Mamá, mi novio y yo en la playa nudista
Para comenzar con este relato, debo poner la situación en contexto, hacerla comprensible.
Soy una chica trans (recién comenzando la transición).
Mi mamá conoció a Gregory y, sin saber que era mi amante, se involucró con él.
No me atreví a decirle que estaba conmigo porque ante ella soy su hijo y él es un amigo del club.
Gregory y yo decidimos viajar a Brasil para trabajar en Río de Janeiro.
De esa forma se cortaría la relación de él con mamá y yo podía mostrarme en público como la mujer que siento ser.
Al cabo de estar tres meses en Río y hacer algunos amigos, éramos felices.
Hasta que mamá quiso visitarnos, argumentando que me extrañaba mucho.
La recibimos en nuestro pequeño departamento de un solo ambiente.
Pero fue tal la incomodidad a la hora de querer tener sexo con mi novio. Nos expusimos tanto que lo vio dándome por el culo.
Ese momento de vergüenza me hizo llorar. Le pedí perdón a mamá por ocultar mi sexualidad y por ocultar la relación real entre Gregory y yo.
Pero todo fue para bien. Ella aceptó mi condición y dijo que en más era su hija amada.
Poco después de pasar el tenso momento, me atreví a contarle que habíamos conocido una playa nudista con una pareja de amigos.
Ella se rio y preguntó: ¿Les gustó, disfrutaron?
Gregory se sumó a la conversación: —Estar desnudo entre desnudos es igual a estar vestido entre vestidos.
Claro, es más visible todo para apreciar o no. Luego se dirigió a mamá: —María, ¿te gustaría conocer la playa? ¿Vamos?
Mamá movió la cabeza en gesto de negación.
Ahora me reí yo, y le dije: Los tres nos conocemos sin ropas. Tú conoces mi desnudez desde que nací.
Gregory conoce mi desnudez desde que somos pareja.
Puedo desnudarme sin pudor ante ambos. Y pensé sin decirlo… (Mamá y Gregory también ya han compartido su desnudez).
La conversación se prolongó más allá del desayuno. Animando a mamá a que fuera con nosotros.
Acordamos ir el día lunes. Cuando hay poca gente y tenemos pronóstico de buen clima. —Dije.
La preocupación de mamá era su color de piel disparejo.
“Hay zonas de mi piel que nunca las expuse”. Se justificó.
Yo la orienté a quitarse sus prejuicios y la ayudé a alistar su bolso playero.
Ella es menuda, de piel blanca, senos medianos. Tiene caderas bien femeninas y un culo que atrapa todas las miradas masculinas.
El lunes antes del mediodía ya estábamos pisando la arena de la playita nudista.
Estiramos una lona para apoyar los bolsos y la ropa que nos quitábamos.
Gregory se desnudó de espaldas a nosotras y caminó hacia el mar.
Terminé de quitarme la ropa y dije: —Ma, quítate todo pronto, así vamos al mar. O quieres hacer un striptease.
Su pubis era tan depilado como el mío. Ante ojos extraños no parece ser mi mamá. Tiene 42 años. Y está en muy buena forma.
Tres minutos después corríamos las dos hacia las pequeñas olas.
Gregory nos esperaba sonriente con el agua hasta la cintura.
Jugamos a enfrentar y saltar ante la ola rompiente.
Terminábamos superadas por el agua y empujadas hacia la arena.
Gregory posiblemente se deleitaba mirando nuestros culos cuando intentábamos ponernos de pie. Él propuso pararse unos pasos por detrás de nosotros para contener las caídas.
Cada vez que la ola llegaba, mamá y yo caíamos en el pecho de Gregory, que nos sostenía entre sus gruesos brazos. Resultó ser un juego divertido y excitante el estar chocando nuestros cuerpos..
Treinta minutos más tarde dejamos atrás el mar para caminar por la playa a fin de lograr tener el deseado color parejo en la piel.
Había llegado más gente al lugar.
La mayoría de ellos caminaban en solitario o de a dos.
Gregory, dirigiéndose a mamá, dijo.
María, si te sientes sofocada, puedes ir a ducharte. No es agua de mar. Estaremos viéndote siempre. Ve tranquila al sector de duchas.
Ella aceptó la idea. Creo que fue para dejarnos solos.
La vimos alejarse caminando. Meneando su hermoso culo.
Gregory y yo quedamos en solitario.
Aproveche para ponerme de rodillas sobre la arena y lamer su verga salada.
El monstruo comenzaba a despertar. Eso me excita mucho.
Me puse de pie. Nos abrazamos y besamos apasionadamente.
Yo lo pajeaba aun estando pegada a su cuerpo.
Cuando él no pudo contener más la eyaculación, me volví de espaldas y me incliné.
Gregory lanzó su esperma sobre mis nalgas.
Unte mis dedos en su lefa y acaricié mis pechos. Nos besamos y fuimos al agua… Caminamos rumbo al mar. Yo delante de él.
Gregory con sus grandes manos en mis caderas me apretaba.
Buscamos con la mirada a María.
Parecía estar hablando con un hombre moreno.
Permanecimos mirando su posición sin salir del agua.
Gregory acariciaba mi ano dentro del agua. Y yo disfrutaba su suave caricia.
Pocos minutos después, María y el hombre moreno caminaban hacia el mar; luego permanecían de pie enfrentados. Parecían hablar.
Ella se reía, con el agua casi al cuello. Él con el agua debajo de sus pectorales.
La diferencia de estatura era notable. Cuando el moreno avanzó algunos pasos más adentrándose en el mar. El agua llegó a cubrir sus pectorales. Continuaban enfrentados, pero la cabeza de mamá estaba casi a la altura de la suya.
Gregory los miró y me dijo: —¡¡Su amigo la sostiene con sus manos por el culo!!
Con sorpresa dije: —Entonces ella está rodeando con sus piernas la cintura del moreno. !!!
Permanecieron durante muchos minutos con sus caras muy juntas hasta que él dio un par de pasos hacia atrás y percibí el instante en que mamá llegó con sus pies al suelo.
Luego comenzaron a caminar tomados de la mano, por la línea donde el mar lame la arena. Venían en dirección a nosotros.
Nos abrazamos y caminamos unos pasos más adentro.
Ella nos vio, pero fingió no conocernos.
Gregory miraba hacia el mar. Yo, aferrada a su cuello, mirando por sobre su hombro, la veía hermosa. Su compañero era un moreno joven que lucía vientre plano, pubis bien rasurado y su pene flácido era a tener en cuenta. Luego que pasaron
Permanecí mirando sus espaldas.
Él, con hombros anchos, casi color azabache. Su espalda triangular hasta la cintura y el culo pequeño, muy oscuro, bien firme.
Mamá, tez blanca, hombros pequeños y brazos delicados. Cintura angosta. Caderas curvadas enmarcando su bonito culo. Semejante a una manzana deliciosa. Todo hacía ver que había sido trabajado en un gimnasio.
Se alejaron caminando sin detenerse hasta perderse de vista tras los montículos de piedras al final de la playa…
Esperamos su regreso acostados sobre la lona que habíamos estirado para apoyar nuestras pertenencias.
Gregory disfrutaba la tarde tendido mirando el cielo. Yo a su lado, de espaldas al cielo, con mi cabeza apoyada en un brazo suyo.
Cuando por fin llegó mamá, junto a nosotros, ya sin estar acompañada.
Optamos por vestirnos para regresar.
¿Te gustó la playita? pregunté.
Sí, es muy bonita y alejada de curiosos. Respondió…
Yo, pensando en el morocho que conoció, pregunté: ¿Viste algo interesante?
Ella sonrió y dijo, bajando la voz: “Al final de la playa, vi las estrellas a media tarde”.
Besos, Roberta.
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Afortunado el morocho que ligó a tu mamá. O ella lo eligió porque vio algo interesante en él ?