La Cholita Caliente del Mercado
En el bullicioso mercado de Surquillo, en pleno corazón de Lima, el sol caía a plomo como un amante apasionado que no sabe cuándo parar. Yo, un tipo común y corriente, había ido a comprar frutas para la semana, pero el destino me tenía preparada una sorpresa jugosa. Ahí estaba Rosa, la cholita vendedora, con su piel morena brillando bajo el sudor, sus curvas marcadas por una falda corta que dejaba ver sus piernas gruesas y un culo que invitaba a pecar. Sus tetas enormes, como dos mangos maduros, se apretaban contra una blusa blanca casi transparente, y sus ojos negros me miraban con un fuego que prometía travesuras.
“Oye, pendejo, ¿quieres probar mi mango?”, me dijo ella con una sonrisa pícara, extendiendo una fruta roja y jugosa hacia mí. No era solo el mango lo que quería probar; era ella, toda entera. Charlamos un rato, coqueteando con miradas y toques casuales, mientras el mercado hervía de vendedores gritando y olores a cilantro y ají. Rosa se inclinó sobre el mostrador, dejando que sus tetas casi rozaran mi brazo, y yo sentí cómo mi pinga empezaba a endurecerse en mis pantalones. “Ven a la trastienda, papi, te muestro algo mejor”, susurró, guiñándome un ojo.
La seguí como un perro en celo, dejando atrás el ruido del mercado. La trastienda era un espacio estrecho, lleno de cajas de frutas y un colchón viejo en el suelo, probablemente para “descansos” como este. El aire estaba cargado de humedad y el perfume barato de Rosa, una mezcla de vainilla y sudor que me ponía la piel de gallina. Cerró la puerta con un clic, y sin decir nada, se acercó a mí, presionando su cuerpo contra el mío. Sus tetas se aplastaron contra mi pecho, y pude sentir sus pezones duros a través de la tela. “Hace calor aquí, ¿no?”, dijo ella, riendo, mientras sus manos bajaban a mi cinturón.
No pude contenerme más. La besé con hambre, mi lengua invadiendo su boca como si fuera territorio conquistado. Sabía a mango dulce y a deseo puro. Mis manos recorrieron su espalda, bajando hasta ese culo redondo que tanto había admirado, apretándolo fuerte y sintiendo cómo se movía contra mí. “Fóllame aquí mismo, papi”, gimió ella, levantándose la falda para mostrarme su concha mojada, sin calzones, depilada y lista para ser devorada. Era una vista gloriosa: rosada, hinchada y goteando de anticipación. Me arrodillé y la lamí, mi lengua explorando cada pliegue, saboreando su jugo salado mientras ella agarraba mi cabello y gemía “¡Carajo, sí, chúpame la concha!”.
Rosa se corrió rápido, sus piernas temblando mientras su cuerpo se convulsionaba en un orgasmo intenso. Pero no había terminado; se puso de rodillas y sacó mi pinga dura, mirándola con ojos hambrientos. “Qué verga tan rica, papi”, murmuró, antes de metérsela en la boca. Chupaba como una experta, su lengua girando alrededor de la cabeza, sus tetas rebotando con cada movimiento. Yo gemía, sintiendo cómo el placer subía por mi espina dorsal, pero quería más. La levanté y la apoyé contra las cajas de plátanos, penetrándola de un tirón.
La embestí fuerte, mi pinga entrando y saliendo de su concha apretada, sintiendo cómo sus paredes me succionaban. “¡Más fuerte, carajo, hazme gritar!”, pedía ella, clavando sus uñas en mi espalda. Sus tetas rebotaban con cada thrust, y yo las chupaba, mordiendo sus pezones duros mientras el sudor nos cubría a ambos. El mercado seguía afuera, con gente comprando, pero aquí dentro éramos solo nosotros, perdidos en el morbo. Rosa se corrió de nuevo, su concha contrayéndose alrededor de mi verga, y yo aceleré, sintiendo que estaba cerca.
Pero Rosa tenía más trucos. Se dio vuelta, apoyándose en las cajas, ofreciéndome su culo roto. “Fóllame por atrás, papi, rómpeme el orto”, dijo con voz ronca. Escupí en mi mano, lubricando mi pinga, y la penetré lentamente, sintiendo cómo su ano se abría para mí. Era estrecho, caliente y prohibido, y ella gemía de placer y dolor. Empecé a moverme, embistiéndola con ritmo, mis bolas chocando contra su concha mojada. “¡Sí, carajo, así, hazme tu puta!”, gritaba, mientras yo agarraba sus caderas y la follaba como un animal.
El placer era insoportable; su culo me apretaba, y yo sentía cómo mi leche subía. Pero quería prolongarlo. La saqué y la hice arrodillarse de nuevo, metiéndole la pinga en la boca para que limpiara sus jugos. Ella chupaba con avidez, mirándome con esos ojos llenos de lujuria. “Córrete en mi cara, papi”, pidió, y yo no pude resistir. Me masturbé rápido, disparando chorros calientes sobre sus tetas y su rostro, mientras ella sonreía satisfecha.
Nos quedamos ahí, jadeando, el mercado ahora un recuerdo lejano. Rosa se limpió con una sonrisa, arreglándose la falda. “Vuelve mañana, carajo, tengo más frutas para ti”, dijo, guiñándome un ojo. Salí de la trastienda con las piernas temblorosas, llevando una bolsa de mangos que nunca comería. Esa cholita era una diosa del morbo, y yo, un cabrón afortunado que había probado el paraíso en un rincón escondido de Lima.
Al día siguiente, regresé, y Rosa me recibió con una sonrisa cómplice. Esta vez, trajo a una amiga, una cholita más joven con curvas similares, y el juego se puso aún más caliente. Pero eso es otra historia. En Surquillo, el mercado nunca duerme, y el morbo tampoco.
¿Te gustó este relato? descubre más historias eróticas cada día en nuestra página principal.
