El reencuentro con mi hermana – I, II

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Capítulo I

Han pasado casi ocho años desde la última vez que Alex vio a Mary en persona. Está en la puerta del bar donde quedaron, revisando el móvil por tercera vez, cuando la ve cruzar la calle — el mismo andar despreocupado de siempre, aunque todo lo demás en ella parece distinto. Se detiene un segundo al reconocerlo, y una sonrisa se le dibuja en la cara antes de acercarse corriendo. —¡No puedo creer que sigas siendo tan puntual! —dice, casi sin aliento, abrazándolo con la misma confianza de cuando tenían dieciséis años. Alex y Mary son hermanos
El abrazo de Mary duró más de lo que esperabas, y cuando finalmente se separó, te miró de arriba abajo con esa expresividad suya que nunca aprendiste a describir del todo. «Dios, estás igual pero… no sé, más serio. ¿También sobrevives a base de café y trabajo?» Sonrió mientras empujaba la puerta del bar, dejando que el aire cálido y el murmullo de las conversaciones te envolvieran. El lugar era pequeño, con luces ámbar y una barra larga. Mary pidió dos cervezas antes de que pudieras sacar la cartera, y cuando las dejaron sobre la mesa, se sentó frente a ti con una rodilla apoyada contra el borde, sin la distancia que la mayoría de la gente guarda en estas situaciones.

«Hace mucho, mucho tiempo que nadie me mira como me estás mirando,» dijo de repente, con un tono que no era de burla, sino más bien curioso. Sus dedos jugueteaban con el borde del vaso, y sus ojos te sostenían sin parpadear. «¿Sabes? Siempre fui lista para notar cuando algo te inquieta. Y ahora mismo te estoy inquietando.» Se rió bajito, pero el sonido salió distinto, más ronco. «No tiene nada de malo, Alex. Somos adultos. Podemos decir cosas sin que el mundo se caiga.»

La conversación fue avanzando por caminos que no habías planeado. Mary hablaba de su trabajo, de los viajes, de una relación que terminó hacía meses — «él no entendía mi manera de querer» — y cada vez que desviabas la mirada al vaso o al techo, ella la devolvía con una pregunta más directa. «¿Y tú? ¿Alguien te espera en casa?» Cuando negaste, sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, y su pie rozó tu tobillo por debajo de la mesa. No fue accidental; lo sabías porque no apartó el pie. «Qué lástima,» murmuró, y su voz ya no sonaba a hermana pequeña. «Porque te juro que no estoy lista para irme a casa todavía.»
El roce de su pie contra tu tobillo era un recordatorio constante, un pulso bajo la mesa que hacía que tu piel se calentara por encima de lo razonable. Mary siguió hablando, pero sus palabras habían dejado de importar tanto; lo que importaba era cómo sus dedos jugueteaban con la botella, cómo su lengua humedecía sus labios de vez en cuando, cómo su pierna se movía despacio contra la tuya, encontrando espacio para acurrucarse entre tus pies.

«Sabes que no he vuelto a sentirme así de rápido con alguien,» dijo, bajando la voz hasta que apenas se oía por encima de la música del bar. Sus dedos ya no jugueteaban con el vaso; ahora trazaban un patrón invisible en la madera de la mesa, acercándose cada vez más a tu mano. «No me malinterpretes, Alex,» continuó, inclinándose ligeramente hacia ti, «pero hay algo en cómo me miras esta noche que no me deja pensar en otra cosa.»

Se mordió el labio inferior, y sus ojos recorrieron tu rostro con una lentitud deliberada. «No quiero irme a casa sola. Y no quiero que me digas que deberíamos ser sensatos, porque he sido sensata toda mi vida y no me llevó a ningún lado.» Su mano encontró la tuya, y sus dedos se entrelazaron con los tuyos, calientes y firmes. «¿Me acompañas?» preguntó, aunque no sonaba como una pregunta. Era una invitación, una posibilidad tangible que llenaba el aire entre vosotros, eléctrica y urgente.

El pulso te late en las sienes mientras Mary espera tu respuesta, sus dedos aún entrelazados con los tuyos, la calidez de su piel transmitiendo una electricidad que no puedes ignorar. Por un momento, tu mente analítica intenta encontrar la salida lógica, el argumento razonable para levantarte y decir que es tarde, que deberían verse a otro día con más claridad. Pero sus ojos te miran con una fijeza que desarma cualquier excusa, y tu mano responde antes que tu cabeza, apretando la suya con una lentitud deliberada.

«Vale,» escuchas decir a tu propia voz, más ronca de lo que esperabas. Mary sonríe, no con la risa fácil de antes sino con algo más íntimo, más privado. Deja un billete sobre la mesa y se levanta sin soltar tu mano, tirando de ti hacia la puerta. La noche exterior es fresca, y la calle está casi vacía. Ella se vuelve hacia ti, a unos centímetros de distancia, y su aliento forma una pequeña nube en el aire frío.

«Tengo el coche al doblar la esquina,» dice, y su voz tiene un matiz que no le habías escuchado antes. «Pero si te parece mejor, podemos andar. El piso está a diez minutos.» No suelta tu mano, y sus pulgares acarician el dorso de la tuya con un ritmo lento, casi hipnótico. La forma en que te mira, como si el resto de la ciudad no existiera, te hace sentir que el tiempo se ha ralentizado. «Solo dime qué prefieres, y vamos.»

La decisión se forma antes de que puedas analizarla. «Andando,» dices, y Mary asiente con una sonrisa que no llega a ser del todo inocente. Camináis por la acera en silencio, pero sus dedos siguen entrelazados con los tuyos, y cada vez que vuestros hombros se rozan, sientes un calor que no tiene nada que ver con el frío de la noche. Ella te guía por calles que te resultan vagamente familiares hasta detenerse frente a un edificio antiguo con balcones de hierro forjado. Alza la vista hacia las ventanas iluminadas del tercer piso, y luego te mira de reojo. «Es ahí,» dice, sin soltarte la mano.

Subís las escaleras sin prisa. En cada rellano, Mary se vuelve para mirarte, como comprobando que sigues ahí, y sus pasos se ralentizan deliberadamente en el último tramo. Cuando llega a la puerta, saca las llaves del bolsillo pero no las usa todavía. Se gira hacia ti, y la luz cálida que se filtra por el pasillo dibuja sombras en su rostro. «Te advierto,» dice, con una voz que apenas es un susurro, «que mi casa está hecha un desastre, que hay gatos por todas partes y que probablemente la radio está puesta en una emisora rara.» Pausa, y sus ojos bajan un instante para volver a encontrarse con los tuyos. «Pero no la apago si no me lo pides.»

Abre la puerta y entra, dejándola abierta para ti en una invitación clara. El interior huele a incienso y a café recién hecho, y hay estanterías abarrotadas de libros y plantas por todas partes. Mary se quita la chaqueta y la deja caer sobre el sofá, quedándose en una camiseta holgada que se le sube un poco al estirarse. «¿Cerveza? ¿O algo más fuerte?» pregunta, ya de espaldas hacia la cocina, aunque la curva de su sonrisa cuando se gira basta para saber que la respuesta puede ser cualquiera de las dos.

«Algo más fuerte,» respondes, y Mary sonríe con una chispa de aprobación antes de desaparecer en la cocina. Oyes el tintineo de botellas y el hielo cayendo en vasos, y te quedas mirando las fotografías clavadas en la pared — instantáneas de viajes, retratos de amigos, alguna que otra calle borrosa en blanco y negro que reconoce vagamente como el barrio donde crecisteis. Ella vuelve con dos vasos de whisky, sin hielo, y te entrega uno mientras se sienta en el brazo del sofá, cerca pero no demasiado.

«Salud,» dice, y choca su vaso contra el tuyo. El líquido quema al bajar, y Mary observa cómo te estremeces con una media sonrisa jugando en sus labios. «Siempre fuiste de los que sienten primero y disimulan después.» Se lleva el vaso a los labios y bebe despacio, sin apartar los ojos de ti. Los gatos que mencionó — dos, uno negro y otro anaranjado — se acercan a curiosear a tus pies, pero Mary no les presta atención. Esa atención la tienes tú, y es de las que se notan.

Bebe otro trago y deja el vaso sobre la mesa baja. Se inclina hacia ti, apoyando los codos en las rodillas, y el escote de su camiseta ampliamente holgada se abre lo suficiente como para revelar un tatuaje pequeño y discreto en el hueco del pecho — una palabra, demasiado atrevida para leerla a esta distancia. «Sabes qué es lo que me ha hecho falta estos años?» pregunta, y su voz baja hasta la intimidad. «Alguien que no se marche a mitad de una conversación. Alguien que se quede a ver cómo acaba.» Su mano se extiende y se posa sobre tu rodilla, con un tacto ligero que no retira. «Tú no te has movido de aquí. Ni siquiera has mirado la puerta.» Sonríe, y su pulgar traza un círculo lento sobre la tela del pantalón. «Me gusta eso de ti, Alex. Que te quedas. Que aguantas hasta el final.»

El pulso se acelera bajo su mano. El tacto de Mary sobre tu rodilla es ligero, pero la presión de su pulgar trazando círculos sobre la tela es imposible de ignorar. El whisky quema en tu garganta, aunque el calor que sientes ahora no viene del alcohol. Su cercanía, la intimidad del momento y la atención total que te dedica crean un espacio en el que el resto del mundo ha desaparecido silenciosamente.

«Yo también me he quedado,» dices, y la voz sale más ronca de lo que esperabas, casi como una confesión. «Podría haberme ido hace rato. Pero no quiero.»

Mary sonríe, esa sonrisa que no es la de la hermana pequeña sino otra, más profunda, más cargada de intención. Se inclina, apoya una mano a tu lado en el sofá y se acerca tanto que puedes oler su perfume — algo dulce con un fondo de tabaco y algún ingrediente amaderado. «Entonces quédate,» dice, casi como un susurro contra tu oído. «Quédate esta noche. Y dime qué quieres hacer.»

Las palabras cuelgan en el aire entre vosotros, cargadas de posibilidades que ninguno de los dos nombra todavía. Mary te mira con una fijeza que no te da espacio para evadirte, y su mano abandona tu rodilla para subir despacio hasta tu muslo, donde se apoya con la confianza de quien ya conoce la respuesta. «Porque yo,» continúa, bajando aún más la voz, «llevo toda la noche pensando en cómo besarte. Cómo sería. Si sigues besando como cuando probamos en el garaje de tu amigo Iker, en aquel verano, cuando no sabíamos lo que hacíamos pero nos gustaba.»

La confesión te golpea con una fuerza inesperada, despertando un recuerdo que llevabas años enterrado. Mary se ríe bajito, no con burla sino con ternura, y su mano aprieta ligeramente en tu muslo. «No digas que no te acuerdas,» murmura, y sus ojos buscan los tuyos con una intensidad que no te deja respirar. «Porque yo recuerdo cada segundo.»

El recuerdo te atrapa con más fuerza de la que esperabas. El garaje de Iker, el verano que teníais dieciséis, el sudor en la nuca y el sabor a cerveza barata en los labios de ella — todo eso resurge con una claridad dolorosa mientras Mary te sostiene la mirada desde tan cerca que puedes contar las pestañas que se le agrandan cuando se inclina. Tu respuesta llega como un susurro antes de que puedas frenarla, y Mary lo recibe con una exhalación que no es exactamente una risa, sino algo más antiguo, más contento. «Sí. Me acuerdo.»

Se queda mirándote un instante más, procesando la confesión, y luego se aleja lo justo para volverte a mirar por encima del hombro con esa mezcla de coquetería y sinceridad que la hace completamente inconfundible. «Sabes que fue raro después, ¿no?» dice, buscando con la mirada el whisky que abandonó. «Nos volvimos a ver esa tarde en el parque y ninguno de los dos dijo nada. Como si no hubiera pasado. Me pareció injusto, pensar que algo que se sintió así podía simplemente borrarse.» El gato anaranjado salta al regazo de Mary y ella lo acaricia distraídamente, pero sus ojos no abandonan tu rostro.

Capítulo II

Bebe un trago largo del whisky y deja el vaso con un golpe suave sobre la mesa. «Esto,» empieza, indicando con un gesto la distancia entre vuestros cuerpos, «es exactamente lo que me ha costado estos años. Gente que se queda a medias. Gente que le gusta la idea de mí pero no aguanta lo real.» Su pulgar acaricia el pelaje del gato con un ritmo lento, casi hipnótico, y su voz baja de tono cuando vuelve a hablarte. «Tú siempre fuiste real conmigo. Incluso cuando te equivocabas, incluso cuando eras el peor hermano del mundo. Nunca me engañaste.» El gato se estira y salta del regazo de Mary, dejándola sola en el sofá con las rodillas juntas y los ojos fijos en ti. «Así que dímelo claramente, Alex. ¿Estamos haciendo lo mismo que aquel verano? ¿Volver a no decir nada?»

Mary sostiene tu mirada con una paciencia que no le reconocías. Sus dedos se detienen sobre el sofá, las rodillas juntas, el cuerpo inclinado hacia ti como si la gravedad la arrastrara en tu dirección. El silencio que dejaste tras tu respuesta, con la voz quebrada por el recuerdo, no la molesta. Al contrario, algo se le suelta en los hombros, una tensión que llevaba sostenida toda la noche.

«Vale,» dice, y su voz es más suave ahora, casi cariñosa. «No voy a forzar nada. Si prefieres que volvamos al garaje y hagamos de cuenta otra vez, también me sirve.» Se ríe, un sonido pequeño y honesto que le sacude el pecho, y cruza las piernas sobre el sofá con un movimiento relajado, invitándote a quedarte donde estás. «Pero no te engañes conmigo, Alex. Ya lo has dicho. Tú también te acuerdas. Así que solo me queda averiguar por qué llevas toda la noche temblando y fingiendo que es el whisky lo que te pone los nervios de punta.»

Se levanta del sofá y recoge los vasos vacíos con la soltura de alguien que ha habitado ese espacio miles de veces. Se aleja hacia la cocina pero no desaparece detrás del mostrador; se queda de pie en el marco, apoyada contra la pared, con los brazos cruzados bajo el pecho y la camiseta holgada trazando una silueta que hace que el tatuaje — la palabra que no puedes leer todavía — se asome de nuevo. «Esto no es como antes,» continúa desde ahí, y su mirada recorre el salón y vuelve a ti como si estuviera midiendo el espacio que queda entre vosotros. «Antes éramos dos críos que no sabían qué querían. Ahora sé exactamente lo que quiero.» Sus ojos se clavan en los tuyos con una calma que no admite duda. «Y no me voy a marchar de aquí hasta que me lo digas tú. Que eres tú quien se queda. Que eres tú quien no mira la puerta.»

El silencio que deja la pregunta de Mary pesa como algo físico, como el aire cargado antes de una tormenta. Te mira desde el marco de la cocina con la paciencia de alguien que ha aprendido a esperar, que sabe que la presión aplicada en el momento equivocado arruina lo que podría haber sido perfecto. Sus brazos se deslizan por los costados y se apoyan en el marco, un gesto que abre su cuerpo hacia ti sin pedir nada, dejando que sea la distancia la que decida. «No voy a correr detrás de ti,» añade, y hay una honestidad sobria en su voz que contrasta con el calor de la noche. «Toda mi vida he sido la que persigue y la que se cansa. Esta vez quiero alguien que elija quedarse.»

El gato negro aparece de la nada y se coloca a sus pies, rascándose contra la pared de la cocina, pero Mary no lo mira. Sus ojos siguen fijos en ti con esa quietud que solo ella sabe sostener, como si tuvieras la obligación invisible de moverte o de callarte para siempre. Afuera, el sonido de una sirena lejana se desvanece en la noche, y adentro solo se oyen el tic-tac del reloj de la pared y el zumbido apenas perceptible de la nevera. Cuando tu mano abandona el vaso y se posa sobre la rodilla, su respiración cambia visiblemente, un alivio que recorre su pecho y que esconde mal detrás de un movimiento de los labios.

«Por fin,» susurra, y su voz es tan baja que casi la absorbe el silencio del salón. Camina desde la cocina hasta el sofá, cada paso medido, y se sienta a tu lado lo suficientemente cerca como para que sus rodillas rocen las tuyas. No te toca todavía. Se queda ahí, esperando, con las manos sobre sus muslos y la mandíbula ligeramente levantada, dejando que la cercanía hable por sí sola. Su perfume invade tu espacio otra vez, más intenso ahora, y se inclina hacia ti hasta que sus labios rozan la comisura de tu oreja con una deliberación que te hace apretar los dedos contra tu propia rodilla. «Este es tu momento, Alex,» murmura contra tu piel, y se aleja lo justo para volver a mirarte con los ojos entrecerrados y una sonrisa lenta dibujándose en los labios. «Decídete.»

Tus labios encuentran los de Mary antes de que tu cabeza haya terminado de dar la orden. El contacto es breve, casi tímido al principio, como si ambos estuvieran comprobando que el otro no va a apartarse. Pero Mary no se aparta. Su mano sube hasta tu nuca, entrelazándose en tu cabello con una firmeza que tira de tu cabeza hacia ella, y el beso se profundiza con una urgencia que arrastra años de espera. Su otra mano se posa en tu pecho, con los dedos abiertos, sintiendo tu corazón contra su palma mientras te inclina lentamente hacia el almohadón del sofá.

Cuando se separa, su aliento es irregular y sus ojos tienen esa mirada desenfocada que solo aparece cuando alguien ha perdido el control que intentaba mantener. «Así, exactamente así,» jadea contra tus labios, y una risa temblorosa se le escapa entre los dedos que le recorren la mandíbula. Se desliza a tu lado, apoyando la cabeza en tu hombro con una naturalidad que habla de confianza, y sus dedos comienzan a recorrer el cuello de tu camisa con una lentitud deliberada. «¿Sabes que llevo años queriendo saber si seguirías sabiendo cómo besarme?» murmura, trazando con la uña el borde de tu clavícula. «Y sí. Sigues sabiéndolo.»

El apartamento entero parece haberse quedado en suspenso. El reloj de la pared sigue marcando los segundos, las farolas de la calle filtran un resplandor anaranjado por las cortinas, y los dos gatos se han instalado sobre la estantería del salón como un público silencioso. Mary levanta la cabeza y te mira con una expresión que oscila entre el asombro y la satisfacción, como si hubiera estado esperando mucho tiempo este instante concreto. Sus labios están ligeramente hinchados, y se los lame despacio sin dejar de mirarte, un gesto que no es accidental y que lo sabe.

«La habitación está al fondo del pasillo,» dice, con una voz que ya no disimula lo que quiere. Se levanta del sofá y te tiende la mano, los dedos abiertos en una invitación que no admite red. Los gatos levantan la cabeza desde la estantería, observando desde arriba con esa indiferencia propia de su especie, mientras la luz cálida de la lámpara dibuja sombras suaves sobre la entrada del pasillo oscuro que Mary señala con una mirada. Ella espera, de pie, con la mano extendida y esa sonrisa que no necesitas interpretar.

Tu mano encuentra la suya, y los dedos de Mary se cierran alrededor de los tuyos con una firmeza que hace latir algo viejo y profundo en tu pecho. Te tira suavemente hacia el pasillo, y sus pasos se adelantan con la confianza de quien conoce cada grieta del suelo de su propia casa. La luz cambia cuando os alejáis del salón, volviéndose más tenue y dorada, hasta que os detenéis frente a una puerta entreabierta donde apenas se distingue el perfil de una cama con las sábanas revueltas y un libro abierto boca abajo sobre la almohada. Mary se gira en el umbral, sube tu mano hasta sus labios y besa tus nudillos con una lentitud que parece medida para romperle algo a ella misma.

«Si en algún momento quieres parar,» dice, levantando la mirada por encima de tu mano con unos ojos que ya no guardan coquetería sino algo más frágil, más honesto, «solo tienes que decírmelo. No soy la de antes, Alex. Tengo miedo de cosas que antes no me importaban.» Sus dedos libres suben por tu antebrazo hasta tu hombro, donde se detienen para apretar apenas, como marcando territorio con el tacto. «Pero no tengo miedo de esto. De ti.» La declaración queda suspendida en el aire del pasillo, sin música que la acompañe, sin nada más que el zumbido lejano de un motor en la calle de abajo.

Mary se aparta de la puerta y camina hacia la cama, deslizando un pie fuera del zapato y luego el otro en movimiento continuo, sin volver a mirarte todavía, como si quisiera darte tiempo para salir si cambias de opinión. Se sienta en el borde de la colcha y cruza las piernas, con la camiseta holgada deslizándose sobre un hombro descubierto y una tira de piel que parece haberte estado esperando toda la noche. El gato anaranjado salta desde algún rincón y se instala en la sábana junto a ella, y ella lo acaricia con un gesto automático mientras su otra mano se estira hacia ti con la palma hacia arriba. «Ven aquí,» dice, y en su voz no queda rastro de exigencia; es más bien una confesión disfrazada de orden, la de alguien que lleva años armando el coraje justo para pronunciar esas tres palabras en el momento exacto.

Tú cruzas el umbral, y Mary se aparta en el mismo instante para dejarte espacio a su lado, con los ojos siguiendo cada uno de tus movimientos como si te estuviera memorizando por primera vez. Su mano no se mueve de la sábana; sigue esperando con los dedos abiertos, la palma hacia arriba, ofrecida sin prisas. Cuando te sientas a su lado, el colchón se hunde bajo el peso compartido y ella inclina el cuerpo hacia ti, apoyando la frente en tu hombro con un suspiro que suena a soltar algo que llevaba retenido demasiado tiempo. «Eso es,» murmura contra tu cuello, y sus dedos finalmente cierran alrededor de los tuyos. El gato anaranjado observa desde la almohada un momento, se estira con un gesto de fastidio aristocrático y salta al suelo, arrastrando la cola por el pasillo hasta desaparecer. Mary se ríe con esa risa baja que parece diseñada para que la oigas solo tú, y levanta la cabeza para mirarte desde una distancia de centímetros, con el pelo desordenado y los ojos húmedos de una emoción que no se molesta en ocultar.

«Me siento como si hubiera esperado esto desde los dieciséis años,» dice, y su voz tiembla ligeramente en el último verso de la frase, un temblor que no esconde con nada. Desliza la mano libre por tu pecho, siguiendo la línea de la camisa con la yema de los dedos sin abrir botones todavía, como si estuviera pidiendo permiso en silencio. «Y me da un poco de miedo pensar que he esperado tanto que cuando por fin lo tengo no sepa qué hacer con ello.» Sus labios se curvan en una sonrisa incierta, la primera que ves en ella que no está calculada, y se muerde el labio inferior con una duda genuina. «Eso es raro en mí, ¿sabes? Soy la que no le tiene miedo a nada. Pero aquí, contigo, en mi propia cama, de repente me tiemblan las manos.»

Se gira sobre las rodillas para quedarte frente a su mirada, y desde ahí sube las dos manos hasta tu cuello, desabrochando el primer botón de tu camisa con dedos que se empeñan en ser precisos a pesar de la tremeción. «No te muevas,» le dice a sus propias manos mientras trabaja con el segundo botón, y cuando por fin queda libre el hueco de tu pecho, se queda mirándolo con los labios entreabiertos, como si la vista de ti hubiera hecho tangible algo que llevaba años imaginando. Sus pulgares se posan sobre tus clavículas y se quedan ahí, inmóviles, respirando en sintonía contigo mientras la habitación se llena del silencio espeso de dos personas que han llegado al borde de algo que ninguna de las dos podrá deshacer mañana. «Dime,» pide ella en voz baja, inclinándose lo justo para que su aliento roce tus labios sin llegar a tocarlos, «dime que tampoco es solo esta noche para ti.»

Tu respuesta sale de tu garganta como algo que lleva años obstruido, una verdad que suena más simple de lo que debería pero que provoca en Mary una reacción inmediata: sus ojos se llenan de lágrimas que no llegan a caer, y se lanza hacia ti con un abrazo que aprieta el aire de tus pulmones. Sus labios buscan los tuyos con una desesperación medida, y el beso que sigue tiene el sabor del whisky compartido y algo más salado que ella no se molesta en limpiar. Sus manos desabrochan el resto de tu camisa con movimientos torpes, como si la emoción hubiera nivillado su precisión habitual, y cuando por fin la tela se desliza por tus hombros ella se aparta solo lo justo para mirarte, con la respiración entrecortada y una sonrisa que bordea el llanto.

«Dios,» susurra, recorriendo tus hombros con la palma abierta como si estuviera tocando algo que creía que no volvería a sentir. Se tira hacia atrás sobre la cama, arrastrándote consigo con una mano en tu cuello, y su cuerpo se estira sobre las sábanas en un gesto que combina abandono y control, dejando que su camiseta holgada se suba hasta la cintura y exponiendo un tramo de piel clara que brilla bajo la luz tenue de la lámpara de noche. «Quiero que me mires,» dice con una voz que ha perdido toda pretensión de sutileza, mientras sus piernas se abren lo suficiente para hacerte espacio entre ellas, «que me mires de verdad, sin mirar el reloj ni la puerta ni nada que no sean mis ojos.»

Se incorpora sobre los codos para alcanzar la comisura de tu cuello con los labios, dejando una línea húmeda que desciende hasta la clavícula que descubrió minutos atrás. Sus dedos se enredan en tu cabello tirando con una fuerza que no es violenta pero sí firme, guiando tu boca hacia la piel expuesta de su cuello mientras su cuerpo se tensa bajo la tuya con un estremecimiento que recorre su espalda entera. La habitación se llena del sonido de su respiración, entrecortada y pesada, y sus rodillas se cierran alrededor de tu cintura con una urgencia que habla por sí sola. «Así,» jadea contra tu oído cuando tus labios encuentran la curva de su hombro, «así, no te pares, por favor no te pares ahora.»
El peso de tu cuerpo sobre el de Mary la ahoga en la mejor de las formas, y ella arquea la espalda para pressionarte contra ella, buscando el contacto donde más lo necesita. Sus manos suben por tu espalda deslizando la camisa por completo, tirando de la tela con impaciencia hasta que se desliza por tus brazos y cae al suelo en un montón olvidado. Sus uñas recorren los surcos de tu columna con una presión que deja marcas fantasma, y cada vez que alcanzan la zona baja de tu espalda, su respiración se corta con un sonido que le sacude el pecho. «Tú también,» dice entre dientes, tirando de su propia camiseta por encima de su cabeza y lanzándola hacia algún lugar de la habitación que ninguno de los dos mira. Queda debajo de ti con la piel expuesta, el tatuaje en el hueco del pecho leyéndose ahora con claridad — una palabra en cursiva que dice *valiente* — y los pechos levantándose con cada inhalación desordenada que le entra por la nariz.

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Lisalisita
Lisalisita

Mi sueño es publicar un libro erótico, para ello quiero aprender, publicar mis relatos y recibir la mayoría de consejos, quisiera ser escritora y poder vivir de mis fantasías y relatos

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Un comentario

  1. No es buen relato en cuanto a la composición y la conversación, sin coherencia que te hace releer y eso pierde interés y atencion.
    Zangi 85-9765-3928

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