Sexo con Maduras | 1.545 lecturas |

La nadadora excitada me dejo lamerle los dedos de los pies

Por motivos de salud, mi psiquiatra me aconsejó que no trabajara por una temporada e hiciera algo de deporte mientras tomara el medicamento que me iba recetando en cada visita. Se trataba de ansiolíticos, así como también de un antidepresivo que me activara la serotonina, dado que el estrés obtenido por el inútil esfuerzo de mantener abierto el negocio, me dejó totalmente aislado de mi entorno, hundido en la melancolía y constantemente dando vueltas por el mismo sendero, obsesionado por todo el trabajo en vano de seguir con la compra-venta de pisos junto a mis dos socios.

Fueron tantas horas de trabajo y tantas noches sin dormir, que acabé sin dar importancia a nada que aconteciera en mi vida. Un lustro de sacrificios al traste, sin contar la larga carrera de derecho, que me mantuvo sin vacaciones durante tantos veranos. Total, que acabé psíquicamente desactivado, casi arruinado, con 62 Kg (dieciséis menos que mi peso ideal) y a mis treinta años, sin ganas de vivir. Al cuarto mes de tratamiento, empecé a tener ganas de mantenerme activo, de realizar algún deporte, tal y como la galena me había recomendado.

Me apunté a un polideportivo situado al centro de mi ciudad, a diez minutos escasos de mi casa. Empecé por tonificación y pesas, para ir ganando peso, cosa que ya sucedía a medida que iba tomando la medicación y me alejaba del recuerdo de mi mala experiencia laboral. Así pues, en la actividad dirigida, me tocó hacer unos ejercicios finales con una señora de mediana edad muy abierta. Me resultó simpática, de esas personas que nada más entrar en contacto, te da la sensación de que las conoces desde hace tiempo. Sus ojos eran claros, muy vivos. Era de sonrisa fácil y eso me agradó, necesitaba gente positiva a mi lado.

Yo siempre he tendido a ser retraído, pero nunca como en aquella nefasta época. Además, tratándose de mujeres, sólo había tenido dos novias. Con la primera, no llegué a hacer sexo con ella, nunca pasamos de la masturbación. Con la segunda, a mediados de los noventa hasta un año antes del cierre del negocio, tuve una vida sexual más bien de carácter normativo: Si los padres no estaban, podía dormir con ella y echar un polvo nada memorable. Así pues, a todos mis problemas, cabía añadir el sexual y especialmente el cómo vencer mi timidez con las mujeres.

Como iba diciendo, esa mujer me cayó bien, a pesar de su edad era muy alegre, pero sin llegar para nada a lo vulgar, cosa que encuentro deleznable. El monitor nos hacía trabajar de lo lindo y mi nueva compañera, de vez en cuando gritaba cosas como “¿Te mofas de nosotros?”. Yo reía sin cesar. Cuando terminó la sesión, nos despedimos sin quedar para otro día. La diferencia de edad y mi timidez lo impidieron. Después de muchos días de búsqueda, no la encontraba. Quizás se había desapuntado del centro.

Un buen día, me dirigí hacia la piscina y después de media hora de brazadas, me fijé en una mujer cuyo estilo era más que aceptable; apenas hacía ruido al nadar “crawl” y eso me hizo fijarme más en ella. Quería tener la oportunidad de charlar con ella, sobre cómo lo hacía. Justo al lado de la piscina, había otra de pequeña, dotada de chorros de agua para relajarse. Me fui hacia allí. El agua me llegaba por el bañador y eso me permitía situarme cómodamente bajo uno de los chorros que caían de arriba. Me sentía la mar de bien. De repente, sin abrir los ojos, noté cómo un nuevo cuerpo se adentraba en la pequeña piscina. Giré la cabeza y tuve que mirar durante varios segundos para cerciorarme de que era la señora de la clase de tonificación, la que nadaba tan bien. Vi que me iba a saludar y yo, disimulando como pude, le empecé a hablar como si mi alegría no fuera más allá de saludar a una simple compañera. Se puso a mi lado y mientras sentíamos el chorro de agua deslizándose sobre nuestras espaldas, íbamos charlando sobre temas sin trascendencia. Yo quería que la conversación tomara cuerpo, pero mi carácter reservado no me lo permitía. Además, tenía miedo que se aburriera conmigo.

– Llevas todo el cuerpo depilado – comentó bajo mi asombro.

– Sí… facilita la brazada al nadar y me hace parecer más joven – contesté algo inseguro.

– ¿Joven? – preguntó divertida – ¡Podría ser tu madre! – apostó mirándome sin dejar de sonreír.

– Eso es imposible, usted no parece tan mayor como para ser mi madre.

– ¿Cuántos años tienes? – disparó sin vacilar.

– Treinta – contesté rápidamente pensando que había ganado esa apuesta imaginaria.

– Podría ser tu madre… – aseguró dejándome asombrado.

De súbito me dijo que había una clase de aeróbic en el agua. Era un poco cortante porque solía acudir gente de edad avanzada y eso me hacía sentir un tanto avergonzado. Claro que si ella iba, un servidor de ustedes no iba a desechar la posibilidad de pasar cincuenta minutos con tan maravillosa mujer. Al ir hacia la piscina grande, observé que poseía un bonito cuerpo, delgado y de piernas largas, que junto a su grandiosa personalidad, me hacían sentir en otro mundo.

Transcurrió la clase y al final, cuando la monitora cambió la música por otra más suave, nos hizo hacer ejercicios de estiramiento y en parejas, teníamos que quedarnos haciendo el muerto mientras la otra persona nos daba vueltas suavemente. Luego, la actividad sería a la inversa. Mientras ella me balanceaba, yo me sentía flotar en el aire. Estaba teniendo una pequeña erección, algo que por el estado depresivo no ocurría desde hacía tiempo. Me sentía feliz, ajeno a cualquier problema de antaño. Cuando le tocó a mi compañera hacer el muerto, la observé bien mientras le daba suaves vueltas y pensé que era una mujer formidable, capaz de conseguir cuanto quisiera de cualquier hombre. Me pregunté qué diantre querría esa señora de un tipo que podría ser su hijo y era incapaz de salir airoso de los problemas. Al salir del agua, nos fuimos despidiendo y le dije mi nombre.

– Yo me llamo María Cristina – me dijo con su particular sonrisa mientras nos dábamos la mano.

Me fui al vestuario y me cambié. Aquella noche me fui a la cama con una larga sonrisa, María Cristina llenaba todos mis pensamientos, era una mujer de verdad, no como aquellas dos niñas con las que había salido, que de ningún modo satisfacían las ilusiones del narrador de esta historia.

En los días siguientes, seguíamos coincidiendo en la piscina, poco a poco íbamos entrando en confianza, hasta que un señor mayor del grupo de aeróbic acuático dijo que podíamos organizar una cena con la monitora y todo. Yo pensé que era mi ocasión de ver a María Cristina fuera del recinto y llegar a ser amigos. Pero ella me susurró que no estaba dispuesta a ir, que le parecía muy aburrido acudir a un ágape rodeada de personas mucho mayores. Al ir hacia los vestuarios, ella vino a paso ligero y me dijo que si quería podíamos hacer una cena los dos por nuestra cuenta. ¡No me lo podía creer! Evidentemente accedí, me dijo que era muy mala escogiendo sitios y que ya le llamaría.

La cité en Casa Calvet, un pequeño restaurante de estructura modernista, elegante y sin perder un ápice de sencillez. Llegó unos diez minutos después que yo. Estaba nervioso, ansioso por saber qué nos depararía en aquella noche de Septiembre. Por una vez no me tomé la medicación, pedí un vino de Rioja gran reserva y nos envenenamos con él y otra botella más.Le hablé de mi peculiar situación y ella me escuchó atentamente, demostrándome, una vez más, su enorme grado de empatía y saber estar. Posteriormente, ella me habló de su divorcio, acontecido un año antes. No había estado con ningún otro hombre desde entonces, estaba más preocupada por su hija que compartía piso con una compañera de universidad y su rendimiento había menguado desde los trámites de separación de sus progenitores. Entre eso y su vida profesional (era arquitecto), no tenía ningún espacio para su vida sentimental.

– ¿Sabes? Eres el primer hombre con el que salgo desde mi divorcio.

Confesó dejándome sorprendido y despejando cualquier incógnita sobre el significado que tenía para ella esa cena. Tuve un principio de erección y me pedí un agua con gas, dada la sequedad de mi boca.

Me pidió que la llevara a algún sitio. Su casa no le parecía un buen lugar, siempre podía sorprendernos algún vecino fisgón. Yo, por aquel entonces, vivía con mis padres. La única solución era un meublé. Fuimos hacia el norte de la ciudad, a una especie de torre muy clásica, donde ninguna pareja podía coincidir con otra. Nos dieron una habitación preciosa, con un espejo en el techo, tele con canal X, baño con jakuzzi, cama de agua, incluso hilo musical con música muy sensual. Pedimos una botella de cava y que no nos molestaran.

Me fijé en su traje chaqueta blanco. Estaba preciosa, me acerqué a ella y la besé. En la mejilla primero, en los labios después, hasta abrir nuestras bocas para que la pasión entrara en juego y la temperatura de nuestros cuerpos se adueñara de la situación. Miméticamente, nos fuimos desnudando, la camisa primero, los pantalones después. María Cristina llevaba un conjunto de ropa interior blanco, de suave textura y notoria transparencia en el sujetador. Se podía adivinar la forma de los pezones, menudos, proporcionales a sus pechos, de tamaño mediano, tirando a pequeños. La tumbé sobre la cama y fui besándola por todo el cuerpo rosado, que todavía conservaba un leve tono del moreno del mar, aunque por sus facciones de mujer más bien rubia, su pigmentación poco podía permitirle una tez morena. Fui paseando la lengua por su vientre, sorprendentemente liso hasta topar con sus bragas, que hacían un bello juego con el sujetador y también mostraban ligeras transparencias y podía apreciar la generosidad con que tenía arreglado el vello púbico.

Le fui besando las piernas hasta lamerle los dedos de los pies, que me parecieron preciosos. Con toda la ternura que mi persona podía ofrecerle, le di la vuelta y le fui masajeando los hombros y dicha acción la iba alternando con suaves lamidas en su oreja. Se iba estremeciendo, cuando lentamente le deshice el sostén. Seguí masajeando por toda la espalda hasta que mis manos llegaron hasta las bragas. Se las bajé un poco y le mordí suavemente el delicioso culito que mi compañera de natación atesoraba. Por su sorpresa, le volví a subir la braga. Se volvió a dar la vuelta. Yo estaba observándola de pie en mis calzoncillos largos de color verde oscuro. Miró mi cuerpo de arriba a abajo sin obviar el bulto que emanaba mi pene. Levantó la parte superior de su cuerpo hasta quedarse sentada de cara hacia a mi.

– Quiero probarte – pronunció con la voz entrecortada y sin esconder que estaba cachonda como yo.

Acarició mi paquete y bajó el calzón lo suficiente como para verme el sexo.

– Tenía ganas de verte la polla – confesó sin ninguna censura.

Me bajé los calzoncillos del todo y le abrí las piernas levantando todo su abdomen hasta tener su coño entre mi nariz y mi boca. Noté su excitación aún más dada la humedad de sus bragas, que fui quitando poco a poco. Empezamos a abrazarnos y besarnos con ternura. Sin ningún género de dudas, esta estaba siendo la experiencia sexual de mi vida. Aquellos susurros, aquellas caricias de amabilidad abrían un bello código sólo inteligible para aquellos amantes que rebosan de pasión.

Empecé a penetrarla por su bello coño y María Cristina no cesaba de jadear y proferir bellos orgasmos que aumentaban el placer de hacer gozar una mujer de tal calibre. Se dio la vuelta y la penetré mientras mordía con fuerza la almohada, intercalando dicha acción con gritos cada vez más estruendosos. Dichos ruidos de placer me sorprendían, ¡Qué distinta experiencia de todas las demás!. Mi amiga se giró diciendo que le apetecía en la boca y me empezó a comer el rabo. Eso era algo que nunca me habían hecho, miré el techo muerto de gusto y de incredulidad, la Nadadora estaba haciendo de mí un hombre sexualmente adulto. Me corrí sobre sus tetas y al cabo de unos minutos nos dormimos abrazados.

Cada uno fue a su casa. Se desapuntó del polideportivo y tampoco contestaba a mis llamadas, dándome evasivas. Hace alrededor de un año, nos encontramos en una estación de autobuses. Yo esperaba a mi novia y ella iba acompañada de un hombre mayor que ella.

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