En su piel: El secreto de una tarde de lluvia
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La tarde era lluviosa y la soledad ocupaba cada rincón oscuro de esa casa donde los muebles vacíos parecían transmitir una presencia fraternal incapaz de negarse. Desde la cocina escuché los ruidos de una habitación, donde un programa de Radio Caracas se deshacía en carcajadas sobre sí mismo. Me acerqué hasta la nevera y tomé un vaso de agua fría sin pedir permiso, y a mi espalda escuché sus pisadas agitadas. Estaba tratando de quitar el barro que se había formado en el patio por la lluvia de las suelas de sus zapatillas. Me miró, se encogió de hombros y corrió hacia la habitación donde solía dormir, según me contaba. Minutos después, estaba completamente seco y con una ropa de casa diferente. Le pregunté que haríamos en ese preciso momento y no me contestó. Se acercó hacia mí y tomó un vaso de agua a escasos centímetros de mi lado. El reflejo de la luz externo me hizo ver con detalle cómo bajaba el agua por su garganta, después de un vaso, y después de otro. Después me dijo:
–Mejor vámonos para allá. Aquí mi tía duerme tranquila.
Solíamos pasar las vacaciones en casa de mi abuelo. Yo venía de Maracay y él de Valencia, y en esas fechas nuestras reuniones familiares eran inmensas. La densidad del llano se limitaba a ofrecernos un espacio compacto pero a la vez infinito donde desarrollamos muchas etapas de nuestras vidas, incluso hasta ahora. Pero en ese momento la humedad del suelo tomó la forma de tinta para escribir una historia que no se muy bien cómo interpretarla hoy en día.
En la casa del abuelo no había nadie. Todos estaban fuera, atrapados por una lluvia que parecía no querer acabar nunca jamás. Pasamos directamente a la habitación donde dormíamos y encendimos la televisión. Él tomó el control del aire y lo puso en el máximo. En menos de cinco minutos ya estaba tiritando de frío. Conversamos sobre las tonterías que estábamos viendo, los chistes malos y las fantasías que se derrochaban en pantalla. Era nuestra costumbre: jugar afuera, creyéndonos los dueños del mundo, llegar adentro y comer algo divino y luego descansar frente a la televisión hasta que los párpados perdieran su autónomia. Pero esta vez, después de un largo rato, no parecía que existiera un rastro de Morfeo en medio de nosotros. Yo estaba acostado frente al televisor, y él estaba acomodado en la cama de al lado mascullando palabras, escupiendo rimas. Dijo un par de chistes sin gracia y se levantó repentinamente para colocarse a mi lado, intentando sacarme una sonrisa con sus tonterías. En ese instante detuve mi mirada en sus piernas descubiertas. Su short oscuro le quedaba algo pequeño, ya que tenía una genética corpulenta que no le permitía ahorrar en ropa año tras año.
Era la primera vez que me había fijado en el lunar que tenía situado justo en el medio del muslo, y me causó curiosidad. Le pregunté desde cuando lo tenía y me dijo que desde su nacimiento, y volteo su mirada hacia mi. Nos miramos por un largo rato y empecé a sentir dentro de mí algo que me quemaba, una sensación que jamás había vivido hasta ahora. El pareció sentir lo mismo. Tomo el control del televisor, sin apartar sus ojos de mí, y lo apagó. La única ventana de la habitación estaba cerrada, pero tenía pequeñas rendijas por las cuales se filtraba la luz de aquella tarde lluviosa, y en el silencio de esa soledad lo contemplé a la perfección. Su mirada era filosa, y parecía que sabía esos secretos del mundo que no todos están dispuestos a contar. Fue entonces cuando su mano acarició mi cabello, mi cuello, y fue bajando lentamente por mi espalda hasta llegar a mis nalgas. Cuando sus manos anchas apretaron mis nalgas me sentí tan diminuto en su presencia que no pude guardar ni la más mínima resistencia. Nunca había experimentado nada por el estilo. Nunca nadie había tocado mi cuerpo, y nunca yo había dado un paso como aquel. Me incorporé a la cama y quedamos frente a frente. Cuando sus dedos acariciaron mi rostro cerré los ojos y suspiré. Mi corazón latía con frenesí. Entonces sentí en mis labios los suyos con la misma suavidad de los dedos en la seda, y lentamente me entregué a la delicadeza de su saliva fina. El ritmo lento aumentó cada vez más y me sentí devorado por una fuerza intensa que dejaba un olor a firmeza y virilidad. Después de besarnos por un largo tiempo sus dedos entraron en mi ropa interior y palpó mi pene como quien intenta descubrir un nuevo universo. Sin dudarlo, alejó sus labios de los míos y me empujó en la cama, se quitó la camisa y me bajó la ropa interior hasta quitarla por completo. Allí desapareció mi miembro en su boca, con la misma suavidad de antes combinada con la fiereza de un hambriento.
El placer recorrió mi cuerpo y solo pude cerrar los ojos y contemplar desde mi inconsciente las explosiones de colores que se paseaban ante mi. Se separó un instante para besar mi ombligo, lamer mi vientre y llegar hasta mi cuello, Y después bajo hasta mis testículos y los lamió con delicadeza. Volvió a besarme con pasión y automáticamente mis manos bajaron hasta su pene, y le dije que no podía más. Me acosté encima de él y bese su cuello, lamiendo cada gota de sus poros, y pase mi lengua por completo en su pecho y vientre para saborear su piel. Tenía sabor de canela intensa, tan acorde con su piel morena tostada. Al desnudarlo y mirar su pene desapareció en mi cualquier rastro de duda: quería entregarme a él. Entonces lo lamí de arriba a abajo y succioné sus bolas como dos caramelos, y volví a lamer su miembro hasta que me atreví a devorarlo por completo. La textura de sus venas en mi lengua y encías me enloqueció, y subí y bajé sin descanso hasta que su mano apretó mi cabeza y sentí que un río caliente y espeso inundaba mi boca. No lo dejé escapar. Cuando terminó, sentía la misma hambre y me acerqué a sus labios, para esta vez ser yo quien los devorara. Después de un largo tiempo, al rozar mi miembro en su piel me di cuenta que también me había corrido, y me recosté en su pecho, impregnadome de su sudor y su agitada respiración. Nos dimos cuenta de que la lluvia había acabado y que no tardarían en llegar los demás, y nos vestimos rápidamente pero en silencio. Al mirar jugo derramado en la cama, pasó el dedo índice por allí y lo llevó a su boca.
– La próxima vez es mi turno -dijo.
Y nos sentamos en las camas diferentes, con el televisor encendido y conversando de las mismas estupideces que veíamos día a día.
Pero en mi pensamiento, estaba contando las horas para volver a divertirnos otra vez.

Rico relato !!!. Siempre la primera vez es inolvidable.
Aunque mí experiencia haya sido distinta, al leerlo sonrió recordando a Luis