Maria en el cine porno

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Decidí hacerlo en el mismo momento en que Marcelo me lo propuso. Elegí bien la ropa. Una blusa negra, abotonada, sin sujetador, una falda también negra, de cuero, por encima de la rodilla, medias negras y braguitas blancas. Aún así, en el camino, la duda intentaba quebrar mi determinación. Para que eso no lo estropeara me he esforzado en no pensar en nada hasta que hemos llegado a la puerta. Siento una profunda vergüenza mientras espero que Marcelo termine de sacar las entradas. Nunca he estado en un cine porno. Los dos acomodadores se levantan para acompañarnos pero nos quedamos en la oscuridad, de pie, esperando que la vista se nos acomode a la falta de luz. Marcelo ya ha localizado un buen sitio y me agarra de la mano. Me siento al final de la fila, con la pared a un costado y mi marido en el otro.

No pasa nada. Nos sentamos y me voy fijando en los clientes. El cine está medio vacío y sólo veo cabezas de hombres atentas a la pantalla, aunque yo estoy demasiado nerviosa para poner atención en la película. Marcelo me acaricia la mano, intentando tranquilizarme. Pasan los minutos y voy notando movimientos en la fila de detrás de nosotros. No me atrevo a darme la vuelta, pero sé que ya se han colocado unos cuantos, pendientes de ver algo más que la película. Sin prisas, un par más se sientan junto a Marcelo, mirándonos de reojo. Me parece notar un ligero temblor en los que se han colocado en la fila de delante de mí, pero puede que sea sólo mi propio estremecimiento. Es perfectamente perceptible el movimiento de sus cabezas, oscilando entre la pantalla y nosotros. La expectación se podía tocar. Es algo físico.

Marcelo ha decidido empezar, porqué noto su brazo en mi espalda, abrazándome los hombros. He estado temiendo este momento desde que hemos entrado, pero estoy tan excitada… Ahora Marcelo deja caer una mano en mi regazo y empieza a levantarme la falda, muy despacio. Cuando descubre mis muslos, por encima de las medias, las miradas se clavan en mi piel, que se aprecia claramente en la oscuridad. No puedo describir la sensación que experimento, pero es esa mezcla de pudor y deseo que empieza a descontrolarme. Continuo con la mirada fija en la pantalla, las manos clavadas en la butaca, dejando que Marcelo siga acariciando mis piernas, separándolas ligeramente con las manos para alcanzar la cara interna de mis muslos. Bajo la vista para confirmar que mis braguitas blancas son perfectamente visibles. Tiemblo de ansia cuando veo a los de la fila de delante de mí completamente vueltos, mirándome sin ningún disimulo.

No me atrevo a girar la cabeza aunque me queman las ganas de ver como me espían los que están junto a Marcelo en nuestra fila. Parece que se da cuenta, porqué me atrae hacia él para besarme. Ahora puedo verles. No puedo creer que se estén masturbando. Marcelo alarga el beso y yo no puedo dejar de mirarles. Con el cuerpo vuelto hacia nosotros, los dos se están pajeando furiosamente. Puedo sentir sus suspiros. Me enloquece mirarles a los ojos y empiezo a acariciar a Marcelo por encima del pantalón. Tiene una erección de caballo y eso me hace perder absolutamente el control.

Deja de besarme y me incorporo otra vez en mi asiento. Confío en Marcelo y dejo llevarme por la situación. Sus dedos empiezan a desabrocharme la camisa y la blancura de mi piel parece resplandecer en la oscuridad. Dentro de un instante estaré expuesta ante todos para que puedan ver la erección de mis pezones. Ya la ha desbotonado toda y, con la mano, aparta la tela de un lado y muestra mi pecho, satisfecho. No puedo evitar cerrar un poco los ojos y echar la cabeza hacia atrás. He oído perfectamente un murmullo de aprobación. Vuelvo a abrirlos, estoy a punto de correrme sólo de verles. Están todos pendientes de nosotros (de mí) sin ninguna discreción, aprovechando el regalo que les estamos dando.

La excitación me impide protestar cuando Marcelo me susurra “Levántate un poco y quítate las braguitas”. Le obedezco automáticamente. Agarro con cada mano las tiras y, levantándome un poco, las dejo deslizar por mis piernas hasta el suelo, lo suficientemente despacio para que todos se den cuenta. La vista de mi sexo desnudo atrae todas las miradas. Casi puedo sentirlas físicamente. Dejo que mis nalgas desnudas reposen en el asiento. Marcelo imita a mis admiradores y se desabrocha el pantalón, dejando su pene, ahora enhiesto, fuera. Sé que es mi turno.

Me incorporo, con las rodillas sobre mi asiento, vuelta hacia el. La pared me protege por detrás. Los dos vecinos están ahora sentados junto a él, expectantes. Se la cojo con la mano y empiezo a masturbarlo, mirándoles fijamente, sin poder controlar mi calentura. Sigo mirándoles fijamente mientras me acerco al pene, hasta introducírmelo entero en la boca. Me encanta que vean lo bien que lo hago. Sigo con la felación durante un buen rato, con los dedos de mi marido masturbándome. Me esmero para que mi orgasmo coincida con el suyo. Entretanto, el espectáculo de ver como se corren los demás mirándome me va acercando al clímax. Me corro a la vez que el, sintiendo su semen en mi boca a cada embestida. Procuro no tragármelo. Cuando noto que ya se ha corrido me incorporo, enfrentándome al destello en la mirada de mis espectadores. Les sonrío, con la boca entreabierta para que el esperma brille en la oscuridad.

Sus expresiones de incredulidad vuelve a encenderme la sangre, haciendo que vuelva a correrme sólo con mirarles. Todavía estoy en ello cuando me doy cuenta que Marcelo me tiende las braguitas. Nos levantamos tranquilamente y, sin más, salimos.

Autor: Maria

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