LA PERDICION DE ANDRES
Cuando acabamos de coger, me separé de Andrés y se quedó recargado en el peinador, agachado, aún presa de la excitación y el ardor de la cópula anal. Vi con morbo la mancha blanca embarrada en la madera a la altura de su cadera, aún caliente y chorreando, donde su semen había sido lanzado sin tocarse.
Entre sus blancas piernas abiertas miré los pequeños testículos suaves y la verga achicada. Observé el hermoso trasero, suave al tacto y esponjoso, sobre todo el estupendo ano juvenil. Era de esos anitos que se aprietan para evitar ser violados, pero apenas logras meterles el glande son suaves y los penetras fácil. El de Andrés era suave de penetrar, quizá de tanto uso, pues a pesar de tener solo 18 años hacía ya 2 que se dedicaba a esto. Caminando despacio volvió a la cama.
—¿A poco aún te duele? —Miré sus grandes y hermosos ojos cafés y se acostó a mi lado.
—Sí.
—Pero si coges mucho.
—Sí, me gusta… Pero.
—Vi el chorrote de leche que aventaste.
—Sí, las tengo que dar; de perdido la gozo. —Toqué el pene y los huevos.
—Tienes un buen equipo. Pero dime, ¿cómo empezaste en esto de dar nalgas?
—Como muchos que conozco: un ofrecimiento casual de repente. Yo estaba en la secundaria en primero de prepa en la tarde y casi nunca traía dinero. Me hacía falta un toque, así que saliendo me fui allí cerca y empecé a lavar vidrios, hasta que llegó un tipo en su carro y me dijo cuánto le cobraba por jalársela, que porque estaba bien bueno y se me veían las nalgas con madre y no sé qué más. Me molestó y me alejé, pero me siguió porque al rato, cuando iba a la casa, me alcanzó.
—”Órale, yo sé que va a gustar y doy una buena lana. Te doy lo que quieras”. En ese momento pensé en que dinero era lo que necesitaba. A lo mejor me podía comprar algo y luego hacerle la puñeta. Así no me iba a dar cuenta.
—Bueno, pero quiero 300 pesos.
Dijo que sí y que me subiera. Me subí y me fui con él allá por la colonia Morelos, donde tenía una casa. Cuando llegamos me bajó del brazo y pasamos a la sala. Allí me dejó y se alejó a un buró del que sacó un cigarro. Tras una gran chupada me observó de pies a cabeza con atención. Me acercó el cigarro y dijo que fumara. Lo tomé y le di una chupada larga y sentí que el humo entraba a mis pulmones. Pronto sentí que me retumbaba el pecho y zumbaban los oídos y pensé: “Con esto no voy a sentir nada, nomás me lavo las manos y ya, ni quien se dé cuenta”.
—Fúmale mientras te quito la ropa —me dijo. Al decir eso ya ni me daba plena cuenta, pues estaba mareado e incluso me había parado y ni cuenta me di cuando el tipo me bajó los pantalones y los calzones. Mi verga quedó al aire, la tenía dura. En eso pensé que para qué me bajaba los pantalones si nomás se la iba a jalar.
—”Estás pendejo si crees que nomás me la vas a jalar por 300 pesos. Te la voy a ensartar por el culo”. No me asusté, sino que me excité más.
—”Pues órale” —le dije volteándome para que viera mis nalgas.
Para qué te cuento qué pasó ese día, o esa tarde.
—¿Te chingó? ¿Y apenas tenías 16 años?
—Sí. Me llevó a la cama y me puso de panza, con las piernas un poco separadas, tocándome el culo mientras se quitaba la ropa. Me emocionaba estar haciendo algo que otros de mi edad no hacían. Me levantaba un poco las nalgas y sentí algo duro y caliente en la cola. Casi ni sentí el momento en que me penetró, porque no dolió, sino que sentía calor y te juro que pude sentir cuando la cabeza se deslizaba dentro. Luego me bombó por un rato largo, sudando sobre mí hasta que sentí el líquido caliente dentro del intestino. Me la sacó despacio, sintiendo la desagradable sensación de vacío dentro de mí. Mareado, oí como aún pronunciaba: “Hijo de tu madre, qué bueno estás”. Me tiré cansado en la cama, encuerado, sintiendo el chorrear de la leche entre las nalgas. Allí me di cuenta de que yo me había chorreado y que mi semen estaba en la cama.
—¿Te gustó, putito?
—De a madre —le dije.
—¿Te echo otro?
—Pero me das otros 100.
—Te doy puro chile, cabrón, bien que te gustó, si hasta estabas brincando y pujando. Puto hijo de la chingada; si te veía la cara de felicidad, joto pendejo.
—Y te dio tronco.
—Sí, y qué bruto, me puso el culo rojo de la chinga. Pero luego me fue a dejar cerca de la casa. El relajo vino al día siguiente cuando mi mamá halló sangre en la trusa y me llevó al doctor del barrio, un tipo viejo. Casi salta de gusto cuando halló entre sus manoseos que me habían hecho sexo anal. Se armó la gorda, mis papás diciéndome que era un caliente y un joto, pero no pasó a mayores. Por eso seguí en esto para conseguir dinero. Ya vez, aquí estoy dándote las nalgas.
—Pues bueno, empínate otra vez en el peinador.
Se levantó y se colocó en posición para cogerlo. Él solo se abrió los glúteos y dejó que colocara mi pene en el punto exacto y luego le deslicé la verga al fondo.
Autor: joseneto
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