MaryCarmen y la infidelidad fraternal

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Hola, mi nombre es MaryCarmen Flores. Ya saben, la misma de siempre, la que ha pasado por tantas vidas en una sola que a veces ni yo misma sé cuál era la verdadera. Para los que llegan nuevos, les recomiendo leer mis relatos anteriores —la presentación, las primeras veces, los amores, los desamores, las traiciones justificadas y las que no tanto— porque esto que voy a contar ahora es el cierre de una etapa. De esas que se cierran con llave, pero no sin antes hacer ruido.
El tiempo pasó, como siempre termina pasando. Fue época de despedidas, aunque ninguna lo dijera en voz alta. Las chicas —Brenda, Liliana, el pequeño universo que habíamos construido entre copas, confidencias y noches que sabían a prohibido— iban un año más adelante que yo en la carrera, así que les tocaba graduarse. Y lo hicieron. Una tras otra, con sus birretes y sus togas, sonrisas de foto y promesas de vernos luego, de seguir siendo las mismas, de que nada cambiaría.
Pero todo cambió, claro.
Poco a poco, la relación se fue enfriando. No hubo un pleito, no hubo un momento exacto en el que pudiéramos señalar y decir “aquí fue”. Fue más bien como una puerta que se cierra sola, sin que nadie la empuje, con el viento de la rutina y los compromisos nuevos. Ellas empezaron a trabajar, a lidiar con horarios, con jefes, con esa vida de oficina que las absorbía. Seguíamos viéndonos, eso sí, pero ya no era lo mismo. Las quedadas espontáneas se convirtieron en planes con semanas de anticipación, y muchas veces, a última hora, cancelaban. La energía de antes, esa complicidad que nos encendía, se fue diluyendo en el día a día de responsabilidades que no tenían nada que ver con las noches en el departamento de Brenda o las confesiones a media madrugada.
Y yo, que me había acostumbrado a tenerlas cerca, empecé a sentir ese vacío. No era soledad exactamente, pero se le parecía. Era ese espacio que se abre cuando dejas de compartir el día a día con alguien. Y como pasa cuando estás acostumbrada a la compañía y de repente te quedas con las manos vacías, empecé a buscar algo —o a alguien— que llenara ese hueco.
Así que, más por compañía que por gusto, empecé a salir con un chico con el que llevaba algunas clases.
Habrá que describirlo, porque la descripción es parte del gusto, ¿no? Era de esos chicos guapos y populares que realmente se antojan. De los que entran al salón y sin decir nada ya sabes que todas las miradas van a seguirlo. Alto, pero no tanto —unos 1.80 quizá—, con esa contextura que delata que hace deporte pero sin exagerar, lo justo para que los brazos se marquen bajo las mangas de las camisetas y la espalda tenga esa anchura que a una le gusta agarrar cuando las cosas se ponen intensas.
El cabello castaño, siempre medio desordenado, pero de esa manera que parece estudiada, como si acabara de bajarse de una moto aunque haya llegado caminando. Y la cara… bueno, la cara era de esas que te hacen voltear dos veces. Mandíbula marcada, cejas bien definidas, y una sonrisa que sabía exactamente lo que estaba haciendo cada vez que se le ocurría usarla. No era un chico de facciones delicadas, todo lo contrario: tenía esa mezcla de chico malo con el carisma suficiente para que cualquier maestra le perdonara una entrega tarde.
Pero lo que realmente le daba ese toque de “me lo quiero llevar a la cama ahora mismo” era la actitud. Esa seguridad que no necesita alardear, que simplemente está ahí, en la forma de caminar, de inclinar la cabeza cuando hablas, de sostener la mirada un segundo más de lo necesario. De esos que saben que te gustan y lo disfrutan, pero sin volverse arrogantes… o al menos no del todo.
Y yo, que no andaba buscando amor ni planes a futuro, solo quería sentirme acompañada, que alguien me viera con ganas, que esa chispa que antes tenía con las chicas se trasladara a otro tipo de encuentros. Él estaba ahí, con esa presencia que te invita a acercarte, con esa forma de mirarme en clase como si yo fuera lo único interesante en medio de la rutina.
Así que dejé que pasara. No fue difícil. Él se acercó, yo respondí. Y empezamos a salir, más por inercia que por decisión, más por llenar las tardes que por una verdadera necesidad de estar juntos. Pero a veces, hay que reconocerlo, lo físico también es una forma de compañía. Y él, en ese sentido, no decepcionaba.
Rafael —porque así se hacía llamar, aunque nunca supe bien si era su nombre o una versión más arreglada del original, pero así lo conocí y así le diré— era de esos hombres que se acercan con seguridad y te hacen creer que todo lo que hacen es porque así debe ser. Y al principio, con él, la cosa era sencilla. Salíamos, nos veíamos, hacíamos lo que dos personas que se atraen físicamente suelen hacer cuando tienen un rato libre y un lugar donde no los interrumpan. Nada complicado. Nada que requiriera pensar más allá del siguiente beso o de cómo iba a terminar la tarde.
Pero con el tiempo empecé a notar algo. Un brillo en su mirada que no era el mismo que yo le devolvía. Una forma de sostenerme la mano un segundo de más, de decir mi nombre con una entonación que ya no era solo la de quien disfruta un cuerpo que le gusta. Me daba pena admitirlo, incluso para mis adentros, pero cuando me di cuenta de que él sentía algo más que esa atracción que a mí me bastaba, supe que no podía corresponder a eso. Ni siquiera un poco. No es que fuera mala persona, simplemente no era lo que yo buscaba. Y en el fondo, aunque suene egoísta, también sabía que no iba a decírselo. ¿Para qué? ¿Para lastimarlo antes de tiempo? ¿Para perder la única compañía que me quedaba en ese momento? No, no iba a hacer eso.
Lo que teníamos duraría lo que tuviera que durar. Y creo que, desde ese entonces, desde esa primera vez que vi en sus ojos algo más que deseo, yo ya sabía cuánto sería. No había necesidad de ponerle fecha al calendario, pero sí había una certeza clavada en el estómago de que aquello, por más que él quisiera extenderlo, tenía fecha de caducidad. Y yo, que ya llevaba varias vueltas en este juego de querer y no querer, de recibir sin dar del todo, ya sabía reconocer cuándo una historia estaba contando sus últimos capítulos.
La primera vez que noté eso en él fue aquella tarde que pasó por mí a la casa. La idea era sencilla, de esas que a mí me gustan: ir a un motel, pasar el resto de la tarde ahí, encerrados entre cuatro paredes donde las únicas cosas que importan son el aire acondicionado, las sábanas limpias y las ganas de desvestirse con calma. Para eso me había arreglado, con ese cuidado que le pongo a las citas que sé que van a terminar en una cama: ropa interior a juego, un vestido que se quitara fácil, el maquillaje justo para verme arreglada pero no recargada. Todo listo para una tarde sin complicaciones.
Pero Rafael, al volante, comenzó a desviarse. Al principio no le di importancia, pensé que tal vez quería tomar una ruta más larga para calentar el ambiente, para hacerme esperar. Pero cuando vi que el auto reducía la velocidad y luego se estacionaba frente a una casa color verde limón con jardín en la entrada, supe que algo no iba como lo habíamos planeado.
Desde luego que lo llamé de todo. No una, sino mil veces. Le pregunté a dónde me había llevado, que, si estaba loco, que aquello no era lo que habíamos quedado. Pero él, con esa calma que me sacaba de quicio, solo me decía que entráramos, que quería presentarme a su mamá, que ella llevaba semanas queriendo conocerme, que no iba a tomar mucho tiempo, que después sí, que después hacíamos lo que yo quisiera.
Y yo, con el vestido que había escogido pensando en que lo quitarían en menos de cinco minutos, con las manos apretadas sobre el bolso, con una mezcla de ira y algo que ya reconocía como la primera puntada del final, no pude convencerlo de desistir. Me quedé viendo aquella casita de fachada cuidada, las cortinas blancas que se movían detrás de la ventana, el jardín recién regado, y supe que en ese momento él estaba dibujando en su cabeza una escena que yo jamás iba a protagonizar.
Entramos a esa casa y él, desde la puerta, llamó a gritos a su madre. “¡Mamá! ¡Ya llegamos!” Como si fuera algo cotidiano, como si yo fuera una visita más, de esas que se anuncian con tiempo y se esperan con café y galletas. Y ella no tardó en aparecer por el umbral de lo que supuse era la cocina, secándose las manos en un delantal a cuadros, con esa sonrisa amplia de madre que ha estado esperando este momento más de lo que quiere admitir.
Me saludó con un beso en la mejilla como si fuéramos las grandes conocidas, aunque yo apenas si sabía que se llamaba Gloria. “Ay, qué bonita, Rafael me había dicho, pero no tanto”, fueron sus primeras palabras, y yo sonreí con esa sonrisa que he perfeccionado con los años, la que pongo cuando quiero caer bien sin comprometerme a nada.
Me hizo pasar, me tomó de la mano como si fuera una niña, y me sentó en la sala. Un sofá de esos con funda de flores, un mantel bordado sobre la mesa, cuadros de la virgen en la pared. Todo demasiado hogareño, demasiado real para lo que yo tenía en mente esa tarde. Y yo, sentada ahí, con mi vestido pensado para que lo quitaran rápido, con las piernas cruzadas tratando de que la falda no subiera más de lo debido, haciendo el esfuerzo consciente de que mi indumentaria no fuese lo que realmente había planeado que fuese esa noche.
Pero ella parecía no importarle. O tal vez era de esas mujeres que eligen no ver lo que no quieren ver. Me sirvió un café en una taza blanca con florecitas, me ofreció galletas, y comenzó a platicar como si tuviera meses esperando este momento.
Si ustedes me preguntan de qué hablamos, mentiría si les dijera un tema. Simplemente no lo recuerdo, ni me interesa hacerlo. Mi cabeza estaba en otro lado, en la tarde que no iba a ser, en el motel donde no estábamos, en la mano de Rafael que de vez en cuando se posaba sobre mi rodilla como si fuera suya. Respondía con monosílabos, asentía, sonreía en los momentos que creía correctos, pero mi cuerpo estaba allí de pura forma. Mi mente, en cambio, ya estaba haciendo las cuentas de cómo salir de ahí lo antes posible.
Lo que sí recuerdo, y con claridad, fue al chico que bajó las escaleras cinco minutos después.
No lo oí bajar. De repente ahí estaba, apareciendo en el marco de la escalera como si hubiera estado escuchando desde arriba y hubiera decidido que era momento de hacer acto de presencia. Tal vez unos cinco años menor que nosotros, o quizá un par más, con esa edad que cuesta calcular porque aún tiene algo de niño, pero ya asoma el hombre. Delgado, de esos cuerpos que aún no terminan de definirse pero que prometen. El cabello oscuro, un poco largo, cayéndole sobre la frente. Y los ojos… los ojos eran lo que más llamaba la atención. Grandes, cafés, con una forma de mirar que no era la de un chico de su edad.
Doña Gloria, al verlo, interrumpió su monólogo sobre las virtudes de su hijo y con esa voz que usan las madres para presentar a sus crías, nos dijo: “Ay, este es Edgardo, el bebé de la familia”. Y lo dijo con un orgullo que no necesitaba explicación, como si ese chico fuera su obra maestra.
Edgardo no dijo mucho. Nos saludó con un gesto de cabeza, un “hola” que parecía más un ensayo que una frase completa, y se quedó ahí, apoyado contra el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos. Pero lo que no decía con la boca, lo decía con los ojos.
Porque ese chico, aunque realmente no dijo nada, sí prestaba atención a esos detalles que ella no parecía notar. Vi cómo su mirada bajó a mi vestido, ese que yo llevaba pensando en otra cosa, y cómo se detuvo un segundo más de lo que sería casual. Vi cómo sus ojos recorrieron mis piernas cruzadas, mi escote, mis manos inquietas sobre la taza de café. No era una mirada morbosa, no exactamente. Era una mirada de quien está descubriendo algo, de quien ve algo que no esperaba y no sabe muy bien qué hacer con lo que está viendo.
Y yo, que ya iba de salida mentalmente de esa tarde, sentí algo que no esperaba. Un cosquilleo, una alerta, un “aquí hay algo” que se instaló en la nuca y no se fue. No era nada, no podía ser nada. Era apenas un chico, el hermano menor, alguien que no debía importarme ni medio segundo.
Pero sus ojos me siguieron todo el tiempo que estuve sentada en ese sofá de flores. Y los míos, de vez en cuando, encontraban los suyos. Y en cada cruce, había algo que ninguno de los dos nombraba, pero que ya estaba ahí.
Cuando salimos finalmente de esa casa, una hora y media después —que se me hicieron eternas entre el café, las galletas y las anécdotas familiares que Doña Gloria soltaba con la confianza de quien ya me daba por sentada—, me despedí de ella con el mismo beso en la mejilla con el que me había recibido. “Qué bonito haberla conocido, Doña Gloria”, le dije, con esa educación que me inculcaron desde niña aunque la cabeza estuviera a mil. Ella me devolvió la sonrisa, me tomó las manos entre las suyas, calientes aún por el trajín de la cocina, y me dijo que volviera cuando quisiera, que allí tenía las puertas abiertas.
Rafael ya estaba en la puerta, con las llaves en la mano, esperándome con esa expresión de satisfacción de quien cree haber dado un paso importante. Pobre. Tan seguro de que aquella tarde había sido un acierto, tan ajeno a lo que realmente estaba pasando por mi cabeza.
Fue entonces cuando pasé junto a Edgardo.
Él seguía ahí, apoyado en el mismo lugar, como si no se hubiera movido en toda la visita. Con esa mezcla de timidez y algo más que no terminaba de descifrar. Y yo, al pasar, le sonreí.
Y sí, ya sé lo que están pensando, y tienen toda la razón: sí, fue mal intencionada esa sonrisa. ¿Para qué lo voy a negar? No fue la sonrisa que le doy al hermano menor de mi “casi algo” cuando quiero quedar bien. No fue la sonrisa amable de la visita educada. Fue otra cosa. Fue un guiño disfrazado, una promesa que no se dice con palabras, un “te vi” que ambos entendimos sin necesidad de más.
Fue, si me lo permiten decirlo así, la sonrisa de una mujer que sabe exactamente lo que está haciendo.
Y él sonrió de vuelta, por supuesto.
No fue una sonrisa cualquiera. Fue de esas que tardan en formarse, como si él mismo estuviera procesando lo que acababa de recibir. Primero se le movieron los ojos, esos grandes y cafés que me habían estado siguiendo toda la tarde. Luego la comisura de los labios, apenas un temblor. Y finalmente, esa sonrisa completa, pícara, cómplice, que me dijo más que cualquier palabra que hubiera podido pronunciar.
En ese intercambio no duró ni dos segundos, pero yo ya lo había entendido todo. O él me había entendido a mí. O quizá fue al revés. Pero algo pasó ahí, en ese cruce fugaz mientras Rafael abría la puerta del auto y Doña Gloria se despedía desde la entrada con un paño en la mano.
No hace falta decir que esa noche no hubo sexo con Rafael. Lo castigué por la “sorpresa”, como bien merecía. Pero aquí va lo curioso: tampoco le hice un escándalo como me había imaginado que haría mientras me fumaba esa taza de café entre florecitas. No hubo gritos, no hubo reclamos, no hubo esa furia que había ensayado en mi cabeza mientras él me presentaba como si yo fuera algo que no era.
Y no la hice porque, de alguna manera, yo ya estaba pensando en otra cosa.
Y sí, si adivinan bien en qué, no se equivocan. Mientras Rafael manejaba de vuelta, hablando de lo mucho que le había gustado a su mamá, de lo bien que me veía en su casa, de todo lo que vendría después, mi mente estaba en otra parte. En unos ojos cafés que me habían mirado como si yo fuera un misterio que quería descifrar. En una sonrisa que me había devuelto la mía con la misma moneda. En un chico que, hasta esa tarde, no había existido para mí y que de repente ocupaba un lugar que no debía ocupar.
Volví a ir a esa casa un par de veces. Solo de pasada, porque ya lo había acordado con Rafael, y la verdad es que ya me conocían y con eso era suficiente. No hacían falta más presentaciones, ni más cafés con Doña Gloria, ni más historias de familia que a mí me importaban menos que nada. Así que cuando fuimos, en esas ocasiones, fue solo para recoger algunas cosas de él. Entrar, saludar de lejos, esperar unos minutos y largarme. Rápido, sin rodeos, sin quedarme más de lo necesario.
Pero en esas dos ocasiones, Edgardo estaba.
La primera no pasó nada. O bueno, nada que yo quisiera contar. Solo esa sensación de saber que estaba ahí, en algún lugar de la casa, y esa certeza de que, aunque no lo viera, él me estaba viendo a mí. Se siente, ¿saben? Cuando alguien te mira con esa intención. Es como un cosquilleo en la nuca, una alerta que te recorre la espalda y te confirma lo que ya sospechas. Pero esa vez me porté bien. Saludé, esperé, me fui. Nada que destacar.
Pero la segunda… ah, la segunda fue distinta.
Creo que lo importante de esa ocasión es lo que pasó cuando ya me iba. Estaba despidiéndome de Doña Gloria en la puerta, con el mismo beso en la mejilla de siempre, con las mismas frases corteses que ya había ensayado, cuando vi de reojo a Edgardo. Estaba en las escaleras, a medio camino, como si hubiera bajado con alguna excusa y de repente se hubiera arrepentido. Se quedó ahí, con un pie en un escalón y otro en el siguiente, y de repente subió corriendo las escaleras.
Y mi imaginación, esa que tantas veces me ha metido en problemas, hizo su trabajo.
Rafael me abrió la puerta del auto, como siempre hacía, con esa caballerosidad que le gustaba presumir. Y yo, en lugar de subirme como una señorita educada, me arriesgué. Me volteé hacia él, lo tomé por la nuca y lo besé. Pero no fue un beso de despedida de esos que se dan para quedar bien. Fue un beso de cine, de esos que se dan cuando quieres que alguien más los vea. Abrí la boca, dejé que nuestras lenguas se encontraran, y mientras lo hacía, mi mano bajó por su pecho, por su abdomen, y se detuvo justo donde sabía que iba a provocar.
Y para rematar, dejé que su mano —que por supuesto respondió al instante— tocara mi culo sobre los jeans ajustados que llevaba ese día. No me aparté, no puse cara de indignada. Me dejé hacer, empujé un poco mi cadera hacia él, solo lo suficiente para que quedara claro que no era un accidente, que era una exhibición. Y todo eso, por supuesto, con la puerta del auto abierta, con la casa verde limón de fondo.
Después de eso me subí al auto, con la sangre aún caliente y una sonrisa que no podía disimular. Rafael dio la vuelta por el frente del coche para subirse al asiento del conductor. Y mientras él daba esa vuelta, yo levanté la mirada.
Y encontré justo lo que sabía que estaría ahí.
Unos ojos cafés, grandes, fijos en mí, que no disimulaban nada. Edgardo estaba en la ventana de la casa, viéndome desde la penumbra del interior. Y en su cara no había sorpresa. Había algo más. Algo que yo ya había visto antes en otros hombres, pero que, en él, con esos años de menos y esa timidez que apenas le dejaba hablar, resultaba casi tierno. Casi.
Le sonreí directamente. No fue una sonrisa discreta, de esas que se pueden interpretar de otra manera. Fue una sonrisa franca, descarada, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, como diciéndole “sí, esto fue para ti”. Y él, desde la ventana, no sonrió. Se quedó ahí, paralizado, con los ojos clavados en los míos y el pecho subiendo y bajando un poco más rápido de lo normal.
El auto arrancó. Rafael puso música, me tomó la mano sobre su pierna, empezó a hablar de lo que haríamos después. Yo asentía con la cabeza, dejaba que mi mano descansara sobre su muslo, pero mi mirada se quedó en el espejo retrovisor todo el tiempo que pude. Vi la casa verde limón haciéndose pequeña.
Y supe, con una certeza que me recorrió el cuerpo de abajo arriba, que aquello no había terminado. Que apenas estaba empezando.
Ya cercano el fin de cursos, sabiendo que un par de semanas más rompería totalmente lazos con la universidad, Rafael y yo habíamos quedado de ir a la fiesta de una de sus amigas. Pero él estaba haciendo su residencia profesional y ese día saldría tarde. Así que, para no perder el tiempo —y porque a estas alturas ya conocía bien la ciudad y sus tráficos absurdos—, le dije que mejor yo llegaba a su casa y de ahí nos íbamos juntos, evitando tener que cruzar la ciudad dos veces como dos tontos.
Él aceptó encantado, claro. Cada vez que yo daba un paso hacia su territorio, hacia esa casa que él imaginaba como el escenario de un futuro que yo nunca iba a protagonizar, él lo tomaba como una pequeña victoria. Y yo se la daba, porque al final, ¿qué me costaba? Total, yo sabía cuáles eran mis intenciones, aunque él siguiera viendo señales donde solo había cortesía de mi parte.
Llegué treinta minutos antes de lo que había prometido.
No fue casualidad, pero tampoco fue algo que hubiera planeado con demasiada antelación. Llegué antes porque pude, porque salí más temprano de lo que había dicho, porque el tráfico estaba de mi lado y porque, si soy honesta, había una parte de mí que quería ver qué pasaba si llegaba cuando él no estaba. Una pequeña prueba, una curiosidad que llevaba semanas instalada en algún rincón de mi cabeza.
Llegué, el taxi me dejo enfrente, y caminé hacia esa puerta que ya conocía. Toqué el timbre con la seguridad de quien sabe que ya no es una extraña ahí. Y quien me abrió fue Doña Gloria, con esa sonrisa amplia que reservaba para las visitas que le caían bien.
—Ay, Mary, qué bueno que llegaste —dijo, mientras me hacía pasar—. Mira, tengo un compromiso y ya me iba. Rafael no tarda en llegar, él dijo que en un ratito más está aquí. Pero ahí está Edgardo, si quieres pasar. Siéntete como en casa, hija, en confianza.
—Descuide, Doña Gloria, yo lo espero —le dije con mi mejor sonrisa, la de la visita educada, la de la buena muchacha que ella creía que era.
Ella tomó su bolso, me dio un beso en la mejilla, y salió con la prisa de quien tiene una cita que no puede atrasar. La puerta se cerró tras ella y de repente la casa quedó en ese silencio especial de las casas vacías, ese eco de pisos que no se escuchan, de habitaciones que esperan.
Y entonces él bajó.
No sé si Edgardo había estado escuchando desde arriba o si fue el ruido de la puerta lo que lo sacó de su habitación, pero apareció en las escaleras con esa mezcla de sorpresa y algo más que ya empezaba a reconocer en él. No bajó corriendo, no hizo nada que delatara ansiedad. Simplemente apareció, como quien aparece sin querer, pero con los ojos ya buscando antes de que el cuerpo termine de llegar.
Y su mirada se posó de inmediato en la minifalda que llevaba.
Era una de esas faldas que a mí me gustan, corta pero no vulgar, de esas que te dejan las piernas al aire y te obligan a caminar con cuidado si no quieres dar más de lo que quieres mostrar. La había escogido pensando en la fiesta, en el calor de la noche, en bailar sin sentirme atrapada en la ropa. Pero en ese momento, bajo sus ojos, la falda parecía tener otro propósito.
Edgardo abrió la boca, justo iba a decir algo —no sé qué, tal vez un saludo, tal vez un comentario sobre la fiesta, tal vez algo que no tendría que decir—, cuando la puerta se abrió de golpe.
Rafael entró con la energía de quien ha corrido los últimos metros, con el cabello desordenado y la camisa medio desabotonada por el calor. Se detuvo al verme, sorprendido, como si no esperara encontrarme ya ahí, pero la sorpresa duró apenas un segundo antes de que una sonrisa enorme se le dibujara en la cara.
—¡Mary! Qué bueno que ya llegaste, perdón por el retraso —dijo, acercándose a mí y dándome un beso en los labios que yo le devolví con la medida justa de calidez, la que no sobra, pero tampoco falta.
Luego, sin esperar respuesta, ya estaba subiendo las escaleras de dos en dos, deshaciéndose de la camisa en el camino.
—¡Dame cinco minutos, me doy un baño rápido y bajo!
Sus pisadas resonaron en el piso de arriba, luego se escuchó el golpe de una puerta, el ruido del agua corriendo. Y abajo, en la sala, nos quedamos Edgardo y yo, solos, con el silencio de la casa de por medio.
Él seguía en las escaleras, a medio camino, con una mano en el pasamanos y la otra colgando a un lado. Su mirada no se había movido del todo, aunque ahora fingía interés en cualquier otra cosa: la pared, la ventana, el piso. Pero yo sabía, como se saben estas cosas, que él seguía viéndome. Que mi falda, mis piernas, mi presencia en su casa sin su madre, sin su hermano, ocupaban cada rincón de su cabeza.
El agua seguía corriendo arriba. El ruido de la regadera era un rumor constante, una garantía de que Rafael no bajaría en los próximos minutos. Y en la sala, solos, con ese silencio cómplice que se instalaba entre nosotros, algo me impulsó a romperlo.
—No eres de hablar mucho, ¿cierto? —le dije, tratando de sonar accesible, de bajarle el tono a esa tensión que se podía cortar con las manos.
Él me miró desde las escaleras, aún a medio camino, con esa mezcla de timidez y algo más que ya conocía. Negó con la cabeza, apenas un movimiento, como si hablar fuera un esfuerzo que prefería no hacer. Pero esta vez, algo diferente pasó. Esta vez, se notó que le costó trabajo —los labios se le movieron dos veces antes de que saliera el sonido, los ojos buscaron el suelo y luego regresaron a los míos—, pero se atrevió.
—Prefiero actuar.
No me quedó otra cosa más que abrir la boca sorprendida. Y de esa sorpresa saltó un gritito divertido, de esos que salen solos cuando algo te toma por sorpresa, pero te encanta. Porque vamos a ser sinceros: que el chico se atreviera a decir algo así, con esa voz que apenas era un susurro, pero con la seguridad de quien sabe exactamente lo que quiere decir, hablaba bien de él. Muy bien.
Me senté con más confianza en el sillón. Y de manera consciente —esto quiero dejarlo claro, fue consciente— evité reacomodar mi falda tras hacerlo. La dejé como estaba, corta, mostrando lo que tenía que mostrar. Porque si él prefería actuar, yo podía perfectamente poner el escenario.
—Pues yo tampoco he visto mucho eso —dije, sonriente, con ese tono que ya había usado antes, el de la provocación disfrazada de casualidad.
Apenas fueron unos segundos.
Él terminó de bajar el par de escalones que le faltaban en tres zancadas silenciosas, y antes de que yo pudiera procesar del todo el movimiento, ya estaba sobre mí. Sus labios encontraron los míos sin el titubeo que había mostrado hasta ese momento, con una urgencia que me tomó por sorpresa. No era el beso tímido del chico que apenas se atreve a hablar. Era otra cosa. Era el beso de quien ha estado esperando, de quien ha estado mirando desde lejos y por fin tiene lo que quiere.
Y mientras me besaba, sus manos encontraron mis piernas.
Las acarició como si llevara semanas queriendo hacerlo, con esa mezcla de nervio y decisión que solo tienen los que están haciendo algo por primera vez, pero lo han ensayado mil veces en la cabeza. Subieron por mis muslos, despacio, sintiendo la piel desnuda que la falda dejaba al descubierto, y yo, en lugar de detenerlo, dejé que mis piernas se abrieran apenas un poco más, solo lo suficiente para que entendiera que no había error, que todo esto era exactamente lo que yo quería.
Cuando sus dedos encontraron la tanga ya húmeda que yo llevaba, él gimió contra mis labios. Fue un gemido ahogado, como si no hubiera querido soltarlo, pero le hubiera salido solo. Lo sintió. Claro que lo sintió. La humedad que yo llevaba desde antes de llegar, desde que crucé la puerta de esa casa sabiendo que él estaría ahí, era la prueba de que esto no era un accidente, de que yo había venido preparada para algo más que una fiesta.
Pero no iba a ser ahí. No en la sala de su madre, no con el riesgo de que Rafael bajara en cualquier momento y se encontrara con un espectáculo que, aunque merecido, prefería evitar. No por él, sino por mí. Porque el escándalo no valía la pena, porque yo tenía claro que esto no era para quedarme, era para tomarlo en el momento justo y guardarlo como un secreto caliente entre los dos.
—Aquí no, Edgardo —le dije, con sensualidad, con esa voz que sé usar cuando quiero que alguien me obedezca sin cuestionar.
Y para que no quedaran dudas, mientras hablaba, mi mano acarició con soltura el bulto que la bragueta ya hacía evidente. Lo sentí tensarse bajo mis dedos, sentí cómo su respiración se cortaba, cómo sus caderas se movían apenas hacia mi mano sin que él pudiera controlarlo. Era grande. Ya lo había imaginado, pero confirmarlo con el tacto fue otra cosa.
Él se puso de pie de inmediato, con una rapidez que hablaba de la urgencia que le corría por dentro. No dijo nada al principio, solo me miró con esos ojos cafés que parecían haberse oscurecido, con el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido. Y luego, con esa voz ronca que no le conocía, señaló hacia arriba.
—¿Mi cuarto?
Sonreí. Era la primera vez que me tocaba subir esas escaleras, la primera vez que cruzaría el umbral del lugar donde él dormía, donde seguramente había pensado en mí más veces de las que querría admitir. Me levanté del sillón con calma, sin siquiera arreglarme la falda, y lo seguí tratando de no hacer ruido con los tacones. Cada paso era un riesgo, una posibilidad de que Rafael escuchara por encima del agua. Y eso, lo admito, le daba un sabor distinto a todo.
Subimos. Él delante, yo detrás, viendo cómo sus manos temblaban apenas al abrir la puerta de su habitación. Una habitación de chico joven, de esas que huelen a él, con las sábanas medio revueltas y algún póster en la pared. No tuve tiempo de ver más.
Apenas cerramos la puerta, él se giró hacia mí y sus manos encontraron mis tetas por encima de la blusa. Las acariciaba con una urgencia por tocar y por sentir que, si soy sincera, me puso cachonda como pocas veces. No era la técnica, no era la experiencia. Era esa necesidad casi animal de tenerlas entre sus manos, esa forma de apretar como si no pudiera creer que por fin las tenía ahí, que por fin podía hacer lo que había imaginado.
No le puse resistencia. Dejé que levantara la blusa, que la subiera por mi torso hasta quedar por encima de mis tetas, y luego, con dedos impacientes, que liberara mis tetas del sujetador, dejando al descubierto mis pezones ya duros, ya esperándolo. Él los miró un segundo, solo un segundo, y luego los tomó con las dos manos, apretándolos, acariciándolos, con una devoción que me hizo reír bajito.
Mientras él hacía eso, yo me encargué de su pantalón. El botón cedió rápido, el cierre bajó sin resistencia, y cuando metí la mano por dentro, cuando lo tuve firme entre mis dedos, supe que no me había equivocado en mis pronósticos.
Y al César lo que es del César: Edgardo tenía una verga de mejores proporciones que el hermano.
No era solo el tamaño, era la forma, la firmeza, la manera en que palpitaba contra mi mano como si tuviera vida propia. Sonreí, con esa sonrisa que ya él conocía, la que usaba cuando estaba a punto de hacer algo que no debía.
—Rápido, que no tarda en salir tu hermano —le dije, con la voz entrecortada por la excitación que ya me recorría entera.
Y sin esperar más, me acomodé en cuatro en la cama.
La falda se me subió sola, dejando al descubierto el tanga que ya no ocultaba nada, porque la humedad había traspasado la tela y él podía verlo, podía ver lo que sus manos, lo que su boca, lo que él me había provocado sin siquiera haberme tocado del todo. Me quedé así, de espaldas a él, con las caderas ligeramente levantadas, ofreciéndome como quien sabe que está dando lo que el otro quiere desde hace meses.
Escuché el pantalón caer rápidamente, la tela golpeando el suelo con un sonido que me pareció ensordecedor en el silencio de la habitación. Y mientras miraba cómo se acercaba —esa silueta joven, ese cuerpo que aún no era del todo hombre pero que en ese momento se movía con una seguridad que me sorprendió—, me hice la tanga a un lado. No hubo tiempo para más. No hizo falta.
La penetración fue sencilla, resbalando sin problemas. La humedad que yo llevaba desde antes de llegar, la que había estado acumulándose desde que crucé la puerta de esa casa, hizo que entrara como si hubiera estado esperándolo. Y en cierto modo, así era. Él parecía saber bien lo que hacía, aunque su inexperiencia se delataba en la forma temblorosa de sus manos, en la respiración entrecortada que se pegaba a mi nuca. Pero el cuerpo, ese sí sabía. El cuerpo tiene memoria, instinto, y el suyo se movía dentro de mí con una precisión que no necesitaba práctica.
Y la verdad es que me llenaba de una manera bastante agradable. No era solo el tamaño, que ya había comprobado, era el ángulo, la forma en que encajaba, la manera en que cada embestida encontraba un lugar que no sabía que necesitaba que llenaran. Me volvió a sujetar de las tetas mientras se movía, sus dedos apretando mis pezones con esa urgencia que ya me había encendido antes, y yo empujé mis caderas hacia atrás para encontrarlo, para que entrara más hondo, para que no quedara espacio entre nosotros.
El cálculo que no salió bien es que yo pensé que Edgardo, debido a la situación —el riesgo, la prisa, el hermano a unos metros—, terminaría rápido. Lo cual no sucedió. El muchacho me estuvo taladrando por varios minutos sin signos de agotamiento y con buena concentración, manteniendo un ritmo que no decaía, que se ajustaba a mis movimientos, que me tenía al borde sin dejarme caer del todo. Cada vez que yo pensaba “ahora”, él cambiaba apenas el ángulo, la velocidad, la profundidad, y me mantenía ahí, en esa cuerda floja del placer que es la antesala del orgasmo.
Y si he de ser sincera, como hasta ahora, el orgasmo lo alcancé primero yo. Me llegó de golpe, sin avisar, con un gemido que traté de ahogar contra el brazo pero que se escapó igual, agudo, incontrolable. Mi cuerpo se tensó entero, las paredes de mi vagina apretándose alrededor de él, succionándolo, pidiéndole más aunque ya no pudiera con lo que estaba sintiendo. Sentí cómo él se estremeció detrás de mí, cómo su ritmo se rompió, cómo perdió el control que había mantenido hasta ese momento.
Y después lo arrastré. Lo sentí empujar una, dos, tres veces más antes de que se viniera, con un gemido ronco que no pudo contener, hundido en mí hasta la base, temblando entero.
Lo más complicado es que ninguno de los dos pudo mantenerlo en silencio. Lo supe en el momento, lo supe cuando nuestros gemidos se mezclaron en el aire caliente de esa habitación, cuando el sonido del placer escapó por las rendijas de la puerta, por las paredes delgadas de esa casa que no estaba hecha para guardar secretos como este.
Me di cuenta de ello cuando escuché mi nombre.
“¿Mary?”
Fue un susurro desde el otro lado de la puerta, pero en el silencio que siguió a nuestro clímax, sonó como un golpe. Y luego, tres golpes secos en la puerta. Uno, dos, tres. Firmes. Certeros. Como quien ya sabe lo que hay detrás pero necesita confirmarlo.
Edgardo estaba petrificado. Literalmente. Sentí cómo su cuerpo se volvió piedra sobre mí, cómo dejó de respirar, cómo sus manos, que segundos antes me sujetaban con pasión, se quedaron inmóviles sobre mis caderas. El pánico se le notaba en cada músculo tenso, en la forma en que contuvo el aliento, en la manera en que su mirada se clavó en la puerta como si esperara que fuera a explotar.
Y yo, yo simplemente sonreía.
No lo había planeado así, no. No había previsto que Rafael saliera justo en ese momento. Pero ahora que había pasado, ahora que estábamos ahí, con el peso de lo inevitable cayendo sobre nosotros, no podía hacer mucho más que aceptarlo. Y confieso que una parte de mí, esa que llevaba semanas jugando con fuego, no estaba tan disgustada con que todo se incendiara de una vez.
Me acomodé la tanga con calma, bajándola sobre la humedad que aún escurría por mis muslos. Me acomode la blusa sin apuro, sin preocuparme por los botones, dejándolos como quedaran. Me pasé los dedos por el cabello, lo alisé apenas.
Y antes de irme, me volví hacia él. Edgardo seguía en la misma posición, desnudo, petrificado, con los ojos enormes fijos en mí como si yo fuera la única explicación posible para lo que acababa de pasar. Me incliné, lo besé con un piquito en los labios, un beso que fue más una caricia que otra cosa, un “esto fue real” que no necesitaba palabras.
—Gracias —le dije, con una sonrisa que espero le haya quedado grabada.
Abrí la puerta.
Y ahí estaba Rafael.
Con el pelo aún húmedo de la ducha, la camisa en la mano, sin haberse puesto nada más que los boxers que había alcanzado a subirse a la carrera. Los ojos inyectados de sangre —de rabia, de incredulidad, de algo que parecía dolor, pero no llegaba a ser—, la mandíbula apretada, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido un maratón. En su mano, la toalla que había llevado para secarse el pelo, ahora arrugada, olvidada.
Abrió la boca, pero no le di tiempo de decir nada. No es que yo fuera a disculparme, no es que fuera a dar explicaciones que él no merecía. Pero él estaba a punto de hablar, de preguntar, de exigir, de hacer el escándalo que seguramente había ensayado en los segundos que tarde en abrir la puerta.
No le di la oportunidad.
—Te dije que no me gustaba venir a tu casa —fue todo lo que escuchó de mí.
Lo dije con una frialdad que me sorprendió a mí misma, con esa calma que a veces viene después del placer, cuando el cuerpo está satisfecho y la mente ya está pensando en la salida.
No esperé respuesta. No la necesitaba. Bajé las escaleras con la calma de quien no tiene nada que perder, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda, sintiendo el peso de la mirada de Edgardo desde la puerta de su habitación, sintiendo cómo esa casa se cerraba detrás de mí con cada paso.
Tomé mi bolso del sofá, el mismo sillón donde minutos antes había cruzado las piernas y dejado la falda donde debía estar. Lo tomé sin apuro, me lo colgué al hombro, y caminé hacia la puerta de salida.
No miré atrás. No hizo falta.
Salí de esa casa por última vez, con el sabor de Edgardo aún en los labios, con la humedad pegada a mi piel, con la imagen de Rafael con los ojos inyectados de sangre grabada en la memoria. Y mientras caminaba por la calle, mientras el sol de la tarde me daba en la cara y el aire fresco me ayudaba a bajar la temperatura, supe que había cerrado un capítulo.
No de la manera más elegante, quizá. Pero sí de la manera más honesta.
Sobra decir que no volví a ver a ninguno de los dos en mi vida. Ni a Rafael, con sus ilusiones de casita verde limón y su futuro planeado sin preguntarme; ni a Edgardo, con esa mezcla de timidez y atrevimiento que me había llevado a subir las escaleras sabiendo perfectamente lo que iba a pasar. No supe qué fue de ellos, cómo digirieron aquella tarde, si alguna vez se lo dijeron a su madre o si ese secreto se quedó flotando entre las paredes de esa casa, como una verdad que todos saben, pero nadie nombra. Y la verdad, con las semanas , dejó de importarme. Hay historias que no necesitan epílogo. La nuestra fue una de esas.
Así que no sé qué fue lo que sucedió después. Prefiero no saberlo, de hecho. Prefiero quedarme con la imagen de la puerta cerrándose a mis espaldas, con el eco de mis tacones en la banqueta, con esa sensación de que había cerrado algo que llevaba semanas abierto, aunque fuera a los golpes.
La universidad se acabó, como se acaban todas las cosas que creemos eternas cuando estamos dentro de ellas. Los últimos exámenes, las últimas entregas, los pasillos que un día fueron el centro de todo y al siguiente solo un lugar por el que ya no tenías por qué pasar. Y con ella, se acabaron también las aventuras de juventud. Esas que tienen el sabor de lo prohibido porque todo es nuevo, porque aún no sabes bien lo que quieres y lo pruebas todo con las manos abiertas, sin miedo a romperlo. Esas que duelen a veces, que dejan cicatrices que ni siquiera sabías que estaban ahí hasta que años después las rozas con la memoria y sonríes, porque ya no pesan, solo están.
Pero algo mejor estaba por llegar. De eso estoy segura ahora, aunque en ese entonces no podía verlo con claridad. A veces la vida tiene que vaciarte para que puedas llenarte de nuevo. Y yo, después de años de ir y venir, de querer sin comprometerme, de recibir sin dar del todo, de buscar en los lugares equivocados lo que ni siquiera sabía que necesitaba, estaba a punto de encontrarme con algo distinto.
Algo que no iba a ser una aventura más. Algo que no iba a durar lo que dura una tarde en un motel o el tiempo que corre mientras el agua de la regadera sigue cayendo. Algo que, por primera vez, iba a pedirme más de lo que yo estaba acostumbrada a dar.
Pero eso, como les dije, lo contaré más adelante.
Por ahora, quédense con esta imagen: una mujer de 22 años, recién salida de la universidad, con la piel aún caliente por el último incendio que había provocado, caminando hacia un taxi con la certeza de que aquello había terminado. Pero también con la certeza, aunque en ese entonces no lo supiera nombrar, de que lo mejor estaba por venir.
Y vaya que lo estaba.
Besos,
MaryCarmen

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MaryCarmen
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LOca y enamoradiza, me gusta charlar, si me quieres decir algo manda un correo a [email protected]

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