El sucio secreto de papá
La tarde en la Ciudad de México era un torbellino de calor y murmullos, el sol de 2019 se derramaba sobre las calles polvorientas mientras Natalia regresaba de estudiar, su mochila colgaba de su hombro, su cabello lacio negro ondeaba con el viento. Natalia era una visión que cortaba el aliento: su piel clara relucía con un brillo suave, sus ojos color avellana destellaban con una mezcla de inocencia y picardía, y su cuerpo, esculpido por años de danza, presumía nalgas redondas que tensaban sus jeans ajustados y pechos firmes que se marcaban bajo una blusa ligera. Pero algo la inquietaba cada vez que llegaba a casa. Su cajón de ropa interior, escondido en el rincón de su cuarto, siempre parecía desordenado. Las tangas de encaje, los cacheteros de colores, las panties de algodón: todos estaban fuera de lugar, como si alguien los hubiera tocado, revuelto, olido. Al principio, Natalia lo atribuía a su madre, siempre desconfiada, revisando en busca de algo sospechoso, quizás drogas, como cualquier madre preocupada. No le daba importancia, pero la duda crecía como una sombra.
En su casa, su papá, Gabriel, un hombre de mirada intensa y cuerpo delgado, la observaba con una intensidad que le erizaba la piel. Cada vez que Natalia pasaba a su lado, sentía sus ojos clavados en ella, recorriendo sus nalgas, deteniéndose en la curva de sus caderas.
—Qué guapa estás hoy, hija —le decía Gabriel, con un tono que era más un susurro cargado de deseo que un cumplido casual.
Ella sonreía, nerviosa, su carita de ángel se sonrojaba, pero no se apartaba. Había algo en esa mirada libidinosa que, aunque la inquietaba, también encendía un calor extraño en su pecho.
Los abrazos de Gabriel eran otro tormento. Cuando coincidían en aquel hogar, él la atraía hacia sí, su cuerpo fuerte la presionaba, sus manos rozaban la curva de su cintura, casi tocando sus nalgas, el contacto se prolongaba más de lo necesario.
—Siempre es un gusto verte, pequeña —murmuraba, con su aliento cálido rozando su oído, y Natalia sentía un escalofrío, sentía sus pechos apretándose contra su torso, su tanga se humedecía ligeramente bajo sus jeans.
No la incomodaba, no del todo. Su hermano, Luis, ya le había advertido, riendo.
—Mi papá te desea, Natalia. Se le nota en la cara.
Pero ella se reía, negándolo, aunque la idea comenzaba a arraigar, susurrando en su mente como una fantasía prohibida.
Cuando Natalia salía de la ducha, envuelta en una toalla blanca que apenas cubría sus nalgas redondas, Gabriel bromeaba con un brillo travieso en los ojos.
—¡Cuidado, que te jalo la toalla, eh! —decía, fingiendo estirar la tela, sus dedos rozaban el aire cerca de sus muslos. Natalia reía, corriendo hacia su cuarto, su cabello mojado goteaba, sus pechos rebotaban bajo la toalla.
—¡Papá, para, ¡qué loco! —respondía, con su voz entre risas, pero sus mejillas ardían, y un calor nuevo se encendía en su interior. Nunca había mirado a Gabriel con deseo, pero esas bromas, su presencia imponente, comenzaban a tejer una curiosidad peligrosa.
Una noche, al revisar su cajón, Natalia encontró su tanga favorita, una de encaje negro, doblada de forma extraña, como si alguien la hubiera manipulado. Se quedó inmóvil, su pulso se aceleró, imaginando a su padre entrando a hurtadillas, con sus manos tocando la tela, oliendo su aroma. La idea la perturbaba, pero también la encendía.
—Nadie entra aquí, ¿verdad? —murmuró para sí misma, su voz temblaba, mientras deslizaba la tanga por sus muslos, sintiendo la tela rozar su piel, sus nalgas relucían bajo la luz tenue de su cuarto. Se miró al espejo, sus pechos firmes, sus caderas curvadas, y se preguntó si esas miradas de su padre eran más que curiosidad. Se acostó, su mano se deslizó bajo la sábana, entrando a su puchita y su mente quedó atrapada en el recuerdo de esos abrazos, esas bromas, y un deseo que comenzaba a arder como un fuego que no podía apagar.
Días posteriores, Natalia salió de la ducha con la piel perlada de gotas, envuelta en el vapor tibio que aún llenaba el baño. Caminó hacia su habitación, pero en el trayecto recordó que había dejado olvidada su tanga roja sobre el retrete. Esa prenda diminuta, que tanto le gustaba porque resaltaba su piel clara.
Volvió sobre sus pasos y, al acercarse a la puerta entreabierta, se detuvo. Lo que vio la dejó sin aliento. Su padre estaba allí, de pie, con la tanga en sus manos. La acercaba a su rostro con devoción, aspirando profundamente como si fuese un perfume prohibido.
Natalia se llevó una mano a la boca, conteniendo un gemido de sorpresa. No podía creerlo, y sin embargo la excitación comenzó a recorrerle el cuerpo como una descarga eléctrica.
Gabriel, ajeno a su presencia, pasó la lengua lentamente por la tela, cerrando los ojos. La prenda desaparecía entre sus labios como si quisiera saborearla por completo.
—Natalia… —murmuró apenas, ronco, como si el nombre escapara de lo más hondo de su deseo.
Ella sintió un vuelco en el pecho. Sus rodillas temblaban y el calor entre sus muslos la obligó a apoyar la espalda en la pared. La duda la atravesaba: ¿era deseo real hacia ella, o simplemente un fetiche inconfesable? No lo sabía, pero en ese instante tampoco le importaba.
Entonces lo vio abrirse el pantalón y liberar su verga, con una erección, gruesa y palpitante, que acarició con la misma prenda. Natalia se mordió el labio con fuerza, incapaz de apartar la mirada. La escena la dominó por completo: el jadeo de él, el roce de la tela contra su piel, la tensión del secreto.
Su propia mano descendió lentamente por su vientre, rozando su puchita con un temblor de placer. Se dejó llevar, acariciándose en silencio, al mismo ritmo con el que él se movía dentro del baño.
—Si supieras que estoy aquí… —susurró ella, apenas audible, con una sonrisa temblorosa.
El peligro de ser descubierta la encendía aún más. Por unos segundos fantaseó con empujar la puerta, dejarlo paralizado y enfrentarlo con una provocación directa. Pero el miedo a arruinar aquel espectáculo la hizo retroceder.
Con un último vistazo, se apartó lentamente del marco y regresó a su habitación, con el corazón desbocado.
Al cerrar la puerta, Natalia apenas podía respirar. El corazón le golpeaba en el pecho con violencia, la piel aún encendida por lo que había presenciado. Caminó hasta su tocador, abrió el cajón superior y, con manos temblorosas, tomó su vibrador favorito. Lo llevó a la cama y se recostó sobre las sábanas aún tibias de su cuerpo.
Cerró los ojos y dejó que la imaginación la envolviera. No era aquel objeto el que la llenaba, sino la imagen de la verga de su padre, desnudo frente a ella, penetrándola con fuerza. Movía las caderas con un ritmo frenético, mordiéndose el labio, apretando las sábanas, hasta que un gemido escapó de su garganta. El orgasmo la invadió como una ola, intenso, delicioso, haciéndola arquear la espalda y quedar exhausta.
Con una sonrisa jadeante, se vistió a toda prisa. Tenía una idea fija: recuperar aquella prenda que había quedado en manos de su progenitor.
Al volver al baño, la sorpresa fue aún mayor. La tanga estaba sobre el lavabo, húmeda, con rastros de semen que él había intentado limpiar torpemente. Natalia la tomó entre sus dedos, la observó con una mezcla de asombro y deseo, y luego, en un arrebato travieso, la acercó a su boca. Una carcajada suave escapó de ella al saborear el rastro de su secreto.
—Eres un pervertido delicioso… —susurró con picardía, como si él pudiera escucharla.
Desde ese instante, todo cambió. Natalia decidió que no se quedaría solo en la fantasía: lo seduciría poco a poco, hasta hacerlo suyo. Comenzó a dejar su ropa interior “olvidada” en lugares estratégicos, asegurándose de que él la encontrara. A veces se vestía con shorts diminutos que dejaban al descubierto la curva de sus muslos, a veces usando un camisón translucido o con un delicado babydoll diminuto cuando sabía que estarían a solas.
Cada mirada furtiva de su padre, cada silencio cargado de tensión era para ella una victoria. Natalia disfrutaba del juego, del poder de despertar en él un deseo imposible de ocultar. Y mientras lo veía morderse los labios o desviarse de pronto la mirada, sabía que pronto, muy pronto, aquel juego pasaría de la insinuación al contacto real.
Durante mes y medio, Natalia jugó con fuego. Cada prenda olvidada, cada camisón transparente, cada mirada inocente cargada de malicia era parte de un plan meticuloso. Y él siempre caía, siempre mordía el anzuelo. Lo veía recoger con avidez aquellas ofrendas, y eso solo la excitaba más.
Una tarde, la tensión alcanzó un punto imposible de ignorar. Después de bañarse, dejó una de sus tangas más provocativas sobre el retrete, sin lavarla, como quien deja una trampa lista. Fingió distraerse en su habitación, escuchando con el corazón desbocado cada sonido de la casa, hasta que oyó el crujido de la puerta del baño. Sonrió. Sabía que había entrado.
Esperó unos minutos, hasta que la paciencia se volvió insoportable. Entonces caminó con pasos firmes, abrió la puerta de golpe y entró.
Gabriel se giró bruscamente, con la prenda envolviendo su verga. La expresión en su rostro era de puro pánico, como si lo hubieran sorprendido en el peor de los delitos.
Ella lo miró fijamente, entrecerrando los ojos, disfrutando cada segundo de su desconcierto. Luego, sin prisa, cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda contra ella, bloqueando la salida.
—¡Papá!… ¿Pero qué estás haciendo? —dijo, cruzando los brazos con un tono acusador, aunque por dentro ardía de deseo al verlo así.
Él se sobresaltó, casi soltando la tela.
—¡Hija! No es lo que parece… —balbuceó, nervioso, sin soltar aquel tesoro.
Ella arqueó una ceja.
—¿Ah, ¿no? Entonces dime, ¿qué es lo que veo? —preguntó con voz firme, disfrutando de la incomodidad que le provocaba.
Él tragó saliva, rojo de vergüenza.
—Perdóname… Por favor, no le digas nada a tu madre. Haré lo que quieras, pero… nunca se lo cuentes.
Natalia inclinó la cabeza, como saboreando esas palabras.
—¿Lo que yo quiera papi? —repitió lentamente, dejando que la tensión se estirara como un hilo a punto de romperse.
—Sí, Naty. Lo que quieras —contestó él, con los ojos suplicantes—. Pero que ella no se entere.
Entonces Natalia dejó caer la toalla que la cubría, revelando su piel brillante aún por el agua de la ducha. Dio un paso hacia él, mirándolo fijamente, y con una sonrisa cargada de malicia susurró:
—Entonces hazme tuya.
El silencio fue interrumpido solo por la respiración agitada de ambos. Natalia se arrodilló frente a él, llevando la prenda a su rostro, aspirando su aroma con descaro. Sus ojos se clavaron en los de su padre, que la miraba entre atónito y embelesado.
—¿Lo ves? —dijo ella en un murmullo provocador—. No soy yo la loca aquí.
Él retrocedió un instante, con el rostro desencajado.
—Eres mi hija… Esto está mal.
Natalia soltó una carcajada suave y peligrosa.
—¿Mal? ¿Quién es el que se encierra en el baño con mi ropa interior? —le espetó, incorporándose con un movimiento felino.
Sin darle más tiempo para pensar, se inclinó sobre el lavabo, dejando su puchita con poco vello púbico a la vista, vulnerable y a la vez desafiante. Volteó el rostro y lo retó con la mirada.
—Vamos, papá… demuéstrame que de verdad me deseas. ¿O prefieres que le cuente todo a mi madre?
Él dudó apenas un segundo, pero la provocación, la tentación, la presión de sus palabras lo quebraron. Se acercó con decisión, tomándola por la cintura, y la tensión contenida durante semanas estalló de golpe.
—No sabes en lo que te metes, saliste igual de puta que tu madre —susurró en su oído, mientras sus manos recorrían su piel con ansiedad.
Ella solo gimió suavemente, disfrutando el poder de aquella verga dentro de ella. La intensidad creció en cada roce, en cada beso desesperado que le arrancaba, en cada susurro cargado de lujuria que se escapaba de sus labios.
—Más… —pedía ella entre jadeos, aferrándose al borde del lavabo.
—Dios, Natalia… no sabes cuánto te he deseado, por años —respondía él, perdiéndose en el frenesí del momento.
El baño se llenó de sonidos entrecortados, besos húmedos y gemidos que ninguno intentó contener. Natalia, sentada después sobre el lavabo con las piernas abiertas, lo atrajo hacia ella con fuerza, fundiéndose en un encuentro arrebatado que parecía borrar los límites de la cordura.
—Gracias por este regalo… —susurró él contra su cuello—. No sabes cuánto lo había soñado.
Ella sonrió, con los ojos brillantes de placer y triunfo.
—Entonces no te detengas papi… penetra duramente a tu hija.
El baño se volvió demasiado pequeño para contener la fuerza de lo que estaba ocurriendo. Natalia jadeaba contra el cuello de su padre, con los labios ardiendo de tantos besos desesperados, mientras él la sujetaba con una mezcla de furia y deseo acumulado durante semanas.
De pronto, sin darle tiempo a reaccionar, la levantó en brazos. Ella lanzó un pequeño grito entre sorpresa y excitación, rodeando con sus piernas la cintura de él. El contacto de sus cuerpos era tan íntimo que la hacía estremecerse en cada paso que él daba hacia su habitación.
Mientras la cargaba, una de sus manos se aferraba a sus nalgas, la otra exploraba su piel húmeda con descaro. Natalia se arqueó al sentir un dedo juguetear con su ano, presionando suavemente, haciéndola soltar un gemido ahogado.
—Papi… —susurró ella con la voz entrecortada, apretando con más fuerza sus piernas alrededor de él.
—No tienes idea de cuánto me estás volviendo loco —le respondió con un gruñido, hundiendo su boca en el hueco de su cuello mientras la llevaba a la cama.
El trayecto fue breve pero eterno; cada caricia, cada roce la hacía desearlo más. Cuando por fin entraron en la habitación, la recostó sobre las sábanas, inclinándose sobre ella con una mirada tan intensa que la hizo estremecerse.
Natalia se mordió el labio, disfrutando de la posición vulnerable en la que estaba, pero también consciente de que el poder lo tenía ella desde el inicio.
—¿Y ahora? —preguntó con voz ronca, rozando con sus uñas el pecho de él—. ¿Vas a detenerte otra vez?
Él negó con la cabeza, con una sonrisa torcida.
—Ahora ya es demasiado tarde para detenerme, Naty.
Se inclinó y la besó con violencia, hundiendo la lengua en su boca como si quisiera devorarla. Sus manos recorrieron su cuerpo con hambre, apretando sus senos, acariciando su panocha, explorándola con ansias renovadas.
Cada vez que sus dedos se deslizaban más abajo, Natalia arqueaba la espalda y gemía con un deseo imposible de ocultar. Y cuando sintió nuevamente esa caricia atrevida en el interior de su culo, un estremecimiento la recorrió entera.
Ella, jadeando, le tomó el rostro con ambas manos y lo miró fijamente.
—Hazme tuya por completo… no me dejes con ganas.
El cuerpo de Natalia se hundió en las sábanas mientras Gabriel se inclinaba sobre ella, besándola con una urgencia que casi la dejaba sin aire. Sus manos recorrían su piel húmeda como si quisiera memorizar cada rincón, apretando, arañando, reclamando lo que tanto tiempo había deseado en silencio.
Ella, con una sonrisa pícara, lo empujó suavemente para quedar encima. Se acomodó a horcajadas sobre él, y se introdujo aquella verga que la había procreado lentamente, moviendo suavemente sus caderas, provocándolo con roces que lo hacían gruñir de placer.
—¿Así que eras tú el que no podía resistirse a mis tangas? —susurró Natalia, inclinándose para rozar sus labios apenas—. Qué papá tan sucio tengo.
Él cerró los ojos, gimiendo bajo ella, con las manos apretando sus nalgas.
—Y tú… una maldita provocadora —respondió con la voz ronca—. Me tenías loco.
Natalia arqueó la espalda, disfrutando de su reacción.
—Dime lo que pensabas cada vez que me veías —exigió, rozando sus labios sin besarlo del todo.
—Que quería hacerte mía… —respondió entre jadeos—. Que soñaba con tenerte así, montada sobre mí, suplicando que no me detuviera.
La confesión encendió a Natalia aún más. Lo besó con fuerza, mordiendo su labio, y comenzó a moverse sobre él con un ritmo provocador, lenta al principio, luego más intensa. Sus gemidos llenaban la habitación.
De pronto, él la sujetó por la cintura y la volteó con un movimiento brusco, dejándola debajo otra vez.
—Ahora mando yo —susurró contra su oído, sujetando sus muñecas contra la cama.
—Mmm… ¿seguro? —respondió ella, retándolo con la mirada, con esa sonrisa de traviesa.
Gabriel bajó a su cuello, mordiéndolo suavemente, mientras sus manos recorrían sus curvas. Natalia se estremecía bajo él, pero todavía encontraba fuerzas para desafiarlo.
—Más fuerte… —susurró con voz temblorosa—. No me trates como si fuera de cristal.
Él gruñó, obedeciendo, y la levantó de la cama para ponerla de rodillas frente al espejo del tocador. Natalia se encontró con su propio reflejo, viendo la expresión de deseo que la dominaba.
—Mírate… —le ordenó él, sujetándola por la cadera—. Mira lo que me haces.
Ella gemía, perdida entre el placer y la humillación deliciosa de verse reflejada en esa posición.
—Papi… Aaah… más, no pares… —suplicaba con la voz rota.
Él la tomó del cabello, obligándola a alzar la vista hacia el espejo, mientras su otra mano la acariciaba con descaro.
—Eres mía, Natalia… mírate bien. Nunca volverás a ser la misma.
Natalia temblaba, entregada a su padre, pero aún con fuerzas para provocarlo.
—Si soy tu puta… demuéstralo. Quiero que llenes de tu leche caliente, para que no me quede duda.
La intensidad subió hasta un frenesí imposible de contener. Entre besos desesperados, movimientos frenéticos y susurros sucios al oído, ambos se dejaron arrastrar por el deseo que habían contenido durante tanto tiempo.
El clímax llegó con gemidos ahogados, respiraciones entrecortadas y cuerpos temblando de placer. Natalia, invadida por el semen de su padre, estaba exhausta, y se desplomó en la cama con una sonrisa satisfecha, mientras su padre se dejaba caer a su lado, aun jadeando, pero lamiendo los pezones de su hija.
Ella lo miró de reojo, con esa chispa traviesa que nunca desaparecía de sus ojos.
—¿Ves? ¿No te gustó llenar la vagina de tu hija?
Él rio entre dientes, acariciando su rostro.
—Y ahora que te tengo… no pienso dejar de hacerlo.
Natalia cerró los ojos, disfrutando del calor de su piel junto a la de él, sabiendo que ese era apenas el comienzo de un juego peligroso y delicioso que ninguno de los dos estaría dispuesto a detener.
Ella seguía recostada en la cama mientras él se inclinaba sobre ella, sus labios atrapando los de ella en un beso largo y apasionado. Sus cuerpos se movían con sincronía, mientras su padre le acariciaba sus curvas y exploraba con manos hábiles, despertando cada fibra de su piel.
Ella suspiraba, perdida entre la cercanía de su papá y la electricidad que corría entre ambos. Él, con cuidado, retiraba los restos de su semen del interior de la vagina de su hija con dedos suaves, manteniendo el contacto con su cuerpo, acariciando su cintura y dibujando círculos sobre sus muslos. Luego los llevaba a la boca de Natalia para que ella los lamiera.
Gabriel después colocó su cabeza en medio de las piernas de su hija y comenzó a lamer salvajemente aquella panochita deliciosa, cada lengüetazo la hacía gemir suavemente, mientras él hundía más su cabeza dentro de ella, provocando escalofríos que recorrían su espalda.
—Dios… —jadeó Natalia, inclinándose hacia él, atrapándolo con las manos por la espalda.
Él sonrió entre susurros, disfrutando de cada sonido que ella emitía.
—No puedo… resistirme —murmuró, —. Eres increíble.
Por un momento se entregaron por completo al placer del contacto y los besos, perdiendo la noción del tiempo. Los gemidos suaves de Natalia llenaban la habitación, y cada caricia parecía prolongar ese instante de tensión deliciosa.
Pero de repente, un sonido proveniente de la planta baja interrumpió su frenesí: el grito de su madre anunciando que había llegado a la casa. Ambos se separaron rápidamente, respirando con dificultad.
Él le dio un último beso intenso, apretándola contra sí un instante más.
—Descansa, —susurró al oído, con voz cargada de deseo y complicidad—. Esto no ha terminado.
Con un movimiento ágil, se incorporó y se dirigió hacia la puerta, no sin antes recoger otra de las tangas que Natalia había dejado en el piso como parte de su juego secreto. Su mirada se cruzó con la de ella, una chispa traviesa y prometedora que aseguraba que aquel encuentro era apenas el principio.
Natalia se quedó recostada en la cama, aún con el corazón acelerado y la piel erizada, sonriendo para sí misma por haberse entregado al hombre que le dio la vida.
Desde aquella noche, un nuevo ritmo se instaló en aquel hogar. Cuando la casa quedaba en silencio y la oscuridad llenaba los pasillos, él encontraba la manera de entrar en el cuarto de su hija. Ella lo esperaba, a veces recostada en la cama completamente desnuda, otras jugando con alguna de sus prendas más provocativas, disfrutando de ver cómo él reaccionaba sin poder contenerse y otras veces con algún vibrador dentro de ella.
El juego entre ambos era intenso y delicado: él se entregaba a sus deseos con atención, siempre asegurándose de que estuvieran solos, mientras ella dirigía cada movimiento con una mezcla de travesura y control. Cada roce, cada beso y cada suspiro formaban parte de un ritual silencioso y excitante que ninguno de los dos olvidaría.
A veces, él se entretenía con su ropa interior, ya fuera la que ella acababa de dejar en el piso o incluso prendas recién lavadas, como si cada tela llevara consigo su esencia. Natalia se divertía y se sentía poderosa al ver cómo esos pequeños objetos se convertían en una herramienta de deseo. Y cuando él terminaba, ella encontraba maneras de prolongar el juego, poniéndose algunas de esas prendas bañadas en semen sobre sí misma para mantener la tensión viva, disfrutando de la reacción de él.
Pero no todo era solo juego. Cada vez que él la complacía, cumplía sus deseos materiales con generosidad. Regalos, caprichos, pequeños lujos: todo lo que Natalia pedía parecía materializarse en sus manos. Esa combinación de poder, juego y recompensa la hacía sentirse en la cima del mundo, consciente de que había encontrado una manera de controlar la situación y de mantenerlo completamente entregado a ella.
—Eres imposible —decía él a veces, con una mezcla de frustración y deseo, mientras ella se acomodaba con una sonrisa satisfecha—. Siempre sabes cómo salirme con la tuya.
—Eso es porque me conoces muy bien papi —respondía Natalia, jugando con su cabello y moviéndose con despreocupación—. Y tú… no puedes resistirte a los encantos de tu hija.
Así, noche tras noche, se tejía un juego silencioso de deseo, provocación y complicidad, un equilibrio delicado entre la excitación y el control, en el que cada encuentro reforzaba su vínculo secreto y su pequeño mundo de intimidad compartida.
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