En el vestidor con un extraño

Un sábado muy temprano, fuimos a un balneario a media hora de casa para escoger un buen lugar. Llegamos los primeros.

Acomodamos las cosas cerca de la alberca, en un espacio con sombra y junto a los servicios. Además de mis padres, nos acompañaban mis tíos y sus hijos pequeños. Pronto llegaron más familias, hasta cinco en total, lo que me pareció extraño porque esperaba más gente, pero disfruté el amplio espacio. Entre los presentes, algunos cuerpos me llamaron la atención: una señorita joven, un par de señoras maduras y un hombre musculoso, entre otros. Deleitaba la vista con ambos sexos.

Tras un rato, me metí a la alberca. Mi traje de baño era un short corto que se pegaba a mi figura: muslos grandes, torso marcado, trasero redondo y levantado que atraía miradas, piernas depiladas y cabello largo. Al caminar del lugar a la alberca, noté las miradas de mujeres y hombres, especialmente del musculoso. Le sostenía la vista cada vez que podía: al salir del agua, subir escaleras, caminar por la orilla o sentarme. Así pasó el día: comer, beber, notar miradas, mojarme.

Cerca de nuestra área había baños, dos albercas para adultos, dos infantiles; después, escaleras llevaban a otra alberca con tobogán apagado y vestidores, todo desierto. Vi al hombre subir y entrar al vestidor. Tomé mis cosas y lo seguí. Era grande: lavabos al entrar, baños a la derecha, lockers y regaderas a la izquierda mitad privadas, mitad abiertas. Él estaba en una abierta, de frente a mí. El agua recorría su cuerpo: pecho velludo, brazos fuertes; entre sus gruesas piernas, su pene apetitoso. Me miró; yo no dejaba de verlo. Bajó la mano, se tocó ofreciéndoseme. Puse mis cosas en una banca frente a él, le di la espalda y bajé el short lentamente lo único que me cubría. Giré: se frotaba más rápido. Caminé a la regadera contigua, encendí el agua y recorrí mi cuerpo, imaginando sus manos. Su verga erecta, se masturbaba.

Le pregunté: “¿Quieres mi ayuda?”. Quitó las manos, apuntó hacia mí. Di pasos, tomé su tronco la cabeza sobresalía. Me tomó la cintura, bajó las manos por mis muslos hasta mi trasero, lo apretó y masajeó mientras lo pajeaba sin prisa. Separó nalgas, puso un dedo en mi ano, lo dilató; sentí el segundo y me recargué en su pecho sin soltar su pene. Me giró, me incliné; tomó mi cintura y presionó su verga en mi culo hasta entrar. Se abría paso follándome más rápido; mi trasero rebotaba. Besó mi espalda. Susurró al oído: “Vamos a la banca”.

Sacó su falo, fue al centro banca larga sin respaldo, colocó una pierna a cada lado y se recostó. Lo seguí: piernas sobre las suyas, alrededor de su cintura; me senté sobre su miembro. Entró toda; me abrazó recostándome. Con sus piernas empujó su pelvis para atravesarme; bajaba manos por mi espalda, apretaba y abría mi trasero. Cuando se cansó, levanté el torso y cabalgué con sentones eróticos. Subió intensidad, me tomó la cintura y presionó sin escapatoria. Sentí palpitaciones y su semen dentro.

Me levanté; escurrió por mis piernas sobre él. Fuimos a la regadera a limpiarnos. Seguíamos calientes, su miembro erecto. Me arrodillé, mamé su verga: la lamí, lengua en la cabeza, metí en boca hasta que vino llenándome. Me levantó, recargó en la pared, presionó contra mi culo pero ya no pudo. Quedamos abrazados, su verga entre nalgas.

Salimos, nos vestimos y nos despedimos. Él salió primero; esperé repasando todo en mi mente.

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AndyGrandia
AndyGrandia
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2 comentarios

  1. Divina postura la que describes en el banco. Es delicioso subir y bajar la cola sobre la pelvis de él, estando ensartada hasta chocar los huevos. La practico con mi novio.

    • Me alegra saber que empatizaste con la postura, que la hayas experimentado y que esté entre tu lista de posiciones. Les deseo muchas practicas así a ti a tu novio.

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