunté qué le pasaba; cogió mi mano y lloró: se sentía desdichada, nadie la quería, solo me tenía a mí. La consolé: era joven, tenía toda la vida por delante, pronto hallaría lo que buscaba.

“Me da asco que me pidan anal o eyacular en la boca para tragarlo”, confesó. Le expliqué que eso era normal en el sexo, que yo había pasado por lo mismo pero ahora lo disfrutaba, incluso pedía doble penetración, fisting anal, corridas en boca y noches con grupos, sin sufrir daños, solo acostumbrándose. “Quiero llegar a eso, ayúdame con tu experiencia, cuéntame tu vida íntima”, pidió. Mientras le contaba, se ponía cachonda: rostro rojo, labios húmedos, respiración profunda, manos en glúteos, pezones erectos. No aguantó más, metió la mano en mi bata, rozó mis pezones haciéndome gemir, bajó a mi polla empinada: “Tía, tienes un rabo cabezón, largo, grueso. ¿Puedo lamerla?”. “Está en tus manos, haz lo que quieras”, respondí.

Empezó lamiendo mi polla, la mojó y se la metió en la boca chupándola como un chupachups. Yo masajeé sus senos, lamí pezones, apreté glúteos sudorosos, metí un dedo en su vagina húmeda y luego en su anito virgen. No lo soportó y me puso el culo en la cara. Chupé su clítoris y lamí su ano hasta que gritó, soltando jugos vaginales y pis en mi boca. Cambiamos posturas: se autopenetro hasta mis huevos, de lado, en cuatro, sentados. Nuestros cuerpos resbalaban por sudor. “Cariño, ¿nos duchamos?”, propuse. Bajo la ducha, con gel, nos besamos mientras jugábamos con nuestros miembros; sin aclararnos, la puse en cuatro y la penetré vaginalmente como salvaje. Gemía y pedía más. Intenté anal pero su ano estaba muy serrado y resbalaba.

Fuimos a mi dormitorio, con cama más ancha. Se tumbó de lado pidiendo que la penetrara para descansar; enganchados casi dormimos una hora. No aguanté, lamí su espalda, abrí sus glúteos y lamí su ano. Cachondos de nuevo, la puse al filo de la cama con piernas en mis hombros y la penetré a lo bestia. Mojados, intenté anal: sentí atravesar su duro anito, gritó asustándome. “Sácamela”, pidió. “Solo entró la cabecita, intentemos de nuevo”, insistió. En el segundo intento, mi polla entró poco a poco hasta los huevos. Se retorcía, abría la boca, mordía labios, gemía y movía caderas; todo era placer. Cambiamos posturas sin sacarla, besándonos apasionadamente. Susurró: “Cuando eyacules, hazlo en mi boca, quiero probar tu leche”.

Tras 45 minutos, “Abre la boca, me corro”. Metió mi polla hasta la garganta; inundé su boca. Como estuvo en garganta, dijo: “No sabe a nada, pero lo importante es haber conseguido meterla por mi culo”. Ahora vivo feliz con su culazo al alcance en ducha, pasillo, comedor, cocina; dormimos abrazados. Pienso llevarla a EE.UU. el próximo mes. Me fascinan los culos, pero extraño a mis chicos; les miento sobre un malestar climático, pero los encontraré y les contaré la verdad antes de viajar. Probaré suerte en el norte. Con ustedes me despido hasta otra, relatando paso a paso. Por hoy, un beso. Chau.

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