En un abrir y cerrar de ojos me volvieron nena

Hola, les hablaré de mi historia y lo haré como Harol, un chico de 18 años de sangre caliente, no solo por su constitución física, sino por su herencia familiar. De piel blanca, no musculoso pero bien formado y desarrollado, lampiño, de cabello negro, de apariencia muy llamativa y de 168 cm de estatura.

No hacía mucho tiempo que mi familia se había mudado de una finca de campo a un pueblo cercano. Poco a poco nos íbamos habituando y yo, como buen chico, trataba de ganar el aprecio y la confianza de los vecinos. Mi hermana Martina era igual y más rápido que yo empezó a hacer amistades. Bueno, no solo era bonita, sino también muy jovial. Ella tenía 17 años y acababa de ser bachiller.

Pasó que algunas de las nuevas amigas de mi hermana eran muy indiscretas para vestir. Mostraban más de lo que debían y cuando venían a la casa, hasta mi padre no podía evitar chorrear la baba. Yo igual me llegué a masturbar varias veces de lo buenas que estaban las porrinas. Lo que no sabía es que, por otro lado, se empezaba a gestar otra situación ajena a mis intereses, pero que tenía que ver directamente conmigo.

Yo, como era normal, saludaba a los vecinos de mi cuadra y había tres vecinos que siempre me saludaban con mucho ánimo. Se les notaba que se alegraban siempre de verme y eran los tres padres de las amigas de mi hermana. Hasta ahí todo parecía ser muy normal, hasta que empecé a percibir ciertas actitudes un poco manieristas en sus miradas y forma de saludarme.

Un día me tocó ir a la tienda a comprar algo y allí, en la entrada, estaban los tres. Parecían ser muy buenos amigos. Les saludé y entré. Luego vi cómo sonreían y uno de ellos escribió algo en un papelillo. Al salir, el hombre me dio el papel sonriente y me deseó buen día. Yo me fui intrigado por el papel y, al llegar, miré que era una propuesta de trabajo. Decía que debía ir primero a una entrevista a su oficina, que fuera sin falta, que además tenía un regalo.

En la casa yo solo dije que tenía una cita de trabajo, pero no dije siquiera con quién. El caso fue que al día siguiente me bañé, me eché loción, me arreglé y fui a la cita a las tres de la tarde. Busqué la dirección y llegué al lugar. Al llegar vi que estaban los tres en una oficina en un cuarto al interior del negocio. Los saludé y cada uno me saludó de modo particular: uno me abrazó, el otro me tomó la mano con sus dos manos y el que me dio el papel me abrazó por las nalgas, apretando un poco. Los saludos fueron cálidos para mí y me sentí bien.

Me senté y me ofrecieron algo que ellos estaban bebiendo. Era como un licor un poco fuerte y, de hecho, el primer trago me mareó. Me hablaron del trabajo y que ganaría bien. Luego hicieron bromas y los dos que estaban de pie estaban casi encima mío. Uno de ellos, don Guillermo, me rozaba el bulto entre sus piernas sobre mi hombro. Yo reía con ellos por los chistes, pero no sabía qué hacer porque Guillermo me frotaba su bulto. Se veía que tenía un chimbo muy grande. Yo me sonrojaba y sentía el mareo ya casi terminando la bebida.

El otro que estaba de pie habló sobre alguien que tenía unos pechos grandes y, sin más, me tocó el pecho. Sentí cosquillas cuando me pellizcó un poco las tetillas, diciendo que a mí me faltaba mucho para tener esas tetas. Entonces, en ese momento, me recibió el vaso y me acarició la mejilla. Ya no supe si eran demasiado cariñosos o qué. El que me dio el papel se llamaba Ramón y me dijo que, si me gustaba el trabajo, firmábamos de una vez. Yo le dije que sí, que estaba bien. Entonces dijo que solo faltaba el examen médico. Lo miré y me dijo que me quitara la ropa para ver cómo estaba físicamente. Intrigado miré a los otros dos y ellos me dijeron que era un requisito, nada más, como un examen.

Parecía no tener alternativa y empecé a desvestirme delante de ellos. Me dejé el pantaloncillo y me lo hicieron quitar también. Ramón se puso de pie y empezó a tocarme por los hombros y la espalda. Sentí su gruesa mano caliente bajar hasta mis nalgas y vi a los otros dos apretarse sus bultos entre las piernas. Ramón me apretó varias veces las nalgas y me pidió que colocara mis manos sobre mi cabeza. Yo obedecí y vino Guillermo a tocarme por el pecho y el vientre, haciéndome estremecer con su caricia. Luego subió sus manos y me pellizcó las tetillas. Y cuando sentí los dedos de Ramón raspándome el culo, salté a un lado.

La reacción de los tres fue inmediata. Uno me tomó de los brazos, el otro de las piernas. Empecé a forcejear inútilmente. Entretanto me acariciaban y se desvestían al tiempo. Sus cuerpos eran enormes y velludos, sus miembros ya empalmados tocaban mi piel. Sentí los dedos de una mano tocándome el culo y luego un dedo adentro que me estremeció. Otro besaba mis pechos y los lamía. Yo no tenía tiempo de reaccionar. Nunca me había pasado ni pensé jamás algo así. Los tres parecían como locos con mi cuerpo.

Sus cuerpos calientes y sus chimbotes pegados a mí movieron mis cimientos y sentí no solo curiosidad, sino también ganas de tocarlos a ellos. Hasta que mi mano encontró un chimbo templado y lo manoseé y lo apreté. Sentí otro dedo más en mi culo y la desnudez de ellos a mi alrededor me calentaron con mucha más rapidez. Ellos tenían prisa y me lamían por todo lado. Con la otra mano agarré el chimbo del que me sostenía por detrás y me metía los dedos, y empecé a masturbarlo.

«¡Qué rico!», le escuché decir. Otro se puso frente a mí pidiéndome que se lo chupara. Yo no quería, pero luego lo hice. Se lo chupé, pero no duró mucho porque me recostaron sobre la alfombra y en cuatro me penetró Guillermo por el culo. El otro me puso su chimbo en la cara y a ese sí se lo chupé un rato mientras a Ramón lo masturbaba. Era demasiado rico y delicioso. Me preguntaban si me gustaba y les decía que sí. Estaba con tres hombres de pelo en pecho y acuerpados y yo parecía una paloma entre ellos. Sí, ahí me di cuenta que era su nena ese día.

Los tres empezaron a culearme de a turnos mientras yo mamaba o masturbaba a los otros. Y en uno de esos cambios de turno, don Ramón me agarró la cara y me besó en la boca. Yo tenía la boca cerrada a su lengua, pero terminé por corresponderle con mi lengua también. Y como premiándome, me metió su chimbo en el culo. ¿Qué iba a hacer más yo si ya entendía lo que era para ellos y ya me gustaba mucho que fuese así?

Sí, ellos ya me tenían en salsa desde que nos mudamos de casa. No importaba ya. Estaba siendo la nena de tres experimentados machos. No sabía cómo era ni qué se sentía, pero ahora estaba agradecido y dichoso. Qué rico tocar y chupar sus chimbos, qué delicioso como se sienten en el culo. Sí, es maravilloso ser deseado y amado así. Ahora era yo quien los besaba y les chupaba el chimbo y les ponía el culo para ser culeado. Sí, en un abrir y cerrar de ojos me sentía como una nena.

Esa tarde llegué a mi casa con el culo embalsamado y, así y todo, con deseos de sentir más chimbo adentro, con deseos de ver a mis papis al día siguiente, sí, y estar sentado ahí en esos pitos deliciosos.

Hombres, solo los quiero a ustedes, mis hermosos, mis machos!!! Att, su nena, yo, su princesa.

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