En la playa nudista
Visitas: 76,134
Mi marido y yo llevamos once años juntos. Yo tengo 33 años y el 36. Somos nudistas desde hace mucho tiempo y siempre habíamos tenido la fantasía de mantener relaciones sexuales en la playa, pero, salvo entre nosotros, nunca había surgido la ocasión con otras personas.
Físicamente los dos estamos bien. El es delgado, atlético, de mediana estatura y yo, a mi edad, sigo teniendo un cuerpo casi adolescente, soy rubia natural y todos alaban el color sonrosado de mis labios, en fin que perdonadme si me he pasado un poco al describirme, pero es así.
Este verano, a principios de Julio, cuando todavía no suele haber demasiada gente, nos fuimos a pasar unos días a una playa del sur en la que se puede sin problemas practicar el nudismo, pero a diferencia de otras veces en lugar de ponernos juntos, como pareja, nos tumbamos en la playa separados, como si no nos conociéramos. Queríamos probar si así podía surgir la aventura que desde hace tanto tiempo buscábamos.
Los dos primeros días no pasó nada, en realidad terminábamos enrollándonos entre nosotros fingiendo ser desconocidos, pero claro no era lo que queríamos. Pero el tercer día sí sucedió algo que os querría contar.
Bajamos a la playa después de comer… y de beber, nos colocamos como era costumbre y nos dispusimos a pasar tranquilamente la hora de la siesta observando a las escasas parejas que había, también desnudas, en la playa. No había pasado ni media hora cuando vi acercarse hacia donde yo me encontraba a un chico joven, alto, fuerte y guapo, con las dos copillas de más me parecía estar viendo visiones, pero no, era real. Colocó su toalla a tres metros escasos de donde yo me encontraba y en apenas medio minuto estaba tumbado desnudo junto a mi.
Me tumbé bocabajo y le observé por debajo de mi axila, el viejo truco. Su cuerpo carecía de marcas de bañador, era pues nudista de siempre; estaba moreno, luego llevaba ya bastante tiempo bajando a la playa ¿cómo no lo había visto antes?; y… me miraba pensando que yo no le estaba mirando. Levanté mi cabeza y guiñé un ojo a mi marido, que nos observaba a una distancia de unos diez metros.
Empezaba la acción. Me levanté, y sabiendo que me estaría mirando, me dirigí despacio hacia el mar para darme un baño. Notaba su mirada siguiendo el contoneo de mis nalgas. Me di un corto baño y al volver hacia mi toalla vi que él estaba tumbado boca arriba con sus vigorosas piernas medio abiertas, dejando ver una semierección que a mi me pareció muy atractiva. Tenía un sexo casi negro por efectos del sol, precioso-pensé.
Me tumbé y al poco tiempo no té que se acercaba y lo propio: Hola, perdona,¿ podrías darme fuego?. Abrí los ojos como si despertara de un profundo sueño, le miré de arriba abajo, francamente estaba muy bien, y además mantenía esa semierección que a mi tanto me atrae. El se dio cuenta, claro, de a donde había dirigido mis ojos, seguro que le gustó pues, mientras rebuscaba en mi bolso por un mechero, aquello no dejó de crecer. Le miré a los ojos, el a mi, se sonrió y yo, qué iba a hacer, le sonreí.
– ¿Te importa que me lo fume contigo?
– No, trae tu toalla – contesté tras aparentar un momento de duda.
Charlamos un rato. Su polla parecía un tobogán, un sube y baja continuo que a mi me hacía gracia. Al poco tiempo saqué mi bote de crema y comencé a extendérmela por la espalda, se ofreció a ayudarme y , claro, le dije que si.
En la espalda no tardó ni un segundo, plis plas y ya está extendida, pero cuando llegó al culo, comenzó a demorarse, mientras yo le observaba, como al principio por debajo de mi axila. Me daba la crema despacio por os cachetes, sobándolos; abría mi rajita y extendía la crema por ella demorándose en mi ano, haciendo pequeños círculos, que a mi me estaban volviendo loca y que a él le habían producido una erección total como veía desde mi secreto observatorio; dejaba pasar sus dedos como por descuido sobre los labios de mi vulva cada vez más mojada y abierta. Me di la vuelta.
– Ahora por delante – le dije.
El miró su erección y me miró. Sonreí. Cuando comenzó a extender suavemente la crema sobre mis tetas no pude más, cogí su miembro con mi mano derecha, negro, duro, palpitante y mientras él me acariciaba los pechos y bajaba sus manos hacia mi vulva, yo le masturbaba despacio, suave, no quería que aquello terminara. ¡Qué maravilla!, pensé.
Se acercó a mi oído y me dijo:
– ¿Nos vamos a bañar? Ahí hay un tío que no nos quita ojo de encima.
El tío, no era otro que mi marido, yo la verdad es que me había olvidado de nuestra complicidad.
– Vale, vamos.
Nos metimos en el agua. No podíamos más. El estaba deseando follarme y yo no esperaba otra cosa que ser penetrada por esa polla a la que había visto crecer una y mil veces deseándome. Me abracé a él abrí mis piernas rodeando su cintura y sentí el calor de su miembro buscando la entrada de mi coño. Cuando lo sentí dentro creí que me iba a desmayar, qué placer, tanto tiempo esperándolo y de pronto allí estaba, abrazado a mi, penetrándome con fuerza y con ternura también, aguantando sus ganas de acabar para retrasar mi placer, diciéndome al oído guapa, princesa, sirena, me tenías malo, rubia, bonita…
Media hora después salíamos del agua, cansados pero contentos.
Aquella noche, contándole a mi marido todo lo que había pasado, hubo más sexo aún. Un día de playa inolvidable.
Autor: mardelsur
