La Aventura Permitida
María, a sus 52 años, seguía siendo el centro de miradas en el gimnasio del hotel en Cancún donde iba casi todas las tardes. Su cuerpo maduro, con curvas generosas, cintura marcada por los años y pechos firmes que aún desafiaban la ley de gravedad, atraía ojos jóvenes y no tan jóvenes. Llevaba leggings ajustados que marcaban su culo redondo y tops deportivos que dejaban ver un poco de escote sudoroso. Juan, su esposo de 54, lo sabía y lo disfrutaba en secreto: le excitaba que otros la desearan.
Alex, un chico de 28 años, alto, moreno, con músculos definidos de quien entrena en serio, empezó a coincidir con ella en las máquinas. Primero fueron saludos, luego consejos sobre postura en las sentadillas. Un día, después de una serie intensa de pesas, Alex se acercó secándose el sudor: “María, ¿te apetece un café después? Para charlar un rato, nada más”. Ella sintió un cosquilleo en el estómago, esa tensión sexual que no había experimentado en años. Aceptó.
En la cafetería del gimnasio, sentados frente a frente, hablaron de rutinas, de Cancún, de la vida. Sus rodillas se rozaron bajo la mesa, sus miradas se sostuvieron demasiado tiempo. Alex le tocó el brazo al reírse de algo, y María sintió su piel erizarse. No pasó nada más, pero el aire estaba cargado: él la miraba como si quisiera devorarla, y ella se sentía deseada, viva. Al llegar a casa, le contó todo a Juan en la cama, susurrando: “Me invitó a un café… y sentí mariposas, Juan. Como si fuera una adolescente”. Juan, con la respiración acelerada, la besó profundo y le dijo: “Me excita imaginarlo. ¿Por qué no lo llevas un fin de semana? Un viaje solos, como pareja. Haz lo que quieras… y cuéntamelo todo después, con detalles. Solo mensajes, sin fotos, para que mi imaginación vuele”.
María dudó un segundo, pero la idea la encendió. Aceptó la invitación de Alex para un fin de semana en un resort boutique en Playa del Carmen, a una hora de Cancún. Inventó para los hijos un “retiro de yoga con amigas”. Juan se quedó en casa, fingiendo normalidad.
El viernes llegaron al resort. Desde el primer momento, actuaron como pareja: Alex la tomaba de la mano al caminar, le besaba la mejilla en el lobby, la abrazaba por la cintura. María sintió vergüenza al notar cómo las otras mujeres —jóvenes, solteras, en bikinis— los miraban con curiosidad y envidia. “Una señora mayor con un chavo tan guapo”, pensó, y eso la ponía nerviosa, pero también la excitaba. Se cambiaba en la habitación y salía con trajes de baño sexys que había comprado en secreto: un bikini negro de tirantes finos que apenas contenía sus pechos grandes, la parte de abajo alta que dejaba ver mucho glúteo, o un enterizo cortado en los costados que marcaba sus caderas anchas y su vientre suave pero tonificado. Alex no podía quitarle los ojos de encima; la besaba en la piscina, le pasaba crema en la espalda, y sus manos bajaban peligrosamente cerca de sus nalgas.
Esa noche, en la habitación con vista al mar, todo explotó. Mensaje de María a Juan a medianoche: “Ya pasó. Me besó como loco en la terraza. Entramos y me quitó el bikini despacio. Me chupó los pezones hasta que gemí fuerte. Luego me comió el coño por media hora, lengua profunda, dedos dentro… me vine dos veces temblando”. Juan, solo en la cama, se masturbó leyendo, imaginando cada lamida.
Sábado por la mañana: “Desayunamos en la cama. Me folló despacio, mirándome a los ojos. Me penetró profundo, yo encima moviéndome lento. Se vino dentro, caliente, llenándome. Me quedé con su semen goteando mientras me abrazaba”. Juan respondió: “Sigue, amor. Me tienes duro todo el día”.
Tarde en la piscina privada: “Estamos solos aquí. Me puso de espaldas contra la pared, me levantó una pierna y me metió la verga otra vez. Follando fuerte, el agua salpicando. Grité su nombre… otra vez creampie, sentí cómo latía dentro”. María se sentía expuesta cuando salían: gente los veía caminar de la mano, ella con el bikini mojado pegado al cuerpo, pezones marcados, y Alex con el brazo alrededor de su cintura. Le daba pena, pero esa vergüenza la ponía más caliente.
Noche del sábado: “Cena romántica. Volvimos y me comió otra vez, de rodillas en la cama. Luego me puse encima y cabalgue hasta que me vine gritando. Él se corrió dentro de nuevo, profundo. Ahora estoy acostada con él, su semen todavía dentro”.
Domingo por la mañana: “Última vez antes de volver. Me folló de perrito, agarrándome las caderas. Me vine fuerte, apretándolo. Creampie final. Me siento llena, usada… y feliz”.
María volvió a casa el domingo tarde. Besó a Juan en la cocina, con los hijos arriba jugando videojuegos. “Gracias por dejarme vivirlo”, susurró. Él, excitado como nunca, la llevó al baño y la tomó allí mismo, oliendo todavía a otro hombre, reavivando su fuego como nunca antes. El secreto quedó entre ellos, y el gimnasio siguió siendo su lugar de encuentros inocentes… por ahora. 😈
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