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Laura tenía cuarenta y un años y llevaba casi dos décadas haciendo lo correcto.
Trabajaba, pagaba sus facturas, cuidaba de los suyos, mantenía una casa ordenada y sabía exactamente qué respuesta dar cuando alguien le preguntaba cómo estaba.
—Bien, todo bien.
Era casi automático.
Pero aquel jueves de octubre, mientras caminaba por Valencia después de una comida de trabajo, se dio cuenta de que estaba cansada de ser previsible.
No le había ocurrido nada malo. Precisamente ese era el problema.
Su vida se había convertido en una sucesión de días razonables.
Aquella tarde tenía dos horas libres antes de volver a casa.
Dos horas sin reuniones, sin recados y sin nadie esperando nada de ella.
Se sentó en un banco y sacó el teléfono.
Días antes había encontrado por casualidad una página que había despertado su curiosidad. La había visitado varias veces sin atreverse a hacer nada más.
Era Sadhana Center, un centro de masajes para adultos en Valencia.
Había leído acerca de sus diferentes experiencias, de los masajes cuerpo a cuerpo y de ese ambiente discreto que parecía estar dirigido precisamente a personas que buscaban salir durante unas horas de su rutina.
Laura nunca se había considerado especialmente atrevida.
Tal vez por eso aquella idea seguía rondándole la cabeza.
Abrió otra vez la página.
Leyó durante unos minutos.
Y llamó.
Cuando colgó, tenía una reserva.
Durante el trayecto estuvo a punto de arrepentirse dos veces.
La primera mientras esperaba en un semáforo.
La segunda justo antes de llegar.
Sin embargo, siguió caminando.
Había decidido que, al menos aquella tarde, no iba a preguntarse qué habría hecho la Laura sensata.
Al entrar sintió que todo el ruido que traía de la calle se quedaba atrás.
La recibió una mujer amable que habló con ella con absoluta normalidad.
Eso consiguió tranquilizarla.
Laura había imaginado una situación incómoda, quizá demasiado explícita o artificial.
No encontró nada de eso.
Había una iluminación tenue, una música tranquila y una sensación de privacidad que hizo desaparecer poco a poco la tensión con la que había llegado.
Le explicaron las opciones disponibles.
Laura escuchó con atención.
Había oído hablar alguna vez del masaje Nuru y del masaje Lingam, aunque siempre como algo lejano, perteneciente a conversaciones que mantenían otras personas.
Aquella tarde, por primera vez, no sintió vergüenza por sentir curiosidad.
Eligió una experiencia.
Y decidió no pensar demasiado.
Durante los primeros minutos permaneció algo rígida.
No podía evitar analizar cada sonido, cada movimiento y cada sensación.
Hasta que comprendió que precisamente eso era lo que hacía durante todo el día: analizar.
Así que cerró los ojos.
La habitación quedó reducida a pequeños detalles.
La música.
La temperatura.
El perfume suave del ambiente.
La tranquilidad de saber que durante un rato nadie podía pedirle nada.
Poco a poco empezó a relajarse.
No había urgencia.
No había que llegar a ninguna parte.
Laura sintió algo que hacía mucho tiempo que no experimentaba: la sensación de estar completamente presente.
Durante años había asociado la sensualidad con otras personas.
Con una pareja.
Con una cita.
Con alguien que debía mirarla o desearla.
Nunca se había parado a pensar que también podía ser algo exclusivamente suyo.
Aquella idea cambió la experiencia.
Dejó de preguntarse si estaba haciendo algo extraño.
Dejó de juzgarse.
Simplemente disfrutó de ese momento de calma, cercanía y atención.
Cuando finalmente terminó, Laura permaneció unos minutos en silencio.
No tenía ganas de mirar el teléfono.
Ni siquiera sabía exactamente cuánto tiempo había pasado.
Al salir, Valencia estaba distinta.
O quizá era ella.
Las luces de los comercios comenzaban a encenderse y la gente caminaba deprisa por las aceras.
Laura recorrió varias calles sin rumbo.
Se sentía ligera.
No porque aquella tarde hubiese cambiado nada importante.
Al día siguiente tendría que madrugar.
Seguían existiendo las mismas obligaciones.
La misma agenda.
Las mismas llamadas.
Pero ahora tenía un pequeño secreto.
Algo que había hecho únicamente porque quería hacerlo.
Sin necesidad de explicárselo a nadie.
Cuando llegó a casa, dejó las llaves sobre la mesa y se sirvió una copa de vino.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de una amiga preguntándole qué había hecho aquella tarde.
Laura sonrió.
Estuvo unos segundos pensando qué responder.
Finalmente escribió:
—He salido a dar una vuelta.
No era mentira.
Simplemente no era toda la verdad.
Y por alguna razón le gustó que fuese así.
Aquella experiencia podía quedarse con ella.
Sin fotografías.
Sin explicaciones.
Sin opiniones ajenas.
Solo el recuerdo de una tarde en Valencia en la que Laura decidió, por una vez, hacer exactamente lo que le apetecía.
