El culo tentador de mi cuñada
Mi cuñada Laura acababa de llegar de su viaje, con 21 años recién cumplidos. Era una jovencita despampanante: culito perfecto, redondo y firme que se meneaba hipnóticamente cada vez que caminaba por la casa, y unas tetas divinas, grandes y turgentes que rebotaban bajo sus blusas ajustadas. Sabía que la deseaba desde hace meses; lo notaba en mis miradas, en cómo se me ponía dura la verga solo de verla. Y ella lo disfrutaba, provocándome con movimientos calculados, rozándome “accidentalmente” al pasar.
Una tarde, mientras mi hermano estaba en el trabajo, la pillé en su cuarto con la puerta entreabierta. Estaba tumbada en la cama, piernas abiertas, con una mano frotando su coñito depilado y húmedo, y la otra apretando una de sus tetas. Gemía bajito, los ojos cerrados, imaginando quién sabe qué. “¡Mierda, qué puta caliente!”, pensé, mientras mi polla se endurecía al instante. Me quedé paralizado, masturbándome por encima del pantalón, pero ella abrió los ojos y me vio. En vez de asustarse, sonrió con picardía y susurró: “Ven, cuñado… sé que me quieres follar. Yo también te deseo. Solo vagina y mamadas, ¿eh? Nada de culo”.
Entré como un rayo, cerrando la puerta. Se arrodilló frente a mí, desabrochándome el pantalón con urgencia. “¡Dios, qué verga más grande y gruesa!”, exclamó mientras la sacaba y la envolvía con sus labios carnosos. Chupó la punta con avidez, lamiendo el liquido que goteaba, luego se la tragó entera hasta la garganta, haciendo arcadas deliciosas que me volvían loco. Sus tetas divinas se apretaban contra mis muslos mientras mamaba como una experta, succionando fuerte, escupiendo saliva por los huevos y volviendo a engullirla. “¡Sí, putita, trágatela toda!”, gruñí, agarrándole el pelo y follándole la boca sin piedad. Ella gemía vibrando sobre mi polla, sus ojos lagrimeando de placer.
La tiré en la cama, le arranqué las bragas y le abrí las piernas. Su coñito estaba chorreando, rosado y jugoso. “Fóllame ya, cuñado, métemela hasta el fondo”, rogó meneando su culo perfecto. Empujé de un tirón, sintiendo cómo su vagina apretada me tragaba centímetro a centímetro, caliente y resbaladiza. La embestí duro, mis huevos chocando contra su culito mientras sus tetas rebotaban salvajemente. Ella se arqueaba, clavándome las uñas, gritando: “¡Más fuerte! ¡Rompe mi coño!”. Cambiamos a perrito: su culo divino frente a mí, meneándolo mientras la penetraba vaginalmente sin parar, mis manos amasando sus tetas desde atrás.
Pero quería más mamadas. La puse de rodillas otra vez; ella mamó mi verga empapada de sus jugos, lamiendo cada vena, chupando los huevos y metiéndosela hasta el fondo de nuevo. “¡Voy a correrme en tu boca, zorra!”, advertí. Exploté chorros calientes que se tragó con gusto, lamiendo hasta la última gota. No contenta, me montó a lo amazona: su coñito devorando mi polla de nuevo, cabalgando furiosa, tetas saltando, hasta que se corrió temblando, empapándome. Yo la seguí, llenándole la vagina de leche espesa.
Desde ese día, cada vez que estamos solos, repite el ritual: menea su culo, me provoca, me mama hasta dejarme seco y me folla vaginalmente hasta el éxtasis. Somos adictos.
¿Qué les parece si les pregunto: han tenido alguna vez una fantasía así con un familiar cercano como una cuñada o cuñado, donde todo empieza con provocaciones sutiles y termina en sexo vaginal explosivo y mamadas interminables? ¿Cómo manejaron el morbo de pillarla masturbándose o ser pillados? ¡Cuéntenme sus experiencias o fantasías en los comentarios, sin tabúes, para inspirarnos mutuamente!
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