En celo. Viaje, juegos y llegada a Puerto con mi primo Carlos
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EL VIAJE
Hace ya algunos años mis tíos me invitaron a pasar un fin de semana con ellos en su pueblo, una pequeña localidad de la Serranía de Cuenca, rodeada de pinos y bañada por las aguas del río Cabriel.
Salimos de nuestra ciudad en su furgoneta. Mi tío conducía y mi tía lo acompañaba de copiloto. En la segunda fila estaban mis primos, todos ellos varones. Los dos mayores tenían una edad similar a la mía. El pequeño, Carlos, era un adolescente moreno, con 18 años recién cumplidos, de ojos oscuros y grandes, pelo castaño enrizado y unas orejas grandes ligeramente sobresalientes. Era, sin duda, el hombre más guapo de la familia. Vestía con cierto estilo y, al contrario que sus hermanos, no necesitaba gafas. Dotado de un cuerpo fibroso, de complexión delgada, piel tersa y morena, Carlos superaba ya el metro ochenta. En su físico sobresalía su culito respingón que parecía querer reventar los pantalones.
Yo me sentaba en la tercera fila, habilitada para mí en esta ocasión. Yo tenía entonces ya 22 años. No he sido nunca una persona guapa o atractiva y mi experiencia en sexo o en amores era nula y solitaria. Desde los 18 años me masturbaba a diario, pajas que aliviaban la tensión sexual del día a día. Nunca me sentí deseado. No había tenido nunca una pareja en el mundo real. En aquella época, me costaba reconocer que me gustaban los hombres, pero lo cierto es que en las revistas o en las películas me fijaba más en los mozos que en las damas.
Iniciamos el viaje entre risas, anécdotas y canciones. Mis primos se giraban frecuentemente para conversar y no dejarme solo en el asiento de atrás. Especialmente Carlos quien, liberado de su cinturón de seguridad, estaba de rodillas en su asiento volteado hacia mí. Poco a poco, la ciudad quedó atrás y el paisaje se volvió más áspero y silencioso. Entre curvas, pinares y campos abiertos, apareció finalmente el pequeño pueblo conquense en la lejanía.
Vestía yo ese día unos vaqueros con botones que formaban en mi entrepierna un paquete de cierto volumen, aun sin tener el mástil levantado. Veo a Carlos mirando embobado mis partes. Durante varios minutos, dulces momentos, el tiempo pareció pararse. Mis tíos, situados a solo dos metros, nada imaginaban. Mis otros primos dormitaban. En ese mar de silencio, de excitación y de complicidad, ambos sonreíamos, con los ojos y la mirada, sin emitir ningún sonido. Y en eso, lentamente, Carlos acerca su mano como intentando alcanzar, rozar con sus dedos lo que contemplaba extasiado. Imposible, no llegaba, sus manos y sus dedos se quedaron en el aire, a pocos centímetros, dibujando un arco en al aire.
Entrábamos en el pueblo, un pueblo rodeado de pinos, con olor a resina y a bosque. Las calles respiraban sombra, el viento peinaba las copas y traía olor de tierra húmeda. Al caer la tarde, todo parecía haberse detenido bajo una luz dorada, serena y antigua. Los pinos, enhiestos, se alzaban por doquier. Casi tan empinados como mi rabo que, ahora sí, levantaba mi tienda de campaña.
Por fin, aparcamos y el tiempo volvió a entrar en la furgoneta y en nuestras vidas. El padre de mi tío nos esperaba en la calle y fuimos cogiendo bolsas y maletas. Mi estancia iba a ser corta, un solo fin de semana, y yo solo llevaba una mochila con lo imprescindible.
La casa estaba al completo, así que yo debía dormir con alguien. Mi primo Carlos tomó la iniciativa con entusiasmo y se ofreció a compartir su cama conmigo.
– Es que es más grande- justificó.
Tal entusiasmo hizo que mi cuerpo respondiera ante las expectativas de la noche. Por fortuna, llevaba la mochila cogida por delante y ocultando mi voluminosa alegría.
No volví a ver a Carlos en varias horas. Se fue a ver a algunos amigos y colegas del pueblo y no cenó con nosotros. Por mi parte, yo estuve jugando a las cartas con sus hermanos mayores durante varias horas hasta bien entrada la madrugada.
Pasada la una, acudí a su habitación, que esa noche también era la mía. La estancia era sencilla y fresca, con paredes claras y una gran cama ocupando el centro. No hacía frío. Entraba por la ventana el olor de los pinos y una luz tranquila que daba al cuarto un aire antiguo y acogedor. En medio de la cama estaba Carlos, ya dormido, de lado. Metido en un pijama que se le había quedado pequeño, su culito parecía querer reventar la tela tirante y ajustada. Allí tenía a mi primo adolescente, en una cama que debíamos compartir.
Yo lo miraba de pie. Había en el aire una energía nerviosa, una urgencia natural imposible de ocultar. Yo estaba nervioso, muy excitado. Era un animal en celo, animado por las señales de la tarde de mi primo. Su mirada a mi paquete. Sus dedos que casi lo rozan. Su entusiasmo por compartir su cama… Como una hembra dispuesta para ser montada, así había interpretado yo esas miradas, esos gestos y esas palabras.
Me quité los zapatos, los pantalones y el jersey y me acosté con mi ropa interior. No usaba pijama. Mi verga estaba tiesa, a reventar. Apagué la luz, pero en la cama notaba el olor de Carlos, su cuerpo caliente, su aroma de macho joven junto a mí. Tenía muchas ganas y una fiebre me envolvía. Yo era virgen y toda la pornografía que había visto era heterosexual. Pasaba el tiempo en la cama, pero no me atrevía a hacer nada. Pese a tener una erección descomunal, no pensé en masturbarme, quizás lo más sensato para calmar la situación. No tenía trapos o pañuelos a mano para recoger una corrida que imaginaba que sería abundante. Así pasé casi media hora, excitado y sin ganas de dormir.
Carlos seguía dormido, pero podía escuchar su respiración. Ese culito me llamaba y decidí arriesgarme. Mi mano amasó su culo. A la vista, era espléndido, redondo y voluminoso, pero mi mano lo abarcaba en su totalidad. Comencé a salivar. Carlos parecía dormido y decidí dar otro paso. Bajé suavemente su pantalón del pijama y dejé parte de su culito al descubierto. Lo toqué con mis dedos. Era terso, firme, sin un solo pelo. Su sueño parecía seguir, pero me pareció como si tragara saliva. Me animé un poco más y desenfundé mi rabo duro, ya con precum, y lo acerqué a su precioso trasero. Quería que lo sintiera. Y así lo hice, acercándolo y restregándolo en su culito. No me atreví a más. Si él estuvo despierto en algún momento, nunca lo supe. Finalmente, me hice una paja brutal en mi lado de la cama. Los disparos de leche de macho llegaron hasta el pecho y cuello de mi camiseta, que tuve que cambiarme.
A la mañana siguiente, Carlos estaba despierto, pero también el resto de la casa, pues mis tíos y primos revoloteaban por las habitaciones próximas. Él estaba juguetón y se
puso encima de mí para intentar morderme las orejas, un juego que hacíamos cuando éramos pequeños. Yo iba en ropa interior y temía que mi erección se hiciera evidente no sólo para él, sino para otros que entrasen, así que me mostré frío y pasivo, sin querer darme la vuelta. Creo que a Carlos no le gustó esa actitud pasiva. A la noche siguiente me había cedido su cama para mí solo y él se trasladó a la cama de su abuelo.
No hubo en esa estancia más oportunidades y apenas lo ví en el resto del fin de semana. Volví en autobús a la ciudad el lunes por la mañana. Mis tíos, mis primos y Carlos se quedaron en el pueblo una semana más.
Carlos se quedó en mi mente para siempre, objeto de deseo, inspirador de mis noches.
JUGANDO
Pasado un tiempo, mi primo Carlos, ya un efebo de 19 años, se convirtió en un asiduo visitante de casa de mis padres. Fueron varios años en que nuestra casa se transformó en un espacio de juego: cartas, parchís, rummicub, trivial, … llenaban las tardes de muchos sábados y domingos en familia, con mi hermana, mi cuñado y mi madre y, algunas veces, mis otros primos. Carlos estaba a gusto con nosotros y no faltaba nunca.
Así, de día, mi primo Carlos se convirtió en mi mejor amigo. De noche, era uno de los protagonistas favoritos de mis ensoñaciones. Lo imaginaba conmigo en una isla desierta, sin nada ni nadie que impidiera meterle mano y follármelo a placer.
En el mundo real, rodeados de gente, las insinuaciones eran veladas y los gestos ocultos. Se hizo habitual que, en caso de posar en una fotografía, Carlos se lanzaba hacia atrás con el culo en pompa hacia mí y los brazos y manos hacia delante. En otras ocasiones, yo lo cogía de la cintura. Una vez, en un viaje por Barcelona, imitando una escultura ecuestre que había en una plaza, me monté a caballo sobre él. Nadie de alrededor parecía percibirlo. Pero mi verga, bien se daba por aludida, anhelando otro tipo de monta.
Él adoptaba un rol ambivalente. Bromeaba conmigo, y parecía que me animaba. Pero cuando yo iba más allá, se convertía en un chico virginal que rehuía el contacto.
En ciertas ocasiones, yo quise aprovechar los juegos para establecer recompensas que llevaran a un mayor contacto. En una partida de trivial, jugada solo por los dos, me dejé ganar para poder darle un masaje, pero él, muy nervioso, temeroso quizás de cómo podía acabar, renunció al premio
Fui volviéndome cada vez más atrevido en los pocos momentos en que estábamos solos. Intentaba tocarle el culo a toda hora y en el cine cogía su mano y la intentaba poner sobre mi paquete, que él apartaba temeroso.
Los intentos de ir más allá, o chocaban con el entorno poblado de familiares, o con su resistencia posterior.
En una ocasión, me soltó abruptamente que yo no le gustaba. Fue el fin de los juegos, los suyos y los míos, apagando durante muchos años la pasión que había brotado del viaje a su pueblo de pinos enhiestos y de aromas del bosque.
Cansado de esta relación insana que no parecía llevar a ningún lado, establecí una relación formal con una mujer. Era lo que mi familia esperaba de mí. Una relación que no me dio pasión, pero sí seguridad y confianza. Hera se imponía a Afrodita.
Mi primo no se lo tomó muy bien. Se había enterado por mi hermana y se sinceró conmigo en la parada del bus. Estaba preocupado, tierno, casi lloroso.
– ¿Qué va a ser ahora de mí?- me dijo.
– Tú siempre serás mi chico- le respondí.
El bus estaba llegando. Siempre me arrepentí de no haberlo besado en ese momento.
LLEGANDO A PUERTO
Pasaron varios años y mi primo se convirtió en un atractivo joven de 23 años, mientras yo me acercaba a la treintena.
Había más distancia entre nosotros, pero seguíamos viéndonos y hablando con frecuencia, casi siempre sin mi pareja presente. No se llevaban bien.
Un verano mi primo se quedó solo en su casa familiar de Valencia. Sus padres y hermanos habían ido al pueblo, pero él trabajaba durante el mes de agosto. Mi tía me había pedido que le echara un vistazo de vez en cuando para ver cómo iba.
Mis recuerdos del pasado volvieron y los más profundos anhelos de mi subconsciente salieron a la superficie. Él y yo en la isla desierta de su casa. Lo llamé esa tarde y le pregunté si le apetecía que fuera. Me dijo que sí, que fuera si quería esa misma noche después de cenar.
Me recibió con un pantaloncito azul que le marcaba todo y una camiseta de tirantes. Estaba planchando el uniforme de camarero de donde trabajaba ese verano. Y lo primero que me dice es que se había puesto un enema.
Yo no sabía cómo interpretar esas palabras tan directas. ¿Problemas médicos o luz verde para la entrada de buques en el Puerto?
Me senté en el sofá. Decidí preguntarle por su trabajo. Me comentó que era duro servir de camarero, pero que le vendría bien para la figura y para endurecer el trasero
– ¿No lo crees? – me dijo, mientras balanceaba la pelvis.
– La verdad es que con ese culo, no creo que lo necesites.
Carlos sonrió.
-Se te ve más fuerte- comentó.
-Sí. He empezado a ir al gimnasio -respondí- . Debemos cuidarnos a ciertas edades.
Carlos había guardado la plancha. Pero rehusó sentarse conmigo en el sofá. Parecía nervioso, cogió una escoba y se puso a barrer un polvo que yo no veía en el suelo, sino en otros lares.
-Y qué tal vas con el sexo, le lancé a bocajarro.
– Cansado de hacerme pajas y no probar otras cosas.
Más directo, imposible, pensé.
– Es bueno tener relaciones abiertas, como la mía con Carmen, para poder experimentar- dije encendiendo la luz verde de disponible-.Y hay que aprovechar para experimentar con las personas que queremos. Con quien tengamos confianza.
El chaval estaba temblando cogido a la escoba, mientras su rabo parecía a punto de reventar su pantaloncito azul.
Me levanté y le toqué la verga dura a través del pantalón. En ese momento me arreó un puñetazo, no muy fuerte, en la cara. Quiero y no quiero, otra vez.
Le cogí los brazos. Lo atraje hacia mí y lo besé en los labios. Al principio, parecía resistirse, pero tras unos instantes, mi lengua pudo entrar y rozar la suya. Después pasé a su cuello y a esas orejas que nos lamíamos y mordíamos cuando éramos pequeños.
-Me vas a llenar de lengüetazos todo el cuerpo- dijo sonriente-. Me vas a meter la lengua por todos lados. Eres un oso hormiguero- bromeó.
-La lengua no es lo único que te voy a meter esta noche, Carlos.
Acto seguido, lo cargué al hombro y me lo llevé a la cama de mis tíos, la única de matrimonio disponible en esa casa.
Arranqué su pantaloncito y su camiseta de tirantes y lo dejé, completamente desnudo y empalmado, sobre la cama, mientras yo me quitaba pantalón, zapatillas y jersey.
Comencé con una mamada que hizo que se corriera en menos de un minuto. Dejé que reposara un rato y decidí seguir, poniéndolo de espaldas y con ese espectacular culito que me volvía loco desde que era adolescente a mi disposición.
Carlos temblaba.
-Iré con cuidado- le dije.
Lamí su orificio, mientras él jadeaba de placer. Con los dedos, primero uno, luego dos, fui comprobando la capacidad de sus instalaciones portuarias. Un barco de tonelaje medio iba a entrar en el Puerto. Lo penetré poco a poco. Una vez dentro, me fui moviendo despacio, mientras besaba su espalda fibrada y morena y lamía los lóbulos de sus preciosas orejitas. Me costó no correrme de inmediato. Aguanté como pude y le di la vuelta. Puse un cojín bajo su trasero y comencé a penetrarlo a lo misionero, mirándolo a los ojos y diciéndole cuanto lo quería desde hacía años. Tras un febril mete y saca, me corrí en su interior, en el mejor polvo que había yo echado en mi vida.
Nos quedamos en la cama, descansando. Carlos comenzó a juguetear conmigo y a morderme y lamerme las orejas. Mi rabo se puso tieso y él lo cogió con la mano.
-He tardado años, pero al fin lo tengo- me susurró, mientras lo engullía.
Ese verano follamos como conejos.
Cuando mis tíos volvieron del pueblo, la cama, inexplicablemente, estaba rota.
