Locoto estaba muy caliente y sin condones

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En la compañía donde trabajo es común ver empleados nuevos.

Quiero contarles la situación que he vivido a partir de que una amiga me presentó un chico que comenzaba a trabajar ahí. Era delgado, bastante alto, de ojos claros y cabello rojizo ondulado.

Gustavo resultó ser muy simpático conmigo desde el primer momento.

Otro compañero de trabajo me dijo que Gustavo es chileno y que lo llaman cariñosamente Locoto.

Me provocó risa su sobrenombre y a la vez despertó mi curiosidad por conocerlo un poco más.

Durante una semana intercambiamos saludos, sonrisas y algún roce de manos.

Mi intuición me indicaba que Locoto me miraba con más frecuencia e intensidad que a las otras compañeras.

Un viernes me invitó a compartir un café en el lugar que yo eligiera, ya que no conocía la ciudad.

Acepté y programamos compartir el café en una cafetería pequeña del centro, a las 18 horas.

En principio nuestra conversación fue entorno al trabajo, luego sobre nuestros gustos en momentos de ocio. Llegamos al tema de parejas, pero sin profundizar mucho en eso. Luego de dos horas de platicar, me acompañó hasta mi casa, intercambiando nuestros números de celular y dejando abierta la oportunidad de volver a encontrarnos.

Una semana después, el chico chileno me invitó a cenar y luego a bailar.

Me sentía estupenda porque Locoto tenía ojos únicamente para mí.

Esa vez elegí una disco de mediano precio, pensando en que Gustavo recién había cobrado su primer sueldo.

Cenamos en un lugar muy conocido de comidas rápidas. Nos reímos mucho de cosas sin gracia ni sentido.

Nuestras rodillas en algún momento se rozaron debajo de la mesa debido a sus largas piernas.

Yo vestía una blusa blanca con detalles de seda, minifalda de cuero ecológico negro y sandalias de tiras sin taco, para estar cómoda al momento de bailar.

Llegamos a la disco en un momento en que sonaba salsa caribeña. Comenzamos bailando y pronto nos acaloramos, por lo que debimos detenernos.

Gustavo fue a la barra por dos tragos largos frutales, pero contenían algo de gin.

Luego de beber, él se mostró más espontáneo en su conversación y gestos.

Me atreví a preguntarle: “¿Por qué te llaman Locoto?”.

Gustavo se rio y, mientras bailábamos un lento, me respondió al oído, haciendo que sintiera su aliento caliente en mi cuello.

G: “Me llaman Locoto porque tengo el cabello rojo. El locoto es un ají rojo muy picante usado en la zona andina donde nací y crecí”.

“¿Y eres picante?”, pregunté riendo.

Gustavo me pegó a su cuerpo un momento y respondió: “Me encantaría serlo contigo”.

Luego de bailar varios lentos, nos sentamos. Gustavo fue por dos tragos más. Bebimos sorbo tras sorbo, ya tomados de la mano y rozando nuestras rodillas debajo de la mesa, hasta que él bajó un brazo y apoyó su mano sobre mi muslo desnudo.

Hice un gesto de sorpresa aunque esperaba su reacción y la deseaba. Aproximé mi cara a la suya y le hablé: “Gustavo, así no. Si estás caliente y deseas tocarme, vamos a un motel. Y en privado vale todo”.

“Eres divina, deseo con vehemencia besar toda tu piel”, dijo suspirando.

Me puse de pie un poco mareada y caminamos por dos cuadras hasta llegar al pequeño motel que yo conocía.

Me dejé caer sobre la cama con los pies colgando hacia el piso. Mi faldita corta se subió un poco, dejando a la vista mi tanguita negra ya muy mojada.

Gustavo apoyó su cuerpo sobre mí. Es delgado pero pesado; su peso me inmovilizó. Me pidió un beso. Abrí mi boca y lo recibí.

Una pierna de él encajaba en las mías, logrando separarlas un poco. Luego de besar mi boca, orejas y cuello, lamió mis pezones aún cubiertos por la blusa. Lamió mi vientre. Su lengua jugó en mi ombligo. Luego llegó con sus labios a mi tanga mojada. Lamió. Suspiré y moví una pierna. Aprisionó la tanga con sus dientes y la arrastró por mis piernas hasta dejarla en el piso.

Su boca lamía y mordía suavemente mis labios vaginales, que se pusieron gorditos. Instintivamente recogí mis piernas doblando las rodillas.

Gustavo se puso de rodillas en el piso, con mis pies sobre sus hombros. Jugaba con su lengua en mi concha ya abierta. Me hizo poner piel de gallina cuando chupó mis labios internos y movió su lengua en círculos sobre el clítoris. Solté un pequeño grito. Temblé y arqueé la espalda cuando me llegó el primer orgasmo. Bajaron muchos fluidos que él llevó con su lengua hasta humedecer mucho mi ano.

Sentí de nuevo que iba a estallar en un orgasmo. Me aferré a su cabeza y casi perdí el sentido. Grité y convulsioné. Mi concha manaba jugos como un manantial. Cuando me recompuse, me sentía muy mojada por mis jugos y su saliva. Mi cuerpo hervía, pero sentía frío en mi zona vaginal y anal.

“Gustavo, aún estamos vestidos”, dije, sin pensar en mi blusa babeada.

Él se puso de pie. Su cara estaba enrojecida. Su pantalón tenía un halo de humedad debido al líquido preseminal que brotaba de su pene.

En dos minutos me quitó la blusa, el brassier y la pollera. Permanecí con las sandalias de tiras puestas.

Él se despojó de su ropa rápidamente, dejándola en el piso.

Su piel era muy blanca con pocos vellos. Su verga se balanceaba recta y larga, con el glande rojo descubierto. No muy gruesa y con el pubis bien rasurado.

“Tengo muchas ganas de cogerte, pero no he traído condones. Me muero por clavarte a fondo, Belu”, dijo casi con desesperación en su voz.

Cerré los ojos y le respondí: “Quiero sentirte adentro. Métela sin serruchar. No termines por favor”.

Apenas terminé de hablar, me ensartó a fondo haciendo que me doliera muy adentro. Se detuvo un momento y quitó su verga de mis entrañas prontamente, generando en mi vagina esa sensación de vacío no agradable.

Los labios de mi vagina estaban hinchados y separados. Me mordí el labio inferior y me puse de lado.

La vista que le brindé de mi concha inflamada, abierta y mi ano mojado, lo llevó a apoyar la punta de su verga en la puerta de atrás. Luego se pajeó apretando su pene en el canal de mis nalgas.

Con suaves movimientos, hizo centro con la punta de su verga en el hoyo apenas dilatado pero muy mojado. Empujó con su pelvis. Suspiré cuando el ano cedió y se hundió en mí su largo cilindro.

El estiramiento del esfínter fue violento, pero soportable.

Afloché todos mis músculos permitiendo que el esfínter se amoldara a su invasor, al grosor de su verga.

Sujetando mis caderas, me cogió por el culo con fuerza y violencia. Su pelvis golpeaba aplaudiendo en mis nalgas mojadas. Me ardía el ano por tanto roce sin lubricante. Por fin, tensó su cuerpo y me llenó de semen.

Descansamos en posición de cuchara, transpirados y rendidos.

Antes de dejar el motel casi al amanecer, volvió a cogerme por el culo y pidió que lo cabalgara subiendo y bajando mi cola hasta hacerlo terminar una vez más.

Él me sujetaba por las tetas. Cuando su verga se hinchaba, me lamía los pezones.

Disfruté un orgasmo estando ensartada por el culo.

Ya con el ano bastante mal, nos bañamos juntos y regresamos a dormir en nuestras respectivas casas.

Estoy contenta por conocer íntimamente a Locoto, aunque haya quedado bastante dolorida.

Valió la pena. Besos 💋

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Belu
Belu

Hola, soy una chica transgresora. Disfruto la libertad sin ataduras a ningún hombre. Me gusta practicar nudismo entre amigos, y tener buen sexo. Relato algunas situaciones graciosas en las que estuve involucrada con chicos o chicas. Espero sean de su agrado.
( [email protected] ) Besos.

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