La sirvienta Itzel, diseñada para obedecer

Duración estimada de lectura: 7 minutos

Visitas: 2,538

El mensaje llegó a mediodía, entre un correo del trabajo y el ruido del comedor.
“Amor, esta noche quiero que nos divirtamos mucho. Saliendo, ve a esta dirección. Tengo una sorpresa.”
No pregunté cuál. Llevaba un mes cargando con lo que le había contado —que me vestía, que fantaseaba con que una mujer me tratara como su putita— y ella no lo había usado en mi contra ni lo había convertido en broma. Solo lo había guardado. Por eso obedecí sin negociar la dirección.
El hotel quedaba fuera de nuestro rumbo. Cuando bajé del coche, ella ya estaba en la banqueta con dos bolsas, el cabello recogido, los tacones firmes contra el concreto. Me besó como siempre. Adentro, en la habitación, el beso cambió de peso. Me quitó la camisa, el cinturón, el pantalón. Cuando fui a su blusa, me detuvo la muñeca.
—Desnúdate.
No era su voz de cama. Era más baja, casi de trabajo.
—Amor…
—Que te desnudes. No lo voy a repetir.
Se sentó en el sillón, abrió una bolsa y sacó lencería negra: brasier, tanga, liguero. La tela brillaba bajo la lámpara.
—Hoy vas a ser mía, muñeca. Báñate. No tardes.
El agua estaba demasiado caliente. Me lavé rápido, con el corazón en la garganta, y al salir encontré sobre la cama lo que no había visto: la peluca negra, los tacones y un uniforme corto de criada, delgado, de esos que no sirven para limpiar nada. Ella me tomó la mano antes de que lo tocara.
—Antes que nada. ¿Cuál es tu nombre?
No dudé. Llevaba años guardándolo.
—Itzel.
—Perfecto. Entonces serás mi sirvienta Itzel.
Me sentó y me fue vistiendo ella, no yo. El brasier apretaba donde no había pecho. Las medias subían frías. La tanga no ocultaba nada. El uniforme olía a tela nueva. Después se sentó en mis muslos y me maquilló en silencio: rímel, un poco de enchinador, labial. No era un maquillaje de fiesta. Era el justo para que, de lejos, pasara. Me puso la peluca. El peso me cambió la postura de la nuca.
—Levántate.
Al ponerme de pie, la erección empujó la falda. Ella la miró como quien encuentra un error en un informe.
—Ay, mi putita. Así no.
De la otra bolsa cayeron plugs, un cinturón y una jaula pequeña de metal. La tomó entre dos dedos.
—Esto lo usas mientras seas mía. No quiero que andes enseñando el pene cada vez que te ordeno algo.
Ya la había usado sola, en casa, con la puerta cerrada. No se lo dije. Me la coloqué con dificultad; el metal estaba frío y la erección no ayudaba. Cuando cerró, el alivio y la frustración llegaron juntos.
—En cuatro.
Obedecí. El uniforme se me subió solo. Sentí su boca antes que el plug: lengua lenta, pulgar abriéndome, el colchón cediendo bajo las rodillas. Gemí contra la sábana. La jaula apretó en respuesta, inútil. Luego el plug, lubricado, entrando de a poco hasta que el cuerpo lo aceptó de golpe. Solté un sonido corto. Ella lo oyó.
—Se te nota. Toda una zorra. Ven.
Me incorporé con eso dentro y me puso frente al espejo. Por un segundo no me reconocí: peluca, labios, falda corta, tacones, y entre las piernas el bulto obsceno de la jaula. Me excitó más que cualquier foto que me hubiera tomado solo.
Ella sacó el teléfono.
—Tiende la cama. De rodillas, límpiame los zapatos. Sonríe cuando te lo pida.
Obedecí. El plug se movía con cada postura. Las fotos no me importaron. Lo que me importó fue la última orden.
—Sal al pasillo. Pídele a una de las mucamas un trapo y una escoba. Si no lo haces, nos vamos y Itzel se queda en la bolsa.
El pasillo olía a cloro. Los tacones sonaban demasiado. Casi en recepción vi una puerta abierta y dos mujeres de unos cincuenta, con uniforme de verdad, cambiando sábanas. Tragué saliva.
—Disculpen. ¿No tendrán un trapo o una escoba que me presten?
Me miraron. Una sonrió, sin malicia o con toda.
—Sí, señorita. Trapo sí. Escoba no tengo; llévese el trapeador. Y que quede bien limpio, corazón.
Volví con las manos ocupadas y las mejillas ardiendo. Ella reía bajito, ya con el arnés puesto.
—¿Encontraste tus herramientas?
—Sí, mi ama.
—El espejo. Y no te detengas.
Limpié. En el reflejo la vi acercarse. Me separó las piernas, corrió la tanga, sacó el plug con un tirón húmedo y apoyó la punta del dildo. No era enorme. Alcanzaba. Entró despacio, y yo dejé el trapo.
—Sigue limpiando, puta.
Lo intenté. Cada embestida me acercaba el pecho al vidrio. El marco me sostenía la frente. Los ojos se me fueron. Gemía sin cuidarme del pasillo.
—¿Así te gusta, Itzel?
—Me encanta.
Me llevó a la cama y siguió, ahora más hondo, con una mano en mi nuca. La espalda se me arqueaba sola. La jaula golpeaba contra el colchón y no servía de nada: el placer estaba en otro lado, abierto, lleno, ridículo. Cuando salió, me dejé caer boca abajo.
—¿Y tú qué haces? A mí no me has complacido.
Me dio la llave. El metal tintineó.
—Quítatela. Fuiste obediente. Hoy te dejo venirte.
Me la quité con dedos torpes. Ella se desabrochó el arnés, se desnudó y se arrodilló entre mis piernas. La boca era otra orden. Después se sentó sobre mí, despacio, y el contraste me atravesó: de objeto a esto, de falda a su peso, de no poder a poder demasiado.
—Eres tan puta que se pega —dijo, moviéndose—. Hazme venir.
La sostuve de la cintura. No hablamos más. Cuando ella se apretó y soltó el aire, seguí hasta venirme dentro, con la peluca pegada a la sien y el uniforme todavía puesto. Quedamos quietos un momento. El suficiente para creer que había terminado.
—Nadie te dio permiso de descansar. Si no te estoy usando, limpias. La habitación se entrega decente.
Se metió a bañar. Yo tendí la cama con las piernas temblando y el ano sensible a cada paso. Al salir, ya vestida de calle, señaló el trapeador.
—Devuélvelo. Y cuando vuelvas, Itzel se acaba.
En el pasillo encontré a la misma mujer.
—Gracias, señora.
—De nada, corazón. ¿No te gustaría trabajar aquí?
—No creo.
Reí nerviosa y no esperé respuesta. Al regresar, el uniforme estaba doblado dentro de la bolsa, la peluca guardada, mi ropa de trabajo sobre la cama. Me bañé. Ella me quitó el labial con una toallita, con el mismo cuidado con que me lo había puesto. Salimos. Las mucamas nos cruzaron y murmuraron algo que no alcanzamos a oír, o que preferimos no oír. En la calle, ya sin tacones, ella me tomó del brazo.
—Me divertí. Y me gustó conocer a Itzel. Creo que podemos llevarnos bien.
No contesté. Sonreí, y seguimos caminando como si aquella habitación no existiera.

👉 ¿Te gustó este relato? ¡Compártelo! ✨
Itzissyta
Itzissyta

Travesti, sissy, crossdresser, cachonda y relatora, espero les guste leer lo que les traigo.

Artículos: 1

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *