Empezó mal y un vagabundo me dejó satisfecha
Buenas. ¿Cómo andan? Acá estoy de nuevo contando mis locuras de adolescente caliente. Como ya saben, soy de clóset y cuando tenía 19 los celulares sólo eran para hablar y no todo el mundo tenía, y el internet recién surgía, así que no era fácil conseguir un encuentro como ahora. Se daban por levantes callejeros o, como muchos hombres saben, por mensajes que dejaban en los cubículos de los baños públicos, generalmente en estaciones de tren.
Una noche que tenía ganas de ser Roxy y tener un buen momento, me bañé, me puse un conjunto de brasier y tanga negro con detalles fucsia, un portaligas y medias negras de red, y un vestido rojo pegado al cuerpo. Arriba me puse un pantalón largo suelto, una remera, una camperita y zapatillas botitas negras. Metí mi maquillaje en la mochila y salí. Tomé el tren y me bajé en una estación rodeada de árboles que sabía que podía aprovechar por los oscuros.
Al llegar, me fui al baño y entré a los cubículos. Ahí encontré un mensaje que decía: “Soy Ariel, activo, busco pasivo. Estoy siempre a las 21 en el molino detrás del baño”. Justo lo que buscaba. Miré la hora: faltaba media hora para las 21. Salí y me fui a un oscuro a prepararme. Me saqué el pantalón y la remera. Me puse la camperita para no ser muy evidente. Me hice una cola en el pelo, base de maquillaje, delineador de ojos azul y rímel en las pestañas. Mis labios, de un marrón chocolate intenso.
Ya lista, salí caminando lento hacia el molino y alcancé a ver una silueta apoyada debajo. Me acerqué por el lado más oscuro, por las dudas que no fuese él. Prendí un cigarrillo antes de llegar y él se giró. Lo miré y le pregunté si era Ariel y había dejado el mensaje en el baño.
— Sí, soy yo. ¿Buscás alguien activo? —me preguntó.
Me abrí la camperita y le dejé ver mi atuendo.
— Como verás, soy solo pasiva.
Me dijo que tenía un lugar tranquilo cerca.
— ¿Vamos?
— Dale —le dije.
Salimos de la estación y ahí lo vi bien: era alto, pero con una cara pendeja que me hizo dudar. A media cuadra se metió a un lote vacío cubierto de maleza. Lo seguí, ya que no era el primer baldío donde me iban a coger.
Llegamos a un pequeño claro donde solo entraba la luz de la luna. Una planta en forma de cueva donde tenía una manta vieja.
— Siempre vengo acá. Nadie molesta. Podemos estar tranquilos —me dijo.
— Bueno —le dije—, pero decime cuántos años tenés.
— Veinticuatro —me dijo—. Pero tengo una pija grande ya.
— ¿Ah sí? —le dije mientras me acercaba.
Dio un paso atrás y me dice:
— No quiero mimos, quiero que me chupes la pija.
Y ahí se bajó los pantalones y quedó su pija al aire.
Sin decir nada, me puse de rodillas y le agarré la pija. La tenía bastante larga, pero el tronco era mediano. Le empecé a chupar la pija y él me agarró de la nuca, cada vez tratando de meter más en mi boca. Ya no me sentía cómoda así que traté de bajar el ritmo y la pude sacar de mi boca.
— Tomalo con calma —le dije.
— Date vuelta —me dice.
Se arrodilló detrás mío, me levantó la pollera del vestido, me bajó la tanga un poco y empezó a pasármela por mi raya, empujando, buscando metérmela. Encontró el lugar y me clavó de una sola vez. Parecía un conejo: me bombé a mil por hora y ni dos minutos acabó.
Me sacó la pija y me dijo:
— Listo. Ya está. Salgo yo primero y después salís vos. Chau.
Yo me quedé tan enojada y caliente que ni le contesté. Busqué en mi mochila papel higiénico que llevo para limpiarme. Terminé y me acomodé la ropa. Había un tronco tirado ahí, así que me senté y prendí un cigarrillo. Estaba tratando de relajarme cuando escuché un ruido que venía del fondo del baldío. Entre la oscuridad me parece ver una silueta grande. No sabía qué hacer y en eso escucho que me dicen:
— Hola, petisa. ¿Estás bien?
Yo estaba inmóvil del miedo. En eso se asoma donde estoy y lo veo bien. Era un tipo grande, tanto de edad como de cuerpo, medía como dos metros. Piel oscura.
— ¿Estás bien, piba?
— Sí, sí. Estoy bien. Ya me voy —le dije.
— No te asustes. Yo vivo acá. Tengo una choza en el fondo. Siempre veo gente que viene acá a coger. Y por lo que pude ver, tu novio no te trató bien.
— No es mi novio. Solo nos vimos para pasar un buen rato.
— Creo que él sólo tuvo un buen rato. A vos te dejó con ganas, seguro.
— Sabés que sí… Me quedé con las mismas ganas que llegué.
— Uh, piba. Qué bajón. A una hermosa nena como vos hay que hacerla disfrutar bien, encima te pusiste tan linda que te merecés que te hagan gozar bien.
— ¿Vos decís que estoy buena como para que me den lo que quiero?
— Estás buenísima, piba. Sabés lo que haría yo si tuviera tu edad…
— ¿Qué tiene que ver la edad? Ese pibe que se fue era un pendejo. Capaz debería buscar hombres más grandes. Que no me dejen caliente como ahora.
— ¿Te gustan los mayores? ¿Así como yo?
— Me gustan los que me vean como la chica que soy ahora. ¿Vos qué harías si estuviera con vos?
— Si estuviera con vos sería el macho que necesitás…
Me paré frente a él y le dije:
— ¿Me podés mostrar?
Me agarró la mano y me llevó a su choza. Eran tres chapas apoyadas en la pared, una mesa rota sobre piedras y varios colchones viejos apilados. Ahí me saqué la mochila y la camperita. Él me pregunta si estoy cómoda ahí, que era todo lo que tenía. Yo le contesté que no me importaba eso, que me sentía cómoda con él. Se sentó a mi lado y me acerqué a la cara y nos dimos un beso. Nos besamos con una pasión tremenda, sus manos ya estaban por todos lados y las mías fueron directo a su entrepierna. Le abrí el pantalón y la saqué. Me quedé con la boca abierta al ver esa hermosura. Tenía una pija enorme… Como 23 cm, gorda y con una cabeza en punta.
— Wow, mi negro, qué pedazo de pija tenés…
— ¿Te gusta? Hace mucho tiempo que no la uso con alguien…
— No me digas, qué desperdicio que nadie se coma esta pija. ¿Yo te la puedo chupar?
Y sin esperar que me conteste, la metí a mi boca. Tenía un olor fuerte mezclado entre pis, sudor y leche. Ya la tenía bien dura, así que empecé a lamer la cabeza, después el tronco, volví a la punta y la metí hasta donde pude. Se la chupaba con muchas ganas, me encantaba esa enorme verga. Él gemía y soplaba con sus manos sobre mi cabeza, que solo acompañaban mis movimientos. En un momento me dijo:
— Piba, se me sale.
Terminó de decir eso y acabó como un burro. Me llenó de leche la boca tanto que se me salía por el borde. Tragué lo que pude y después seguí limpiando con mi lengua lo que quedó en su pubis. Me levantó del mentón y me dijo:
— Perdona, linda, no me aguanté.
Y me besó.
— Está bien. No pasa nada. Entiendo —le dije mientras nos seguíamos besando.
Yo seguía con su pija en la mano y nunca se le bajó. Quería tener esa enorme pija del negro vagabundo adentro. Me acordé que el pendejo me había abierto y dejado su leche, así que no iba a costar tanto que me entrara la del negro. Entonces, mientras seguíamos los besos, me levanté el vestido, corrí a un costado mi tanga y me puse sobre él de frente. Besos de por medio le dije:
— Quiero que me la metas ya.
Agartré con una mano su pija y la puse en la entrada de mi cola, me tiré un poco para atrás y se metió su cabeza en un segundo. Me quedé quieta abrazándolo por sobre los hombros al enorme macho que me estaba enterrando su pija. Él me agarró la cintura fuerte y, sabiendo que me iba a querer clavar, le dije que me deje hacerlo a mí. Teniendo su aprobación, nos seguimos besando mientras yo iba bajando cada vez más en esa enorme pija. No terminaba nunca de entrar, así que creyendo que faltaba poco, me dejé caer de un tirón. Era mucho lo que faltaba, así que me dolió hasta el alma. Ahogué mi grito en su boca y él me agarró la cara con las dos manos y me besó fuerte.
Me quedé sentada quieta sobre él con toda su pija adentro. Me empecé a mover de a poco, yendo de atrás para adelante; después me afirmé y subía y bajaba. Me cogía toda. Lo cabalgaba como la más puta.
— ¡Así, mi negro! ¡Cógeme más… Me encanta tu pija! ¡Dame pija que soy tu putita! ¡Dame toda la leche que tenés!
— Mira que sos bien puta, piba… Como te gusta la verga… Hace tanto que no me cojo a nadie que te voy a preñar de tanta leche que te voy a dar…
— Sí, negro. Me encanta como me cogés…
Me estuvo cogiendo en cuatro, me la clavaba toda… Después me dio vuelta, me abrí bien de piernas y me la metió toda… Me cogió como una hora así hasta que acabó.
Me temblaban las piernas. Pero quería irme antes que amanezca. Lo despedí diciendo “me salvaste la noche” y me dijo que ojalá vuelva. Le dije “mañana vengo”… Y me fui.
Llegué a casa y me desmayé en la cama. En el próximo relato les cuento lo que pasó cuando volví.
Besos a todos.
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